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Ksenija Bilbija
Después de una larga conversación con Luisa Valenzuela.
Yo soy trampa…
Ksenija Bilbija (después de una larga conversación
con Luisa Valenzuela)
Yo soy trampa
.
... el papel es trampa,
yo soy trampa,
toda hecha de papel y mera letra impresa."
(Como en la guerra)
He aquí las palabras que intercambié con
Luisa Valenzuela durante las dos primeras semanas de
agosto del año 2000. No llegamos a este diálogo
en absoluto estado de pureza. Cada una cargaba su propio
bagaje mental, su propio inconsciente tal vez estructurado
como la lengua, sus propios vocabularios, recuerdos,
ficciones y más que todo, sus respectivas lenguas
maternas. Estas últimas, sin embargo, parecían
unirnos más que separarnos: ella nació
en la versión porteña del castellano,
pero a los veinte años la abandonó para
entregarse al francés de París; y aún
más tarde, al castellano de México, al
catalán de Barcelona, al inglés de Nueva
York. En el caso de Valenzuela la parte materna del
lenguaje también puede tomarse literalmente ya
que su madre fue la escritora Luisa Mercedes Levinson,
con la que comparte el nombre pero no el apellido. Yo,
por otro lado, primero deambulé por los libros
de Cervantes, Borges, Cortázar y Benedetti, imaginando
el lado de allá desde mi propio acá yugoslavo
que de ningún modo coincidía con el de
Cortázar y su Rayuela. Pero todo era cuestión
de imaginación y sus límites y si Cortázar
podía sacar a la tan porteña Alina Reyes
de sus lares codificados en "Lejana" y dejarla
con los zapatos mojados en un puente y un lejano cuerpo
de una mendiga húngara, eso a mí me abría
la posibilidad de imaginar el futuro de cualquier húngara/serbia/croata/búlgara/-yugoslava
(manteniendo así la línea de lo que a
Cortázar le pudo parecer oriental y exótico)
trasladada a la ciudad de Buenos Aires. Así que
seguí imaginando la ciudad, dos veces fundada
y resonante a una virgen protectora de los marineros,
a través de sus escritores que la seguían
mitificando. Al serbocroata de mi adolescencia y al
libresco castellano de mis estudios universitarios (eso
sí gracias a mi madre que pensó que el
español sonaba tan lindo como el italiano pero
era más útil) le añadí el
inglés del medio oeste norteamericano mezclado
con los sonidos salidos de las pantallas de los siempre
parlantes televisores. Lo empecé a balbucir durante
la fiesta de Halloween del año 1982 en la ciudad
de nombre poco resonante: Iowa City. Lo que no sabía
en esos primeros momentos de mi existencia en inglés
era que unos trece años antes, esa misma ciudad
había compartido su fisonomía con Luisa
Valenzuela y le había inspirado su tercer libro:
El gato eficaz.
Los cuerpos, estas gloriosas residencias de nuestras
identidades, son móviles y nómadas. La
historia que voy armando, igual que la conversación
con Valenzuela, entrecruza las ciudades y los lugares
reales con los imaginarios en un intento de contarnos
conectando puntitos en el mapamundi (existencial y referencial).
Escritora y lectora. Lectora y escritora. La consecuencia:
dislocadas existimos atravesando topografías
y ajustando las memorias, recuerdos y mitos de los lugares
que nos marcaron. La mal llamada dislocación
nos da continuidad, si no identidad. Las cronologías,
consecuentemente, seguirán órdenes aparentemente
ilícitos pero lingüísticos. Metonímicos
también, ya que nos permiten la sustitución
de un nombre por otro, de una parte por el todo, de
la cosa por el signo. Traductoras. La metáfora
nos ayudará a cargar el significado que nuestros
cuerpos adquirieron en sus andanzas, traslados y ubicaciones.
Las resultantes identidades, condensadas, desplazadas
y revisadas, ilusorias también, guardarán
una relación plausible, si no verosímil,
con los (mal llamados) originales.
En algún instante de 1969, en Iowa City, una
pequeña ciudad universitaria, Valenzuela invoca
su ciudad natal, que a pesar de "prometer buena
salud" estaba en vísperas de una dictadura
atroz que "desaparecería" a miles de
sus ciudadanos declarándolos virus de nación:
"Nada se ve en la esquina de Suipacha y Corrientes
aunque todo suceda y la Argentina arda. Una ciudad de
espaldas, creciendo cuidadosa, en un país que
empieza a desarmarse para encontrar su forma."(El
gato eficaz, 29) ¿Extrañaba ella su Belgrano?
¿Extrañaba yo mi Belgrado?
- Curiosamente, cuando extrañaba, aquello que
más extrañaba no era el Buenos Aires elegante
sino el Buenos Aires de bajos fondos que me gustaba
recorrer.
- ¿Cuándo te diste cuenta que eras nómada?
- De nacimiento. Y no tiene nada que ver con el hecho
cultural. De chica las gitanas decían reconocerme
como una de ellas. Intenté escapar de la casa
a los cinco años, más adelante trepaba
por los techos, a los árboles, vagaba por todos
lados. Me inventaba viajes dentro de la ciudad, iba
a París, Barcelona, a Londres sin salir de BAires
Encontraba alternativas gracias a los cuentos de viajes
de mi abuela y a las postales que coleccionaba entonces.
Después me casé y me fui a vivir a Francia,
de regreso recorrí la Argentina como periodista.
Nómada me sentí siempre.
Acudimos a las instantáneas, guardamos imágenes,
quitamos capas de la superficie urbana y seguimos viviendo
caminando. Recuerdo las palabras de Como en la guerra
que ahora parecen adquirir otro significado: "La
uso a ella de espejo, me pongo máscaras para
verme mejor y ella tiene que restituirme mi verdadera
imagen" (72). Una lectora (yo) buscándose
en el espejo escritural. Un acto nada original, tal
vez sólo un poco más consciente. Sería
el verano de 1983, cuando en un deslumbrante espejismo
simétrico, descubrí que mientras yo aprendía
a establecer conexiones entre el inglés y castellano,
Valenzuela viajaba por Yugoslavia descifrándose
en mi lengua. La instantánea revela que la calle
"Ilegálica" en Belgrado quedó
traducida a la nostalgia de la escritura. "Busqué
refugio en una calle cortada envuelta por el aroma de
balcones en flor. Ilegálica era el nombre de
la calle, cosa que me pareció perfecta porque
denotaba el sentido de ilegalidad con el que siempre
he vivido, persiguiendo deseo geográfico un eternamente
elusivo." ("In Search of my Own Backyard",
The Review of Contemporary Fiction, 15) Lo que quería
preguntarle y no pude en aquel entonces tenía
que ver con cómo se sentía cuando abandonó
por primera vez su ámbito porteño, viviendo
en francés, una lengua que todavía no
era suya. Ahora me doy cuenta de que los verdaderos
deseos perduran y finalmente pronuncio la pregunta en
su presencia.
