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Hay que sonreír


FRAGMENTO:

I

Qué opio esperar. Con el pie izquierdo se rascó la pierna derecha en un gesto que quería decir resignación. Se llamaba Clara y ya estaba harta. También, a quién se le ocurre ponerse zapatos nuevos para esperar, y citarse en un lugar donde no se puede estar sentado. y ese Víctor, que me hizo venir antes de las ocho para evitar el gentío y son casi las ocho y medio y él ni señales de vida. Eso que yo ya debería conocerlo: se la pasa hablando de tranquilidad y aspira lo que dice como si fuera el humo de un cigarrillo fino, pero nada de tranquilidad. Porque él mientras tuviese a quien imprecar, ni se acordaría de la cita. Y la pobre Clara, ya demasiado agotada de luchar contra sus propios defectos, no iba a ponerse ahora a atacar los pocas virtudes que le quedaban. Era puntual, inevitablemente. Lo esperaba desde antes de las ocho y él seguro que estaba sentado frente al mostrador de algún bar hablándole a algún desconocido y articulando con sabiduría palabras como silencio, para después quedarse callado y saborear ese silencio provocado por él.
En la vida de Víctor el aburrimiento y la monotonía nada tenían que ver el uno con el otro, y su repertorio se repetía hasta tal punto que Clara podía seguir desde lejos sus conversaciones con eventuales vecinos de mostrador:
-Y claro, hay que tomársela con soda -concluiría el otro cuando ya estuviese harto de las largas peroratas de Víctor.
Pero él no iba a dejarse amilanar por un irrefutable lugar común, ni perder la oportunidad de quedarse con la última palabra:
-Con soda no, amigo, que la soda hace burbujas y engaña y distrae. La vida, vea usted, hay que tomársela con agua bien pura, de esa que calma la sed.
Desgraciadamente Clara conocía muy bien los broches de oro de Víctor, pero no sabía en qué momento él los iría a aplicar. Al principio, claro está, lo había escuchado con atención esperando ser la iniciada en el secreto de la armonía y de la justa medida, como él las llamaba, pero muy pronto descubrió que hablaba igual con todos y que no tenía ningún misterio especial para revelarle a ella; entonces prefirió esperarlo sin demasiada impaciencia mientras él volcaba en otros su necesidad de incomprensión.
En la plaza los faroles se fueron iluminando uno a uno, las agujas del reloj de la Torre de los Ingleses señalaron las ocho y media sin lástima y sobre la cabeza de Clara la gran estrella de neón del Parque Retiro empezó a encenderse y apagarse como una de verdad. El cielo se había puesto de un azul intenso y ella pudo pensar en el mar, por un instante, y sentirse feliz. Ese preciso instante de felicidad que a veces rescata todo un día, un mes, un año de indiferencia y de impermeabilidad; porque el mar, para Clara, era una de las quimeras predilectas. A través de las cortinas de humedad la gente que corría hacia la estación tenía el movimiento pesado de los seres submarinos y aunque en lo alto de la Cruz del Sur todavía no había aparecido ella tenía los ojos fijos en el punto exacto en que se escondía y trataba de no moverse ni pensar para poder descubrirla.
Con esa confusa sensación de cansancio que da la espera, lo esperaba todo. Con decir que hasta lo esperaba a Víctor...sin demasiadas esperanzas, es verdad, porque todo le llegaba demasiado tarde.
Nunca es tarde cuando la dicha llega, le había dicho una compañera una vez, para consolarla. Pero a Clara sólo le había quedado grabada la palabra tarde y nunca que se confundieron para siempre en una sola e irremediable realidad. Como con Víctor, que se acordaba de las cosas a destiempo, cuando dejaban de ser imprescindibles.
Alzó el brazo izquierdo para mirarse la muñeca, pero dejó el gesto a medio hacer; a tiempo recordó que había empeñado su reloj pulsera tres días atrás. Le había resultado un verdadero sacrificio separarse de él, pero necesitaban la plata y Víctor era un hombre tasn formal que no podía permitir que ella trabajase como antes en la calle. Azotacalles, como quien dice...Y Víctor estaba siempre allí para repetirle que él era un hombre correcto y que un hombre correcto jamás admitiría la prostitución de su esposa.
