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Hay que sonreír

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Hay que sonreir
Novela de Luisa Valenzuela

Clara, la protagonista, de la novela, ese pobre animalito primitivo de provincianía, que vive su vida de prostituta inconsciente (porque ella jamás tendrá la consciencia de serlo, y en verdad nunca lo es aunque reciba dinero por su cuerpo), esta Clara es el verdadero hallazgo de la novela, la singularidad dentro del tema común. Con ella Luisa Valenzuela descubre la más sorprendente dualidad que puede existir en el candor del ser humano.
Esta novela, al premiarla como jurado del Fondo Nacional de las Artes, me sorprendió por la riqueza de imaginación que revelaba tanto como por el ascetismo de la expresión. Porque literariamente no hay nada de más en ella, nada sobra en razón del acendrado rigor de su estilo; calidad ésta la más sorprendente en un primer libro y que destaca la presencia de una escritora nata.
Otra excelencia de esta novela es el colorido y el ajuste con que pinta ambientes tan diversos a aquellos en que vive la autora; la facilidad para crear ese mundo que permite al lector imaginar “personas” a los personajes y que es la calidad esencial de un novelista. Luisa Valenzuela la posee, como posee la suprema habilidad de urdir un “final”, el clásico fin de todo cuento o novela. El final de Hay que sonreír es totalmente inesperado, sorprendente y, sin embargo, esencialmente lógico. Cuando pasada la sorpresa se lo analiza, se comprende que no podía ser otro.
Deseemos pues que la amistad de los amigos desconocidos, que un autor gana a través de sus libros cuando se entrega generosamente, habrán de dar a esta novela el éxito que ella merece. Éxito en el costado profundo y permanente que a menudo se oculta en esta palabra un tanto alejada. Éxito la duradera calidad que merece Luisa Valenzuela.


Hay que sonreír
Por Luisa Valenzuela
Americalee, Buenos Aires 1966


La imagen de la mujer impulsada por diferentes factores (ambientales, sociales, psicológicos) a ejercer lo que se conoce como la profesión más antigua del mundo, ha sido creada y recreada profusamente en la literatura, con diversa fortuna.
Sin embargo, Luisa Valenzuela logra un enfoque absolutamente inédito del viejo tema. Porque Clara, su protagonista, configura la imagen de una prostituta tímida, tierna, arrastrada una y otra vez por las circunstancias pero que conserva intacta una suerte de pureza original, una condición inaferrable de mujer-niña que le hace soñar con cándidas cañitas voladoras que celebran la Navidad, mientras el cuerpo se entrega sumisamente a los requerimientos del enamorado de turno.
Las rebeldías de la joven son inevitablemente transitorias y a cada una de ellas sucede un largo período de pasividad. Además, sus afanes por cambiar de vida, carentes de verdadera raigambre, son tan esporádicos como estériles.
Cuando llega al matrimonio, lo hace impulsada por el brillo de unas lentejuelas de colores, por el misterio de un supuesto hindú. Pero la realidad la defrauda irremisiblemente. Y oscilando entre su mundo imaginario y el verdadero, entre las exigencias de sus sentidos y los requerimientos de un alma inquieta, esta “Clara cuerpo y cabeza” ve transcurrir la existencia como obnubilada por una suerte de niebla, de la que nunca consigue emerger del todo.
Junto a esta figura central, impulsándola, complementándola, determinándola desfilan personajes incuestionablemente argentinos. Pero también de vigencia universal. Aislados por su incomunicación, absortos en sus problemas, cegados por su egoísmo, ajenos al estremecimiento inevitable de Clara que busca vanamente un sentido a su vida, la final de cuyas rebeldías es cortada de raíz por un fracaso aceptado en el último sometimiento.
Tierno y amargo, profundo y conmovedor, este vívido retrato que es también (más por propia gravitación que por una intención deliberada de la autora), un tenso y contenido alegato, está escrito en un lenguaje directo y espontáneo, en un ininterrumpido fluir que apoya adecuadamente el contenido argumental.

Diana Castelar
Revista Histonium
Enero 1967



Hay que sonreír
Por Luisa Valenzuela
Americalee, 1966


Luisa Valenzuela parte de una realidad fotográfica y a partir de ella desarrolla los esquemas de esta novela, tierna y amarga, conmovedora por lo que tiene de humano, de sensible esta Clara que antes que personaje de letra de imprenta es una criatura vívida, palpable, entrañable, diaria.
En Hay que sonreír, Clara no sólo es la protagonista sino que su papel resulta excluyente, pues la vida no se muestra ni está vista a través de personajes colaterales (desde el conscripto del primer capítulo hasta el Alejandro del final) porque se diría que lo único positivo en la vida afectuosa de Clara es su gato Asmodeo.
Clara es un ser ingenuo que tiene una visión no muy concreta de sus anhelos. En realidad su candor pareciera ser el único medio de defenderse en un mundo que se le presenta las más de las veces, hostil hasta el exceso. El “oficio” de Clara es una especie de poesía particular porque a ella le sirve como pretexto y no como fin. A través del itinerario desesperanzado y melancólico de una prostituta sin suerte, Luisa Valenzuela desarrolla una trama rica en esencias vitales con una protagonista que “es un ser de carne y hueso, no un retrato. Un documento conmovedor, no una ficha. Un personaje de este mundo, no de la literatura”.
El haber logrado despertar interés por una protagonista de todos los días sin los artificios de algunos seres idealizados no es el mérito menor de Luisa Valenzuela.
Mérito también, y alto el de Luisa Valenzuela, es el de no haberse entrometido con la protagonista, es decir el haber dejado que Clara se manifestara como un ser independiente de la subjetividad de la autora. No es por tanto esta novela una manifestación de propósitos sino el documento de un personaje de todos los días a quien se ha querido relatar con prolijidad minuciosa, y en verdad, la autora, que en esta su primera novela nos da la seguridad de su agudeza novelística, ha recreado una realidad que fácilmente hubiera podido ser el relato de un submundo, en una historia tierna, de un dolor cotidiano, de una prodigiosa sencillez de recursos y que se nos manifiesta como el “currículum” íntimo y tierno de una prostituta que a través de su ingenuidad va a aceptando el mundo hasta casi encauzarlo a través de las imágenes ahítas de ternura con que Luisa Valenzuela ha edificado los sitios y seres de su novela, tan llena de méritos que no es aventurado vaticinarle un lugar destacado en nuestra novelística femenina.


Noemí Zabala
Comentario, abril 1967

 

(faltan agregar imagenes publicaciones diarios)
Publicaciones
Sonreir 1- El Mundo, 8 de enero 1967
Sonreir 2- Revista Histonium
Sonreir 3- Revista Histonium, enero 1967
Sonreir 4- La Nación, 26 de noviembre de 1966
Sonreir 5- Clarín Literario, 27 de octubre de 1966