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La entrevista virtual
La siguiente entrevista tuvo lugar en Buenos
Aires, Miami, Los Angeles, Detroit, México DF,
Hanover, New York y en las orillas del Mississipi durante
los años 1978, 1984, 1985, 1993, 1994, 1997,
1998, 1999 y 2000.
Para realizarla no especulamos con el don de la ubicuidad
ni con la incierta sucesión temporal. Simplemente
hicimos "dialogar" a 17 entrevistas, las cuales
tuvieron la amabilidad de fusionarse y ceder la palabra
haciendo estallar en múltiples sentidos diferentes
textos que, independientemente, andaban por otros carriles.
Las respuestas de Luisa Valenzuela fueron respetadas
reelaboradas por la misma autora, según el caso.
Debimos reformular, en cambio, algunas de las preguntas
de los entrevistadores por una cuestión de cohesión
textual.
Con esta entrevista virtual intentamos romper cualquier
pretensión de sentido acabado en el tiempo y
en el espacio y disponer esta serie de significados
móviles bajo el signo de la constante interrogación.
A lo largo de su obra la presencia de las máscaras
como elemento simbólico ha generado diferentes
mensajes y connotaciones de acuerdo con la función
que cumplen dentro de cada texto. ¿Se identifica
con alguna máscara en especial?
Los Akán del África occidental tienen
lo que ellos llaman las máscaras desnudas, que
en realidad son invisibles. Creo que es ésta
la máscara que usamos a diario y es con la más
me identifico. Y no sólo desde el símbolo.
El ideal de desnudez como presentación del ser
ofrece un enorme atractivo.
Las máscaras, en general, nos hacen comprender
que la llamada realidad es también una escena.
Pensemos en la máscara que usamos para relacionarnos
con el otro, para poder respaldar el diálogo,
para poder sustentar los puntos de vista más
personales. Y sobre todo pensemos en la máscara
que desenmascara, como es el caso del lenguaje. El lenguaje
es en sí mismo una forma de la máscara:
cubre y devela a la vez. Las palabras son antifaces
que ocultan sentidos ulteriores sin que se pueda acceder
nunca al último de todos. Otro tanto ocurre con
la identidad de cada uno. Todo el tiempo nos estamos
poniendo máscaras, representando papeles sin
los cuales no existimos. La tarea del escritor es desarticular
las apariencias, desenmascarar los discursos, empezando
por el discurso de los dominadores que es presentado
como la única verdad y suele ser falso. El dominador
ya se trate de una clase, de un sexo o de una persona-
empieza por limitar y censurar el lenguaje del otro
para que su pensamiento quede encasillado. A la mujer,
por ejemplo, le estuvieron vedadas muchas palabras a
lo largo de los siglos. No sólo se le vedaron
las catalogadas como malas palabras. Muchas más
también. Al ir conquistando nuevas parcelas de
la realidad, el género femenino también
ha ido ganando un lenguaje más abarcativo. Esa
es otra de las razones por las que volví a mi
país, no quería que el español
se me escapara y que mi vocabulario se fuera achicando
y con él mi pensamiento.
Muchos de sus textos dejan traslucir esa nueva conquista
del lenguaje llevada a cabo por la mujer. Justamente
la novedad de ese logro obliga a caminar sobre terrenos
aun inciertos. Por lo tanto, ¿existen dudas con
las que se enfrenta a la hora de emplear las "malas
palabras"?
Creo en la fuerza de las palabras por eso las defiendo.
Mi nuevo libro Peligrosas palabras trae varios ensayos
sobre el tema, algunos de los cuales empezaron a gestarse
en los años setenta, como el que da el título
a la colección. Y hay uno precisamente titulado
"La mala palabra". La mujer conquistó
muy tarde su derecho al improperio. Y si no puede usarse
toda la gama que el vocabulario pone a nuestra disposición,
el lenguaje queda cercenado, castrado. Pero tampoco
me gusta el abuso. Hay que saber trabajar bien las palabras,
buenas o malas, usarlas para que no se descarguen y
pierdan efectividad. Palabras importantes han perdido
su carga semántica: decís "revolución"
y eso ya nada significa, no hay resto de vibración
emocional. Muchas palabras han sido totalmente desactivadas
como bombas viejas. Reactivarlas es una buena misión,
recordando siempre que el lenguaje es un ente vivo y
cargado de sexo.
Si trabajar con el lenguaje es "toparse" con
el sexo permanentemente, ¿en qué punto
convergerían la vitalidad del lenguaje a la que
hace referencia y el erotismo como una de las formas
particulares del sexo?
Veo la escritura como una forma muy activa del estar
vivo, y no se puede estarlo si no se tiene una relación
erótica con la realidad, y con la literatura.
El erotismo se manifiesta en el lenguaje cotidiano que
sólo en apariencia es asexuado e inocente. Me
gusta trabajar con coloquialismos de doble filo que
en mi caso suelen ser muy porteños, muy argentinos.
Trato de captar el ritmo del habla de mi gente y en
él me apoyo para contar lo que quiero contar;
o mejor dicho lo que quiere ser contado.
El concepto de la escritura lograda con y a través
del cuerpo recorre toda su obra. ¿Qué
significa exactamente escribir con el cuerpo y cómo
se pone en marcha ese proceso?
Se trataría de una función de la libido.
Es un reconocimiento del trabajo del deseo y de sus
representaciones inconscientes. El cuerpo sabe cosas
de nosotros que nosotros ignoramos y expresa cosas propias
y hasta ajenas que nos suelen pasar inadvertidas. Esas
expresiones reaparecen si tenemos suerte- en la escritura.
Por eso sostengo que hay que escribir lo inescribible,
hablar de lo inefable. Si no, estamos todo el tiempo
contando las mismas historias desde distintos ángulos.