- El francés fue para mí una adquisición
tardía y lo aprendí a hablar bien cuando
me casé. Lo sentía más ajeno que
el inglés que aprendí de niña.
-¡Pero amabas en francés!- la interrumpo,
impaciente.
- Amaba en francés, pensaba en francés
y escribía en castellano. Aún en el extranjero
siempre se encuentra gente para hablar el propio idioma
y mantenerlo vivo. Además es bueno sumergirse
en la lengua local, se descubren mil vericuetos semánticos.
Bianciotti decía que el vivir en Francia lo volvía
más atento a la gramática española,
a su propio idioma. Claro, hasta que se pasó
al otro bando. Por eso muchos años más
tarde cuando percibí el peligro de irme metiendo
más y más en el inglés dejé
Nueva York y volví a casa.
- Escribiste tu primera novela, Hay que sonreír,
a principios de la década de los sesenta, rodeada
por los sonidos del francés, mientras vivías
en París. Recuerdo tus maravillosas descripciones
de la espera presenciada no más por el reloj
de la Torre de los Ingleses
y me doy cuenta ahora
que estabas reconstruyendo imágenes de Buenos
Aires, que recomponías el puzzle de lo que habías
dejado aquí en tu ciudad natal: "En la plaza
los faroles se fueron iluminando uno a uno, las agujas
del reloj de la Torre de los Ingleses señalaron
las ocho y media sin lástima y sobre la cabeza
de Clara la gran estrella de neón del Parque
Retiro empezó a encenderse y apagarse como una
de verdad. El cielo se había puesto de un azul
intenso y ella pudo pensar en el mar, por un instante,
y sentirse feliz. Este preciso instante de felicidad
que a veces rescata todo un día, un mes, un año
de indiferencia y de impermeabilidad; (12)"
Vamos caminando precisamente rumbo a la Torre de los
Ingleses. Valenzuela me guía, esta vez recorriendo
el verdadero Buenos Aires, 12 libros después
de imaginar su Buenos Aires desde Europa.
- Estamos en la estación Retiro, frente a la
Torre a los Ingleses, la misma que Clara mira cuando
está en la puerta del viejo Parque Retiro. Esta
zona es conocida como el Bajo y fue zona de prostitución,
de dancings, de luces rojas; el Parque Retiro era un
parque de diversiones que ya en a principios de los
sesenta, cuando me fui, no existía más.
Este mundo marginal me fascinaba. Ahí no más
está el puerto, que era entonces en verdad el
gran puerto de BAires que nos dio el apelativo de porteños,
y los marineros traían efluvios de otras tierras.
En todo esto pensaba -y añoraba-- al escribir
Hay que sonreír, la novela que originalmente
se llamó Clara: cuerpo y cabeza.
Valenzuela continúa describiendo diferentes momentos
de espera de su protagonista mientras trato de adivinar
si los recuerdos son reflejos de las imágenes
impresas en las páginas de la novela o de lo
vivido. ¿Cuál será la diferencia?
Tiempo y circunstancias, diría Milan Kundera
en otro contexto y otro idioma.
Una década más tarde, en Iowa City, ciudad
famosa por hospedar a tantos escritores de los idiomas
más variados, quienes después del choque
inicial se entregaban a la ficción y organización
de sus memorias y represiones, Valenzuela anotó,
con ira o con displicencia: "Buenos Aires no merece
tamaño enfrentamiento psicodélico. Nada
ha hecho para merecerlo: ni como recompensa ni como
algún castigo." (El gato eficaz, 30) Harían
falta unos seis años para conocernos personalmente.
Yo me empezaba a preguntar cómo era posible que
entre todos los escritores latinoamericanos que tanto
me habían inspirado, nunca figuró ninguna
escritora. Y en Iowa City, el lugar menos probable,
en los ochenta, descubrí las huellas que Luisa
Valenzuela había dejado en 1969, después
de pasar un año lectivo en el Programa Internacional
de Escritores, espacio que ella misma describirá
como un "conventillo de escritores". Sus cartas,
sus entrevistas, sus libros... todo estaba en los archivos
del Programa. ¿Esperándome a mí?
En 1982 Valenzuela acababa de ser publicado su séptimo
libro, Cambio de armas, y yo apenas vislumbraba la gran
mentira e ilusión que Los nuestros había
creado: el famoso boom latinoamericano había
intentado ofuscar la existencia de las escritoras. "Las
nubes espían las colinas y las protegen para
que no se olviden de ser colinas..." anotó
Valenzuela en una entrevista del 4 de noviembre de 1970
en La Nación. Se refería al paisaje de
Iowa, mejor dicho la llanura del estado más llano,
las colinas borradas por los vientos del norte, tapadas
igual que las escritoras latinoamericanas, y tal vez
espiadas.
- ¿Querías volverte a casa? - pregunta
la voz entrevistadora refiriéndose al tiempo
transcurrido en la ciudad que ofrecía el mayor
regalo a los escritores, el tiempo para escribir.
- No- responde Valenzuela -en Francia extrañé
tanto Buenos Aires que aprendí a no echar de
menos, a no extrañar más, me gustan las
ciudades desconocidas.
Casi un año después del retorno de Iowa
City, le tocó a Valenzuela descubrir Barcelona.
La ciudad natal de su abuela materna acabó por
resultarle poco amistosa, y terminó siendo traducida
y mitificada en el marco de su tercera novela (y quinto
libro) Como en la guerra. Pero, siempre amalgamada con
su lugar del Sur: "Ella no se ha animado aún
a mencionar una ciudad y menos un país, aunque
todo a su alrededor grita Argentina, Argentina, y yo
con cualquier cara que me ponga, con cualquier disfraz
o acento se lo huelo en el acto. (¿Qué
tiene este país que todos le huimos y nos quema
por dentro? ¿Qué hay de nosotros por el
mundo, linyeras del amor, sin siquiera querer reconocernos,
negándonos los unos a los otros? ¿Qué
es ser...?)." (Como en la guerra, 23) . ¿Argentina,
acaso? En 1973 Valenzuela vuelve a Buenos Aires y termina
la novela.
- Cuando volví me puse a leer lo que ya tenía
escrito, para retomar la novela, y me pegué un
susto fuerte, porque (habiendo leído mucho sobre
la desintegración del yo en las enseñanzas
secretas del budismo tibetano) me encontré con
la tal desintegración puesta en palabras, en
mis palabras, con relación al protagonista de
la novela. Algo muy ¨lispectoriano¨ avant la
lettre, aunque todavía no la había descubierto
a Lispector.
