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Angelina Muñiz-Huberman

Presentación de EL Mañana
en la Feria del Libro de Guadalajara, México.

 

Angelina Muñiz-Huberman
Nuevo séfer de Luisa Valenzuela

Este nuevo libro y así lo llamaré, para no clasificarlo ni a la manera académica ni a la editorial, sino a la más profunda, sencilla y verdadera de libro. Como los antiguos cabalistas que muy bien sabían que toda nueva interpretación de un texto, toda nueva escritura da como resultado un libro. Un séfer como lo llamaban en hebreo sus autores.
Pues bien, este nuevo séfer de Luisa Valenzuela que no novela, porque lo que actualmente se llama novela no es sino una antigüela o antigualla por sus estáticas convenciones, su falta de novedad y de humor, su correctitud política y preciado dogmatismo. Este séfer es la irónica destrucción del género y los géneros, un golpe frontal a la comercialización, al bestsellerismo y al desgaste.
Retomando: este nuevo séfer, a la manera cervantina, decide acabar con la novela de caballerías y de damerías, lanza en ristre, mejor dicho, dedo en computadora. Para ello se vale de la maleabilidad del lenguaje: el instrumento más maleable posible que, sin embargo, estatizó la modernidad. El instrumento más alquímico que lleva en sí la trasmutación de los elementos de la naturaleza en su versión poética y metaforizante.
El anagrama es el gran recurso literario por excelencia de Luisa Valenzuela, algo también perteneciente a la tradición cabalista de abrir la expresión a todas sus combinaciones heréticas trastornando el orden de letras y espacios en blanco. La condensación para entrar en el reino del silencio y la soledad.
Es así lo que ocurre con el tema y variaciones de este séfer: dieciocho escritoras en un congreso marítimo, más bien fluvial, a bordo de un barco, como todo barco, inestable, en medio de la alegría y la danza para mayor movimiento. Se trata de la vida misma y por eso, dieciocho son las escritoras, para recurrir a la milenaria lengua hebrea donde dieciocho, jai, significa vida.
Este grupo de dieciocho comprometidas escritoras en un congreso que no tenía nada de acartonado, y sí de móvil y acuático como tributo alquímico-cabalístico (sólo faltó gnóstico) que se deslizaba sobre inestable elemento es atacado súbita y arteramente por un grupo de piratas machos, seguramente hackers, ya que el lenguaje computadoril nos domina, que secuestran y condenan al silencio y a la soledad a las dieciocho elegidas escritoras.
Una de ellas, por nombre Elisa Algañaraz, en anagramático desorden equivalente a “la garza isleña”, desde su enclaustramiento nos relata su nueva vida o desvida. A la manera orwelliana, en su arresto domiciliario ha sido despojada de libros (y sus libros retirados de las librerías), está condenada a escribir en una obsoleta computadora sin acceso a la red ni a cualquier medio masivo de comunicación. Escribir, puede escribir, pero lo escrito cada día es borrado por una carcelera-cancerbera, para que no quede constancia. Así su vida como escritora queda cancelada, borrada: deleted. Ante esta nueva situación que evoca el lema latino: “Delenda est Carthago”, cambiándolo por “Delendum est Scriptum”, pero conservando la raíz latina: deletere, entramos en la era digital y no digamos en los “wikileaks”.
La injusticia del secuestro habrá de ser corregida por un extraordinario personaje, venido de extra, de fuera, de muy lejos, nada menos que de Israel. Un ex-agente del Mossad. Un aguerrido, aunque tierno y romántico, israelí encargado de rescatar a la bella dama prisionera de las letras en alto castillo (vive en el piso 13), en remembranza de la historia de Rapuncel y a quien ella que, como toda buena escritora no sabe cocinar, le otorga su amante, única e inmejorable receta: una omelette y alguna sopa de lata.
Un personaje, por nombre Ómer Katvani, casi un extra-terrestre que se aparece de la nada con una estrafalaria vestimenta llena de bolsillos que esconden todo tipo de instrumentos, artefactos, cables, conexiones, armas y desarmas. Ómer Katvani, también y ante todo poeta, cuyo nombre Ómer significa “decir”, “contar” si pensamos en hebreo y si en griego estaría cercano a Homero. En cuanto al apellido si lo traducimos es “escritor”.
