Cuidado con el tigre  

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El eslabón perdido a manera de postfacio

Es ésta una novela escrita poco después de la época durante la cual transcurre la acción. Habría querido titular las siguientes páginas “Secretos del manuscrito engavetado” pero me temo que no existe el tal secreto, al menos no para algún posible lector/a, sólo quizá para mí. Aunque los motivos que aduje para no devolverle el manuscrito a la editorial que lo había aceptado en su momento (Losada) me resultaban válidos en aquel entonces. Han pasado ya tantos pero tantos años que el motivo se diluye. Era de índole ideológica más que política: dada mi posición en apariencias ambigua en ese plano, temí ser mal interpretada y es lo último que habría querido. La verdad es que nunca me alié a partido o grupo alguno aunque siempre supe de qué lado estaba y me jugué el pellejo en más de una oportunidad. Pero esa es otra historia. Hoy quisiera contar por qué, después de décadas, decidí darle una leve pulida a esta novela y entregarla a mi editor. El paso de los años la ha convertido, de alguna forma, en una novela “histórica” de la pequeña historia, modalidades del decir y del vestir de los años 60, contextos interpersonales, sitios, detalles nimios que cobran color a la distancia. Y es histórica en lo que me concierne porque señala el momento cuando empecé a reflexionar –sin siquiera darme cuenta- sobre el poder, la obsesión del poder que nunca entendí y por eso me interesó explorar, la misma que en Cola de lagartija llevé hasta sus últimas y desquiciantes consecuencias.
            Hay otro punto que me induce a tenerle aprecio a esta vieja novela: aquí nace un protagonista, Alfredo Navoni, que más adelante se me colará en otras ficciones. Sobre todo en Como en la guerra, donde aparece casi como fantasma (el fantasma de ese fantasma indiscutido que es cualquier personaje) quizá porque sobrevivió al olvido de su propia novela e insistió en cobrar sustancia de una forma un otra. Todo ser quiere perdurar en su esencia, dice Spinoza, y se ve que un personaje nacido de la pura ficción puede resultar también un ser que lucha por el derecho a la vida.
            Es curioso pero no recuerdo en absoluta las instancias en las que estuve escribiendo esta novela. Sólo que la muerte del Che cayó como un mazazo durante el tiempo de su escritura. Así tengo al menos sentido de su cronología, pero lo otro, el hecho de estarla escribiendo, el dónde, las situaciones de escritura, los horarios, todo eso se me ha borrado. Son datos que conservo frescos en la memoria en lo que respecta aun a mis primeros cuentos, mi primera novela escrita a los veintiún años. Ya entonces descubrí que cada pieza de ficción encontraba su propio horario, algunas por necesidad, las menos, otras por modalidad de escritura. Hubo novelas noctámbulas, otras matinales. Algunas escritas con desesperación, otras morosas. De Cuidado con el tigre no conservo ninguno de esos detalles, quizá porque al poco tiempo de completada la novela el tigre fue totalmente opacado por otro felino de menor contextura pero mucho más asertivo: El gato eficaz. En esos meses las circunstancias de mi vida cambiaron por completo, y por ende mi escritura. Rompí de manera brutal con todo lo anterior y sin proponérmelo el Tigre quedó boqueando en el vacío. Relegado. De allí quizá la insistencia de esa marca que resultó ser Alfredo Navoni, el tigre del título, por reaparecer de refilón en otros textos, junto con sus sueños. Lo consideré un catalizador, algo hecho para llevar la acción hacia delante. Porque no era un personaje al que le tenía especial cariño pero sí un inexplicable apego.
            Y ahora agradezco su recurrencia y comprendo en parte el motivo que me indujo –a más de cuarenta años de distancia—a sacar a luz esta vieja novela. Años atrás, aunque ni remotamente tantos, Juan José Saer durante una conferencia afirmó con inapelable certidumbre que todo buen escritor debe tener un plan, y con toda conciencia debe llevarlo a cabo durante toda su vida. Un plan de escritura. Si no lo tenía entonces nunca dejaría de ser un improvisado, un amateur. Inferí que lo mismo podría decir de las escritoras, y me sentí excluida. Yo no tenía un plan, era una improvisada, a lo largo de no se cuántos libros había sido y sería siempre una improvisada; una francotiradora, más bien. Ahora entiendo que no. Gracias a este eslabón perdido y vuelto a recuperar puedo comprender que el plan siempre estuvo allí, desde Hay que sonreír, mi primerísimo novela. Sólo que se trata de un plan que me trasciende. No digo involuntario pero sí de una voluntad otra, que viene de lejos, del trasfondo del pensar. Porque en esta novela recién despierta después de tan larga hibernación se anudan muchos de los hilos conductores que he sabido seguir y que me han llevado a transitar caminos de ficción sólo en apariencia generados de la nada, gestados por unas pocas palabras, una pregunta, una inquietud. Y nudos tras nudos (libro tras libro) se ha ido armando una red para pescar algo de lo indecible, porque en cada instancia las preguntas o las inquietudes están emparentadas entre sí aunque los caminos de indagación se bifurquen y distancien. Es una sola en definitiva la busca que una lleva adelante, escribiendo, inventando historias y personajes. Y en esa busca hay hitos, entiendo hoy, y sin el hito que representa esta vieja novela que he decidido por fin sacar a la luz, el mapa de mi escritura se vería incompleto. 


Luisa Valenzuela