Los primeros ejemplares tocan la realidad de Buenos
Aires el treinta de abril de 1977. La ciudad ya era
otra, muy otra de la que Valenzuela trataba de no olvidar
en Barcelona. Era la ciudad de los Ford Falcon, de la
agresión policial, de las razzias, de la llamada
guerra sucia (¿para distinguirla de alguna guerra
limpia?), de la represión y de la censura. También
de la autocensura. En el último momento, cuando
ya las pruebas de galera lucían en su escritorio,
Valenzuela decide suprimir el prólogo -una forma
en realidad de epílogo puesto al principio, significativamente
llamado "Página cero"--que contenía
una descripción del interrogatorio y la subsiguiente
tortura del protagonista, violado con el caño
de un revolver. Y, sin embargo, el índice de
Como en la guerra mantiene la existencia desaparecida
del prólogo, tercamente indicando que la "Página
cero" está entre las páginas 7 y
9. "Aquello que no está, está mucho
más," dijo Valenzuela sentada en "La
mosca blanca", el mismo restaurante en el que hace
un cuarto de siglo capturó las epifanías
del inconsciente colectivo porteño: la colección
de cuentos habría de salir en plena dictadura
bajo el título de Aquí pasan cosas raras.
Lo reprimido siempre emerge con toda fuerza. Aunque
el cero denote la ausencia y equivalga a nada en la
realidad material y numérica, colocado al lado
derecho de otra cifra se vuelve colosal e imborrable.
Página cero, la imborrable, recobra existencia
material. "Solemos creer que para combatir las
sombras se requiere más luz, pero al intensificar
las luces sólo se logra intensificar las sombras.
Sólo la oscuridad mata las sombras, esto es lo
intolerable," (227) apuntó una narradora
llamada Bella, que a la vez era la transcriptora de
los apuntes de la tal Bella, que a la vez era la protagonista
de una versión que resultó ser una mera
"Cuarta versión." El cuento, más
bien una novela corta, publicada en 1982 por Ediciones
del Norte en los Estados Unidos como parte de la colección
Cambio de armas, se refiere a la época inicial
de la dictadura de Videla, cuando en el aire ya latía
la necesidad de cambiar las armas. ¿O el cambio
ya estaba insinuado en aquella supresión de las
páginas cero? La imagen creada con la violación
del prisionero ¿insinúa que el sexo, y
no hay ninguna duda de que el sexo es masculino, puede
ser reemplazado por el revolver? Más allá
de la metáfora, mucho más allá
de la metonimia, puede haber una revuelta popular que
es una forma de revolver, pero ¿qué pasa
si la realidad se ha vuelto tan atroz que más
vale no creerla sino recrearla? Revolver el estómago,
revolver la sangre, revolver las tripas
¿qué
más se puede revolver en el cuerpo humano? Revolver
o cambiar las armas por las letras tal vez sea el paso
inicial. La protagonista de la historia "Cambio
de armas", que da nombre a la colección,
siente en su propio cuerpo el poder del revolver, y
en un principio el cuerpo rechaza el recuerdo. Pienso
en cómo Valenzuela también arma y desarma
las ciudades en su escritura. Las desarma en el sentido
de Cambio de armas, con el propósito de cambiar
las armas, hacerlas menos amenazadoras.
- Al mismo tiempo se desarma para luego armarlo de otra
manera, como un en un rompecabezas- añade la
autora.
- Desplazar también, desarmar calles y plazas,
literalmente desplazar.
- Sí, y rearmarlas en la anatomía de una
persona, - me recuerda Valenzuela seguramente pensando
en la historia del hombre que bajo la mirada de una
mujer se convirtió en una ciudad que sólo
podía ser Buenos Aires, captada en el cuento
"Ni el más aterrador, ni el menos memorable"
de Aquí pasan cosas raras.
Las armas por las letras, el cuerpo ficcional y el cuerpo
real:
- Tiempos de terror que me llevaron a escribir "Cambio
de armas" el cuento así titulado, más
bien una novella de aliento más largo pero entrecortado,
jadeante. Cuando lo completé pensé que
de allí podría surgir una novela, narrando
un antes y un después de la situación
de desmemoria. Pero no me dio el cuerpo. No me dio el
alma, ni siquiera para mostrarlo a mis amigos más
cercanos: sentí que los pondría en peligro.
Era un cuento contaminante, un saber al borde del abismo.
¿Cómo combatir las fuerzas oscuras, las
sombras que se habían apoderado de "la capital
de un imperio que nunca existió" (André
Malraux)? Lo peor fue que los ciudadanos empezaban a
callar y a pensar que "podríamos estar peor,"
sin cuestionar los indicios y las marcas del horror
que iban aflorando en el cuerpo de la ciudad.
Valenzuela intenta transmitir la sensación de
impotencia que se respiraba en Buenos Aires en 1974,
cuando después de estar unos dos años
en el extranjero volvió a su ciudad natal, pero
la ciudad ya era otra. La represión se palpaba
en el aire, dice.
- ¿Pero cómo se sabía todo esto
si no se hablaba y pasaban cosas raras?- le pregunto.
- En el ´74/75 todavía no nos habíamos
dejado vencer por el terror que enceguece, lo que Freud
llamó la forclusión. La violencia atroz
que instauró la Triple A de López Rega
(el de Cola de Lagartija), un verdadero terrorismo de
estado, era bien evidente, todo la hacían a la
luz del día para sembrar el terror y silenciarnos.
Con el advenimiento de la dictadura militar en mazo
del 76 la violencia se volvió más disimulada,
mucho menos evidente. Aun entonces, si querías
saber podías saber muchas cosas. Sólo
que ya no aparecían en los diarios, todo era
de boca en boca, de miedo en miedo. Se vivía
un clima más desazonante que antes.
El restaurante, vacío, está en pleno centro
de Buenos Aires pero al margen, detrás de la
estación Retiro, en un lugar improbable y desolado.
Valenzuela se distrae mirando por los amplios ventanales,
estudia los reflejos en los vidrios entreabiertos y
enfrentados que se interceptan en un diálogo
ciudad-campo absurdo en medio de lo absolutamente urbano,
y de golpe dice:
- Me encanta observar los reflejos, encontrar lecturas
superpuestas y contradictorias, por transparencia. Y
me gustan lugares como éste que dan sensación
de extranjería, de estar fuera de lugar; la palabra
exacta sería alienación, no como locura
sino como un estar físicamente al costado, enajenada.
- Mirando reflejos -comento, -como nuestra entre/vista,
¿no te parece? Estar entre dos vistas, tal vez
las delineadas por los marcos de las ventanas, por el
espacio de los vidrios.
Siempre se trata de un intercambio con el otro y en
este sentido sólo el otro tiene el acceso a la
identidad de una. O las palabras que se generan entre
las dos.
Valenzuela habla de cuando, en este mismo lugar, muy
tarde una noche de 1974, empezó a comprender
que todo en su país había cambiado para
siempre. Ella acababa de volver de Europa, los amigos
le contaban retazos de incidentes insólitos que
se vivían en la ciudad, los mozos empezaban a
poner las sillas sobre las mesas para poder barrer y
cerrar el restaurante de una vez por todas. Pese a que
la miro y recuerdo la escena que está describiendo,
nunca la presencié: será el cuento "Aquí
pasan cosas raras" que dio nombre a toda la colección.
