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Entrevista Por Guillermo Saavedra

En busca del deseo
Para La Nación - Buenos Aires 2001

En su última novela, La travesía (Norma), Luisa Valenzuela recrea los personajes y los ambientes que frecuentó en Buenos Aires y en Nueva York y explora los aspectos más sombríos del comportamiento humano.

Ella, que suele ser tan jovial como para convertir cualquier cosa en objeto de una humorada, ahora parece, por un momento, seria. No preocupada ni triste, pero sí cautelosa. Acaba de publicar una novela, La travesía y, hace unas semanas, un libro que recoge algunos de sus ensayos: Peligrosas palabras. Y la inminencia de la entrevista, con su inevitable demanda de razones, la enfrenta a la perplejidad de quien ha escrito y descubre una vez más que no hay razones objetivas para haberlo hecho ni, menos aún, para justificar los modos en que su imaginación ha trazado en la página sus caminos de hormiga.
Para colmo, el azar de las agendas la obliga a concertar esta cita en una impersonal cafetería. Y a Luisa Valenzuela hay que verla en su hospitalaria casa de Belgrano, discurriendo por la amplia modernidad de su living, ofreciendo café en el jardín tachonado de flores o conversando en su estudio luminoso, donde se adivinan, entre los volúmenes de una gran biblioteca, ejemplares de las ediciones de su obra en varias lenguas. Fuera de su casa, la mujer que ha convocado la admiración de lectores tan exigentes como Julio Cortázar, Susan Sontag y Carlos Fuentes parece echar de menos su condición de anfitriona, una etiqueta informal que ejerce con alegría.
De a poco, Valenzuela alcanza nuevamente su modo peculiar del ingenio, una forma de la ironía que jamás se cumple a expensas de los otros. Por fin se anima a pensar en voz alta sobre La travesía, la novela cuya protagonista, una antropóloga argentina de mediana edad, se topa en Nueva York con un turbio avatar de su pasado:
"Había comenzado a escribir la historia ubicándola en Buenos Aires", cuenta. "La mujer regresaba al país luego de veinte años de ausencia y aquí se reencontraba con unas cartas procaces, de sexo explícito, escritas por ella a pedido de un marido secreto y perverso. Pero el libro cobró vuelo cuando me pidieron un cuento sobre una cita a ciegas para una antología a publicarse en los Estados Unidos. Retomé una escena apenas insinuada en mi libro Novela negra con argentinos, la desarrollé y, fantaseando mucho, armé el relato, que culminaba con la protagonista diciendo: 'Ahora termina esta horrible historia de la cita a ciegas, pero en verdad no: empieza la cita a ciegas con la parte de mí misma que me metió en esto'. Ahí me di cuenta de que ése era el principio de mi nueva novela y trasladé la acción a Nueva York. Desde entonces, me resultó mucho más fácil escribirla y La travesía cobró otro cariz. Esto lo descubrí después. Cuando uno escribe, sólo tiene una cierta idea temática, mientras la novela va siguiendo su propia curso, creciendo e inventando sus circunstancias. Sólo al terminar de escribir uno lee la posición filosófica que lo llevó a tratar esos temas y de esa manera".
¿Qué lee ahora, en su flamante libro, Luisa Valenzuela? "Cuestiones delicadas que han dejado su marca en la sociedad argentina, como la obediencia debida. Aquello que no se quiere conocer y, sin embargo, es absolutamente necesario saber para crecer. En mi novela, eso está planteado al nivel de una vida singular. Por eso creo que es como un Bildungsroman de la edad adulta, una novela de crecimiento cuya protagonista va tomando varios caminos para entenderse a sí misma".
Además de la íntima cita de una mujer con su pasado, La travesía incluye la curiosa experiencia artística de un pintor con los pacientes de un manicomio. Mientras bebe un inobjetable jugo de manzana, Valenzuela explica cómo surgieron ésa y otras tramas laterales: "Nunca parto de la premisa de buscar un texto que sea capaz de alojar algo preestablecido. Cuando empiezo a escribir, no sé bien a dónde voy. La historia misma va buscando su tono, su ubicación geográfica. Por eso, el manicomio no estaba cuando la novela transcurría en Buenos Aires. Después me fui desviando, pero la idea inicial era hacer una autobiografía apócrifa. Pensé una historia de vida completamente inventada y la rodeé de personajes con datos de gente que realmente existe y vive en Nueva York. También por eso me sentí más cómoda cuando trasladé la acción allí. Me interesaban esos personajes y situaciones reales por su valor específico: el mundo de artistas plásticos, con sus ideas, y el peso de una enorme institución psiquiátrica se me hicieron imprescindibles para relatar el trayecto de la protagonista, la exploración de su propia locura. Más allá de eso, fui dejando que la novela encontrara su cauce. Si hubiera querido imponérselo, habría silenciado aquello que la propia novela podía descubrir sobre todo aquello que yo misma ignoraba saber".