El cuerpo ayuda a acceder a otro enfoque, a otra iluminación.
Quizá se trate de descargas fisiológicas,
de adrenalina y otros elementos como las hormonas cerebrales
que nos rigen sin siquiera hacérnoslo notar.
Además, yo escribo con el cuerpo porque me muevo,
salto, me entusiasmo, bailo cuando estoy escribiendo.
La utilización del cuerpo en la búsqueda
de la palabra resuena como una idea cargada precisamente
de hormonas femeninas. ¿Cree en la existencia
de una escritura femenina?
Hasta ahora creíamos que había una sola
escritura porque, literalmente, había una sola
y era la del hombre. Yo creo que el sexo, la actitud
sexual y el deseo aún implícito tiñen
la palabra. Siendo que la palabra es sexuada, el acercamiento
a la escritura es distinto según el género
(no el literario, el otro). Esto no quiere decir que
las temáticas sean distintas. Para la mujer lo
importante es explorar su deseo, porque siempre estuvo
marcada por el deseo del hombre. Es importante explorar
con la palabra ese mundo donde sí hay una diferencia.
Por eso no me interesa tanto la literatura que narra
acontecimientos, anécdotas, sino la que se mete
en honduras a través del lenguaje, a través
de la manera de decir, del estilo, de la respiración;
y en ese sentido es distinto lo que escribe el hombre
de lo que escribe la mujer.
El discurso feminista durante mucho tiempo ha investido
a su escritura con características bastante distintivas.
¿Podría enmarcarse su obra en el contexto
de este tipo de literatura?
No soy una feminista digamos dogmática. Por eso
mismo suelo decir que no soy feminista. Pero soy mujer
y defiendo mi posición. Esto no implica una idea
negativa sobre la literatura feminista. Prefiero eso
sí evitar encasillamientos porque las etiquetas
siempre te ponen del lado de lo estático. Hay
un riesgo al hablar de literatura feminista y es el
riesgo de toda clasificación: literatura surrealista,
criollista, posmodernista; la construcción de
una literatura que pretende transmitir un mensaje determinado,
aferrándose a un código como salvavidas.
Yo creo que una va a escribir cierto tipo de literatura
feminista simplemente porque es una mujer que está
preocupada por los problemas de su momento, de las mujeres,
de nuestra posición en el mundo. No me propongo
encarar la literatura como una lucha partidista, como
una postura de dogmas sino como una forma de cuestionamiento
al tipo de sociedad en el cual vivimos.
Por otra parte, pienso en mí como alguien que
nació feminista pero a quien no le gustan los
"ismos". No quiero estar obligada a nada.
Soy una seguidora de la "Patafísica"
y la "Patafísica" por definición
"no obliga a nada, sino que desobliga en todos
los sentidos de la palabra desobligar y de la palabra
palabra". Sin embargo, desde niña, incluso
sin haber sido consciente de ello, he luchado por mi
condición de mujer. Siempre vi la opresión
muy claramente. Me siento una víctima más
de esa guerra y soporto mis heridas con orgullo. Sin
embargo evito cualquier tipo de embanderamiento. De
ahí mi anárquica posición política.
En mi país pongo incómoda a mucha gente.
La izquierda piensa que soy de derecha y la derecha
cree que soy de izquierda.
¿Cuál percibe como el foco en el que ponen
énfasis sus trabajos? ¿Su mayor preocupación
es la mujer, el lenguaje o la política? ¿Son
separables?
Son inseparables. Creo que el lenguaje es siempre político.
La escritora inevitablemente trabaja los diferentes
tonos de las palabras que elige para darle un matiz
ideológico a lo que está siendo dicho.
Mientras más se trabaja con el lenguaje, más
se percibe la posibilidad o bien de manejar el lenguaje
(con las limitaciones del caso) o de dejarse manipular
por él. Y por lo tanto la idea de liberar y limpiar
(en el sentido de descontaminar) la palabra de la mujer
siempre me ha preocupado. En cuanto a la temática
política, directa o indirectamente casi siempre
aflora en mi escritura. La marca de la represión
resulta demasiado fuerte como para borrarla de un plumazo.
La literatura femenina, por lo menos en Argentina, no
ha encontrado, y aun hoy no encuentra, un camino demasiado
libre de obstáculos. Tal vez esto se relacione
con la cuestión de haberle sido vedados algunos
territorios durante un largo tiempo. ¿Considera
que su obra ha superado estos límites impuestos
constituyéndose en una literatura política?
Quizá el principal obstáculo lo constituya
la frase "literatura femenina" que aún
hoy parecería connotar algo de poca envergadura.
Y a veces lo es, con límites autoimpuestos. Con
toda consciencia he tratado de superar esos límites,
que ya no aparecen tanto en el terreno de un decir sexual
sino político. A menudo he abordado, directa
o indirectamente, el tema político en mi obra.
En forma no dogmática, espero, porque la mía
es una literatura de exploración. Escribo para
intentar responder a mis dudas intelectuales, a mis
dudas por ejemplo sobre el tema del poder. Hay que reconocer
que a la política nos la han impuesto desde el
poder y así es como aparece en Aquí pasan
cosas raras, en Como en la Guerra, en Cola de Lagartija,
en Simetrías, en Novela Negra. Llega un momento
en que una no puede desprenderse de todos esos fantasmas;
la demencia criminal a la que fuimos sometidos los argentinos
fue tan grande que lo peor sería callarla.
Con orgullo y también dolor puedo decir que escribí
sobre las atrocidades de la dictadura militar mientras
estaban ocurriendo. Ahora no se me puede tildar de oportunista.
¿Cuál sería entonces la principal
fuerza que la impulsa a la hora de escribir? ¿Se
plantea algún objetivo en ese momento?
