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La siguiente entrevista tuvo lugar en Buenos Aires,
Miami, Los Angeles, Detroit, México DF, Hanover, New
York y en las orillas del Mississipi durante los años
1978, 1984, 1985, 1993, 1994, 1997, 1998, 1999 y 2000.
Para realizarla no especulamos con el don de la ubicuidad
ni con la incierta sucesión temporal. Simplemente hicimos
"dialogar" a 17 entrevistas, las cuales tuvieron
la amabilidad de fusionarse y ceder la palabra haciendo estallar
en múltiples sentidos diferentes textos que, independientemente,
andaban por otros carriles.
Las respuestas de Luisa Valenzuela fueron respetadas reelaboradas
por la misma autora, según el caso. Debimos reformular,
en cambio, algunas de las preguntas de los entrevistadores
por una cuestión de cohesión textual.
Con esta entrevista virtual intentamos romper cualquier pretensión
de sentido acabado en el tiempo y en el espacio y disponer
esta serie de significados móviles bajo el signo de
la constante interrogación.
A lo largo de su obra la presencia de las máscaras
como elemento simbólico ha generado diferentes mensajes
y connotaciones de acuerdo con la función que cumplen
dentro de cada texto. ¿Se identifica con alguna máscara
en especial?
Los Akán del África occidental tienen lo que
ellos llaman las máscaras desnudas, que en realidad
son invisibles. Creo que es ésta la máscara
que usamos a diario y es con la más me identifico.
Y no sólo desde el símbolo. El ideal de desnudez
como presentación del ser ofrece un enorme atractivo.
Las máscaras, en general, nos hacen comprender que
la llamada realidad es también una escena. Pensemos
en la máscara que usamos para relacionarnos con el
otro, para poder respaldar el diálogo, para poder sustentar
los puntos de vista más personales. Y sobre todo pensemos
en la máscara que desenmascara, como es el caso del
lenguaje. El lenguaje es en sí mismo una forma de la
máscara: cubre y devela a la vez. Las palabras son
antifaces que ocultan sentidos ulteriores sin que se pueda
acceder nunca al último de todos. Otro tanto ocurre
con la identidad de cada uno. Todo el tiempo nos estamos poniendo
máscaras, representando papeles sin los cuales no existimos.
La tarea del escritor es desarticular las apariencias, desenmascarar
los discursos, empezando por el discurso de los dominadores
que es presentado como la única verdad y suele ser
falso. El dominador ya se trate de una clase, de un sexo o
de una persona- empieza por limitar y censurar el lenguaje
del otro para que su pensamiento quede encasillado. A la mujer,
por ejemplo, le estuvieron vedadas muchas palabras a lo largo
de los siglos. No sólo se le vedaron las catalogadas
como malas palabras. Muchas más también. Al
ir conquistando nuevas parcelas de la realidad, el género
femenino también ha ido ganando un lenguaje más
abarcativo. Esa es otra de las razones por las que volví
a mi país, no quería que el español se
me escapara y que mi vocabulario se fuera achicando y con
él mi pensamiento.
Muchos de sus textos dejan traslucir esa nueva conquista del
lenguaje llevada a cabo por la mujer. Justamente la novedad
de ese logro obliga a caminar sobre terrenos aun inciertos.
Por lo tanto, ¿existen dudas con las que se enfrenta
a la hora de emplear las "malas palabras"?
Creo en la fuerza de las palabras por eso las defiendo. Mi
nuevo libro Peligrosas palabras trae varios ensayos sobre
el tema, algunos de los cuales empezaron a gestarse en los
años setenta, como el que da el título a la
colección. Y hay uno precisamente titulado "La
mala palabra". La mujer conquistó muy tarde su
derecho al improperio. Y si no puede usarse toda la gama que
el vocabulario pone a nuestra disposición, el lenguaje
queda cercenado, castrado. Pero tampoco me gusta el abuso.
Hay que saber trabajar bien las palabras, buenas o malas,
usarlas para que no se descarguen y pierdan efectividad. Palabras
importantes han perdido su carga semántica: decís
"revolución" y eso ya nada significa, no
hay resto de vibración emocional. Muchas palabras han
sido totalmente desactivadas como bombas viejas. Reactivarlas
es una buena misión, recordando siempre que el lenguaje
es un ente vivo y cargado de sexo.
Si trabajar con el lenguaje es "toparse" con el
sexo permanentemente, ¿en qué punto convergerían
la vitalidad del lenguaje a la que hace referencia y el erotismo
como una de las formas particulares del sexo?
Veo la escritura como una forma muy activa del estar vivo,
y no se puede estarlo si no se tiene una relación erótica
con la realidad, y con la literatura. El erotismo se manifiesta
en el lenguaje cotidiano que sólo en apariencia es
asexuado e inocente. Me gusta trabajar con coloquialismos
de doble filo que en mi caso suelen ser muy porteños,
muy argentinos. Trato de captar el ritmo del habla de mi gente
y en él me apoyo para contar lo que quiero contar;
o mejor dicho lo que quiere ser contado.
El concepto de la escritura lograda con y a través
del cuerpo recorre toda su obra. ¿Qué significa
exactamente escribir con el cuerpo y cómo se pone en
marcha ese proceso?
Se trataría de una función de la libido. Es
un reconocimiento del trabajo del deseo y de sus representaciones
inconscientes. El cuerpo sabe cosas de nosotros que nosotros
ignoramos y expresa cosas propias y hasta ajenas que nos suelen
pasar inadvertidas. Esas expresiones reaparecen si tenemos
suerte- en la escritura. Por eso sostengo que hay que escribir
lo inescribible, hablar de lo inefable. Si no, estamos todo
el tiempo contando las mismas historias desde distintos ángulos.