Sé que esta vez la descripción se refiere
a la realidad que dio luz/sombra al cuento
El país bien podría haberse llamado "Unlimited
Rapes United, Argentina," como lo insinúa
el título del cuento de la misma colección,
milagrosamente publicada en 1976.
- Ediciones de la Flor, que publicó el libro
cuando ya los militares habían tomado el poder,
tuvo la inteligencia de anunciarlo como el primer libro
sobre la era de López Rega. Fueron muy valientes.
Ya en los meses previos a la dictadura la gente empezaba
a decir "yo no sé nada, acá no pasa
nada, son cosas que se oyen, pero aquí no pasa
nada". Donde más notaba la transformación
era en los cafés. No se oían más
las habituales discusiones políticas hechas de
reproches y de quejas al gobierno. De golpe todo era
dicho en sordina, y entonces en los cafés se
podían entreoír frases insólitas
que aludían a otra cosa.
- ¿Y tomabas apuntes?
- No, sentada a la mesa de distintos cafés escribía
directamente un cuento. Con mala letra para que no pudieran
leer por encima de mi hombro. Todavía tengo el
cuaderno. Escribía el cuento de un tirón.
Treinta cuentos en treinta días, tal como lo
había apostado con su hija.
- Elaboré lo que podríamos llamar una
escritura automática/consciente. Fue como acceder
con un bypass al inconsciente, a la mirada al inconsciente,
sin pasar antes por el raciocinio que lo estropearía
todo con explicaciones, descripciones y juicios morales.
Inconsciente, sí, pero no incoherente. Nada de
eso.
Las palabras ya no significaban lo que decían,
diferían de lo que el cuerpo mismo que las pronunciaba
daba a entender, esos eran los núcleos significativos
en torno a los que se tejían las historias de
la época que no cabía en las palabras.
"Mata-mató-matará-mataría-ha
matado-hubo matado-habrá matado-habría
matado-está matando-estuvo matando-ha estado
matando-habría estado matando-habrá estado
matando-estará matando-estaría matando-mate."
("Verbo Matar", Aquí pasan cosas raras
425) ¿Es posible conjugar el verbo matar sin
consecuencias? O, tal vez, la indicación fuera
otra y tendría que ver con que al principio fue
el verbo y que además de verlo como el creador
de la vida, también es posible, morir por la
letra. "El lenguaje sabe mucho más que nosotros,"
comenta Valenzuela. Y el lenguaje escrito deja huellas
difícilmente borrables. Debe ser que por eso
en algunos cafés que frecuentaba prohibían
el mismo acto de la escritura: "
ahora en
los cafés no se hace más que hablar porque
en muchos ya se prohibe escribir aunque se consuma bastante.
Alegan que así las mesas se desocupan más
rápido, pero sospecho que estos dueños
de cafés donde se reprime la palabra escrita
son en realidad agentes de la provocación. La
idea nació, creo, en el de la esquina de Paraguay
y Pueyrredón, y corrió como reguero de
pólvora por toda la ciudad." ("El lugar
de su quietud" Aquí pasan cosas raras, 467)
A pesar de tales prohibiciones Valenzuela termina su
colección en un mes, ficcionalizándose
(a la vez encarnando y personificando a la narradora
y a algunas protagonistas) y reconociendo el miedo que
marcaba no sólo los movimientos y las voces de
los ciudadanos sino también el ritmo de su escritura,
hecha siempre "a oscuras" ("El lugar
de su quietud" 472).
Lo indomable, a veces llamado la barbarie, tan míticamente
relacionado con las afueras de las ciudades argentinas,
ahora se había instalado dentro de sus invisibles
murallas. ¿Cómo representar el autoritarismo
(con sus autores y autoridades) sin nombrar? En la ciudad
que era Buenos Aires, pero que también podría
haber sido cualquier otra domada por los decretos (¿Belgrado
en los noventa?), el verde no se puede ni verbalizar
ni vislumbrar, pero tampoco prohibir.
Los ciudadanos (¿qué habrá pensado
Valenzuela?) que en marzo de 1976, tres días
antes del golpe militar, hojearon las páginas
de La Nación podían enfrentar la mirada
insegura y vacilante del soldado, también ciudadano
de la nación argentina, que ya de espaldas rumbo
hacia la oscuridad, volvía la cabeza para ver
si alguien lo acompañaba. El anuncio, pagado
por la Liga pro-comportamiento humano, también
contenía las palabras que inscritas casi verticalmente,
paralelas al rifle erecto del soldado, lo intentaban
convencer (al soldado y al lector) de que: "No
estás solo
tu pueblo te respalda. Sí,
no es sencilla la lucha. Pero saber de qué lado
está la verdad la hace más fácil.
Tu guerra es limpia. Porque no traicionaste. Porque
no juraste en vano. No vendiste a tu patria. No pensaste
en huir. Porque empuñas la verdad con tu mano,
no estás solo." Y lo único que los
curiosos lectores en vísperas del golpe podían
discernir en su mano era un erecto rifle.
El restaurante "La mosca blanca" es una enorme
desolación. ¿Será por la situación
económica que está vacío este lugar?
- Creo que ahora estamos en un momento de transición,
un momento muy interesante. Siempre creíamos
que tocábamos fondo y que no podía ser
peor. Yo creo que ahora estamos tocando fondo no porque
no pueda ser peor, siempre puede ser peor, sino porque
estamos tomando conciencia de una realidad que estaba
siendo negada. Menem despertó en los Argentinos
el loco sueño de entrar al primer mundo
ahora
por suerte nadie menciona ese desvarío. Todo
parece doloroso y gris, pero esto de volver a la realidad
puede ser muy positiva.
- Pero la crisis económica es tremenda- insisto
con palabras que escuché tantas veces desde que
llegué a Buenos Aires.
- Sí, pero no es peor de la que era hace un año
con el menemismo. Sólo que ahora nadie nos miente.
Me doy cuenta que este domingo, el 6 de agosto de 2000,
a las dos de la tarde, se escucharán sólo
nuestras palabras. Nos despedimos del mozo que de vez
en cuando reaparecía, siempre con la misma expresión
de saberlo todo y no querer revelarlo. Y entonces Valenzuela
me cuenta una instantánea que acaba de capturar:
En 1979, para "poder seguir escribiendo" Valenzuela
finalmente tuvo que salir de Argentina:
- Entre Nueva York y México pude completar esa
serie de cuentos sobre el poder y la dominación
que finalmente tomó el título del cuento
principal, el hasta entonces inmostrable.