En definitiva, escribo para intentar entender. Octavio
Paz dijo que escribía para poner en orden el
mundo, y en cierta medida es así, pero en mi
caso se trataría de poner en orden el mundo interior,
no el externo (esto último es una pretensión
demasiado masculina), y clarificarme en lo posible las
ideas. El escribir sobre la res política, en
el caso por ejemplo del horror de las muertes provocadas,
de las desapariciones, es realmente un querer saber
por qué esa crueldad, por qué tanto horror.
Es ésta la función del escritor como nombrador.
Hay una manera de reconocer, de no negar una realidad,
por más que nos duela. Yo creo que es una de
las tareas más arduas y difíciles impuestas
al escritor, y sin embargo, es lo único que podemos
hacer. El tema de la memoria nos salva de volver a tropezar
con la misma piedra. O de volver a permitir que nos
lapiden.
¿Cómo hace una escritora para lograr mediante
su trabajo mantener viva la memoria en una sociedad
como la Argentina y desde un lugar novedoso, no cartografiado
y sin nombre?
Lo importante es reconocer la herida, admitirla, dejar
que supure, que sangre aunque duela, hasta que empiece
a cicatrizar desde lo más profundo. Fomentar
el olvido, el "dar vuelta la página",
es una manera de hacer que las heridas cicatricen en
falso. Hay que enfrentar la herida, no volviéndola
a cometer, sino mediante el reconocimiento y la búsqueda
de justicia, como en el caso de los juicios a las Juntas
Militares y de la investigación de la CONADEP.
Y ahora el triunfo de Abuelas que consiguió se
castigue a los apropiadores de niños durante
la dictadura, y el magnífico trabajo de denuncia
y limpieza que está llevando a cabo el CELS o
la persecución de los corruptos hasta las máximas
instancias. Son éstas curas en profundidad para
evitar que la herida social siga supurando subterráneamente,
cosa que nos venía ocurriendo hasta hace poco.
¿No sería el olvido una especie de defensa
psicológica individual o colectiva causada por
experiencias adversas como la tortura? Por un lado,
tenemos ciertos gobiernos usando el olvido como una
forma de censura pero, por otro lado, puede ser una
forma de defensa.
Lo que tenemos que tener en cuenta es que el olvido
que aparentemente te defiende, en última instancia
te deja en punto de absoluta vulnerabilidad, porque
es allí donde no estás preparada para
el ataque. Con esto no estoy diciendo que se deba recordar
todo el tiempo, ni vivir en ese estado de la melancolía
donde "todo tiempo pasado fue mejor" o donde
se está pendiente de los dolores y de los horrores
ocurridos. Pero tampoco conviene clausurarnos. La sociedad
en pleno no puede permitirse ese lujo, como tan bien
analizó la socióloga Avery Gordon en su
libro Ghostly Matters. Aquello que se intenta ocultar
u olvidar contamina el cuerpo social más que
ninguna otra cosa.
Esto en lo referente al olvido impuesto desde fuera:
el olvido digamos "político" que en
lugar de protegernos nos vuelve más vulnerables.
Pero como siempre las palabras y los conceptos son de
doble filo conviene tener en cuenta que hay una forma
de olvido que podríamos llamar literaria, y que
se parece más a un proceso de digestión.
Borges hablaba mucho del poder del olvido desde el punto
de vista del escritor. Él, que era tan memorioso,
veía el olvido como una forma pienso ahora- de
alejar los conocimientos de la pantalla activa de la
mente y dejarlos que vayan cocinándose a fuego
muy lento. Borges no habría usado la palabra,
pero vendría a ser como una maceración
inconsciente para que el conocimiento eche raíces
o se ramifique hasta elaborar asociaciones inesperadas
y fértiles. Literariamente hablando, claro está.
Al escribir resulta esencial tocar ese punto de aparente
olvido donde sólo queda la impronta de un recuerdo,
una marca que habrá de aflorar casi como el síntoma
freudiano, que insiste porque se resiste. Se trataría
entonces de romper la resistencia para que la insistencia
diga finalmente su palabra.
¿Cree que este terror de no decir está
más presente en escritores latinoamericanos que
en los norteamericanos?
No hay duda de que la llamada literatura latinoamericana,
esa que afloró con tanto vigor en los años
sesenta, está más emparentada con la magia,
con los sueños, con la imaginación, porque
nuestra vida política no puede ser más
estrafalaria. Es una realidad "otra", para
decirlo de alguna manera. Pero también es otra
nuestra visión del mundo. Tenemos una cosmogonía
diferente, otra concepción de lo real, de más
amplio espectro diría yo. Los escritores latinoamericanos
no necesariamente buscamos la certidumbre, que suelen
ser paralizante. Por otra parte, la gran literatura
norteamericana ha sido desde siempre maestra de muchos
escritores nuestros, pensemos en Faulkner y Onetti,
sin ir más lejos. Nosotros también sabemos
apreciar el rigor de lo fáctico.
¿Por qué se declara "desgarrada entre
la poesía y la antropofagia"?
Hay un contexto histórico muy simple que suelo
interpretar como enunciado metafórico, para usar
el término de Paul Ricoeur. Cuando los primeros
pobladores de estas costas del Río de la Plata,
un puñadito de hombres sin orden ni concierto,
se vieron cercados por los indios y amenazados de inanición
no tuvieron más remedio que empezar a alimentarse
con sus propios muertos. La cara luminosa de esa macabra
moneda la estampó tiempo después Martín
del Barco Centenera, el poeta español que compuso
la oda "La Argentina" bautizándonos
de un plumazo y poblando a las desoladas pampas con
seres de la mitología europea. Por eso creo que,
aún hoy, la poesía y la antropofagia son
dos polos de una realidad muy nuestra. Para no hablar
de la mitología europea...