El cuerpo ayuda a acceder a otro enfoque, a otra iluminación.
Quizá se trate de descargas fisiológicas, de
adrenalina y otros elementos como las hormonas cerebrales
que nos rigen sin siquiera hacérnoslo notar. Además,
yo escribo con el cuerpo porque me muevo, salto, me entusiasmo,
bailo cuando estoy escribiendo.
La utilización del cuerpo en la búsqueda de
la palabra resuena como una idea cargada precisamente de hormonas
femeninas. ¿Cree en la existencia de una escritura
femenina?
Hasta ahora creíamos que había una sola escritura
porque, literalmente, había una sola y era la del hombre.
Yo creo que el sexo, la actitud sexual y el deseo aún
implícito tiñen la palabra. Siendo que la palabra
es sexuada, el acercamiento a la escritura es distinto según
el género (no el literario, el otro). Esto no quiere
decir que las temáticas sean distintas. Para la mujer
lo importante es explorar su deseo, porque siempre estuvo
marcada por el deseo del hombre. Es importante explorar con
la palabra ese mundo donde sí hay una diferencia. Por
eso no me interesa tanto la literatura que narra acontecimientos,
anécdotas, sino la que se mete en honduras a través
del lenguaje, a través de la manera de decir, del estilo,
de la respiración; y en ese sentido es distinto lo
que escribe el hombre de lo que escribe la mujer.
El discurso feminista durante mucho tiempo ha investido a
su escritura con características bastante distintivas.
¿Podría enmarcarse su obra en el contexto de
este tipo de literatura?
No soy una feminista digamos dogmática. Por eso mismo
suelo decir que no soy feminista. Pero soy mujer y defiendo
mi posición. Esto no implica una idea negativa sobre
la literatura feminista. Prefiero eso sí evitar encasillamientos
porque las etiquetas siempre te ponen del lado de lo estático.
Hay un riesgo al hablar de literatura feminista y es el riesgo
de toda clasificación: literatura surrealista, criollista,
posmodernista; la construcción de una literatura que
pretende transmitir un mensaje determinado, aferrándose
a un código como salvavidas. Yo creo que una va a escribir
cierto tipo de literatura feminista simplemente porque es
una mujer que está preocupada por los problemas de
su momento, de las mujeres, de nuestra posición en
el mundo. No me propongo encarar la literatura como una lucha
partidista, como una postura de dogmas sino como una forma
de cuestionamiento al tipo de sociedad en el cual vivimos.
Por otra parte, pienso en mí como alguien que nació
feminista pero a quien no le gustan los "ismos".
No quiero estar obligada a nada. Soy una seguidora de la "Patafísica"
y la "Patafísica" por definición "no
obliga a nada, sino que desobliga en todos los sentidos de
la palabra desobligar y de la palabra palabra". Sin embargo,
desde niña, incluso sin haber sido consciente de ello,
he luchado por mi condición de mujer. Siempre vi la
opresión muy claramente. Me siento una víctima
más de esa guerra y soporto mis heridas con orgullo.
Sin embargo evito cualquier tipo de embanderamiento. De ahí
mi anárquica posición política. En mi
país pongo incómoda a mucha gente. La izquierda
piensa que soy de derecha y la derecha cree que soy de izquierda.
¿Cuál percibe como el foco en el que ponen énfasis
sus trabajos? ¿Su mayor preocupación es la mujer,
el lenguaje o la política? ¿Son separables?
Son inseparables. Creo que el lenguaje es siempre político.
La escritora inevitablemente trabaja los diferentes tonos
de las palabras que elige para darle un matiz ideológico
a lo que está siendo dicho. Mientras más se
trabaja con el lenguaje, más se percibe la posibilidad
o bien de manejar el lenguaje (con las limitaciones del caso)
o de dejarse manipular por él. Y por lo tanto la idea
de liberar y limpiar (en el sentido de descontaminar) la palabra
de la mujer siempre me ha preocupado. En cuanto a la temática
política, directa o indirectamente casi siempre aflora
en mi escritura. La marca de la represión resulta demasiado
fuerte como para borrarla de un plumazo.
La literatura femenina, por lo menos en Argentina, no ha encontrado,
y aun hoy no encuentra, un camino demasiado libre de obstáculos.
Tal vez esto se relacione con la cuestión de haberle
sido vedados algunos territorios durante un largo tiempo.
¿Considera que su obra ha superado estos límites
impuestos constituyéndose en una literatura política?
Quizá el principal obstáculo lo constituya la
frase "literatura femenina" que aún hoy parecería
connotar algo de poca envergadura. Y a veces lo es, con límites
autoimpuestos. Con toda consciencia he tratado de superar
esos límites, que ya no aparecen tanto en el terreno
de un decir sexual sino político. A menudo he abordado,
directa o indirectamente, el tema político en mi obra.
En forma no dogmática, espero, porque la mía
es una literatura de exploración. Escribo para intentar
responder a mis dudas intelectuales, a mis dudas por ejemplo
sobre el tema del poder. Hay que reconocer que a la política
nos la han impuesto desde el poder y así es como aparece
en Aquí pasan cosas raras, en Como en la Guerra, en
Cola de Lagartija, en Simetrías, en Novela Negra. Llega
un momento en que una no puede desprenderse de todos esos
fantasmas; la demencia criminal a la que fuimos sometidos
los argentinos fue tan grande que lo peor sería callarla.
Con orgullo y también dolor puedo decir que escribí
sobre las atrocidades de la dictadura militar mientras estaban
ocurriendo. Ahora no se me puede tildar de oportunista.
¿Cuál sería entonces la principal fuerza
que la impulsa a la hora de escribir? ¿Se plantea algún
objetivo en ese momento?