Mientras la charla alcanza su mejor color, la escritora dice que intenta dar a cada obra suya un fraseo diferente: "Tal vez uno busca siempre en zonas aledañas, pero descubre otros rincones. El fraseo que encontré en esta novela está relacionado con la estética o antiestética de las artes plásticas y me resultó distinto al de otras novelas mías. Tal vez incidió el hecho de que varios personajes 'hablan' en inglés. Obviamente, el libro está escrito en castellano pero la convención de que algunos hablan en inglés me permitía 'traducirlos' usando el tú en lugar del vos, lo cual me pareció divertido. La respiración, por su parte, según lo que esté ocurriendo se hace más jadeante o más libre. Me importó encontrar justamente esa libertad, la enorme libertad de que todo ocurra en Nueva York, donde la imaginación también cobra vuelo, corre por las calles".
¿Hasta qué punto esa ciudad tan intensa confirió a la novela cierto humor, una lógica de situaciones? "Nueva York me interesa sobre todo como metáfora", afirma la escritora que ya se mueve como en el living de su casa. "Ya no es la ciudad concreta. Se mencionan lugares específicos, pero sin la intención de que connoten topográficamente la ciudad verdadera, como ocurre en Novela negra con argentinos. En La travesía, la ciudad se diluye un poco, pero me sirve como esencia de la actualidad, de este mundo donde las cosas se transforman tan vertiginosamente, y como metáfora del ser humano, de su interioridad".
Apócrifa o no, toda narración conserva una huella autobiográfica. ¿Cómo manejar el pudor, cómo vencer la tentación de excesiva complicidad de un pacto autobiográfico explícito? El inocente jugo de manzana parece haber salido del bíblico árbol de la sabiduría cuando Valenzuela dice, sin titubear: "Lo más difícil de la escritura no es la página en blanco sino el alma en negro. Enfrentarte con tu zona más oscura. A la vez, es lo más interesante que tiene, porque es el momento en que uno se hermana con los otros ya que esos puntos oscuros suelen ser bastante comunes a todos. Creo que el intentar una autobiografía apócrifa, dándole a este personaje parte de mis vivencias, me sirvió para limitar la autocensura, otra de las grandes barreras de la escritura. Al mismo tiempo, tampoco quise ser descarada y revelar lo que no hacía falta. En ese vaivén entre lo real y lo ficticio, sentí que podía llegar mucho más lejos, ya que no hace falta hablar de algo personal en términos anecdóticos para exponerse en términos espirituales, anímicos, o eróticos. Escribir es, también, una búsqueda del propio deseo".
Escritura, deseo, erotismo: casi toda la obra de Luisa Valenzuela está recorrida por esa triple corriente. En su nueva novela, la cuestión cobra la incómoda forma de unas cartas obscenas que la protagonista escribió décadas atrás, tratando de complacer la oblicua curiosidad de su marido. "Sin duda, detrás de esto está la sombra de Anaïs Nin", dice la escritora. "Siempre me interesó la expresión del deseo y sobre todo la de la mujer, tan distinta de la del hombre y sin embargo tan próxima a ésta. Lo que me impresionaba de los cuentos de Anaïs Nin era que cumplían el deseo del hombre que se los encargaba, como ocurre con la protagonista de mi novela. Esa historia de sometimiento al deseo de otro es un nudo central de la novela: ¿por qué esta mujer aceptó escribir esas cartas procaces que traicionaban su propio deseo? La novela expone la búsqueda de esa parte de sí misma que respondió a ese pedido".
Hay otra persistencia en la obra de Valenzuela: el despliegue metafórico, tanto en la ficción como en sus ensayos, de un retrato crítico de la realidad argentina. La travesía no es una excepción y la autora lo reconoce: "Una y otra vez vuelvo sobre eso. Lo hice en momentos en que era realmente peligroso y me parece muy importante seguir explorándolo en este momento del país."
En esta novela de ida y vuelta, se alude a la desaparición de un muchacho y se insinúa en varios momentos el fúnebre fraseo de una lógica autoritaria y represiva. Pero la áspera condición argentina está presente sobre todo en el marido secreto de la protagonista que la manda al puerto a buscar marineros para que luego escriba cartas procaces. Valenzuela admite que no es casual que todo eso transcurra durante la última dictadura. Y se apura a subrayar, tras un último sorbo de jugo de manzana: "En ese sentido, esta novela plantea también una novedad: en mi obra, siempre se plantean situaciones de búsqueda. En este caso, eso se invierte porque son las cartas las que van al encuentro de la protagonista, obligándola a enfrentarse con una realidad oscura. Me parece que esto también tiene que ver con el momento actual de la Argentina. Si bien la situación económica es atroz y hay mucha gente que está muy mal, creo que hay algo de curativo en este momento porque están aflorando todos los horrores de la dictadura y se están reconociendo. Creo que la actitud de ella de ir asumiendo lentamente ese lado oscuro de su pasado está en consonancia con lo que nos está pasando como sociedad".