La primera edición de Cambio de armas, el libro
que yo estaba traduciendo al serbocroata en 1983, apareció
por primera vez en castellano, en los Estados Unidos,
en 1982. Nunca verán estas historias la luz del
día en la fuente de su inspiración: Buenos
Aires. Un año después apareció
otra edición en México, seguida por una
serie de traducciones: inglés en 1985, portugués
en 1986, holandés en 1988, japonés en
1990
Cuando en 1995 Bella, Pedro, Tío Ramón,
Chiquita, Amanda, Beto, finalmente rinden sus historias
al serbocroata, el contexto ya era otro: Yugoslavia
en la que yo había nacido no existía,
y lo que había empezado como una guerra entre
Serbia y Croacia, después de cinco años
había desbordado el campo de las letras. La energía
nacional se concentraba en las diferencias, ya no nos
unía nada. Inclusive nuestra lengua se percibía
como dos, mientras los ciudadanos desaparecían
y
yo me preguntaba por qué estos dos países
a los que me sentía tan unida tenían historias
tan paralelas. Como si entre las dos placas, Argentina
y Yugoslavia, existiera una cámara obscura que
a veces dejaba que la luz pasara hacia un lado y otras
veces hacia el otro, pero nunca simultáneamente.
Uno tenía que permanecer en la sombra para que
el otro sintiera la luz. Recuerdo con tristeza la memoria
de Valenzuela: "En tu país, en Yugoslavia,
me desesperaba porque con el serbio no podía
entender dónde empezaba una palabra y terminaba
la otra. Para mí todo era un gran hilo de palabras.
Pero de golpe surgía con la gente una comunicación
extraverbal, era maravillosos. Hasta con las gitanas,
como en un film de Kusturica.
Eran otros tiempos, pienso sin decirlo porque me doy
cuenta de estar repitiendo la frase con la que mi abuela
solía dar por acabado un argumento.
- ¿Extrañabas tu Buenos Aires cuando vivías
afuera?, se me ocurre preguntar a pesar de sospechar
que la pregunta no es nada original.
- Vine de visita varias veces durante los años
de dictadura, y nunca fue fácil. Cruzar el aeropuerto
de Ezeiza siempre era una experiencia traumática:
bastaba con que algún oficial de migraciones
o un guardia de aduana se rascara la oreja para que
una creyera que le estaba haciendo alguna seña
a un policía de civil. Existía peligro
de secuestro y desaparición, sabía de
varios casos y pensaba que los militares no podían
ignorar mis actuaciones en el Freedom to Write Commitee
del PEN American Center, o en el Fund for Free Expresion
de Americas Watch, o en Amnisty International. Pero
una vez sorteado el principal peligro, podían
ocurrir cosas maravillosas, inesperadas, como cierta
noche cuando salí a caminar por Belgrano, las
calles de mi infancia, y de golpe me empezó a
dar un ataque de llanto. Lloraba porque partes del barrio
había cambiado, y lloraba porque muchas casas
y esquinas seguían igual. Unas lágrimas
incontenibles y absurdas De golpe, como salido del corazón
de la noche -eran como a las tres de la mañana--,
apareció un muchacho muy joven que me preguntó
por qué lloraba. Traté de razonar, "Bueno"
le dije "yo estoy viviendo en Nueva York y..."
"Contáme como es Nueva York", me pidió
él, y entonces empecé a contarle, y me
fui alegrando, y caminamos como una hora hasta que entendí,
gracias a este muy circunstancial amigo, que había
estado llorando no porque echara de menos un lugar -Buenos
Aires o el barrio de Belgrano- sino un tiempo. Echaba
de menos los tiempos de antes de la dictadura. Porque
finalmente una ciudad es sobre todo la presencia humana,
y lo que ocurre en sus calles puede hacerla radiante
u opaca. Amiga u hostil. La ciudad es como una esponja,
lo absorbe todo, y los miedos y las emociones exudan
de las paredes como una sustancia perceptible.
Los primeros años de la dictadura militar, de
1976 hasta principios de 1979, fueron los más
duros y Valenzuela los pasó en Buenos Aires.
Tratando de poner la realidad en palabras. Y la novela
que creía estar escribiendo se negaba a ser una
novela, como cuento era demasiado largo, los personajes
se rebelaban y revelaban otros, los apuntes escamoteados
en los papeles sueltos se deslizaban entre las manos
(bocas) de los narradores que se volvían protagonistas,
antagonistas, seres que de vez en cuando huían
de los cuerpos de los personajes. "Hay cantidad
de páginas escritas, una historia que nunca puede
ser narrada por demasiado real, asfixiante. Agobiadora.
Leo y releo estas páginas sueltas y a veces el
azar reconstruye el orden. Me topo con múltiples
principios. Los estudio, descarto y recupero y trato
de ubicarlos en el sitio adecuado en un furioso intento
de rearmar el rompecabezas. De estampar en alguna parte
la memoria congelada de los hechos para que esta cadena
de acontecimientos no se olvide ni repita. Quiero a
toda costa reconstruir la historia ¿de quién,
de quiénes? De seres que ya no son más
ellos mismos, que han pasado a otras instancias de sus
vidas. Momentos de realidad que de alguna forma yo también
he vivido y por eso mismo también a mí
me asfixian, ahogada como me encuentro ahora en este
mar de papeles y de falsas identificaciones." ("Cuarta
versión" Cambio de armas, 205)
¿Un testimonio? Es posible que un testimonio
mantenga su aura de credibilidad y veracidad dentro
de la ficción? ¿O el género necesita
lucir su distinción de la ficción a base
de la veracidad?
- "Cuarta versión" iba a ser una novela
hecha y derecha. Tenía por primera vez en mi
vida la trama perfectamente desarrollada, capítulo
por capítulo, como hacen tantos escritores que
conozco. La trama tenía muchos puntos de contacto
con la realidad, y con la necesaria dosis de creación
para volverla interesante. Escribía y escribía
pero no lograba levantar vuelo. No lograba sorprenderme,
que es en definitiva lo que más me interesa del
acto de escribir. Entonces tiré como trescientas
páginas a la basura y decidí comprimir
para poder descubrir qué se estaba diciendo por
debajo de las palabras.
De la idea de novela saltamos a la colección
Donde viven las águilas. Con ese libro Valenzuela
intentó completar "una serie de cuentos
sobre lugares y seres de mi América Latina que
tanto he recorrido y tanto amo. Me salió a medias.
Muchos de los cuentos ni son tan beatíficos-iluminados-ni
siquiera tan "latinoamericanos". Aunque quien
sabe
" El mismo año, 1983, aparece
en las librerías porteñas la novela Cola
de lagartija. O tal vez más preciso sería
decir, arriesgando la cursilería, que en 1983
dio a luz Cola de lagartija porque la había escrito
"de un tirón durante nueve meses."
En ella, el encanto de las sirenas míticas que
Ulises tanto quería escuchar se vuelven "las
sirenas de los patrulleros [que] desprenden a veces
esa fetidez, o la mirada turbia de los soldados que
mañana, tarde y noche nos apuntan con sus ametralladoras".
(Cola de lagartija, 76). En la novela "dejo que
hable el lenguaje que agarra su camino." Y el lenguaje
parece haberse apoderado de la realidad: un Brujo, l'Bruj,
un López Rega ficcional con tres testículos
y con el deseo indomable de procrear a su propio hijo
morirá años más tarde en la cárcel
con el cuerpo real marcado por un tumor testicular.