El cervantino séfer de Valenzuela combina el lenguaje quijotesco con el sanchesco. Así, el español hablado por Ómer es el reglamentado y el de Algañaraz, la variante argentina. A ésto se agregan otras variantes idiomáticas que caracterizan a los personajes según van apareciendo. Esta infinita variedad de lenguajes y significados se extienden a lo largo del mañana, sin punto que los delimite.
El séfer podría ser el deleite de los adictos a la hermenéutica con tantos y tan cifrados planos que sobrepasan los cuatro clásicos de los rabinos que entraron en el paraíso, según la Cábala. La intertextualidad abunda en el campo de la total ironía y desde llamar a una perrita Sand hasta las alusiones a Spinoza, Leibowitz, Arendt, Borges, Scholem, Steiner entre otros, van dirigidas a provocar el placer de los especialistas. Don Segundo Sombra o los poemas de Nezahualcóyotl tienen también su razón de ser. Pero las alusiones a la contemporaneidad (por no decir la desgastada modernidad, ni mucho menos posmodernidad), se dejan ver: el encierro ¿no aludirá al de Ang San Suu Kyi recientemente liberada por los militares birmanos? El compulsivo y torturante uso del chador para las dieciocho escritoras que son sacadas a caminar por sus carceleros, para que no se anquilosen, dos veces a la semana, en total anonimato ¿no implicará la absoluta desdicha de una escritora que no es reconocida en público? Chador que, por otra parte, “ya no llama la atención porque el chador se ha puesto de moda y cada vez más mujeres lo usan y no son escritoras”, ironiza la autora (Valenzuela, p.22-23).
La escritora prisionera no deja de preguntarse a lo largo del séfer ¿por qué fueron secuestradas? y la pregunta se mantiene abierta: ¿razones políticas, machistas, terroristas, ocultistas, usadas como señuelo? El final queda abierto.
Como queda abierta la búsqueda cabalista en torno a la palabra y sus variantes filológicas, poéticas, místicas. Ómer Katvani el atractivo guerrero-poeta, salvador de la escritora, tiene una revelación en una sinagoga el día de Yom Kippur y transcribe el sermón del rabino. Aquí lo interesante es un juego ya no de palabras, sino de letras: en una referencia a la bimilenaria celebración del Día del Perdón, según el judaísmo, el sumo sacerdote o cohen gadol  elabora un discurso fundamental en donde se destaca no sólo el contenido sino de nuevo, a la manera cabalista, el danzante juego de las letras. ¿O será una errata mencionarlo como “cohen gador”? ¿O una estratagema deliberada donde la erre y la ele pueden ser intercambiables?
Continuando con el múltiple uso de la palabra, el nombre y su relación sagrada en busca del impronunciable de la divinidad, según los cabalistas, guarda una importancia fundamental. Así, Elisa Algañaraz, una vez liberada, pero con la necesidad de ocultarse cambia su nombre y su personalidad por Melisa Strani. Y más adelante, a pesar de su aguda crítica a la moda de las novelas históricas, se identifica con Juana Azurduy, heroína del Virreinato del Río de la Plata, y retoma la idea de escribir sobre ella, gracias también a Ómer por el texto que había guardado cuando su admirada escritora dio una conferencia en Jerusalén. Texto que será una de las claves a descifrar.
El otro gran episodio de la escritora liberada se desarrolla en un barrio marginal llamado Villa Indemnización donde pierde sus hábitos de escritora y los cambia por los de la vida comunitaria de los marginados. De los personajes que pululan, el del Viejo de los Siglos destaca por su sabiduría vital y es el encargado de cerrar el ciclo de la historia eligiendo regresar a su vida de marino en recuerdo del barco que había tripulado en su juventud, El Mañana, el mismo que dio origen a esta narración.
Para redondear las asociaciones numerológicas, las cuatrocientas veinticuatro páginas del séfer cuya suma de números individuales da diez, podrían, libremente,  referirse al árbol sefirótico con sus nueve emanaciones divinas y el álef impronunciable.
Es de agradecer a Luisa Valenzuela, por este séfer tan planificado y desplanificado, tan construido y desconstruido, tan antitético y paradójico, tan metafórico y antimetafórico, tan arquitectónico y, sobre todo, tan en ruinas: en el sentido maríazambraniano de lo que queda de valioso a través de las épocas y la historia, el mañana que, necesariamente, será producto del ayer.

   Angelina Muñiz-Huberman, es autora de las novelas “Molinos de viento”
 Y “Huerto cerrado, huerto sellado” entre otras.