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Como
en la guerra
FRAGMENTOS
Nació como nacemos todos, protestando por su/nuestra
puta suerte. No se pudo establecer si cada berrido fue
queja por ingresar en el mundo o por algo más sutil,
como una angustia por la raza humana -los hermanos- al
incorporarse a este otro líquido amniótico
tanto más colectivo que es el aire. No se sabe
si hubo que agarrarlo/a de las patitas y sacudirlo/a bien
para que largarse el grito. Pero eso de que el grito vino
no deja ni un ápice de duda porque el tal grito
continúa resonando y amenaza con tapar los absurdos
pozos de silencio que se hacen oír por estas latitudes.
¿Cuál fue la latitud que vio su nacimiento?
Existen las coordenadas palpables y otras de sus sueños,
no siempre interfiriéndose: las de sus sueños
tienen caballos desbocados, en las palpables hubo caballos
sometidos a carros de lechero, un hielero que dejaba su
charco en la puerta de calle, una casa a la vuelta de
algunos misteritos y el taller de un zapatero remendón
donde buscó refugio al escaparse de su casa a eso
de los cinco años. Abortada huida pero desde entonces
la huida parece ser su sino y hasta los doce años
de edad le anduvo haciendo zancadillas a la muerte. Después
se le alejó la muerte dejándola bastante
abandonada, a ella justamente que había sabido
acecharla en los rincones y atusarle su bigote de gato.
Ella: mandada a hacer para molestar gatos hasta el día
aquel en que un gato negro casi le arranca un ojo -negro-
de un zarpazo.
En cuanto a las arañas, es capítulo aparte
o quizá parte de un capítulo por venir ya
que las arañas también tienen su palabra
en esta historia (la historia de una vida, poca cosa).
De muy chica le abrieron la cabeza para ver qué
había dentro y presumiblemente no encontraron nada
porque la largaron con un agujero detrás de una
oreja sin siquiera temer que se le escapara el alma o
alguna insospechada idea o lo que putas pudiera haber
dentro de una cabeza ¿humana? Conclusión:
nada de escapable habían encontrado allí
dentro y por lo tanto pudieron dejar la trepanación
al desamparo, cuidada por ninguno, y durante largos años
ella debió enfrentar las olas con tapones de goma
en los oídos para que no entrara el agua (si malo
es una cabeza vacía, peor aún es una llena
del líquido elemento).
La cabeza hueca a veces trae sus beneficios, a veces es
martirio y otras resuena como loca, como le resonó
a ella haciéndole creer que su vecino el zapatero
remendón trabajaba de noche cuando en realidad
el/la laburante nocturna era su propia sangre, a martillazos.
Sangre sí que tenía y no perdió demasiada
con el correr del tiempo aunque supo jugársela
-al menos los cree ella- por cosas noblemente innecesarias.
Volviendo a la cabeza, a continuación transcribiremos
unas anotaciones suyas que quizá puedan ser de
utilidad a algún estudioso que recorra estas líneas.
El texto de ella dice así: ...
(pp 11 a 13)
Me gusta seguirlo con el dedo por el plano de la ciudad
y acompañarlo a veces. Me gusta la noche; la noche
es otro país, la noche es una caja de espejos,
una nidada de gorriones ciegos, la noche es la posibilidad
de entrar por la otra puerta, es el llanto con su consuelo
dentro, la noche es estar en uno mismo. Me gusta seguirlo
con el dedo por el plano de esta ciudad o de alguna otra,
a él le gusta ir deprisa por callejuelas sucias
y saber su camino, a Beatriz le angustia la idea de perderlo,
a la otra en cambio nada la perturba: espera en paz esta
medianoche de martes pensando que una muerte pequeña
bien vale la otra muerte.
(p 43)
También es bueno acompañarlo a medianoche
por las calles como un perro secreto, subir con él
las escaleras y torcer por los largos corredores y luego
tenderse frente a la puerta de ella a esperar pacientemente
que ella se decida. Es bueno adormecerse un poco, soñar
con el olor de sus talones, despertarse al oír
sus gritos, rascar algo la puerta y seguir esperando.
Es bueno oír una vez más sus gritos y acompañarlo
con aullidos y saber que afuera hay luna llena y que él
-son gritos de placer o de agonía- se estará
dejando desgarrar por ella.
(p 51)
De las infinitas posibilidades de catalogar al género
humano propongo una: la categoría de los que huyen
de seres como ella y la de quienes, como yo, los buscan
desesperadamente. A veces es difícil reconocer
a estos seres, se necesita más que buen olfato,
sabiduría e intuición: se necesita una gran
disponibilidad interna para entrever la cosa, casi un
satori, y de golpe la persone que tenemos enfrente, aquella
con la que hemos convivido largos años, resulta
ser uno de ellos. El profesor Weisstern los llamó
mutantes, el profesor Weisstern acabó siendo devorado
por ellos como corresponde. Sus mutantes no eran tan pacíficos
como la mía, no eran profesionales del amor*. Pero
son precisamente los mutantes quienes abren la puerta
para el cambio y de alguna manera oscura, inexplicale,
trastornan las pautas establecidas. Mi espíritu
científico me lleva a buscar a los seres como ella,
también mi espíritu científico me
lleva con dolor a tratar de desarmar el mecanismo.
Pero nadie puede echarme en cara el haberme acercado a
ella sin humildad, sin furia. Puse en juego las pasiones
de las que dispongo y estoy preparando para recoger las
hilachas del escándalo.
Y ahora, casi milagrosamente, he logrado contagiarle a
Beatriz mi entusiasmo por esta investigación, sin
permitirle, claro, que me haga demasiadas preguntas. Resulta
insuperable como secretaria: recatada y adicta. Me ayuda
a mantener al día las fichas y me transcribe las
cintas.
