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Novela
negra con argentinos
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Sutil manejo de la ambigüedad
Novela Negra con argentinos
Por Luisa Valenzuela
(Sudamericana)
Un crimen (de cuya efectiva realidad nunca estamos seguros)
se sitúa en el comienzo del texto y lo desencadena,
haciendo de la propuesta novelística un complejo
juego compartido que narra el proceso de su propia escritura
y se autodefine como una "pelea por saber" (descifrar
los secretos motivos que han impulsado al escritor Agustín
Palant al supuesto asesinato). La extraña búsqueda
policial y textual emprendida por Palant y su coautora
y amiga, Roberta, acusa como rasgo fundamental la teatralidad.
Nueva York, la "cuidad onfálica", es
el gigantesco escenario donde gira, caleidoscópicamente,
una "corte de los milagros" de mendigos, drogadictos,
artistas, alucinados y fantaseadores del erotismo que
gozan con la mise en scène de sus deseos masoquistas
en la "casa" de Ava Taurel, experta "dominadora"
contratada por las complacientes víctimas.
Este vértigo teatral que participa a la vez de
lo grotesco, de lo siniestro y de lo pueril, implicará
borramientos, alteraciones y transfiguraciones de los
mismos decorados ciudadanos (los del crimen), así
como de la identidad y la sexualidad de los coprotagonistas,
llevando al parecer a consecuencias extremas la consigna
de "escribir con el cuerpo" sostenida por Roberta.
Pero el "parecer" es siempre el límite
de la experiencia. La amenaza o sospecha de irrealidad,
de fantasmagoría, pende sobre todos los gestos
y diluye también las razones últimas de
un crimen dudoso. La memoria de un sur trágico,
con torturas auténticas y un pasado abrumadoramente
real, la certidumbre de un exilio que se ha vuelto ya
definitiva condición de vida (de "vida descartable"),
retornan punzantes para marcar distancias entre el dolor
y la caricatura en la feria de espejos que despliega la
gran ciudad, tan ecuménica y tan extranjera.
Escrita con indudable oficio Novela negra con argentinos
maneja sueltamente los resortes de la llamada "metanovela"
e introduce con eficacia en el clima paródico historias
breves (a veces inquietantes, estremecedoras) e imágenes
simbólicas de perturbadora violencia. La relación
erótica -sana, festiva- y al cabo plenamente amorosa
de Roberta con Bill (un norteamericano de color), equilibra
y distiende el laberinto barroco de perversiones y escenografías
en que se pierde la indagación asfixiante.
Sin embargo, un manejo de la ambigüedad demasiado
intelectualizado (o psicoanalizado) y un acento ostensiblemente
metaliterario que implica la exhibición constante
de los procedimientos y herramientas de trabajo, resbalando
a veces hacia el guiño humorístico, pueden
conspirar contra el vigor último y la vibración
existencial de un texto que alcanza por momentos (como
es característico en la escritura de esta reconocida
autora) ponderables intensidades. (233 páginas.)
María Rosa Lojo
La Nación, 19 de mayo de 1991
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