¿El poder de la ficción? ¿El poder
del inconsciente? ¿Será el inconsciente
colectivo?
En abril de 1983 Buenos Aires es una fiesta a la que
Valenzuela acude para celebrar el retorno a la democracia.
Por momentos siente ganas de quedarse, pero vuelve a
NY porque hay tanto que hacer todavía allá,
y tiene un contrato con NYU donde dicta talleres de
escritura en inglés, y sabe que Nueva York es
el corazón del mundo y todavía no ha terminado
de tomarle el pulso ni de abrevar en la fuente de riqueza
intelectual que la ciudad le ofrece.
Recién en otro abril, el del año 1989,
Valenzuela vuelve a radicarse en Buenos Aires. "El
choque de esa experiencia," anota la escritora
en su curriculum, "está reflejado en Realidad
nacional desde la cama, presentada en a finales de noviembre
de 1990." Se trata de una novela sobre la ocupación
del espacio privado y la resemantización de la
noción de la pasividad. De una manera fantasmagórica,
el tejido construido por el texto y el contexto histórico
se amalgamaron produciendo los alarmantes titulares
de Buenos Aires el 3 de diciembre de 1990. Los soldados
grotescos que hacen sus maniobras en el cuarto de la
aparentemente apática señora en la novela
y que completan su camuflaje identificatorio en uno
de los últimos episodios dejan el ámbito
de la ficción y aparecen en las primeras páginas
de los diarios de la capital: los carapintada. Bajo
el comando del coronel Seineldín, con caras pintadas
de betún, se produjo otro levantamiento contra
el gobierno del recién elegido presidente Carlos
Menem. Lo real nunca está separado del lenguaje:
puede estar escamoteado, enmascarado, carnavalizado,
pero estará involucrado dentro de las capas lingüísticas.
"Buenos Aires, como toda ciudad, es una metáfora",
anotó Cortázar en una ocasión y
vuelvo a escribir sus palabras en ese contexto que se
está armando, entre las vistas de Buenos Aires
y Nueva York. Ni me sorprende el hecho de que una vez
en Argentina, la ciudad de Nueva York ahora parece reemplazar
a Buenos Aires en el imaginario de Valenzuela. La siguiente
novela, publicada también en 1990, Novela negra
con Argentinos, transcurre en Nueva York.
- ¿Por qué te fuiste de Nueva York?, le
pregunto, recordándole también que en
París y en Barcelona escribía sobre Buenos
Aires, y ahora
.
- En París yo extrañaba tanto Buenos Aires
que acabé escribiendo mi primera novela, Hay
que sonreír, sobre un BAires totalmente arquetípico.
Y nunca más extrañé tanto en mi
vida, aprendí a disfrutar plenamente del lugar
donde vivo. Y Nueva York me encanta, me resulta excitante,
estimulante. Creo que es el aquí-lugar por el
cual pasa el mundo entero, donde ocurre todo y de todo,
donde vive la imaginación. Estoy escribiendo
sobre ese lugar casi emblemático. Buenos Aires,
que era misteriosa como bien supo Mujica Laínez,
se ha transformado en una ciudad sin imaginación.
¿Y por qué me fui de Nueva York? Me fui
porque me cansé de tanto correr el mundo con
sólo cruzar la calle, me cansé de creerme
eso de la ética protestante del trabajo, de querer
hacer cada día más y mejor. Fue una partida
absolutamente racional. No tenía ningún
motivo para alejarme, por lo contrario, en NYU, para
que me quedara, me ofrecieron un apartamento más
amplio, un aumento de sueldo. Sentí entonces
que corría el riesgo de quedarme para siempre
en Nueva York mientras en Buenos Aires, en mi ausencia,
se iban muriendo demasiados seres y cosas queridas.
Curiosamente, o tal vez manteniendo un balance casi
poético, Novela negra con Argentinos sale primero
publicada por una editorial de Barcelona, Plaza y Janés.
Un año más tarde, también se publica
en una editorial estadounidense, Ediciones del Norte,
y finalmente argentina, Sudamericana. Es una novela
negra, o una debería decirlo con más cuidado
porque aunque cumple los requisitos básicos del
género, es una novela negra hasta cierto punto,
a lo Valenzuela: existe un asesinato, pero en vez de
ir descubriendo la identidad del asesino, el hilo narrativo
busca el motivo del asesinato. Y los protagonistas son
dos escritores argentinos, un hombre y una mujer. El
cuerpo de la ciudad aparece " atractivo y perverso,
como una amenaza de peligro constante. Atravesar la
ciudad es como avanzar por las zonas más secretas
y ominosas de un teatro en el que se te va la vida.
Como en todo verdadero teatro, al fin y al cabo,"
explica Valenzuela.
-¿Y el cuerpo de la mujer asesinada?, le pregunto.
- Eso forma parte del secreto. Es cierto que Susan Sontag
me dijo que se sentía incómoda porque
el crimen quedaba impune, y la verdad es que yo también,
un poco, aunque hay tanto crímenes impagos en
el mundo.... Pero la verdad es que hice trampa en la
novela y sembré la duda, la mató, no la
mató
el único que puede saber algo
es el supuesto asesino, y él no quiere ni enterarse.
- Pero hay una escena en la que él se come la
foto de la víctima, la foto que apareció
en el periódico, insisto.
- Sí, pero no podemos estar seguros de que sea
precisamente la foto de ella. Él no lee, y por
lo tanto nosotros tampoco, el epígrafe. Podría
ser una mujer que se parece a la víctima
Honestamente yo creo que sí, que la mató;
son sólo dudas que sembré. A mí
me parece tan tremendo el hecho de creer que mataste
a alguien como el hecho de haberlo matado. Pero Roberta
nunca lo cree del todo. El único en la novela
que cree en el asesinato y lo ayuda a Agustín
a aceptarse es Héctor Bravo, porque su trabajo
es ése, precisamente. Además, como siempre
ocurre, la novela se termina pero la vida de los personajes
sigue, y más adelante bien puede encontrarlo
la policía que quizá estuvo investigando
por su lado.
- Porque además está relacionado con el
sacrificio del cuerpo femenino, para que un hombre escriba
una novela.
- Un sacrificio inútil, como tantos, porque él
al final no escribe nada.
- Se te ocurrió pensar mientras escribías
algo así como '¿por qué estoy sacrificando
a esta mujer inocente'?
- Yo la sacrifiqué de buena fe porque quería
escribir una novela negra y a alguien hay que matar.
No tuve ningún empacho en sacrificarla. Después,
viste, surgen ciertas inquietudes y miedos del tipo
¿por qué me meto con estos temas? Pero
no mientras se escribe, nunca, las buenas intenciones
pueden hacer trastabillar los mejores trabajos. Yo por
la palabra escrita pongo en riesgo mi vida. Pero respeto
la ajena. Cierta vez Borges comentó que yo era
capaz de matar a mi madre por un juego de palabras.