¿Podría hablarse de una diferencia sustancial
entre la concepción de la realidad que tiene
el argentino y la que tiene el resto de los latinoamericanos
en general?
Yo creo que los argentinos somos infinitamente más
latinoamericanos de lo que nos permitimos imaginar o
nos dejaron creer. Basta con alejarse de Buenos Aires,
observar el culto de San la Muerte en Corrientes, ir
al Tinkunako en La Rioja, festejar el primero de agosto,
día de la Pachamama en Jujuy. Estamos tan en
contacto con el pensamiento mítico, unificado,
como lo están los pueblos de México o
de Bolivia. La intuición, el llamado pensamiento
mágico del hemisferio derecho del cerebro está
diciendo cosas muy complejas que poco a poco empiezan
a ser demostradas científicamente. Es una relación
riquísima, artística y vital del ser humano
con la naturaleza que lo rodea. Muy latinoamericana,
muy nuestra.
En mi narrativa muchas veces incorporo dicho material
para tratar de entender un poco mejor el mundo. Hay
secretos que afloran con mayor claridad si aplicamos
el pensamiento llamado primitivo. Ciertas ceremonias,
hasta algunas fotos de golpe me despiertan asociaciones.
Por ejemplo una vez vi una foto de un antiguo pueblo
indio abandonado en medio de la montaña. La montaña
era roja y el pueblo, de adobe hecho con esa misma tierra,
era también rojo. Monocromático todo,
espectral, mimetizado con la tierra. Despertó
en mí resonancias muy antiguas y dio origen al
cuento "Crónicas de Pueblorrojo".
¿Qué relaciones podrían plantearse
entre el concepto de entender el mundo a través
de la escritura y la idea de rescatarse a uno mismo
que menciona con frecuencia?
Suelo preguntármelo. Redimirse de lo que venimos
acumulando contra nosotros mismos, contra la humanidad
o contra la vida. Todo lo que hacemos es erigir barreras.
Entonces tanto como pedir perdón por nuestras
malas acciones también tendríamos que
disculparnos, lamentar y tratar de abolir la enorme
cantidad de vallas que erigimos para aislarnos de los
demás, de quienes consideramos distintos o distantes.
¿Qué otras cosas está buscando
con su escritura?
Todo. Más que nada me interesa la búsqueda
en sí misma. Un consejo de los pielrojas previene
"No salir a cazar una presa en particular porque
se corre el riesgo de no ver las otras posibles presas
que estarían al alcance". Si se sale a buscar
y punto, es posible encontrar cosas más enriquecedoras.
Y yo busco a través de la palabra.
El lenguaje no puede ser visto sólo como un suplemento
a ser utilizado por el escritor, por el contrario, es
el centro, la vida, el instrumento que el escritor debe
constantemente afinar para arrancar ese sonido fundamental
que es el estilo. El lenguaje va así cobrando
vida propia, la propia red de sensibilidades y percepciones.
El lenguaje así comprendido, en todas sus posibilidades
exploratorias, no es una pieza inmóvil, un museo
inerte o puramente informativo.
Cuando escribo, el resultado tiene que ir sorprendiéndome
a mí en primera instancia. Y hay que reconocer
que es un saco de sorpresas, la imaginación,
una bolsa de gatos. Sólo entonces sé que
las cosas marchan, cuando logro atar cabos que ni sospechaba
podían tener conexión alguna, y la tienen
de manera muy lógica si bien inesperada. Entonces,
cuando la creación ya no es propia, en el momento
en que la leen y reescriben los lectores, aparecen otras
cuerdas, se atan nuevos cabos, se teje esa trama del
texto de una manera distinta, enriquecedora. Esto le
va a pasar constantemente a quien escribe ficción,
o debería de pasarle para que su obra entre en
actividad. Pensar que la obra va sólo en un sentido
o en un grupo de significaciones marcadas por la mano
del autor/a denota arrogancia, quizás ingenuidad,
o simplemente una comprensión muy limitada de
la actividad creativa.
¿En qué momento de esa actividad creativa
uno toma consciencia de las propias obsesiones, de las
recurrencias, de las constantes que aparecen en los
distintos textos?
Una cree que no hay constantes, que siempre opera por
saltos, que salta de una temática a otra, pero
en verdad, sí hay constantes, obsesiones que
crecen con el proceso de creación; podríamos
hablar de parámetros, o de líneas de fuerza.
Solía entender cada uno de mis textos como un
ente separado, individual y sin relaciones con mis otros
textos. Más tarde comprendí que había
una línea de conducción, de continuidad,
aspectos recurrentes, exploraciones propias.
Trabaja mucho con las frases hechas, con los cortes
abruptos. Por lo tanto necesita un lector muy participativo.
¿Imagina su lector mientras escribe?
No me imagino al lector o lectora, pero me gusta desconcertar
y aspiro a alguien que esté dispuesto al asombro.
Todo buen lector/a es participativo, se involucra, se
identifica con algún personaje o descubre elementos
entre líneas; eso es la buena lectura y nos enseña
a leer la realidad en todos sus dobleces. La escritura
es también una forma de lectura de la realidad.
Es un ir enfocando los diversos ángulos, un ir
echando luz en las zonas más oscuras. Aprendemos
a nunca sentirnos en una posición segura. Debemos
estar alertas, siempre recodar que el mundo cambia constantemente.
La literatura es ese momento donde las palabras adquieren
otro valor y te sacuden.
¿Cuándo se pone a escribir se plantea
como un tema importante a resolver cuál va a
ser la voz del texto o cuál va a ser la voz que
narra? Son dos cosas distintas pero están emparentadas.
Yo creo que la voz del narrador debe encontrar la voz
del texto. Si no encontrás la voz para tejer
esa específica historia, no hay escritura. Sólo
hay escritura desde el momento en que aparece esa voz.
