Periodismo / Notas 

La Autora
Bibliografía
Novelas
Libros de cuentos
Otras publicaciones
Galeria de libros
Cuentos varios
Periodismo
 
Reseñas
Ensayos criticos
Entrevistas
 
Contacto
Inicio
volver

Revista VIVA, domingo 25 de octubre de 2009

CIUDADES DE LOS GRANDES ESCRITORES
Carlos Fuentes, presencia de todo olvido

“Fuentes supo contestar que él es un escritor que tiene la ventaja sobre Dante de habitar simultáneamente el paraíso, el purgatorio y el infierno. Y elige el infierno porque, como bien dice, allí se encuentra la gente más interesante”.


Luisa Valenzuela


Muchos escritores mexicanos dicen que han recorrido Buenos Aires en las páginas de nuestros autores: Borges y Bioy y Cortázar, entre tantos otros. Por nuestra parte, nos basta con leer a uno solo de los escritores de ellos para tener una experiencia intensa de su capital. ¡Pero qué capital! Lo poco de nombre propio que tiene: México DF o Ciudad de México (aún se discute si la palabra ciudad va aquí con mayúscula o minúscula) lo compensa con un tamaño y una complejidad casi inconmensurables.

Hacía falta la pluma de alguien de vastísima erudición y mirada abarcadora para ir pintándola: Carlos Fuentes. Tuve una larga conversación con él con motivo de la publicación de La voluntad y la fortuna, su última novela (quizá penúltima; al ritmo de publicación de dos libros por año nada es estable). Le pregunté si tenía idea de cuántas páginas había escrito hasta el momento.

–Jamás las contaré -, me contestó; no quiero competir con el anuario telefónico. De guía de teléfonos, tan plagada de personajes y de tan pobre argumento, nada tiene la obra de Fuentes. La riqueza está en todo, en la diversidad de ámbitos, en los memorables personajes, las situaciones y los mundos que se despliegan ante nuestros asombrados ojos lectores.

El año último se cumplieron dos aniversarios que todo México celebró como si fuese un acontecimiento patrio. Y lo era, porque su escritor emblemático cumplía ochenta años tan bien llevados que pocos pudieron seguirlo en el collar de festejos que se desarrollaron desde el DF hasta los más recónditos rincones del país. Los ochenta años del autor y los cincuenta de la primera edición de la novela que cambió el cauce de la ficción mexicana.

La región más transparente es considerada la primera novela verdaderamente urbana de México, porque penetró de lleno en toda la complejidad y maravilla y horror e infinita variedad de esa megalópolis casi inconmensurable que es México Distrito Federal.

Una cebolla de mil capas, una ciudad superpuesta en espacio y tiempo. Y se necesitaba un autor multifacético y voraz como es Fuentes para abrazarla en todo su esplendor. En todo su abyecto, deslumbrante, maravilloso y desconcertante esplendor.

La relación de Carlos Fuentes con la ciudad que le corre por las venas aunque nació en Panamá, vivió de pequeño en Washington y de adolescente en la Argentina, es una de amor/ odio. Que traducido quiere decir amor en todas sus facetas, hasta las más impías. Para muestra basta una ristra de botones que se van desgranado al comienzo de esa novela inaugural de título sarcástico.

–Es una ciudad que exige el odio como precio del amor, y el amor como precio del odio. No puedes escaparle –confesó Fuentes. Friso totalizador de una sociedad milhojas, La región más transparente comienza con el monólogo de su principal protagonista, Ixca Cienfuegos, casi alter ego del autor, que al quejarse con desesperación en realidad está ponderando una riqueza que va mucho más allá de banales cualidades admirables. Elijo algunos de los múltiples calificativos: “Ciudad puñado de alcantarillas, ciudad de vahos y escarcha mineral, ciudad presencia de todos nuestros olvidos, ciudad de la brevedad inmensa, ciudad del sol detenido, ciudad de los tres ombligos, ciudad de la risa gualda, ciudad vieja en luces, ciudad nueva junto al polvo esculpido, ciudad de tempestad de cúpulas, resurrección de infancias, encarnación de plumas, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire”.

En un largo diálogo telefónico Carlos Fuentes me aclaró el título de su novela inicial: –Ya en 1940 Alfonso Reyes escribió un hermoso ensayo, Palinodia del polvo, donde se lamenta: “¿Qué habéis hecho de mi región más transparente? Esto se ha llenado de turbiedad, de polvo, de grisura...”. Imagínate qué diría Reyes si resucitase.

Aquí estoy, hablando contigo y llorando, ¿sabes? No por la emoción que me procuras, sino porque los ojos me arden.

Porque México es hoy capital del smog. Y desde siempre ha sido una ciudad fagocitadora. Nunca hubo allí un plano urbanístico. Sólo una urgencia de crecimiento que, al avanzar como reguero de pólvora, se fue tragando poblados y hasta ciudades vecinas, integrándolas al tejido urbano. Es una ciudad/pulpo que va extendiendo tentáculos horizontales porque se niega a la verticalidad extrema, quizá por protección contra los terremotos.