Como si estuvieran casados, se decía Clara, pero prefería callarse porque con e´l jamás se tenía razón. Por eso, para no empezar con argumentaciones vanas, prefirió empeñar el reloj pulsera y también un mate de plata que le venía del abuelo. Tuvo la precaución, eso sí, de guardar con cuidado las boletas de empeño a la espera del día en que pudiera recuperar sus tesoros. Y en materia de espera estaba bien aleccionada. Por la señorita experiencia.
La enorme Torre de los Ingleses, con su cuerpo de ladrillos y su esfera iluminada, no le dejaba olvidar el paso del tiempo. Ya ni se veían los cuadrados de césped de la plaza y los chorros de las mangueras que giraban lentamente se habían apagado. Víctor, cosa natural, no aparecía. No había dudas que el destino de él era llegar demasiado tarde, como aquella noche cuando lo conoció: la cáscara de angustia que le había ido creciendo poco a poco durante tantos años la tenía bien aprisionada y nadie podía arrancársela ya. Se preguntó si no sería demasiado fácil eso de endilgárselo todo al destino y deshacerse así de las responsabilidades, pero se dio cuenta que esa angustia suya no era una de sus culpas.
No porque su antiguo trabajo le disgustara, no. Ni tampoco porque le gustara: lo hacía sin pensar, como cuando llegó a Tres Lomas y bajó del tren en Once. En su pueblo le habían dicho que la capital lo más lindo era el bosque de Palermo con los lagos, los cisnes y un rosedal tan bien cuidado. Pero al bajar la corta escalinata de la estación se encontró frente a una plaza cuadrada, inhóspita, con un monumento cuadrado, inhóspito, y gente en cantidad nunca vista corriendo por las anchas avenidas, respirando el humo de millones de ómnibus, de colectivos, y los tranvías que tampoco había visto nunca chirriando en las curvas. Dio una vuelta a la plaza con su valija chica de cartón a cuestas y por fin encontró un hombre de edad que tenía cara de bueno y se decidió a preguntarle cómo podía hacer para llegar a Palermo. El hombre creyó que hablaba de la estación y le hizo tomar el colectivo 268. Por una sencilla equivocación imputable a su valija, Clara llegó a Pacífico donde no había árboles, manos aún lagos con cisnes, y las únicas rosas que vió fueron las que se marchitaban en la vidriera de una de esas florerías con olor a cementerio. Pero al lado de la florería había una vidriera con blusas de seda y puntilla y polleras acamponadas.
Como tenía tiempo se quedó mirando las vidrieras: su padre le había dicho que ya era grande y podía irse a la ciudad a buscarse un buen trabajo y ella ni tuvo tiempo de protestar porque el padre volvió a encerrarse en el dormitorio donde lo había descubierto con la mujer del carnicero. No le quedó más remedio que sacarse el delantal, ponerse el tapado e irse mansamente de la casa sin esperar a su madre que quizá a los pocos días volvería de su largo paseo por Quemú-Quemú. Caminó los dos kilómetros hasta la estación y tomó el de las 11.45 para ver el bosque en la ciudad, pero una vez allí las blusas la tentaron y la retuvieron frente a las vidrieras .
Desde lejos un conscripto que la había estado observando con ojos chispeantes decidió dejar pasar un buen rato antes de decidirse a abordarla:
-¿Solita? -y después -¿Son lindas las blusas, eh, morocha?
-Ajá...
-Pero vos sos más linda todavía.
Ella se rió. El muchacho parecía simpático y como estaba en la marina su uniforme era azul y no verde sucio como el de los otros. Nada más que por eso, marina y azul, Clara aceptó ir a tomar una copita con él al bar de enfrente. Tenía hambre, además, pero no sabía cómo hacer para pedir un especial: tomó el Martini de un golpe para llegar rápido a la aceituna del fondo y se quedó chupando el carozo. El hambre no se dejaba engañar con tan poca cosa y tuvo miedo de que las burbujas que sentía en el estómago empezaran a hacer ruido. Hizo una pregunta para disimularlas:
-¿Es lindo el mar?
-Fijate que ni sé. Ya hace un año que estoy en la colimba y ni siquiera una vez salimos del puerto. Los muchacho dicen que el barco es tan cachuzo para navegar que sólo flota en el agua del río de inmunda y espesa que es.