A veces es apenas un murmullo, una frase que escuchás,
una frase que se planta y después hay que ir
tirando suavemente del hilito. El cómo se dice
es más importante que el qué se dice (bien
lo consignaron Joyce, Goytisolo, Lispector). Una puede
escribir veinte veces lo mismo de veinte formas distintas
y no lograr encontrar la voz apropiada.
Cuando está en medio del proceso narrativo ¿le
ocurre darse cuenta que ha entrado en un impase y piensa
en regresar y comenzar de nuevo en otro momento?
Si, es lo que hice con "Cuarta Versión",
que está en Cambio de armas. Yo tenía
una novela larguísima perfectamente planeada.
Y en el proceso de escritura sólo lograba entrar
en el tema y retroceder, ensayar desarrollos que borraba,
siempre empezando de nuevo, en un vaivén de hacer
y deshacer. Acabé por entender que había
algo equivocado de raíz, que no podía
dar con el meollo del secreto, es decir, tocar el punto
donde lo no dicho cobra una verdadera presencia. Todo
trabajo de escritura es una persecución de lo
inefable. Al mismo tiempo todo puede ser puesto en palabras.
El problema consiste en descubrir cuáles son
las palabras y dónde están. Hay que buscarlas
y hay que matarse para encontrarlas de alguna manera.
Y no develar la esencia del secreto. Aceptar la paradoja.
La búsqueda de la palabra es precisamente una
de las constantes en su obra. Esas palabras van en dirección
de lo inefable. Ahora bien, definir qué es lo
inefable sería algo así como el equivalente
de concretar una utopía. Sin embargo, le vamos
a pedir que corra el riesgo.
Toda experiencia humana roza lo inefable, desde una
experiencia mística hasta una de amor o algo
tan trivial como la sensación que te queda después
de pincharte un dedo. No hay determinados temas o situaciones
o sentimientos que se presten más a lo inefable
que otros pues es una cuestión de perspectivas.
Hay esa frase típica de los discursos: "no
tengo palabras para expresar mi emoción".
¡Qué va! Si no tengo palabras es porque
soy muy haragana, no las he buscado. Y al mismo tiempo
hay una gran verdad en la frase, porque las palabras
siempre van a estar en falta. Por suerte. Por eso mismo
insistimos e insistimos en seguir escribiendo.
Para tomar la dirección de lo inefable ¿habría
que romper la barrera de limitaciones supuestas?
Claro está. Hay que romperla porque eso es lo
que le da sentido al arte. Si seguís escribiendo
sin intentar la sisífica tarea de expresar lo
que no puede ser puesto en palabras, no has dicho nada.
Hay que agarrar esas digamos trescientas páginas
que tenés escritas y reducirlas, que fue lo que
yo hice. Cuando sos capaz de hacer eso con tu escritura
lo que verdaderamente hacés es reinventar el
planteamiento de lo que estás buscando, indagar
en aquello que se oculta y que se niega a ser dicho.
Ocurre como con el deseo. Lo único que el deseo
puede hacer para sobrevivir como tal es resistirse a
ser expresado. La única razón de ser del
deseo es la de no manifestarse, la de estar subyacente
como algo inquietante y hasta amenazador. Y la única
tarea del escritor es acorralarlo, circunvalarlo, hablar
de él constantemente sin por eso traicionarlo.
El deseo puede manifestarse representado en las formas
más variadas y algunas de esas representaciones
están relacionadas estrechamente con la zoología.
Existen muchos animales en los títulos de sus
cuentos y novelas. ¿De dónde vienen?
Son partes de la personalidad, hay nahueles como dicen
en México, hay animales que la rondan a una.
Pero asoman la cabeza en calidad de símbolos.
La lagartija sería el más contundente,
en mi caso. Es un animalito muy particular, varias especies
se reproducen por partenogénesis: cuando hay
mucha sequía y no hay alimentos suficientes las
hembras empiezan a clonarse. Además la lagartija
tiene una cola sorprendente que vuelve a crecer cuando
se la cortan o arrancan. Aunque el llamado "cola
de lagartija", que da título a mi novela,
era en realidad un látigo que se usaba a fines
del siglo pasado en Corrientes para castigar a los presos.
Hablé también de gatos, los de las siete
vidas que en mi obra se caen del otro lado y representan
la muerte. Y del lobo, usualmente pensado como símbolo
de la parte oscura de la psiquis humana, la zona más
inaccesible de nuestro inconsciente. Cada animal tiene
su idiosincrasia y algún valor simbólico
que me interesa explorar. Creo por ejemplo que la verdadera
lección para convertirse en un ser humano completo
radica en asumir y confrontar al propio lobo. A raíz
de lo cual me propuse contar los cuentos más
famosos de Perrault como pienso- debieron de haber sido
contados antes de que la moraleja patriarcal los distorsionara.
Contarlos desde perspectivas femeninas a veces actuales,
irónicas, politizadas, es decir restituyéndoles
eso espero[PDD5]- su básica verdad.
¿Por qué agrupó estos relatos bajo
el subtítulo de "Cuentos de Hades"?
Porque en realidad surgen y nos conducen al inconsciente
por un camino oscuro que a veces nos acerca a los infiernos.
Las hadas no son sólo la bella tontería
que nos presentaron como cortina de humo. Son éstos
cuentos del mundo interior hecho de claroscuros, de
aquello que no querés reconocer, donde la curiosidad
tiene un valor muy importante. Si la princesita esposa
de Barbazul se quedara a vivir en el castillo sin espiar
en esa pieza donde están las mujeres degolladas,
conviviendo con un secreto macabro aunque no lo reconozca
como tal, su vida estaría en constante peligro.