En definitiva, escribo para intentar entender. Octavio Paz
dijo que escribía para poner en orden el mundo, y en
cierta medida es así, pero en mi caso se trataría
de poner en orden el mundo interior, no el externo (esto último
es una pretensión demasiado masculina), y clarificarme
en lo posible las ideas. El escribir sobre la res política,
en el caso por ejemplo del horror de las muertes provocadas,
de las desapariciones, es realmente un querer saber por qué
esa crueldad, por qué tanto horror. Es ésta
la función del escritor como nombrador. Hay una manera
de reconocer, de no negar una realidad, por más que
nos duela. Yo creo que es una de las tareas más arduas
y difíciles impuestas al escritor, y sin embargo, es
lo único que podemos hacer. El tema de la memoria nos
salva de volver a tropezar con la misma piedra. O de volver
a permitir que nos lapiden.
¿Cómo hace una escritora para lograr mediante
su trabajo mantener viva la memoria en una sociedad como la
Argentina y desde un lugar novedoso, no cartografiado y sin
nombre?
Lo importante es reconocer la herida, admitirla, dejar que
supure, que sangre aunque duela, hasta que empiece a cicatrizar
desde lo más profundo. Fomentar el olvido, el "dar
vuelta la página", es una manera de hacer que
las heridas cicatricen en falso. Hay que enfrentar la herida,
no volviéndola a cometer, sino mediante el reconocimiento
y la búsqueda de justicia, como en el caso de los juicios
a las Juntas Militares y de la investigación de la
CONADEP. Y ahora el triunfo de Abuelas que consiguió
se castigue a los apropiadores de niños durante la
dictadura, y el magnífico trabajo de denuncia y limpieza
que está llevando a cabo el CELS o la persecución
de los corruptos hasta las máximas instancias. Son
éstas curas en profundidad para evitar que la herida
social siga supurando subterráneamente, cosa que nos
venía ocurriendo hasta hace poco.
¿No sería el olvido una especie de defensa psicológica
individual o colectiva causada por experiencias adversas como
la tortura? Por un lado, tenemos ciertos gobiernos usando
el olvido como una forma de censura pero, por otro lado, puede
ser una forma de defensa.
Lo que tenemos que tener en cuenta es que el olvido que aparentemente
te defiende, en última instancia te deja en punto de
absoluta vulnerabilidad, porque es allí donde no estás
preparada para el ataque. Con esto no estoy diciendo que se
deba recordar todo el tiempo, ni vivir en ese estado de la
melancolía donde "todo tiempo pasado fue mejor"
o donde se está pendiente de los dolores y de los horrores
ocurridos. Pero tampoco conviene clausurarnos. La sociedad
en pleno no puede permitirse ese lujo, como tan bien analizó
la socióloga Avery Gordon en su libro Ghostly Matters.
Aquello que se intenta ocultar u olvidar contamina el cuerpo
social más que ninguna otra cosa.
Esto en lo referente al olvido impuesto desde fuera: el olvido
digamos "político" que en lugar de protegernos
nos vuelve más vulnerables. Pero como siempre las palabras
y los conceptos son de doble filo conviene tener en cuenta
que hay una forma de olvido que podríamos llamar literaria,
y que se parece más a un proceso de digestión.
Borges hablaba mucho del poder del olvido desde el punto de
vista del escritor. Él, que era tan memorioso, veía
el olvido como una forma pienso ahora- de alejar los conocimientos
de la pantalla activa de la mente y dejarlos que vayan cocinándose
a fuego muy lento. Borges no habría usado la palabra,
pero vendría a ser como una maceración inconsciente
para que el conocimiento eche raíces o se ramifique
hasta elaborar asociaciones inesperadas y fértiles.
Literariamente hablando, claro está.
Al escribir resulta esencial tocar ese punto de aparente olvido
donde sólo queda la impronta de un recuerdo, una marca
que habrá de aflorar casi como el síntoma freudiano,
que insiste porque se resiste. Se trataría entonces
de romper la resistencia para que la insistencia diga finalmente
su palabra.
¿Cree que este terror de no decir está más
presente en escritores latinoamericanos que en los norteamericanos?
No hay duda de que la llamada literatura latinoamericana,
esa que afloró con tanto vigor en los años sesenta,
está más emparentada con la magia, con los sueños,
con la imaginación, porque nuestra vida política
no puede ser más estrafalaria. Es una realidad "otra",
para decirlo de alguna manera. Pero también es otra
nuestra visión del mundo. Tenemos una cosmogonía
diferente, otra concepción de lo real, de más
amplio espectro diría yo. Los escritores latinoamericanos
no necesariamente buscamos la certidumbre, que suelen ser
paralizante. Por otra parte, la gran literatura norteamericana
ha sido desde siempre maestra de muchos escritores nuestros,
pensemos en Faulkner y Onetti, sin ir más lejos. Nosotros
también sabemos apreciar el rigor de lo fáctico.
¿Por qué se declara "desgarrada entre la
poesía y la antropofagia"?
Hay un contexto histórico muy simple que suelo interpretar
como enunciado metafórico, para usar el término
de Paul Ricoeur. Cuando los primeros pobladores de estas costas
del Río de la Plata, un puñadito de hombres
sin orden ni concierto, se vieron cercados por los indios
y amenazados de inanición no tuvieron más remedio
que empezar a alimentarse con sus propios muertos. La cara
luminosa de esa macabra moneda la estampó tiempo después
Martín del Barco Centenera, el poeta español
que compuso la oda "La Argentina" bautizándonos
de un plumazo y poblando a las desoladas pampas con seres
de la mitología europea. Por eso creo que, aún
hoy, la poesía y la antropofagia son dos polos de una
realidad muy nuestra. Para no hablar de la mitología
europea...
