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Luisa Valenzuela - Entrevistas |
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Entrevista de María Moreno
Punto de llegada
Para Pagina 12 - Buenos Aires 2001
En su última novela, La travesía (Norma), Luisa
Valenzuela recrea los personajes y los ambientes que frecuentó en Buenos Aires y en Nueva
York y explora los aspectos más sombríos del comportamiento humano
Ella, que suele ser tan jovial como
para convertir cualquier cosa en objeto de una humorada, ahora parece, por un
momento, seria. No preocupada ni triste, pero sí cautelosa. Acaba de publicar
una novela, La travesía y, hace unas semanas, un libro que recoge algunos
de sus ensayos: Peligrosas palabras. Y la inminencia de la entrevista,
con su inevitable demanda de razones, la enfrenta a la perplejidad de quien
ha escrito y descubre una vez más que no hay razones objetivas para haberlo
hecho ni, menos aún, para justificar los modos en que su imaginación ha trazado
en la página sus caminos de hormiga.
Para colmo, el azar de las agendas la obliga a concertar esta
cita en una impersonal cafetería. Y a Luisa Valenzuela hay que verla en su hospitalaria casa de Belgrano, discurriendo por la amplia modernidad de su living, ofreciendo café en el jardín tachonado de flores o conversando en su estudio luminoso, donde se adivinan, entre los volúmenes de una gran biblioteca, ejemplares de las ediciones de su obra en varias lenguas. Fuera de su casa, la mujer que ha convocado la admiración de lectores tan exigentes como Julio Cortázar, Susan Sontag y Carlos Fuentes parece echar de menos su condición de anfitriona, una etiqueta informal que ejerce con alegría.
De a poco, Valenzuela alcanza nuevamente su modo peculiar
del ingenio, una forma de la ironía que jamás se cumple a expensas de los otros.
Por fin se anima a pensar en voz alta sobre La travesía, la novela cuya
protagonista, una antropóloga argentina de mediana edad, se topa en Nueva York
con un turbio avatar de su pasado:
"Había comenzado a escribir la historia ubicándola en Buenos
Aires", cuenta. "La mujer regresaba al país luego de veinte años de ausencia
y aquí se reencontraba con unas cartas procaces, de sexo explícito, escritas
por ella a pedido de un marido secreto y perverso. Pero el libro cobró vuelo
cuando me pidieron un cuento sobre una cita a ciegas para una antología a publicarse
en los Estados Unidos. Retomé una escena apenas insinuada en mi libro Novela
negra con argentinos, la desarrollé y, fantaseando mucho, armé el relato,
que culminaba con la protagonista diciendo: 'Ahora termina esta horrible historia
de la cita a ciegas, pero en verdad no: empieza la cita a ciegas con la parte
de mí misma que me metió en esto'. Ahí me di cuenta de que ése era el principio
de mi nueva novela y trasladé la acción a Nueva York. Desde entonces, me resultó
mucho más fácil escribirla y La travesía cobró otro cariz. Esto lo descubrí
después. Cuando uno escribe, sólo tiene una cierta idea temática, mientras la
novela va siguiendo su propia curso, creciendo e inventando sus circunstancias.
Sólo al terminar de escribir uno lee la posición filosófica que lo llevó a tratar
esos temas y de esa manera".
¿Qué lee ahora, en su flamante libro, Luisa Valenzuela?
"Cuestiones delicadas que han dejado su marca en la sociedad argentina, como
la obediencia debida. Aquello que no se quiere conocer y, sin embargo, es absolutamente
necesario saber para crecer. En mi novela, eso está planteado al nivel de una
vida singular. Por eso creo que es como un Bildungsroman de la edad adulta,
una novela de crecimiento cuya protagonista va tomando varios caminos para entenderse
a sí misma".
Además de la íntima cita de una mujer con su pasado, La
travesía incluye la curiosa experiencia artística de un pintor con los pacientes
de un manicomio. Mientras bebe un inobjetable jugo de manzana, Valenzuela explica
cómo surgieron ésa y otras tramas laterales: "Nunca parto de la premisa de buscar
un texto que sea capaz de alojar algo preestablecido. Cuando empiezo a escribir,
no sé bien a dónde voy. La historia misma va buscando su tono, su ubicación
geográfica. Por eso, el manicomio no estaba cuando la novela transcurría en
Buenos Aires. Después me fui desviando, pero la idea inicial era hacer una autobiografía
apócrifa. Pensé una historia de vida completamente inventada y la rodeé de personajes
con datos de gente que realmente existe y vive en Nueva York. También por eso
me sentí más cómoda cuando trasladé la acción allí. Me interesaban esos personajes
y situaciones reales por su valor específico: el mundo de artistas plásticos,
con sus ideas, y el peso de una enorme institución psiquiátrica se me hicieron
imprescindibles para relatar el trayecto de la protagonista, la exploración
de su propia locura. Más allá de eso, fui dejando que la novela encontrara su
cauce. Si hubiera querido imponérselo, habría silenciado aquello que la propia
novela podía descubrir sobre todo aquello que yo misma ignoraba saber".