Pienso que el maestro estaba proyectado sus propios
fantasmas. La vida de la gente viva es sagrada, pero
la de los seres hechos sólo de palabras, de puro
papel... no sé por qué maté a una
actriz. Nunca me detuve a pensarlo.
La lectora hablando con la escritora. De los personajes
y de los sacrificios. ¿Quiénes son tus
lectores, has conocido a muchos, qué nos une?
le pregunto luchando con la linearidad de la lengua
y con un deseo irreprimible de preguntarle todo a la
vez.
- Por fortuna conocí a muchos, sobre todo en
las universidades. En cuanto a qué los une, me
gustaría que no tuvieran nada en común,
que cada uno se acercara a mis trabajos por motivos
diferentes. Suelen ser personas que saben leer la literatura
a fondo, aunque quizá sólo se acerquen
los que no son tímidos. Más que diferencias
entre diferentes países noto diferencias entre
diferentes circunstancias. No es lo mismo el estudiante
o la estudiosa que la lectora y el lector común.
Es muy emocionante cuando la gente de la calle se deja
atravesar por la escritura. Más ahora que nunca,
cuando la verdadera literatura ya no es un valor de
mercado.
- ¿Crees que existe un lector ideal de tus textos?
- Hanibal the Canibal es mi lector ideal. ¿Te
acordás, el de "Silence of the Lambs"?
Quiero un lector/a que me exija la verdad aunque la
verdad lastime, le resulte fea, o que la verdad no sea
exactamente lo que espera; quiero un lector/a que no
entre a un libro buscando algo en particular, que descubra
hilos secretos, que pueda añadirle algo al texto.
Quien no espera nada, encuentra. Como bien dicen los
indios norteamericanos: no hay que salir a cazar un
animal en particular porque entonces no logramos ver
las demás posibles presas. O como en Zimbabwe,
donde el guía me dijo que para ver a los animales
en el monte no debemos buscar formas sino movimiento.
Podría ser ésta una metáfora para
la lectura activa, la lectura que descubre.
Entonces le cuento una historia de mi clase. El curso
era sobre la escritura y la represión y leímos
muchos de sus cuentos del recién salido libro
Cuentos completos y uno más. Se trata de una
estudiante que perdió algunas de las clases y
me escribió para explicar las razones. Estaba
sufriendo una grave depresión. "Esta clase
significa mucho para mí" explicaba tratando
de encontrar la palabra más apropiada para lo
que quería decir, "he descubierto que por
alguna razón, cuando leo los cuentos de Luisa
Valenzuela me pierdo en su escritura y puedo olvidar
completamente todos los males que me agobian. Es algo
que raras veces pasa estos días. Tal vez es porque
su escritura es difícil y requiere mucha concentración,
pero también estoy convencida de que hay algo
más que eso. Gracias por introducirme a ella."
La escritura como un don, como una oferta que va más
allá, mucho más allá de lo que
osamos imaginar.
También recuerdo otro lector, quien, cuando todavía
vivía en Polonia, en los '70, descubrió
un cuento de Valenzuela en polaco. El lector era el
artista plástico Bolek Greczynski, quien años
más tarde habría de encararla con una
cita en inglés que ella no identificará
como las palabras escritas por ella en castellano en
Como en la guerra. A ese lector no sólo le dedicará
Novela negra con Argentinos sino que lo volverá
personaje en su última novela aún inédita,
La travesía.
- Bolek decía que sabía que me iba a encontrar
tarde o temprano porque transitábamos caminos
semejantes. Empezó a buscarme cuando presentó
en de Buenos Aires una muestra sobre los desaparecidos.
Pero yo ya vivía en New York, oh casualidad,
donde también estaba viviendo él. Bolek
era un tipo fantástico, muy difícil, de
enorme talento. Yo quise mantenerlo vivo haciéndolo
personaje, ficcioanlizándolo pero respetando
la verdad de su brillante obra, sobre todo el trabajo
de Creedmore, una institución psiquiátrica
donde junto con los internados crearon un museo viviente.
La novela trata básicamente sobre el secreto,
¿y qué dos mejores lugares para indagarlo
que el arte y el manicomio?
- ¿Personajes y personas a veces se mezclan?-
le pregunto introduciéndome poco a poco en el
resbaladizo terreno de la "así llamada"
ficción y pensando en que "yo soy trampa
toda hecha de papel y mera letra impresa.
- En la nueva novela, La Travesía, trabajé
justamente con la idea del híbrido. La idea inicial
fue la de componer una "autobiografía apócrifa",
después me alejé de la primera persona
pero mantuve ese plano donde la ficción básica
del argumento se entremezcla con personas reales de
mi vida en Nueva York. Sobre todo con los/las artistas
plásticos que me posibilitan la metáfora
de entrada a los mundos ocultos tras las imágenes.
Por otra parte, creo que lo interesante de la escritura
es que te salva de que se te mezclen los tantos. A mí
nadie me vende ficción por realidad (políticamente
hablando) porque he aprendido a leer y sé dónde
empieza la una y termina la otra. Pero también
sé que siempre se articula una imbricación,
nada es tan realista como aparenta, el ser humano es
muy complejo, por suerte, y nuestra capacidad como bien
descubrió Lacan de acceder a lo real sólo
se ejerce por la mediación de lo simbólico.
La escucho y no estoy segura si me habla de ficción,
de realidad o de algo más que esbozó en
la famosa introducción a su "novela negra":
" El hombre, Agustín Palant, es argentino,
escritor y acaba de matar a una mujer. En la llamada
realidad, no en el escurridizo y ambiguo terreno de
la ficción."
- ¿Qué te parece la manera en que tus
textos son apropiados por otros?
- A veces me deslumbra, a veces me descubren cosas que
yo misma no supe ver y me asombra, otras veces me siento
muy incómoda porque tergiversan lo que quise
decir
aunque yo no sé bien qué quise
decir en el fondo
en última instancia siempre
quiero decir algo más allá de lo que estoy
diciendo. Pero creo en la racionalidad de las palabras,
en un hilo narrativo inexorable, y a veces la gente
pierde el hilo en la lectura, omite alguna palabra o
frase y se interna en zonas propias, inconducentes.
También es cierto que siento cierto resquemor,
hay algo de desnudamiento, de desprotección,
cuando se leen los comentarios críticos, aunque
sean ponderativos.
-¿Tienen algo en común tus lectores?
- Los buenos lectores son personas que saben ver el
lado oscuro de sí mismas, saben por lo tanto
que la vida no es solamente la parte luminosa (como
les gusta pensar a quienes leen cierta literatura light),
y tampoco es maniquea, todo blanco o todo negro. Es
gente que entiende las ambigüedades y los claroscuros
de las situaciones. Esta es la gente que a mí
me interesa. Pero cuando escribo no pienso necesariamente
en lector o lectora alguna, soy mi principal lectora
y necesito sorprenderme a cada frase.