¿Podría hablarse de una diferencia sustancial
entre la concepción de la realidad que tiene el argentino
y la que tiene el resto de los latinoamericanos en general?
Yo creo que los argentinos somos infinitamente más
latinoamericanos de lo que nos permitimos imaginar o nos dejaron
creer. Basta con alejarse de Buenos Aires, observar el culto
de San la Muerte en Corrientes, ir al Tinkunako en La Rioja,
festejar el primero de agosto, día de la Pachamama
en Jujuy. Estamos tan en contacto con el pensamiento mítico,
unificado, como lo están los pueblos de México
o de Bolivia. La intuición, el llamado pensamiento
mágico del hemisferio derecho del cerebro está
diciendo cosas muy complejas que poco a poco empiezan a ser
demostradas científicamente. Es una relación
riquísima, artística y vital del ser humano
con la naturaleza que lo rodea. Muy latinoamericana, muy nuestra.
En mi narrativa muchas veces incorporo dicho material para
tratar de entender un poco mejor el mundo. Hay secretos que
afloran con mayor claridad si aplicamos el pensamiento llamado
primitivo. Ciertas ceremonias, hasta algunas fotos de golpe
me despiertan asociaciones. Por ejemplo una vez vi una foto
de un antiguo pueblo indio abandonado en medio de la montaña.
La montaña era roja y el pueblo, de adobe hecho con
esa misma tierra, era también rojo. Monocromático
todo, espectral, mimetizado con la tierra. Despertó
en mí resonancias muy antiguas y dio origen al cuento
"Crónicas de Pueblorrojo".
¿Qué relaciones podrían plantearse entre
el concepto de entender el mundo a través de la escritura
y la idea de rescatarse a uno mismo que menciona con frecuencia?
Suelo preguntármelo. Redimirse de lo que venimos acumulando
contra nosotros mismos, contra la humanidad o contra la vida.
Todo lo que hacemos es erigir barreras. Entonces tanto como
pedir perdón por nuestras malas acciones también
tendríamos que disculparnos, lamentar y tratar de abolir
la enorme cantidad de vallas que erigimos para aislarnos de
los demás, de quienes consideramos distintos o distantes.
¿Qué otras cosas está buscando con su
escritura?
Todo. Más que nada me interesa la búsqueda en
sí misma. Un consejo de los pielrojas previene "No
salir a cazar una presa en particular porque se corre el riesgo
de no ver las otras posibles presas que estarían al
alcance". Si se sale a buscar y punto, es posible encontrar
cosas más enriquecedoras. Y yo busco a través
de la palabra.
El lenguaje no puede ser visto sólo como un suplemento
a ser utilizado por el escritor, por el contrario, es el centro,
la vida, el instrumento que el escritor debe constantemente
afinar para arrancar ese sonido fundamental que es el estilo.
El lenguaje va así cobrando vida propia, la propia
red de sensibilidades y percepciones. El lenguaje así
comprendido, en todas sus posibilidades exploratorias, no
es una pieza inmóvil, un museo inerte o puramente informativo.
Cuando escribo, el resultado tiene que ir sorprendiéndome
a mí en primera instancia. Y hay que reconocer que
es un saco de sorpresas, la imaginación, una bolsa
de gatos. Sólo entonces sé que las cosas marchan,
cuando logro atar cabos que ni sospechaba podían tener
conexión alguna, y la tienen de manera muy lógica
si bien inesperada. Entonces, cuando la creación ya
no es propia, en el momento en que la leen y reescriben los
lectores, aparecen otras cuerdas, se atan nuevos cabos, se
teje esa trama del texto de una manera distinta, enriquecedora.
Esto le va a pasar constantemente a quien escribe ficción,
o debería de pasarle para que su obra entre en actividad.
Pensar que la obra va sólo en un sentido o en un grupo
de significaciones marcadas por la mano del autor/a denota
arrogancia, quizás ingenuidad, o simplemente una comprensión
muy limitada de la actividad creativa.
¿En qué momento de esa actividad creativa uno
toma consciencia de las propias obsesiones, de las recurrencias,
de las constantes que aparecen en los distintos textos?
Una cree que no hay constantes, que siempre opera por saltos,
que salta de una temática a otra, pero en verdad, sí
hay constantes, obsesiones que crecen con el proceso de creación;
podríamos hablar de parámetros, o de líneas
de fuerza. Solía entender cada uno de mis textos como
un ente separado, individual y sin relaciones con mis otros
textos. Más tarde comprendí que había
una línea de conducción, de continuidad, aspectos
recurrentes, exploraciones propias.
Trabaja mucho con las frases hechas, con los cortes abruptos.
Por lo tanto necesita un lector muy participativo. ¿Imagina
su lector mientras escribe?
No me imagino al lector o lectora, pero me gusta desconcertar
y aspiro a alguien que esté dispuesto al asombro. Todo
buen lector/a es participativo, se involucra, se identifica
con algún personaje o descubre elementos entre líneas;
eso es la buena lectura y nos enseña a leer la realidad
en todos sus dobleces. La escritura es también una
forma de lectura de la realidad. Es un ir enfocando los diversos
ángulos, un ir echando luz en las zonas más
oscuras. Aprendemos a nunca sentirnos en una posición
segura. Debemos estar alertas, siempre recodar que el mundo
cambia constantemente. La literatura es ese momento donde
las palabras adquieren otro valor y te sacuden.
¿Cuándo se pone a escribir se plantea como un
tema importante a resolver cuál va a ser la voz del
texto o cuál va a ser la voz que narra? Son dos cosas
distintas pero están emparentadas.
