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Alicia Dujovne Ortíz


Presentación  Cuentos Completos y uno más (Alfaguara) de Luisa Valenzuela

         Ante todo quisiera anunciarles una noticia que nos llena de alegria como argentinos, una noticia que convierte a Luisa Valenzuela en una de las grandes figuras de la literatura universal. En este momento (2002) en el Museo Whitney de Nueva York hay una exposición que los organizadores definen como la exposición de los movimientos de libertad, de libertad sexual, de libertad política de los últimos años.  La obra de Luisa Valenzuela está expuesta en el Museo Whitney junto a la de Tony Morrison y Susan Sontag. Luisa forma parte de los treinta autores elegidos de entre todos los publicados en Estados Unidos y en el mundo. Asi que estamos frente a un reconocimiento del que personalmente me siento muy orgullosa.
         Además, quisiera rendir un homenaje a la gran pintora argentina Lea Lublin, radicada en París, que fue amiga de Luisa Valenzuela, que fue mi amiga, a la que acompañé en París hasta sus  últimos momentos y que, como dice Luisa en la nota que publicó hoy en “La Nación”, sabía reírse de la muerte. Una mujer de un coraje extraordinario y que deja una obra muy importante  expuesta en los grandes museos del mundo. Hay una frase de esa nota que me gustaría leerles porque tiene profundamente que ver con Lea Lublin pero también tiene que ver con la propia Luisa:
         “Lea Lublin fue realmente una precursora, una iconoclasta inspirada y genial, una buceadora de las palabras que se hacían cuerpo, lugar y memoria”.
         De Luisa Valenzuela también se puede decir que es una buceadora de las palabras. En medio de esta aventura que es leer la recopilación de toda su obra -  desde Los heréticos de los años ’60 hasta el último de sus cuentos inéditos con el que concluye este volumen-., en medio de esta aventura,  uno se lanza justamente a bucear en aguas oscuras.
         Me gustaría hablarles en particular de dos cuentos,  en los que el trabajo de bucear en busca de las palabras resulta más claro. Uno de ellos está publicado en Cuentos de Hades, no de hadas,  y se titula “La densidad de las palabras”. Es un cuento de hadas, sin embargo. Uno que todos recordaran: el de la nena buena que va a la fuente y se encuentra con una viejecita. La viejecita le pide un cántaro de agua y la nena buena, que no es amada por su madre, le da el cántaro de agua. Entonces la viejecita, que es naturalmente un hada, le otorga un don: cada vez que hable,  de  su boca surgiran pétalos de flores y piedras preciosas.
    La nena buena llega  a su casa con su boca maravillosa (a mi, cuando era chiquita, me parecía horrible esta idea de que cuando uno hablara le salieran cosas de la boca, por  preciosas que fueran) y la madre al verla le dice a la mala, a la que ama : “andá vos también a la fuente, a ver si te encontrás con la viejecita y te concede el mismo don”.
   La mala llega a la fuente y no se encuentra con una viejecita, sino con una elegante señora  que también le pide un cántaro de agua. La mala, que tiene por lo visto una relación conflictiva con el poder, se lo niega. A la pobre viejecita se lo hubiera dado, a la señora elegante no. Entonces, la señora elegante, que por si no lo han adivinado es la misma hada, le echa una maldición: de su boca surgiran sapos y culebras. Y como no podia ser de otra manera en la obra de Luisa, esta mala de cuya boca surgen sapos y culebras, lo que equivale a decir  palabrotas, se convierte en escritora.
    La relación de Luisa Valenzuela con las malas palabras, con las palabrotas, aparece claramente en un artículo publicado en 1986 en la “Review of Contemporary Fiction”, donde dice: “Las madres o los padres, por qué echarle la culpa siempre a las mujeres, nos lavaron a muchas de nosotras la boca con agua y jabón cuando decíamos alguna de esas llamadas palabrotas, las malas palabras, cuando proferíamos nuestra verdad. Después vinieron tiempos mejores, pero esas interjecciones y esos apelativos nada cariñosos quedaron para siempre disueltos en las detergentes burbujas de jabón que limpian para siempre. Limpiar, purificar la palabra, como la mejor forma de sujeción posible. Así se sabía en la Edad Media y así se siguió practicando en las zonas más oscuras. En Bretaña, en Francia a las brujas, y hoy somos todas brujas, se les lavaba la boca con sal roja para purificarlas. Canjeando un orificio por otro, la boca era y sigue siendo el hueco más amenazador del cuerpo femenino. Puede eventualmente decir lo que no debe ser dicho, revelar el oscuro deseo, desencadenar las diferencias amenazadoras que subvierten el cómodo esquema del discurso falocéntrico y muy paternalista.”
         La mala que se convierte en escritora es aquélla que forma parte de nuestro grupo de brujas, aquélla que ha recibido el don más exquisito, el de decir horrores que alejan de ella a la gente y, en particular, a los hombres; de decir lo que tiene en el vientre, de decirlo de verdad.
         Esta inversión del cuento tradicional ya sería de por si inteligente, fundadora, y éste ya sería un cuento fascinante al llegar a este punto. Pero los finales de los cuentos de Luisa no pueden ser los que nos han enseñado. Siempre nos han dicho que un cuento debe tener un final  fuerte, un final rotundo e inesperado que estalle de golpe. Nada de eso sucede en los cuentos de Luisa, por la sencilla razon de que todo va estallando por adentro del cuento, como si no hubiera progresion, linealidad, como si no hubiera norte, sur, este ni oeste, sino una serie de finales espiralados sobre sí mismos, de finales cíclicos.