Se rió y Clara pudo ver que le faltaban dos muelas, cosa que le quitaba mucho encanto; además, eso de no haber visto nunca el mar, era más bien aplastante para un marino. Sin sentimientos de culpa aceptó un segundo Martini y también un tercero. Después ya se animó a pedir el especial pero él había tramado un programa mejor:
-¿Qué te parece si vamos a dar una vueltita por arriba, en el hotel? Hay una piecitas de lindas y calentitas...
Clara tenía el codo apoyado sobre la mesa y la cara en la mano. Afuera, el frío debía de haber caído con la noche y ese bar era tan precioso con tantos espejos y cortinas, un poco sucios, quizá, pero tan preciosos. Lo miró al conscripto con indiferencia. Todo parecía a la vez precioso e indiferente, y tenía la sensación de estar flotando. Se alzó de hombros, sonrió un poco de costado sintiendo que hacía una mueca y contestó:
-Si a usted le parece...
En el segundo piso la pieza, con una cama de hierro, de linda no tenía nada. Y hacía frío. El hombre que los había acompañado corrió a cerrar la ventana. Hay que ventilar un poco entre unos y otros ¿no?, y los dejó solos.
Clara ni se dio cuenta de que la desvestían. Una vez en la cama quiso preguntarle al conscripto cómo se llamaba, aunque poco quedaba de él sin uniforme, y el nombre se perdió entre quejidos. El tuvo que levantarse a las cinco de la mañana para volver al barco pero como había sido el gran desvirgador estaba tan encantado que le dejó cien pesos a Clara sobre la mesa de luz y salió corriendo escaleras abajo para contarle a los otros la pesca que había hecho en Plaza Italia y alrededores. Eso sí que era de hombre.
Clara, en cambio, se despertó bastante tarde con un fuerte dolor de cabeza y un extraño sabor pastoso en la boca. Empezó a acordarse de lo que había pasado pero la plata que encontró bajo el velador sirvió para ahorrarle vergüenzas ya inútiles. Se vistió lentamente y compuso frente al espejo una estudiada expresión de ausencia que debía servirle para salir del ascensor y atravesar el café con dignidad. Pero al pasar frente a la caja el patrón se le acercó y ella perdió la compostura.
-Señorita, hace usted bien en honrar nuestro modesto establecimiento. Aquí encontrará todo el confort necesario y la discreción, si desea volver con algún otro conocido.
Carraspeó, se arregló la corbata, y disimuladamente, le puso treinta pesos en el bolsillo del tapado. Clara, aterrada, miró a su alrededor. Casi no había clientes a esa hora de la mañana y salió pensando que después de todo la vida en la ciudad no era demasiado agradable pero tampoco tan mala como le habían dicho. Y eso sí, tan fácil...Entró en otro café para tomar un chocolate con medialunas mientras hacía sus cuentas y después volvió a la vidriera de las blusas, esta vez para mirar los precios.
Se quedó mucho más tiempo del que necesitaba para comprobar que ciento treinta pesos que había ganado...vaciló ante el término ganado y prefirió obtenido. Bueno, que ciento treinta pesos que había obtenido más los veintisiete que traía de su casa no podían pagar algo que costaba la fabulosa suma de ciento noventa y nueve con noventa centavos. Se quedó mirando la vidriera y espiando la calle con la secreta esperanza de volver a ver al conscripto, pero al final se aburrió y empezó a caminar hacia el centro estudiando los uniformes que pasaban.
Se olvidó de las vidrieras hasta que llegó a un restaurante alemán decorado con madera, con un cartelón que decía Glorieta Interior. Ya era mediodía, y un chocolate con medialunas no podía llenar el estómago de una persona que como ella tenía una ocupación de desgaste físico. Además, la glorieta podía muy bien ser el parque con el lago y los cisnes de que le habían hablado. Decidió entrar.
La Glorieta no era grande pero había mesitas al sol con manteles colorados y el bife con papas fritas resultó casi tan rico como el postre con crema y dulce de leche. Decididamente, no extrañaba Tres Lomas. Al salir comprobó que su capital se había reducido considerablemente pero no se preocupó demasiado. Le quedaba para la noche, después vería.

(pp. 11 a 17)