Yo creo que la voz del narrador debe encontrar la voz del
texto. Si no encontrás la voz para tejer esa específica
historia, no hay escritura. Sólo hay escritura desde
el momento en que aparece esa voz. A veces es apenas un murmullo,
una frase que escuchás, una frase que se planta y después
hay que ir tirando suavemente del hilito. El cómo se
dice es más importante que el qué se dice (bien
lo consignaron Joyce, Goytisolo, Lispector). Una puede escribir
veinte veces lo mismo de veinte formas distintas y no lograr
encontrar la voz apropiada.
Cuando está en medio del proceso narrativo ¿le
ocurre darse cuenta que ha entrado en un impase y piensa en
regresar y comenzar de nuevo en otro momento?
Si, es lo que hice con "Cuarta Versión",
que está en Cambio de armas. Yo tenía una novela
larguísima perfectamente planeada. Y en el proceso
de escritura sólo lograba entrar en el tema y retroceder,
ensayar desarrollos que borraba, siempre empezando de nuevo,
en un vaivén de hacer y deshacer. Acabé por
entender que había algo equivocado de raíz,
que no podía dar con el meollo del secreto, es decir,
tocar el punto donde lo no dicho cobra una verdadera presencia.
Todo trabajo de escritura es una persecución de lo
inefable. Al mismo tiempo todo puede ser puesto en palabras.
El problema consiste en descubrir cuáles son las palabras
y dónde están. Hay que buscarlas y hay que matarse
para encontrarlas de alguna manera. Y no develar la esencia
del secreto. Aceptar la paradoja.
La búsqueda de la palabra es precisamente una de las
constantes en su obra. Esas palabras van en dirección
de lo inefable. Ahora bien, definir qué es lo inefable
sería algo así como el equivalente de concretar
una utopía. Sin embargo, le vamos a pedir que corra
el riesgo.
Toda experiencia humana roza lo inefable, desde una experiencia
mística hasta una de amor o algo tan trivial como la
sensación que te queda después de pincharte
un dedo. No hay determinados temas o situaciones o sentimientos
que se presten más a lo inefable que otros pues es
una cuestión de perspectivas. Hay esa frase típica
de los discursos: "no tengo palabras para expresar mi
emoción". ¡Qué va! Si no tengo palabras
es porque soy muy haragana, no las he buscado. Y al mismo
tiempo hay una gran verdad en la frase, porque las palabras
siempre van a estar en falta. Por suerte. Por eso mismo insistimos
e insistimos en seguir escribiendo.
Para tomar la dirección de lo inefable ¿habría
que romper la barrera de limitaciones supuestas?
Claro está. Hay que romperla porque eso es lo que le
da sentido al arte. Si seguís escribiendo sin intentar
la sisífica tarea de expresar lo que no puede ser puesto
en palabras, no has dicho nada. Hay que agarrar esas digamos
trescientas páginas que tenés escritas y reducirlas,
que fue lo que yo hice. Cuando sos capaz de hacer eso con
tu escritura lo que verdaderamente hacés es reinventar
el planteamiento de lo que estás buscando, indagar
en aquello que se oculta y que se niega a ser dicho. Ocurre
como con el deseo. Lo único que el deseo puede hacer
para sobrevivir como tal es resistirse a ser expresado. La
única razón de ser del deseo es la de no manifestarse,
la de estar subyacente como algo inquietante y hasta amenazador.
Y la única tarea del escritor es acorralarlo, circunvalarlo,
hablar de él constantemente sin por eso traicionarlo.
El deseo puede manifestarse representado en las formas más
variadas y algunas de esas representaciones están relacionadas
estrechamente con la zoología. Existen muchos animales
en los títulos de sus cuentos y novelas. ¿De
dónde vienen?
Son partes de la personalidad, hay nahueles como dicen en
México, hay animales que la rondan a una. Pero asoman
la cabeza en calidad de símbolos. La lagartija sería
el más contundente, en mi caso. Es un animalito muy
particular, varias especies se reproducen por partenogénesis:
cuando hay mucha sequía y no hay alimentos suficientes
las hembras empiezan a clonarse. Además la lagartija
tiene una cola sorprendente que vuelve a crecer cuando se
la cortan o arrancan. Aunque el llamado "cola de lagartija",
que da título a mi novela, era en realidad un látigo
que se usaba a fines del siglo pasado en Corrientes para castigar
a los presos.
Hablé también de gatos, los de las siete vidas
que en mi obra se caen del otro lado y representan la muerte.
Y del lobo, usualmente pensado como símbolo de la parte
oscura de la psiquis humana, la zona más inaccesible
de nuestro inconsciente. Cada animal tiene su idiosincrasia
y algún valor simbólico que me interesa explorar.
Creo por ejemplo que la verdadera lección para convertirse
en un ser humano completo radica en asumir y confrontar al
propio lobo. A raíz de lo cual me propuse contar los
cuentos más famosos de Perrault como pienso- debieron
de haber sido contados antes de que la moraleja patriarcal
los distorsionara. Contarlos desde perspectivas femeninas
a veces actuales, irónicas, politizadas, es decir restituyéndoles
eso espero[PDD5]- su básica verdad.
¿Por qué agrupó estos relatos bajo el
subtítulo de "Cuentos de Hades"?
Porque en realidad surgen y nos conducen al inconsciente por
un camino oscuro que a veces nos acerca a los infiernos. Las
hadas no son sólo la bella tontería que nos
presentaron como cortina de humo. Son éstos cuentos
del mundo interior hecho de claroscuros, de aquello que no
querés reconocer, donde la curiosidad tiene un valor
muy importante. Si la princesita esposa de Barbazul se quedara
a vivir en el castillo sin espiar en esa pieza donde están
las mujeres degolladas, conviviendo con un secreto macabro
aunque no lo reconozca como tal, su vida estaría en
constante peligro. Es necesario mirar y arriesgar la vida
por el conocimiento, por el saber. Por eso asocio el desenlace
con la necesaria "curiosidad" de las Madres de Plaza
de Mayo.