       Por otra parte, a la inversión del cuento tradicional se le une a otra idea igualmente fascinante, la de la complementaridad. Un día, la hermana mala, la escritora, la que dice palabrotas, la que está aislada del mundo en el bosque con sus sapos y culebras, se acerca al castillo donde vive la linda, la buena, aquélla de cuya boca surgen pétalos y rubíes y que, por supuesto, se casó con el príncipe, para quien este casamiento ha resultado un lindo negocio.  Se acercan la una a la otra, la mala a la buena, y se estrechan en un abrazo y, como tienen muchas cosas que decirse, como hace mucho que no se ven, de sus bocas surgen enormes cantidades de pétalos, de sapos y culebras y de piedras preciosas, de bichos inmundos y viscosos que se juntan en una sola masa de criaturas asquerosas y espléndidas. Y ahí se ve que existe una complementaridad perfecta entre la sombra y la luz, y que el buceo en las zonas oscuras también permite extraer pétalos de flores.
         Otro cuento de buceos del que quería hablarles es “La palabra asesino”, publicado en Cambio de armas en 1982. La heroína del cuento tiene un amante que nos ha provocado siempre a todas las lectoras de Luisa una  envidia espantosa. La imagen de la piel de ese  hombre negro, de la seda negra que envuelve a ese  hombre es tan vivida que, después de haberlo leído el cuento, una tiene para siempre en las yemas de los dedos la sensación de esa piel.
    La heroína ha sabido desde un primer momento que su amante negro es un marginal,  un drogadicto, un asesino. El mismo se lo ha dicho.  Pero ella, que se anima a amar a un asesino, no se anima a decirlo. Sabe que taparse la boca para negarse a si misma la palabra significa encubrir el hecho de que ella también es asesina por estar junto a  él. El tema de que el otro nos refleja, este juego especular, este juego de máscaras que es uno de los temas profundos de la obra de Luisa aparece claramente en este cuento en el que ella no se anima a decir la palabra “asesino” porque sabe que al decirlo se esté llamando a sí misma “asesina”, porque sabe que está designando su propia crueldad, su pasión por la crueldad, su terror ante la crueldad que todos tenemos adentro. Entonces el momento en el que grita finalmente “asesino” es un parto, haberlo dicho es un parto, así como son un parto para la mala los  sapos y culebras que le salen de la boca cuando dice lo que debe decir. Para ciertos escritores que buscan en zonas profundas, decir estas palabras que vienen de adentro, de la caverna, es siempre un parto.
         Por ultimo, hay un tercer cuento que me permite extraer otra imagen fundamental, también complementaria. Me refiero a  “Cuchillo y madre”, publicado asimismo en Simetrías. En este cuento se habla de una niña cuya madre joven y bella  se viste para salir. La niña va a buscar un cuchillo a la cocina y sueña con matarse. Años después,  esta niña, que ya no lo es, se da cuenta de que, en realidad, lo que ella habia querido era matar a la madre. Al darse cuenta de esto reanuda con la madre, a la que ha querido matar, una relación que Luisa describe como un hilo dorado e imposible de cortar que fluye de la una a la otra.
         Pero aquí no termina el cuento, porque los cuentos de Luisa Valenzuela no terminan nunca donde uno cree. Ella misma lo dice:   hay en esto algo cíclico. No estamos frente a un tiempo lineal sino a un tiempo en espiral. En el momento en que percibe ese  hilo dorado entre la madre y ella, la nina que ya no lo es desea cortarlo. Pero después ya no, porque el cuchillo está oxidado. Pero después de nuevo si, porque el cuchillo sigue teniendo filo. Entonces lo que  sale de nuevo a la superficie es la complementaridad entre el corte y la ruptura por un lado y, por otro, la profunda fidelidad a algo que se va transmitiendo de madre a hija, esta fidelidad que existe en todos los cuentos de Luisa con su propia palabra.
    Yo podría identificar fuera de contexto una frase de cualquiera de estos cuentos de Luisa.  A pesar de los cambios que ha sufrido su literatura -cuando, a partir de cierto momento, Luisa comienza a hablar de la tortura, de la violencia argentina, de la violencia de López Rega, de la violencia de la dictadura -  hay una identidad de sentido que permanece siempre,  un hilo dorado que recorre toda su obra desde el principio hasta el fin.
         Si me pidieran que dibujara ese hilo, no lo haria con un trazo  tenso y estirado sino con una linea que fuera como el perfil del desierto, como el contorno de las dunas. El perfil del desierto es ondulado. ¿Por qué lo es el dibujo de la obra de Luisa?. Porque en  él se advierte el doble movimiento que implica entrar en los vientres de sombra  para extraer la palabra que  emerge a la luz  La gracia, la risa, los hallazgos verbales de esta obra provienen del sumergirse en esas regiones, como si no fuera posible alcanzar la montañita luminosa sin antes haber pasado por la caverna oscura.
         .Tengo el privilegio de haber escuchado muchos de los cuentos de Luisa antes de que fueran escritos, de modo que ante todo los recuerdo como cuentos contados. Lo que siempre me ha impresionado al leerlos es el formidable trabajo con la palabra que le ha permitido a la autora conservar la frescura de la oralidad sin deponer jamas el mas profundo respeto por el lenguaje. También en ese respeto asoma la misma fidelidad, el mismo hilo dorado. .Una literatura irrespetuosa, que juega a retorcer las palabras para sacarles el jugo mas oculto, pero que incluye una forma de reverencia  inusual en nuestros dias ante el poder de la escritura.