Cada tanto México tiembla, nada que ver por suerte con el aterrador sismo de 1985, pero tiembla, y suenan las alarmas de los edificios altos y casi nada ni nadie más se alarma; es parte de la vida de esa megalópolis que en alguna forma invita a los temblores más diversos. Hasta los de deslumbramiento, ya lo dije. Porque cuando la ciudad de México se hace bella, es extremadamente bella, sobre todo allí donde afloran las fagocitadas ciudades coloniales con sus vastas mansiones blancas y profusos jardines de vivas santarritas, como en Chimalistac o en San Ángel, donde el célebre Bazar del Sábado atrae a turistas y locales con las más coloridas artesanías. México es eso, color y radiante sol, y es temporadas de lluvias torrenciales porque “no hay estaciones en la ciudad de México. Hay temporada de secas de noviembre a marzo y luego hay temporada de lluvias de abril a octubre. No hay de dónde colgar el tiempo, sino del agua y el sol que son la verdadera raya y cruz de México”, como se puede leer en Los años con Laura Díaz, novela que en otro capítulo también le canta a la ciudad su canción ambivalente y paradojal: “La ciudad antigua era un tumulto de quehaceres”, una “ciudad virreinal con pulso proletario, los palacios convertidos en casa de vecindad, los portones atrincherados con dulcerías y expendios de billetes, misceláneas y talabarterías, los mesones antiguos transformados en casa de asistencia donde dormían vagos y maleantes”. Y de ahí en más, porque a Carlos Fuentes le interesa la enumeración extensiva, caótica, al igual que esa ciudad suya también extensiva y caótica. Aunque los años de Laura Díaz no son los nuestros, poco ha cambiado en esa zona extraordinaria del ombligo principal de la ciudad, al menos por las calles laterales atiborradas de tiendas y sucuchos.

Pero en el epicentro, alrededor del descomunal Zócalo, plaza seca e imponente, los palacios de tezontle, esa piedra volcánica color rojo oscurísimo, han recuperado su majestad de siglos. El Palacio Nacional luce los más bellos murales de Diego Rivera, quien junto con Frida Kahlo son personajes clave de dicha novela. Y el museo de San Ildefonso, ya limpio de carteles e intervenciones espurias, es un ejemplo más de la magnificencia de la ciudad rodeada de montañas.

La superposición aquí es la clave. Las copas de esta ciudad/ cebolla también penetran en el pasado y en el fondo de la tierra. El Templo Mayor de Tenochtitlan consagrado a Quetzalcoátl está ahora puesto al descubierto casi al pie de la catedral metropolitana, cuyas más viejas piedras datan de 1534.

No debemos olvidar que esta capital, que es hoy una de las más extensas del mundo con una estimativa de 22 millones de habitantes, nació en respuesta a una profecía: los aztecas sólo podrían instalarse allí donde encontraran un águila posada sobre un nopal comiendo una serpiente. Y el destino les hizo una jugarreta. Después de deambular por doscientos años por fin se le dio la escena, pero era en una diminuta isla en medio del enorme lago de Texcoco. Merece ser un cuento de Fuentes, y de alguna manera lo es porque según el escritor, el antes y el después se funden en un constante presente. El desafío que tuvieron que enfrentar los aztecas, construyendo sobre balsas su magnífica ciudad lacustre con sólo cuatro calzadas sólidas que la unían a tierra firme, está emparentado con los múltiples desafíos a los que se enfrenta Carlos Fuentes en su escritura. Sobre todo cuando se sumerge en la narración de un pasado rayano en el mito.

La magna novela Terra Nostra, pongamos por caso, o libros de no ficción como Tiempo mexicanoo El espejo enterrado. La edad del tiempoAsí tituló Fuentes el ciclo de su narrativa que se va concatenando de manera secreta. Pero eso no es todo. El tiempo y su ciudad juegan un papel preponderante sobre todo en aquellas novelas y cuentos donde lo fantástico ingresa en nuestra cotidiana realidad. Y uno le cree, fehacientemente, porque la ciudad de México se presta a todas las ensoñaciones de magia y encantamiento. La casa donde transcurre la inquietante y breve novela Aura, pongamos por caso, parecería aún estar allí: “Te sorprenderá imaginar que alguien vive en la calle de Donceles. Siempre has creído que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie. Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, confundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado ‘47’ encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924.

Levantarás la mirada a los segundos pisos: allí nada cambia. Las sinfonolas no perturban, las luces de mercurio no iluminan, las baratijas expuestas no adornan ese segundo rostro de los edificios. Unidad del tezontle, los nichos con sus santos truncos coronados de palomas, la piedra labrada de barroco mexicano, los balcones de celosía, las troneras y los canales de lamina, las gárgolas de arenisca”.

Siempre presentes el atiborramiento y los contrastes en un centro de ciudad medio abandonado por la mano de Dios: “Paradoja, metáfora, imágenes, a qué peligros conducís”, puede leerse en La región más transparente. “¿Como puertas al infierno y al paraíso?”, le pregunté alguna vez, y Fuentes supo contestar que sí, ya que él es un escritor que tiene la ventaja sobre Dante de habitar simultáneamente el paraíso, el purgatorio y el infierno. Y elige el infierno porque, como bien dice, allí se encuentra la gente más interesante.