En ese grupo de los llamados "cuentos de Hades"
usted ofrece una versión muy interesante de Caperucita
Roja. ¿Cómo nació la idea?
"Si esto es la vida, yo soy Caperucita Roja" se
originó con una pregunta, como muchos de mis textos.
Me pregunté un buen día por qué la madre
de Caperucita, que se supone que es una buena madre, la manda
a la nena al bosque tan peligroso donde mora el lobo feroz.
Parte de la respuesta, obviamente, es que el bosque simboliza
la vida. Para madurar hay que atravesar el bosque. A partir
de ahí fui desarrollando el tema: es sabido que la
capita roja es la pubertad, la menstruación. Muchos
escritores y muchas escritoras, a partir de allí, resemantizaron
el texto con ideas más o menos fantasiosas. Pero la
lectura profunda de Caperucita Roja creo haberla hecho yo
por primera vez[PDD6], aunque esto puede ser una fatuidad
total. Eso sí, no agregué nada a la historia,
la deconstruí y reconstruí partiendo de los
elementos básicos. Y entendí que el camino de
Caperucita es el camino que debe transitar la mujer para ser
ella misma. Debe acceder a la pubertad, salirse de madre,
alejarse de la madre, asumir la madre y caminar hacia la abuela,
es decir hacia la "abuelez", la sabiduría.
En el camino se encontrará con sus instintos, con su
sombra, con sus oscuros deseos representados por el lobo.
En la medida en que a la mujer se la escinde de su parte oscura,
de su lobo, nunca será un ser humano completo. Y el
patriarcado, agradecido. Por eso mismo pensé que quizá
no fuera así como se narraban estas historias ejemplares
en un principio, mientras las viejas se las contaban a sus
nietas junto al fogón. Fue Charles Perrault, en 1670,
quien primero las puso por escrito, redactando moralejas restrictivas,
reificando a la mujer. Debemos recordar que Perrault fue asesor
de Colbert y el hombre que escribía los discursos de
loas al Rey Sol. No debe sorprendernos que alguien tan enamorado
del autoritarismo les aconseje a las niñas ser modositas,
dormir hasta que llegue el príncipe, no apartarse del
camino trillado.
¿Qué experiencia se presenta como la disparadora
en la escritura de El gato eficaz?
En 1969 me otorgaron la Beca Fullbright y partí a los
Estados Unidos para participar en el programa internacional
de escritores de la Universidad de Iowa. Aquello era un conventillo
de escritores, neurótico y fascinante. Tuve la suerte
de coincidir con un grupo excepcional de latinoamericanos:
Juan Sánchez Peláez, Carmen Naranjo, Fernando
del Paso, Antonieta Madrid, Carlos Germán Belli, Fernando
Arbeláez, Néstor Sánchez, Nicolás
Suescún. Al principio todo era muy desconcertante,
eso de convivir en una pequeña ciudad con un enorme
campus universitario donde estaba prohibido el consumo de
alcohol, y además tapados por la nieve. Pero después
de un largo impase se dio el milagro y casi todos nos pusimos
a escribir.
Allí para mi enorme sorpresa nació El gato eficaz,
ese texto tan distinto de lo que había escrito antes
y hasta de lo que escribiría después. Creo que
fue desencadenado por mi primer paso por Nueva York. Me resistía
a pasar por una ciudad que me parecía tan despiadada
después de leer a James Baldwin. Y de pronto me encontré
con esa Nueva York del fin de la década de los sesenta,
tremendamente vital y dura, con tanta gente autodestruyéndose.
Eso me movió muchas cosas. Pero en realidad, una no
escribe movida por lo que viene de fuera; lo que viene de
fuera sólo sirve para despertar aquello que está
dentro de una, como una obsesión más.
En Iowa ¿qué relación se estableció
entre los miembros del grupo de escritores?
La idea y la intención es darles a los escritores un
espacio y un tiempo en el cual no tengan nada que hacer, ninguna
otra obligación que la de escribir. Una vez por semana
uno del grupo daba una conferencia. Al principio nos resultaba
imposible concentrarnos, no hacíamos más que
sentarnos a discutir y pelear sobre literatura. Teníamos
el horario al revés. Nos acostábamos a las cuatro
o cinco de la mañana, nos levantábamos a las
dos de la tarde. Nos íbamos a almorzar al pueblo, con
gran esfuerzo, caminando sobre la escarcha. Y volvíamos
amargados. Después, a la noche poníamos música
guapachosa y bailábamos, para hacernos la ilusión
de estar en el Caribe. A la vez logramos superar el tan mentado
(allí) shock cultural. Una mañana me desperté
al alba, es decir como a las nueve, y sentí un irresistible
impulso de escribir. Lo que anoté me pareció
tan extraño que pensé en descartarlo, pero de
allí comenzó a fluir, como un manantial, la
idea de la muerte que yo estaba resistiendo cuidadosamente
durante las charlas nocturnas. Así surgió casi
todo El gato eficaz. La última parte la completé
en México, camino de regreso.
¿Hubo influencias mutuas en ese grupo?
Nos leíamos lo que íbamos escribiendo y eso
nos sirvió de estímulo. En Iowa fue donde Fernando
del Paso comenzó a escribir Palinuro de México;
tuvimos el honor de verlo nacer. Y Sánchez Peláez
siempre recitaba alguno de sus magníficos poemas. Había,
en efecto, una influencia recíproca. Nos sentíamos
aislados, separados de la realidad, pero participábamos
de otra realidad muy poderosa y enriquecedora. Para mí
la experiencia de Iowa fue fundamental. Resultó ser
un gran acicate con mucha carga negativa. Nada viene solo.
