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Luisa Valenzuela Publicado en La voz del Interior Julio
de 2001
Sobre La Travesía
La sorpresa es mi alimento literario, y no sé
si es buena dieta. No voy a entrar en desagradables
metáforas digestivas y eliminatorias, pero la
verdad es que hay tanto para eliminar atendiendo a este
sistema que muchas veces quisiera ser de esas escritoras
que trazan un camino de antemano y lo siguen fielmente.
Pero no; cuando conozco el camino me aburro, necesito
ir descubriéndolo con la marcha y no siempre
la cosa se hace fácil.
Esta novela pasó por diversos avatares, tuvo
traslados geográficos y de punto de vista, de
pronombre. De Buenos Aires saltó a Nueva York,
más tarde de la primera persona pasó a
la tercera. Todo en busca de un cauce, porque finalmente
lo que se construye cuando se escribe novela es un laberinto
que nos llevará lo más cerca posible del
secreto que no será develado pero nos ayudará
a salir más sabios del laberinto, menos aturdidos.
En cuanto al secreto, cada lector o lectora lo hará
propio, lo reconstruirá a su manera y quizá
hasta a su imagen y semejanza. Pienso en el Minotauro.
Pienso que a las doncellas y los efebos, entregados
a él como víctimas propiciatorias, no
las mataba el Minotauro, las mataba el laberinto. Al
fin y al cabo ¿no fue el hilo de Ariadna que
salvó a Teseo? Toda novela es un hilo de Ariadna
sutilísimo como una baba del diablo, quien lee
la novela acaba por descubrirlo. Es así como
podrá salir habiendo rozado el secreto, y poseerá
algo nuevo en exclusividad.
Escribir para lograr tal efecto requiere avanzar con
pie de plomo y guante de seda. Y muchas veces se invierte
la situación, se avanza a los manotazos con paso
incierto. Entonces todo debe ir a la basura (tengo cientos
de páginas de La travesía, que antes se
llamó Incursiones y antes aún Tinta Roja
y después para no plagiar título La mancha
de tinta).
Algo de todos estos borroneos y borramientos ocurre
en la esencia de la trama: gira alrededor de cartas
secretas que están y no están, tanto en
la escritura como en la aceptación de la protagonista.
La protagonista, ella, es una antropóloga argentina
carente de nombre hasta el final de la historia. Vive
en Nueva York un exilio voluntario después de
haber deambulado por el mundo en viaje tanto de trabajo
como de huida. Allí dicta cursos y conoce a un
tal Bolek Greczynski, ambiguo y genial artista que está
creando un museo viviente en un hospicio de locos. Bolek
será el desencadenante de la acción, porque
en extrañas circunstancias encontró en
Buenos Aires ciertas cartas de ardiente sexo explícito
que ella le había enviado a Facundo Zuberbühler,
F, abogado maduro de oscuras filiaciones políticas
que fue su marido secreto en otros tiempos, cuando en
su país todo deseo había sido acallado
por la muerte.
La trama va dibujando, entre el juego y la tragedia,
el tema de la pasión, de la censura, de la lucha
contra el olvido y contra la propia voluntad de olvido.
Para lograrlo se necesitará una noche de Walpurgis
en un manicomio, se necesitarán fiestas y ceremonias,
también la aceptación del amor y extrañas
renuncias varias.
Ahora, a la distancia, pienso que esta novela puede
leerse como una metáfora de nuestras propias
incomprensibles transgresiones, en un obliteramiento
de fronteras geográficas y de las otras. Es un
relato de la travesía interior de la protagonista
mientras transita externos vericuetos en los escenarios
siempre mutantes de Nueva York, acompañada por
personajes reales (de mi vida real) espléndidamente
creativos. Y mientras transita también, en contrapunto,
un pasado que ha pretendido cancelar y que sólo
puede ir recuperando a cuentagotas.
La travesía acaba dibujando el tránsito
y la lucha, siempre solitaria a pesar de las múltiples
y muy variadas compañías, para alcanzar
a comprender y defender los sueños más
oscuros. Los más amenazadores y por eso mismo
los más valederos. El nombre del puerto pero
nunca se lo menciona- es Deseo. (No es Teseo, no).