Por eso mismo es su México, que tanta veces execra por escrito, el lugar de su pasión y al que nunca puede dejar de retornar. En la extensa novela Cristóbal nonato (1987) se queja de la más amarga manera de la contaminación de “las colonias proletarias de la ciudad (¿hay otras?) del D.F. De Fe De Forme De Facto De Feque De Facultades”.

Antes fue una gloriosa ciudad lacustre que deslumbró a Hernán Cortés. Hoy es el puro cambio y a la vez la vibración del pasado. La llamada Zona Rosa, por ejemplo, risueña versión de una zona roja donde los turistas disfrutan la placidez casi barrial de sonrientes negocios y arboladas calles (raras en México DF) y un mercado donde se pueden comprar bellezas artesanales y comer delicias. Porque tal como sus artesanías, la cocina mexicana es una de las más complejas del mundo, y en la Zona Rosa todas las regiones del país están representadas. Aunque la colonia (barrio, para nosotros) de moda es hoy La Condesa, que entre otras novedades luce una magní. ca librería, la Rosario Castellanos, donde Fuentes suele presentar sus frecuentes nuevos libros.

Todo puede ser enorme allí; los mexicanos han heredado de sus antepasados aztecas el dominio del espacio a gran escala. Y de los tiempos virreinales han heredado el misterio, la sensación de ocultos secretos que Carlos Fuentes saca a relucir en obras tales como Inquieta compañía. En ciertas antiguas colonias, como la Roma o la del Valle, aun existen las casonas vetustas y ciegas con jardines mohosos que invitan a la imaginación.

El adentro y el afuera. Carlos Fuentes ha sabido dar vuelta su ciudad como si fuera un guante. Y hay para todas las manos en la inabarcable megalópolis de constantes claroscuros.

Podemos alejarnos de lo oscuro y dirigirnos al palacio de Bellas Artes, blanco como torta de bodas, a la vez museo y teatro de ópera, o al parque de Chapultepec, una de las pocas verdaderas zonas verdes de esa ciudad atiborrada, despareja (y están en la otra punta los antiguos viveros, y el Parque Hundido a mitad de ese largo camino). En Chapultepec los museos merecen detenidas visitas. El de Arte Moderno, el Tamayo, y sobre todo el soberbio Museo de Antropología, donde la variedad arqueológica del país luce su esplendor. De allí el coche puede llevarnos hacia la zona sur, transitando en lo posible por el segundo piso de la autopista de circunvalación, el Periférico, que atraviesa la ciudad para acelerar un tránsito casi siempre atascado; si el día es excepcionalmente luminoso, por un rato el valle de México recuperará su condición de transparencia y podremos ver a lo lejos los míticos volcanes, el Ixtacíhuatl y el Popocatéptl, majestuosos guardianes de la ciudad que vibra a 2.300 metros de altura. Llegaremos así a San Angel o tomaremos un desvío para ir a la bellísima Chimalistac o a Coyoacán con su propia catedral de piedra y su plaza central porque fue ciudad colonial y es ahora un remanso donde se puede ir a caminar admirando sus calles. No son estos, en general, los sitios que Carlos Fuentes elige para situar sus tramas. Quizá sí para vivir, aunque tampoco.

Su casa está escondida en unas callejas de piedra que trepan por el cerro, en lo que hubiera sido la elegante periferia de cualquier ciudad pero en el DF es un rumbo más, otro pueblo incorporado: San Jerónimo Lídice. Cerca quedan los parques de la Ciudad Universitaria, donde en los últimos años se ha erigido uno de los museos de arte moderno más espléndidos de América latina.

Entre muros con enredaderas florecidas está la casa de Carlos Fuentes y Silvia Lemus, su esposa y brillante entrevistadora literaria. Es un refugio recóndito y secreto. No así la vida de ellos: pasan en México la mitad del año, la otra en Londres, y la mítica tercera mitad por el mundo asistiendo a congresos y dando conferencias. Sí. Uno de los milagros de este escritor es vivir como si el tiempo fuera elástico, prodigándose en obra y en persona. Pero es en su ciudad donde alimenta su literatura.

–Mi vida aquí es un vacilón –con. esa–; una actividad perpetua, el teléfono y el fax que no cesan, las entrevistas, los actos públicos, los amigos, los horarios mexicanos que son horarios de dieta azteca, de sacrificio humano prácticamente. Se rompe la disciplina: pero el país, la ciudad, la gente son fascinantes. Entonces me digo: “Voy a México y no voy a escribir, voy a tomar notas, a leer, a viajar, a ver gente, a cargar las pilas”. Nuestra América me nutre mucho, pero para escribir tengo que retirarme a un lugar provinciano y quieto, como Londres.

 http://www.pa-digital.com.pa/periodico/buscador/resultado.php?story_id=848011#ixzz0thOVmxva