Sentía una angustia espantosa. Era una transición
difícil; teníamos todos más o menos treinta
años y no estábamos lo suficientemente maduros
como para desligarnos de la nostalgia, pero, de todos modos,
a mí esos ocho meses me hicieron mucho bien.
¿La idea de muerte en El gato eficaz señala
una vuelta de tuerca en su escritura?
Esta obsesión con la idea de la muerte no era mía;
éramos muchos los escritores encerrados y se generaba
mucha angustia. Cada escritor, cada escritora tiene sus fantasmas,
sus obsesiones, y de golpe esos fantasmas y obsesiones se
lanzaban a galopar sueltos por los corredores. Muchos hablaban
de la muerte, del miedo a los aviones, de los vértigos,
y yo me sentía totalmente al margen de esos temores;
decía que no tenían nada que ver conmigo. Hasta
que empecé a escribir sobre los gatos de la muerte
y me encontré atrapada y disfrutando y explotando ese
miedo. En aquel momento yo no lo pude reconocer pero fue precisamente
eso, un reconocimiento del miedo generativo que me llevó
a escribir el Gato. Porque creo que hay miedos positivos,
estimulantes en la medida en que una los reconozca, logre
nombrarlos y pueda actuar a partir de ellos; de lo contrario
el miedo nos paraliza.
¿Podría afirmar que usted es una mujer a la
que no le asustan los cambios?
¿Que no me asustan? ¡Me dan pánico y al
mismo tiempo me encantan! Y de alguna manera los provoco porque
siento que son necesarios para el fluir creativo. No puedo
actuar de otra manera. Sé de un miedo que nos impulsa
a actuar, las descargas de adrenalina son necesarias para
una acción rápida y eficaz, y lo importante
como ya dije es no dejarse paralizar sino seguirle la huella
al miedo, con humor, con irreverencia. La falta de respeto,
y la falta de respeto al miedo, es lo mejor que tenemos, al
menos cuando de literatura se trata. Eso lo entendió
muy bien Fernando Aínsa.
¿Piensa que en sus libros se manifiestan estos sacudimientos,
esta adrenalina?
Mis libros son el producto de los sacudimientos y los cambios.
Como corrientes internas que se modifican con los cambios
geográficos y culturales y crean nuevos cauces. El
estar lejos de Buenos Aires y añorarla tuvo por fruto
Hay que sonreír, novela que siento como arquetípicamente
porteña. El primer shock con Nueva York desencadenó
El gato eficaz, el segundo Novela Negra con Argentinos, novelas
en las cuales el erotismo y la muerte se encuentran. La añoranza
de Nueva York me sirvió para poder desarrollar la trama
de La Travesía con toda felicidad. Y así sucesivamente.
Lo que no quiere decir que escriba sobre los lugares donde
estoy aunque a veces sí. Quiere decir que vivir en
distintos países me ha marcado y modificado. México,
por ejemplo, donde nunca pasé largos períodos
pero que de alguna inexplicable manera se ha convertido en
mi locación imaginaria. México es para mí
el aquílugar del mito, encuentro allí un submundo,
una verdad oculta aún en el Distrito Federal. Junto
a la cultura urbana convive el mundo indígena, soterrado,
aplastado quizá pero al mismo tiempo sumamente vital.
En una época tuve una casa en un pueblo pequeño,
Tepoztlán. Allí nada es obvio, no pasa nada
[PDD8]y sin embargo tantas cosas están ocurriendo a
un nivel más profundo. Los eventos populares tienen
allí distintas posibilidades de lectura; muchos aparentan
ser simples rituales cristianos, pero en ellos subyace una
magia arcaica que se va descubriendo de a poco.
La búsqueda de lo inefable, de hablar de lo que no
puede ser dicho ¿en qué medida estaría
emparentada con esa otra búsqueda que significa el
viaje, el cruzar fronteras, límites?
He estado en muchos rincones, he atravesado muchas fronteras
invisibles. No me interesa ninguna en particular; lo que me
interesa es el hecho de cruzarlas, de estar en el borde, de
asistir a la transición de un universo a otro. Caminar,
por ejemplo, por ciertas veredas de Nueva York y cruzar ciertas
calles es como caminar sobre fuego.
No temo perder mi identidad por vivir en la frontera, en los
márgenes; por el contrario, me parece que dejo de ser
yo misma cuando entro en la rutina. Cuando me estaba convirtiendo
en una profesora universitaria decidí dejar Nueva York.
La literatura corría el peligro de transformarse en
una carrera para mí. Y yo sé que en el momento
preciso cuando el escritor cree estar ganándolo todo,
termina por perder.
El resultado de los casi once años vividos intensamente
en Nueva York (de 1979 a 1989) y de la exploración
de la marginalidad una marginalidad a la que asistía
porque me servía para mis obras, pero de la que no
participaba - dio por resultado Novela negra con argentinos.
Es una exploración sobre lo reprimido, sobre lo no
puede ser dicho.
En 1972 viví un año Barcelona. Seguí
haciendo notas periodísticas mientras daba vueltas
por Europa y también comencé a escribir Como
en la guerra. En Barcelona me encontraba con Alberto Cousté,
Mauricio Wacquéz, Nélida Piñón,
R. H. Vázquez Montalbán, con Cristina Peri Rossi.
También conocí a muchos pintores conectados
con la Galería Pecanins, que era el punto de reunión
obligado. Era un ambiente muy cerrado, así que acabé
inventándome una Barcelona mítica donde transcurre
Como en la guerra. Escribía mucho y me vino muy bien.