Es necesario mirar y arriesgar la vida por el conocimiento,
por el saber. Por eso asocio el desenlace con la necesaria
"curiosidad" de las Madres de Plaza de Mayo.
En ese grupo de los llamados "cuentos de Hades"
usted ofrece una versión muy interesante de Caperucita
Roja. ¿Cómo nació la idea?
"Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja"
se originó con una pregunta, como muchos de mis
textos. Me pregunté un buen día por qué
la madre de Caperucita, que se supone que es una buena
madre, la manda a la nena al bosque tan peligroso donde
mora el lobo feroz. Parte de la respuesta, obviamente,
es que el bosque simboliza la vida. Para madurar hay
que atravesar el bosque. A partir de ahí fui
desarrollando el tema: es sabido que la capita roja
es la pubertad, la menstruación. Muchos escritores
y muchas escritoras, a partir de allí, resemantizaron
el texto con ideas más o menos fantasiosas. Pero
la lectura profunda de Caperucita Roja creo haberla
hecho yo por primera vez[PDD6], aunque esto puede ser
una fatuidad total. Eso sí, no agregué
nada a la historia, la deconstruí y reconstruí
partiendo de los elementos básicos. Y entendí
que el camino de Caperucita es el camino que debe transitar
la mujer para ser ella misma. Debe acceder a la pubertad,
salirse de madre, alejarse de la madre, asumir la madre
y caminar hacia la abuela, es decir hacia la "abuelez",
la sabiduría. En el camino se encontrará
con sus instintos, con su sombra, con sus oscuros deseos
representados por el lobo. En la medida en que a la
mujer se la escinde de su parte oscura, de su lobo,
nunca será un ser humano completo. Y el patriarcado,
agradecido. Por eso mismo pensé que quizá
no fuera así como se narraban estas historias
ejemplares en un principio, mientras las viejas se las
contaban a sus nietas junto al fogón. Fue Charles
Perrault, en 1670, quien primero las puso por escrito,
redactando moralejas restrictivas, reificando a la mujer.
Debemos recordar que Perrault fue asesor de Colbert
y el hombre que escribía los discursos de loas
al Rey Sol. No debe sorprendernos que alguien tan enamorado
del autoritarismo les aconseje a las niñas ser
modositas, dormir hasta que llegue el príncipe,
no apartarse del camino trillado.
¿Qué experiencia se presenta como la disparadora
en la escritura de El gato eficaz?
En 1969 me otorgaron la Beca Fullbright y partí
a los Estados Unidos para participar en el programa
internacional de escritores de la Universidad de Iowa.
Aquello era un conventillo de escritores, neurótico
y fascinante. Tuve la suerte de coincidir con un grupo
excepcional de latinoamericanos: Juan Sánchez
Peláez, Carmen Naranjo, Fernando del Paso, Antonieta
Madrid, Carlos Germán Belli, Fernando Arbeláez,
Néstor Sánchez, Nicolás Suescún.
Al principio todo era muy desconcertante, eso de convivir
en una pequeña ciudad con un enorme campus universitario
donde estaba prohibido el consumo de alcohol, y además
tapados por la nieve. Pero después de un largo
impase se dio el milagro y casi todos nos pusimos a
escribir.
Allí para mi enorme sorpresa nació El
gato eficaz, ese texto tan distinto de lo que había
escrito antes y hasta de lo que escribiría después.
Creo que fue desencadenado por mi primer paso por Nueva
York. Me resistía a pasar por una ciudad que
me parecía tan despiadada después de leer
a James Baldwin. Y de pronto me encontré con
esa Nueva York del fin de la década de los sesenta,
tremendamente vital y dura, con tanta gente autodestruyéndose.
Eso me movió muchas cosas. Pero en realidad,
una no escribe movida por lo que viene de fuera; lo
que viene de fuera sólo sirve para despertar
aquello que está dentro de una, como una obsesión
más.
En Iowa ¿qué relación se estableció
entre los miembros del grupo de escritores?
La idea y la intención es darles a los escritores
un espacio y un tiempo en el cual no tengan nada que
hacer, ninguna otra obligación que la de escribir.
Una vez por semana uno del grupo daba una conferencia.
Al principio nos resultaba imposible concentrarnos,
no hacíamos más que sentarnos a discutir
y pelear sobre literatura. Teníamos el horario
al revés. Nos acostábamos a las cuatro
o cinco de la mañana, nos levantábamos
a las dos de la tarde. Nos íbamos a almorzar
al pueblo, con gran esfuerzo, caminando sobre la escarcha.
Y volvíamos amargados. Después, a la noche
poníamos música guapachosa y bailábamos,
para hacernos la ilusión de estar en el Caribe.
A la vez logramos superar el tan mentado (allí)
shock cultural. Una mañana me desperté
al alba, es decir como a las nueve, y sentí un
irresistible impulso de escribir. Lo que anoté
me pareció tan extraño que pensé
en descartarlo, pero de allí comenzó a
fluir, como un manantial, la idea de la muerte que yo
estaba resistiendo cuidadosamente durante las charlas
nocturnas. Así surgió casi todo El gato
eficaz. La última parte la completé en
México, camino de regreso.
¿Hubo influencias mutuas en ese grupo?
Nos leíamos lo que íbamos escribiendo
y eso nos sirvió de estímulo. En Iowa
fue donde Fernando del Paso comenzó a escribir
Palinuro de México; tuvimos el honor de verlo
nacer. Y Sánchez Peláez siempre recitaba
alguno de sus magníficos poemas. Había,
en efecto, una influencia recíproca. Nos sentíamos
aislados, separados de la realidad, pero participábamos
de otra realidad muy poderosa y enriquecedora. Para
mí la experiencia de Iowa fue fundamental. Resultó
ser un gran acicate con mucha carga negativa. Nada viene
solo. Sentía una angustia espantosa. Era una
transición difícil; teníamos todos
más o menos treinta años y no estábamos
lo suficientemente maduros como para desligarnos de
la nostalgia, pero, de todos modos, a mí esos
ocho meses me hicieron mucho bien.