A veces hasta se levanta por las noches cuando me dispongo
a ir a verla a ella y me prepara con cuidado el atuendo
o me peina una nueva barba postiza. Nunca le pregunto
si siente celos. Beatriz fresca, rubia, límpida,
no puede siquiera sentirse en competencia con ese ser
oscuro que es ella. Sin embargo una mañana la encontré
llorando en el baño, y empecé a notarla
como perdida en largas cavilaciones, justamente a Bea
que nunca fue muy dada al pensamiento.
Me alarmé sobre todo una noche cuando me volcó
como al descuido, unas gotas de su propio perfume sobre
el traje, justo en el momento de salir. Y la noche cuando
se apareció con una peluca rubia igualita a su
pelo y me convenció de que personificara a un nuevo
travesti, esta vez elegantísimo, enfundado en su
vestido de gala. Pero claro, son éstos incidentes
menores en comparación con la eficacia con que
me hace el trabajo de transcripción y de ordenamiento.
Raro, sin embargo, como reaccionó ella al verme
llegar esa noche con atuendo de Bea. Me dijo: estoy hecha
para despertar en los otros un amor tan intenso y real
que después no pueden con él y me abandonan.
Bea sonrió un poco al copiar esta frase, una sonrisa
triste, y me preguntó ¿alguna acotación?
Y yo dije que no porque no tenía ninguna. Ella
me había largado la frase en medio de una charla
que nada había hecho para merecerla.
(pp 62 a 64)
A quien arma las piezas de este rompecabezas -o quizá
las desarme o cree otras figuras- lo que más le
desconcierta es la presencia invisible de ese grabador
de bolsillo de lo que ella no parece en lo más
mínimo enterada. No puede haber dejado de notarlo
alguna vez en un abrazo, durante alguno de los pocos momentos
de pasión que parecen haber compartido, o simplemente
al palmearlo a él de despedida, o en algún
gesto involuntario de él al poner al aparatito
en marcha o al detenerlo. Pero sí notó el
grabador, no pareció darle la menor importancia
al hecho de que sus más mínimos suspiros,
mientras él estuviera en su casa, quedaran registrados
para siempre. Claro que se cuidó muy bien de hablar
de Navoni; de su hermana la capitana, de Adela o de Miguel
o de la Organización. Si AZ conociera estos detalles
podría interpretar los símbolos, descifrar
el significado de los compañeros en la cárcel,
conocer los secretos. Habría interpretado los odios
de ella hacia su hermana mítica, su doble, y quizá
hasta habría sacado conclusiones. Al menos se habría
asombrado ante tanto papel escrito, mucho más de
lo que él pudo conocer. Cuartilla sobre cuartilla
hasta llegar a estas hojas que ahora estoy llenando, prieta
escritura para enredar aún más la madeja
y complicar la historia donde los otros, los menos iluminados,
pretenden ver claro. Pero si él hubiera tenido
acceso a cierta información, su posterior tortura
(y posterior es la palabra) y hasta quizá su muerte,
habrían tenido para él una razón
de ser y eso es lo intolerable: la causa que justifica
los efectos, la explicación racional infiltrándose
en medio de toda la irracionalidad que implica la conducta
humana.
(pp 92 a 93)
Como si hubiese resucitado al tercer día, salió
sabiendo. Salió sabiendo y no pudo escribir más,
naturalmente, porque la verdadera sabiduría es
incomunicable. Quienes pudimos verlo a la hora de emerger
leímos en sus ojos la captación de un universo
y también el terror por haberlo captado.
Necesitó entonces cambiar de plano para proseguir
su búsqueda, porque en éste ya la había
encontrado en cierta forma y podía retenerla con
sólo entornar los párpados. Algunos pocos
suspiramos aliviados, los más no notaron nada distinto
en la ciudad cuando se borró una puerta, una habitación
con diván desvencijado, algunas pin-ups en la pared,
una ventana oscura y rejas. El infierno de AZ se nos fue
para siempre y casi nadie lo supo. El empezó a
cargar con un conocimiento demasiado pesado después
de tres días de insomnio y de ayuno. Por suerte
tuvo agua, de otra forma lo hubiéramos encontrado
muerto allí mismo sin siquiera un gesto de rebeldía.
¿Encontrado muerto, dónde? Ese allí
fue creado tan sólo para él y entonces su
cadáver, luego de tres días de clausura,
habría emergido quizás en medio de las Ramblas
y al alcance de todos. Todos los que no supieron, los
que no vieron: los bienaventurados.
Pero no hubo peligro de dejarlo morir. Una muerte sobre
papel impreso significa una muerte repetida tantas veces
como lo crean necesario los lectores y eso no es justo.
Podríamos aceptar la idea de matarlo una vez para
responder a los requerimientos de la trama, pero en ningún
caso accederemos a la crueldad de repetir el gesto, de
cometer un asesinato cíclico.
¿Y si así fuera, señores y señoras,
y si la repetición anulara el efecto de muerte?
Entonces él está vivo como lo queremos.
Lo queremos vivo lo queremos ágil y sin embargo
lo encontramos después de 62 horas de tensión
continua. Igual lo seguimos: cuando menos razona mejor
sabe dónde va. Lo seguimos sin guiarlo sabiendo
que llegará a buen puerto. Eso es, al puerto para
su único, verdadero viaje (con barcos como animales
quietos, los lomos de los barcos, su piel tersa, sus bigotes
mástiles y el olor a brea). Encuentra unos fardos
a la sombra sobre los que se echa a dormir. En sueños
vuelve a su América y por primera vez la reconoce.
(pp 130 a 131)
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