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Por escrito. La aventura en 20 libros
Luisa Valenzuela
Agradezco con enorme emoción la presencia de todos ustedes y el tan generoso esfuerzo de María Teresa Lichem Medeiros, Gwendolyn Díaz y Erna Pfeiffer y de quienes apoyaron este encuentro, reuniéndonos en la gloriosa ciudad de Viena para un simposio que me llena de orgullo y a la vez de estupor. Ustedes me sostienen en algo difícil de hacer que es mirar para atrás. Me insuflan valentía y entonces miro, un poco, lo que puedo. Y me asombra comprobar de qué manera cada ser humano va encontrando un sistema propio para representarse el mundo. Por mi parte, en un principio quise hacerlo a todo color pero no tenía talento para pintora, quise organizarlo con formulas y números pero no alcancé a cursar ni la primera materia de física o matemáticas, carreras que me atraían en los últimos años del bachillerato. Hasta pretendí ser aventurera y exploradora. Por fin tantas buena intenciones fueron siendo relegadas al olvido porque las palabras me asaltaron a traición al terminar el colegio secundario, así en un principio me lancé al periodismo que es una forma espuria de la escritura, pero escritura a pesar de todo. Todavía no existía la carrera, cosa que agradezco, y había que lanzarse al ruedo haciendo lo mejor posible y con los medios de abordo. Tuve suerte, encontré un gran maestro que amaba la literatura, esa forma distinta de barajar las palabras. Las mismas que, me temo, estaban agazapadas en mí desde muy temprana edad, como gato esperando el momento de saltar. Quizá desde mis dos años y miguitas, cuando a una amiga de mi madre que cada diez minutos volvía a preguntarme mi nombre, en lugar de repetir una vez más Luisita Carne (no podía o no sabía pronunciar Carmen) le contesté de mal humor, Luisita Bife. Fue un juego de palabras quizá involuntario y bien argentino, por cierto, pero eso no podía adivinarlo en aquel muy lejano entonces.
Y la vida siguió sin contratiempos verbales que yo recuerde hasta los seis años cuando --entiendo ahora-- se posó sobre mi hombro el cuervo de Poe y le dicté a mi madre mi primer y casi único poema que terminaba así: “Llegó un pájaro a tu ventana/y te dijo/ hacia ti viene la muerte”. Inevitable destino para todo ser vivo, pero macabra idea para una nenita de bucles renegridos. Quizá por eso nunca pensé en la literatura como vocación posible.
Ahora, a sabiendas de que la escritura ha sido mi verdad, me pongo a buscar las marcas casi invisibles que fueron señalando el camino. Stepping stones, diríamos, las piedras de toque que se eligen o las que vamos encontrando para sortear las aguas. Cada persona en este mundo encuentra las suyas, si tiene suerte, o se las imponen de fuera, o bien cae y el agua la arrastra.
Considero que he tenido mucha suerte, mis piedras de pisar fueron bastante firmes si bien muy resbaladizas y me han traído hasta acá, a esta orilla magnífica. Por eso mismo ahora, con toda falta de humildad --¿pero quién puede sostenerla, a la humildad, ante tan inmerecido festejo?-- se me figura que Borges pescó al vuelo en algún momento el hecho de que el lenguaje sería mi faro o algo equivalente. Porque Borges solía frecuentar mi casa materna y en más de una oportunidad Lisa hubo de recordarme que el gran Georgie de aquel entonces alguna vez dijo que yo --yo-- era capaz de matar a mi madre por una palabra. Ella me lo echaba en cara a veces riendo y a veces reprochándomelo, según las circunstancias, y era así como junto con Luisita Bife y el poema del pájaro quizá negro y agorero se me fue construyendo la costra literaria.
Ahora, tantos pero tantos años después, pienso que quizá Borges no dijo por, sino con que sería un concepto mucho más borgiano. Quizá lo que dijo fue que yo era capaz de matar a mi madre con una palabra. Sólo que no necesariamente encomiosa (“a flattering word”) como el posible asesino de la Balada de la Cárcel de Reading de Wilde. Debía de ser una palabra muy precisa y cortante y definitiva --imposible por cierto-- como la palabra con la cual el poeta describió finalmente el palacio y lo hizo desaparecer. Todo esto suena a matricidio, y es sabido que los surrealistas alegaban que a los progenitores hay que matarlos mientras son jóvenes; suena a matricidio, sí, pero se trata de algo simbólico, por cierto, como respuesta al viejo miedo a la simbiosis, y está relacionada con la influencia de una percepción malsana que le otorga al lenguaje todos los poderes. Al respecto, el cóctel es conocido: tómese media copa de Rama Dorada de Frazer, unas cucharaditas de Freud, dos adarmes de Lacan y mézclese con esencia de corazón ardiente y cinco lágrimas. Bébase en ayunas. No matamos así a madre, padre o rey alguno pero nos despegaremos de ellos para intentar volar con alas propias.
Otra receta consiste en irse lejos, y lo antes posible. Es la más fácil. Es la que puse en práctica a mis veinte años, teniendo en cuenta que la palabra única y unívoca es inhallable porque no es cuestión de que sea demoledora sino tajante en el buen sentido, en sentido de cortar cordones llamémoslos umbilicales dejando todo cariño ileso (al contrario de la bomba de neutrones que mata a los seres vivos y preserva los edificios). Como si el gran edificio del lenguaje no fuera también un ser vivo. Por eso mismo no hay bomba posible, ni palabra unívoca porque en cuanto la sostenemos entre las manos o la miramos a trasluz siempre se transforma en otra. Es esa su fascinación y nuestra dicha/ desdicha. Desdicha del verbo desdecir, también, como quien borra con el codo lo que anotó con la mano.
Como quien se deja llevar por el correr de los vocablos.
Como quien monta un caballo brioso que se llama lenguaje y se deja conducir por algo que es más sabio que una, el caballo. Es decir el lenguaje.
Así a lo largo de veinte libros y más también. Sin saberlo sabiéndolo, a todo galope, con la rienda corta, tratando de contener una marcha desbocada sin cambiarle el curso al caballo-lenguaje, el único que conoce la meta. Cuando hay meta. Y si no, mala suerte. Papeles a la basura o la tecla Delete todo a lo largo del texto y a otra cosa, es decir a otra concatenación de palabras que van configurando ideas, que arman una historia.
Suelo o solía opinar -hasta alguna vez di charlas al respecto-- que la escritura es una maldición de tiempo completo. Nunca nos larga la mano ni nos da respiro. Y siempre agazapado detrás de las palabras está el asombro, casi como un temor reverencial, maravilloso, el awe de los ingleses, esa palabra exacta que dice tantas cosas contradictorias como podría decirlo aquella imposible palabra que mata. Porque ¿de dónde salen esos textos y esos seres que van cobrando forma con el correr de las palabras? He aquí la eterna búsqueda, la eterna indagación. “Al crear, descubro”, es la frase de Martin Buber que he hecho mía desde tiempos remotos. Y remotos son, los tiempos: medio siglo y hasta un poquito más de ir hurgando en el meollo del lenguaje, como se puede, con las uñas peladas.