- ¿Y en cuanto al género de estas personas?
- Bueno, son mucho más las mujeres que estudian
mi obra, pero hay varios hombres que me leen de una
manera muy interesante. Los críticos y quienes
escriben críticas en diarios y periódicos
en toda Argentina lo hacen de un modo muy superficial.
Desde esa perspectiva creo que me entienden más
las críticas, aunque no sé bien qué
decir, es difícil verse desde el otro lado del
espejo. Pero me siento profundamente agradecida con
las extraordinarias, brillantes críticas que
como vos se han detenido en mi obra y la mantienen viva.
- ¿Hasta qué punto estos otros tienen
acceso a algo que uno podría llamar una identidad
tuya, algo propio tuyo? ¿Hasta qué punto
te entregas a ellos?"
- La entrega es total. Lo propio es otra cosa. Uso poco
material autobiográfico, me aburre, a pesar de
que he vivido mil historias que merecen ser contadas.
Pero pongo en juego lo más mío que vendría
a ser mi forma de ver el mundo y de tratar de entenderlo.
Al fin y al cabo toda escritura es un intento de desenmarañar
los nudo, un sistema para derivar sentido en las cosas
to
make sense. La mente humana tiene diversas rutas para
acceder al conocimiento. Yo trato de explorar a fondo
la que me tocó a mí. No creo que sea exclusiva.
- ¿Estás consciente de los riesgos que
tomás mientras escribís?
- Por supuesto. Creo que es una cosa peligrosa, escribir.
- Eran los riesgos políticos antes, durante la
dictadura
pero, ¿ahora?
- En la época de mi madre los escritores decían
que corrían riesgos de locura, algo que Sábato
exploró en Abadón. Yo creo que no es tan
fácil volverse loco, que la locura pasa por otro
camino. Igual, al escribir ficción tu cuerpo
está comprometido, se movilizan zonas oscuras,
inquietantes, y ya no sabés dónde estás
parada. Todo es cambio, todo fluye, no hay posibilidad
de certidumbre
- Pero, si vos escribís así, con vos uno
va descubriendo cosas al leer, mientras que otros escritores
te arman unos cuentos ya hechos y no tenés que
pensar mucho.- Al pronunciarlo me doy cuenta que mi
pregunta tenía todos los sabores argentinos
que
me había apropiado de las particularidades que
separaban a los argentinos de otros latinoamericanos,
que conscientemente nunca habría podido usar
el 'vos,' que a pesar de todos mis deseos ese no era
mi lenguaje, que no tenía derecho
- Esos son riesgos que corro a sabiendas, porque dejo
que hable el lenguaje, y como bien dijo Juan Goytisolo,
el lenguaje nunca es inocente
Pienso decirle, "en mí también hacés
que hable un lenguaje que me parece y no me parece ajeno,
nada inocente
", pero nunca pronuncio estas
palabras.
- Si imaginaras tu vida como una novela, ¿cuales
serían los capítulos?- le pregunto. -
Porque está escrito en el Gato eficaz: "Yo
no estoy escribiendo una novela sino simplemente anotando
con el poco de vida que me queda".
- Estoy segura de que nunca escribiré mi vida,
pero la idea es interesante, la vida como novela...
no sé, podría elegir armarla alrededor
de los viajes, según los lugares y las obras
que fui escribiendo en esos lugares. Cierta vez me pidieron
una autobiografía de cuarenta páginas,
me pagaban bien. Llegué a las diez páginas,
a mis quince años, y abandoné por cansancio.
La idea era justamente armarla libro por libro; quizá
me divertiría más hablar de los amores...
La ciudad de Buenos Aires, tu Buenos Aires, iba a estar
en todos los capítulos, pienso, convencida de
que tal vez esa fuera mi trampa, de papel, por supuesto,
y un poco de tinta.
- Y Buenos Aires, - le pregunto. - ¿Cómo
te ve Buenos Aires ahora?
- Poco, Buenos Aires me ve poco. Lo cual no sé
si es una desventaja. Antes los escritores teníamos
mucha más presencia en los medios, nuestra opinión
era valorada. Aunque yo siempre le resulté incómoda
a mi gente: los de izquierda me piensan de derecha,
los de derecha creen que soy izquierdista. En realidad
soy una francotiradora con esperanzas de un nuevo socialismo
antidogmático. Pero no lo digo. Que revienten
quienes necesitan andar colgando etiquetas. Además
están los que no pueden identificarse con una
y se sienten incómodos, y los que me cuestionan:
¿Por qué viviste en Nueva York? ¿Por
qué hiciste lo que yo no hice?
- ¿Y eso le pasa a otros que salieron de Argentina
en los años de la dictadura?
- Más a las mujeres. Los hombres cuando vuelven
con éxito de afuera tienen éxito acá.
A veces tarde, como en el caso de Juan José Saer,
un escritor excepcional, que recién ahora es
reconocido. Para no hablar de Manuel Puig a quien se
pusieron a aplaudir post mortem.
- ¿Así que creés que la aceptación
de los que volvieron tiene que ver con el género?
- La aceptación en general está muy relacionada
al género. Este es un pueblo en pañales,
quiere que la mujer le dé seguridad, lo acune.
Cuando una escritora sacude la cuna le resulta intolerable.
Y yo creo que la única posición que puede
tener un escritor o escritora es la de moverle el piso
al lector. Si lo vas a reasegurar y reafirmar en su
posición mejor te quedás en casa tejiéndole
un sweater, que es más calentito que un libro.
Pero con mi caso ha habido una cierta evolución.
Hasta hace muy poco, hasta la aparición Cuentos
completos y uno más, no me leían aquí
como escritora política. Cambio de armas nunca
fue publicado en Argentina, Aquí pasan cosas
raras y Como en la guerra aparecieron durante la dictadura,
cuando más valía no mencionar el tema.
Creo que sólo Horacio Verbitsky y Juan Jacobo
Bajarlía leyeron bien Cola de lagartija. Y así
siguió la cosa, hasta el punto que ningún
crítico o crítica mencionó el cuento
"Simetrías" cuando apareció
el volumen del mismo nombre. Como si no existiera el
más político y más fuerte de todos
mis escritos, basado en dos formas de la realidad, entrelazadas,
una la quizá mítica historia del orangután
y la mujer de un coronel que se contaba en las primera
época de Perón, y otra la del militar
enamorado de la guerrillera que salió a luz durante
los juicios.
La historia que voy armando, igual que la conversación
con Valenzuela, también entrelaza: ciudades y
lugares reales con sitios imaginarios, en un intento
de contarnos conectando los puntitos en el mapamundi
(existencial y referencial). Escritora y lectora. Lectora
y escritora. La consecuencia: dislocadas existimos atravesando
topografías y ajustando las memorias, recuerdos
y mitos de los lugares que nos marcaron. "La mal
llamada dislocación nos da continuidad, si no
identidad." Lo había apuntado ya. Lo sé.