Con otro grupo de amigos solíamos recorrer, asiduamente,
las ruinas románicas. Luego mi hija se volvió
a Buenos Aires y yo me fui a París; de allí
a Escocia donde trabajé junto con Norman di Giovanni
en una traducción de Los heréticos que finalmente
no pudo ser publicada . De Escocia pasé a Madrid porque
el Instituto de Cultura Hispánica me había dado
una beca para un trabajo periodístico. Regresé
a la Argentina poco antes de la muerte de Perón en
1974.
¿La génesis de su primera obra también
se vio influenciada por la noción del viaje como una
exploración, como una búsqueda?
Lo primero que escribí de verdad fue, a los 18 años,
un cuento que en aquel momento se llamó "Ese canto"
y ahora "Ciudad Ajena". Apareció más
adelante en la revista Ficción. Escribí uno
o dos cuentos más antes de casarme e irme a vivir a
Francia. Creía que sólo tendría aliento
para escribir cuentos cortos. Cierto día me apareció
la imagen porque estas cosas van naciendo lentamente en asociaciones
inconscientes pero surgen de golpe como una revelación-
de una joven mujer que trabajaba como Flor Azteca, es decir
que trabajaba con la cabeza, sin cuerpo. Pienso ahora que
la idea se fue enriqueciendo con la presencia constante de
las prostitutas que pasaban taconeando debajo de la ventana
de mi departamento en París, levantaban clientes y
se iban al Bois de Boulogne. A mí me parecían
muy valientes al irse en el coche de un desconocido al bosque.
Con ellas nos mirábamos y nos saludábamos, de
lejos, sin cambiar palabra. Desde muy joven me fascinaron
los submundos, los bares de marineros en el Bajo porteño,
el Parque Retiro. Así es como empecé a escribir
lo que creí iba a ser un cuento. Creció solo
y entré casi sin darme cuenta en el ámbito maravilloso
de la novela donde una frase va llevando a una situación
que se va encadenando con otra. Los personajes cobran vida
y empiezan a vivir a pesar de la autora; empiezan a hacer
lo suyo. Fue así, casi sin darme cuenta, como escribí
Hay que sonreír a los 21 años.
Me identifiqué mucho con el personaje porque me sentía
tan extranjera, viviendo en París. Hay una gran inocencia
en esa novela. Cuando volví a Buenos Aires la dejé
en un cajón porque pensé que carecía
de sentido del humor. No quería escribir cosas sin
humor. Y ahí quedó por seis años hasta
que la releí, me reí mucho y me di cuenta de
que la exacerbación de la sordidez era de por sí
graciosa. Un trabajo no tanto de personajes sino de arquetipos.
¿Qué clase de libros disfruta leyendo y quiénes
han sido sus principales influencias literarias?
Una termina leyendo textos bastante diferentes de lo que escribe.
Me gusta leer antropología y etnografía por
mi interés por los rituales y las máscaras.
También me interesa leer sobre psicología, filosofía,
física y matemáticas, entendiendo lo que puedo.
Hay una científica latente en mí.
En relación con la ficción, puede decirse que
siempre he leído con enorme entusiasmo a Cortázar,
a Lispector, a Borges, a Fuentes. Tantos y tantas de entre
los nuestros. Y entre los de habla inglesa puedo mencionar
a Susan Sontag, Michael Ondaatje, Robert Coover, William Gass,
Grace Paley, Paul Auster, Peter Mathiessen, el Doctorow de
City of God. En cuanto a mis influencias, fui y soy una lectora
omnívora y todo lo que leí debe de haber dejado
una marca en alguna parte. Por supuesto Kafka, Faulker, Camus,
Beckett, Calvino, Chejov, Woolf, Barnes, Nabokov, toda aquella
gente y mucha más. Duras, Rulfo. Muchos de mis maravillosos/as
compatriotas. Viví en Francia durante el nacimiento
del Noveau Roman y de Tel Quel y estuve prácticamente
con todos ellos. Las influencias siguen: supongo que no puedo
omitir a Salgari, las novelas de misterio, ciertas historietas
como "Patoruzú" y ahora la publicación
budista Tricycle, para relajarme de todo aquello.
Por otra parte, me identifico con escritoras que están
en la búsqueda y que ponen en práctica un lenguaje
distinto: Margo Glantz, Nélida Piñón,
Diamela Eltit, Antonieta Madrid, Cristina Peri Rossi, Teresa
Porzekanski, Carmen Naranjo, Elsa Osorio, Liliana Heer.
¿Hay alguna cosa que le gustaría intentar en
ficción que no haya intentado aún?
Quiero intentarlo todo en ficción. Me gustaría
escribir todo el tiempo, como Kerouac. Me gustaría
ser totalmente minimalista y escribir sólo una línea
perfecta. Quiero llegar a estar lo más cerca posible
de lo inefable. Al mismo tiempo quisiera escribir cada escena
interesante, cada percepción de mi vida, todo, en cantidad,
alegremente, sabiendo que el hecho de escribir es siempre
una batalla contra lo imposible.
¿Quién es Luisa Valenzuela?
Si lo supiera me dedicaría a oficios de certeza como
la religión, la política o el arbitraje futbolístico.
Porque no lo sé ejerzo esta desazón llamada
literatura. Aunque en ocasiones me siento una gitana que se
asoma al futuro con cada uno de sus nuevos textos.
(El presente texto fue armado a partir de las preguntas
formuladas por los siguientes entrevistadores:
Roxana Russo, Jorge Felippa, María Angélica
Petit, Alessandra Luiselli, Alberto M. Perrone, Graciela Gliemmo,
Nora Domínguez, Rosa Beltrán, Magdalena García
Pinto, Evelyn Picon Garfield, Fernando Burgos, Eliseo Cardona,
Hugo Beccacece, Sandra Bianchi, Sharon Magnarelli y Ksenija
Bilbija).
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