¿La idea de muerte en El gato eficaz señala
una vuelta de tuerca en su escritura?
Esta obsesión con la idea de la muerte no era
mía; éramos muchos los escritores encerrados
y se generaba mucha angustia. Cada escritor, cada escritora
tiene sus fantasmas, sus obsesiones, y de golpe esos
fantasmas y obsesiones se lanzaban a galopar sueltos
por los corredores. Muchos hablaban de la muerte, del
miedo a los aviones, de los vértigos, y yo me
sentía totalmente al margen de esos temores;
decía que no tenían nada que ver conmigo.
Hasta que empecé a escribir sobre los gatos de
la muerte y me encontré atrapada y disfrutando
y explotando ese miedo. En aquel momento yo no lo pude
reconocer pero fue precisamente eso, un reconocimiento
del miedo generativo que me llevó a escribir
el Gato. Porque creo que hay miedos positivos, estimulantes
en la medida en que una los reconozca, logre nombrarlos
y pueda actuar a partir de ellos; de lo contrario el
miedo nos paraliza.
¿Podría afirmar que usted es una mujer
a la que no le asustan los cambios?
¿Que no me asustan? ¡Me dan pánico
y al mismo tiempo me encantan! Y de alguna manera los
provoco porque siento que son necesarios para el fluir
creativo. No puedo actuar de otra manera. Sé
de un miedo que nos impulsa a actuar, las descargas
de adrenalina son necesarias para una acción
rápida y eficaz, y lo importante como ya dije
es no dejarse paralizar sino seguirle la huella al miedo,
con humor, con irreverencia. La falta de respeto, y
la falta de respeto al miedo, es lo mejor que tenemos,
al menos cuando de literatura se trata. Eso lo entendió
muy bien Fernando Aínsa.
¿Piensa que en sus libros se manifiestan estos
sacudimientos, esta adrenalina?
Mis libros son el producto de los sacudimientos y los
cambios. Como corrientes internas que se modifican con
los cambios geográficos y culturales y crean
nuevos cauces. El estar lejos de Buenos Aires y añorarla
tuvo por fruto Hay que sonreír, novela que siento
como arquetípicamente porteña. El primer
shock con Nueva York desencadenó El gato eficaz,
el segundo Novela Negra con Argentinos, novelas en las
cuales el erotismo y la muerte se encuentran. La añoranza
de Nueva York me sirvió para poder desarrollar
la trama de La Travesía con toda felicidad. Y
así sucesivamente. Lo que no quiere decir que
escriba sobre los lugares donde estoy aunque a veces
sí. Quiere decir que vivir en distintos países
me ha marcado y modificado. México, por ejemplo,
donde nunca pasé largos períodos pero
que de alguna inexplicable manera se ha convertido en
mi locación imaginaria. México es para
mí el aquílugar del mito, encuentro allí
un submundo, una verdad oculta aún en el Distrito
Federal. Junto a la cultura urbana convive el mundo
indígena, soterrado, aplastado quizá pero
al mismo tiempo sumamente vital. En una época
tuve una casa en un pueblo pequeño, Tepoztlán.
Allí nada es obvio, no pasa nada [PDD8]y sin
embargo tantas cosas están ocurriendo a un nivel
más profundo. Los eventos populares tienen allí
distintas posibilidades de lectura; muchos aparentan
ser simples rituales cristianos, pero en ellos subyace
una magia arcaica que se va descubriendo de a poco.
La búsqueda de lo inefable, de hablar de lo que
no puede ser dicho ¿en qué medida estaría
emparentada con esa otra búsqueda que significa
el viaje, el cruzar fronteras, límites?
He estado en muchos rincones, he atravesado muchas fronteras
invisibles. No me interesa ninguna en particular; lo
que me interesa es el hecho de cruzarlas, de estar en
el borde, de asistir a la transición de un universo
a otro. Caminar, por ejemplo, por ciertas veredas de
Nueva York y cruzar ciertas calles es como caminar sobre
fuego.
No temo perder mi identidad por vivir en la frontera,
en los márgenes; por el contrario, me parece
que dejo de ser yo misma cuando entro en la rutina.
Cuando me estaba convirtiendo en una profesora universitaria
decidí dejar Nueva York. La literatura corría
el peligro de transformarse en una carrera para mí.
Y yo sé que en el momento preciso cuando el escritor
cree estar ganándolo todo, termina por perder.
El resultado de los casi once años vividos intensamente
en Nueva York (de 1979 a 1989) y de la exploración
de la marginalidad una marginalidad a la que asistía
porque me servía para mis obras, pero de la que
no participaba - dio por resultado Novela negra con
argentinos. Es una exploración sobre lo reprimido,
sobre lo no puede ser dicho.
En 1972 viví un año Barcelona. Seguí
haciendo notas periodísticas mientras daba vueltas
por Europa y también comencé a escribir
Como en la guerra. En Barcelona me encontraba con Alberto
Cousté, Mauricio Wacquéz, Nélida
Piñón, R. H. Vázquez Montalbán,
con Cristina Peri Rossi. También conocí
a muchos pintores conectados con la Galería Pecanins,
que era el punto de reunión obligado. Era un
ambiente muy cerrado, así que acabé inventándome
una Barcelona mítica donde transcurre Como en
la guerra. Escribía mucho y me vino muy bien.