Mientras la charla alcanza su mejor color, la escritora dice que intenta dar a cada obra suya un fraseo diferente: "Tal vez uno busca siempre en zonas aledañas, pero descubre otros rincones. El fraseo que encontré en esta novela está relacionado con la estética o antiestética de las artes plásticas y me resultó distinto al de otras novelas mías. Tal vez incidió el hecho de que varios personajes 'hablan' en inglés. Obviamente, el libro está escrito en castellano pero la convención de que algunos hablan en inglés me permitía 'traducirlos' usando el tú en lugar del vos, lo cual me pareció divertido. La respiración, por su parte, según lo que esté ocurriendo se hace más jadeante o más libre. Me importó encontrar justamente esa libertad, la enorme libertad de que todo ocurra en Nueva York, donde la imaginación también cobra vuelo, corre por las calles".
¿Hasta qué punto esa ciudad tan intensa confirió a la novela
cierto humor, una lógica de situaciones? "Nueva York me interesa sobre todo
como metáfora", afirma la escritora que ya se mueve como en el living de su
casa. "Ya no es la ciudad concreta. Se mencionan lugares específicos, pero sin
la intención de que connoten topográficamente la ciudad verdadera, como ocurre
en Novela negra con argentinos. En La travesía, la ciudad se diluye
un poco, pero me sirve como esencia de la actualidad, de este mundo donde las
cosas se transforman tan vertiginosamente, y como metáfora del ser humano, de
su interioridad".
Apócrifa o no, toda narración conserva una huella autobiográfica. ¿Cómo manejar el pudor, cómo vencer la tentación de excesiva complicidad de un pacto autobiográfico explícito? El inocente jugo de manzana parece haber salido del bíblico árbol de la sabiduría cuando Valenzuela dice, sin titubear: "Lo más difícil de la escritura no es la página en blanco sino el alma en negro. Enfrentarte con tu zona más oscura. A la vez, es lo más interesante que tiene, porque es el momento en que uno se hermana con los otros ya que esos puntos oscuros suelen ser bastante comunes a todos. Creo que el intentar una autobiografía apócrifa, dándole a este personaje parte de mis vivencias, me sirvió para limitar la autocensura, otra de las grandes barreras de la escritura. Al mismo tiempo, tampoco quise ser descarada y revelar lo que no hacía falta. En ese vaivén entre lo real y lo ficticio, sentí que podía llegar mucho más lejos, ya que no hace falta hablar de algo personal en términos anecdóticos para exponerse en términos espirituales, anímicos, o eróticos. Escribir es, también, una búsqueda del propio deseo".
Escritura, deseo, erotismo: casi toda la obra de Luisa Valenzuela está recorrida por esa triple corriente. En su nueva novela, la cuestión cobra la incómoda forma de unas cartas obscenas que la protagonista escribió décadas atrás, tratando de complacer la oblicua curiosidad de su marido. "Sin duda, detrás de esto está la sombra de Anaïs Nin", dice la escritora. "Siempre me interesó la expresión del deseo y sobre todo la de la mujer, tan distinta de la del hombre y sin embargo tan próxima a ésta. Lo que me impresionaba de los cuentos de Anaïs Nin era que cumplían el deseo del hombre que se los encargaba, como ocurre con la protagonista de mi novela. Esa historia de sometimiento al deseo de otro es un nudo central de la novela: ¿por qué esta mujer aceptó escribir esas cartas procaces que traicionaban su propio deseo? La novela expone la búsqueda de esa parte de sí misma que respondió a ese pedido".
Hay otra persistencia en la obra de Valenzuela: el despliegue
metafórico, tanto en la ficción como en sus ensayos, de un retrato crítico de
la realidad argentina. La travesía no es una excepción y la autora lo
reconoce: "Una y otra vez vuelvo sobre eso. Lo hice en momentos en que era realmente
peligroso y me parece muy importante seguir explorándolo en este momento del
país."
En esta novela de ida y vuelta, se alude a la desaparición de un muchacho y se insinúa en varios momentos el fúnebre fraseo de una lógica autoritaria y represiva. Pero la áspera condición argentina está presente sobre todo en el marido secreto de la protagonista que la manda al puerto a buscar marineros para que luego escriba cartas procaces. Valenzuela admite que no es casual que todo eso transcurra durante la última dictadura. Y se apura a subrayar, tras un último sorbo de jugo de manzana: "En ese sentido, esta novela plantea también una novedad: en mi obra, siempre se plantean situaciones de búsqueda. En este caso, eso se invierte porque son las cartas las que van al encuentro de la protagonista, obligándola a enfrentarse con una realidad oscura. Me parece que esto también tiene que ver con el momento actual de la Argentina. Si bien la situación económica es atroz y hay mucha gente que está muy mal, creo que hay algo de curativo en este momento porque están aflorando todos los horrores de la dictadura y se están reconociendo. Creo que la actitud de ella de ir asumiendo lentamente ese lado oscuro de su pasado está en consonancia con lo que nos está pasando como sociedad".
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