Con otro grupo de amigos solíamos recorrer, asiduamente,
las ruinas románicas. Luego mi hija se volvió
a Buenos Aires y yo me fui a París; de allí
a Escocia donde trabajé junto con Norman di Giovanni
en una traducción de Los heréticos que
finalmente no pudo ser publicada . De Escocia pasé
a Madrid porque el Instituto de Cultura Hispánica
me había dado una beca para un trabajo periodístico.
Regresé a la Argentina poco antes de la muerte
de Perón en 1974.
¿La génesis de su primera obra también
se vio influenciada por la noción del viaje como
una exploración, como una búsqueda?
Lo primero que escribí de verdad fue, a los 18
años, un cuento que en aquel momento se llamó
"Ese canto" y ahora "Ciudad Ajena".
Apareció más adelante en la revista Ficción.
Escribí uno o dos cuentos más antes de
casarme e irme a vivir a Francia. Creía que sólo
tendría aliento para escribir cuentos cortos.
Cierto día me apareció la imagen porque
estas cosas van naciendo lentamente en asociaciones
inconscientes pero surgen de golpe como una revelación-
de una joven mujer que trabajaba como Flor Azteca, es
decir que trabajaba con la cabeza, sin cuerpo. Pienso
ahora que la idea se fue enriqueciendo con la presencia
constante de las prostitutas que pasaban taconeando
debajo de la ventana de mi departamento en París,
levantaban clientes y se iban al Bois de Boulogne. A
mí me parecían muy valientes al irse en
el coche de un desconocido al bosque. Con ellas nos
mirábamos y nos saludábamos, de lejos,
sin cambiar palabra. Desde muy joven me fascinaron los
submundos, los bares de marineros en el Bajo porteño,
el Parque Retiro. Así es como empecé a
escribir lo que creí iba a ser un cuento. Creció
solo y entré casi sin darme cuenta en el ámbito
maravilloso de la novela donde una frase va llevando
a una situación que se va encadenando con otra.
Los personajes cobran vida y empiezan a vivir a pesar
de la autora; empiezan a hacer lo suyo. Fue así,
casi sin darme cuenta, como escribí Hay que sonreír
a los 21 años.
Me identifiqué mucho con el personaje porque
me sentía tan extranjera, viviendo en París.
Hay una gran inocencia en esa novela. Cuando volví
a Buenos Aires la dejé en un cajón porque
pensé que carecía de sentido del humor.
No quería escribir cosas sin humor. Y ahí
quedó por seis años hasta que la releí,
me reí mucho y me di cuenta de que la exacerbación
de la sordidez era de por sí graciosa. Un trabajo
no tanto de personajes sino de arquetipos.
¿Qué clase de libros disfruta leyendo
y quiénes han sido sus principales influencias
literarias?
Una termina leyendo textos bastante diferentes de lo
que escribe. Me gusta leer antropología y etnografía
por mi interés por los rituales y las máscaras.
También me interesa leer sobre psicología,
filosofía, física y matemáticas,
entendiendo lo que puedo. Hay una científica
latente en mí.
En relación con la ficción, puede decirse
que siempre he leído con enorme entusiasmo a
Cortázar, a Lispector, a Borges, a Fuentes. Tantos
y tantas de entre los nuestros. Y entre los de habla
inglesa puedo mencionar a Susan Sontag, Michael Ondaatje,
Robert Coover, William Gass, Grace Paley, Paul Auster,
Peter Mathiessen, el Doctorow de City of God. En cuanto
a mis influencias, fui y soy una lectora omnívora
y todo lo que leí debe de haber dejado una marca
en alguna parte. Por supuesto Kafka, Faulker, Camus,
Beckett, Calvino, Chejov, Woolf, Barnes, Nabokov, toda
aquella gente y mucha más. Duras, Rulfo. Muchos
de mis maravillosos/as compatriotas. Viví en
Francia durante el nacimiento del Noveau Roman y de
Tel Quel y estuve prácticamente con todos ellos.
Las influencias siguen: supongo que no puedo omitir
a Salgari, las novelas de misterio, ciertas historietas
como "Patoruzú" y ahora la publicación
budista Tricycle, para relajarme de todo aquello.
Por otra parte, me identifico con escritoras que están
en la búsqueda y que ponen en práctica
un lenguaje distinto: Margo Glantz, Nélida Piñón,
Diamela Eltit, Antonieta Madrid, Cristina Peri Rossi,
Teresa Porzekanski, Carmen Naranjo, Elsa Osorio, Liliana
Heer.
¿Hay alguna cosa que le gustaría intentar
en ficción que no haya intentado aún?
Quiero intentarlo todo en ficción. Me gustaría
escribir todo el tiempo, como Kerouac. Me gustaría
ser totalmente minimalista y escribir sólo una
línea perfecta. Quiero llegar a estar lo más
cerca posible de lo inefable. Al mismo tiempo quisiera
escribir cada escena interesante, cada percepción
de mi vida, todo, en cantidad, alegremente, sabiendo
que el hecho de escribir es siempre una batalla contra
lo imposible.
¿Quién es Luisa Valenzuela?
Si lo supiera me dedicaría a oficios de certeza
como la religión, la política o el arbitraje
futbolístico. Porque no lo sé ejerzo esta
desazón llamada literatura. Aunque en ocasiones
me siento una gitana que se asoma al futuro con cada
uno de sus nuevos textos.
(El presente texto fue armado a partir de las
preguntas formuladas por los siguientes entrevistadores:
Roxana Russo, Jorge Felippa, María Angélica
Petit, Alessandra Luiselli, Alberto M. Perrone, Graciela
Gliemmo, Nora Domínguez, Rosa Beltrán,
Magdalena García Pinto, Evelyn Picon Garfield,
Fernando Burgos, Eliseo Cardona, Hugo Beccacece, Sandra
Bianchi, Sharon Magnarelli y Ksenija Bilbija).