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"El
custodio Blancanieves": Donde viven
las águilas / Cuentos completos y uno más
Donde viven las águilas
Por Luisa Valenzuela
Celtia. Colección Procuento. 91 páginas.
Buenos Aires.
Luisa Valenzuela inició su obra literaria en 1960
con Hay que sonreír y la continúa hasta
hoy con nueve libros, todos de ficción narrativa.
Ha escrito también otros en inglés -según
sabemos vive en Nueva York- pero éstos desde luego
pertenecen a la literatura anglosajona y no a la española.
Y como en conjunto se trata de una labor de reales méritos
debemos hablar de una escritora que se reafirma en esta
oportunidad, a más de veinte años de la
primera. La componen dieciséis cuentos fantásticos
escritos con la claridad y limpidez que el género
exige porque no soporta sumar ambigüedad u oscuridad
expresiva a la irrealidad de su materia. Esta lógica
interna de lo fantástico y esta expresión
directa y clara se hallan presentes en los cuentos, casi
todos breves, que componen este corto volumen. Y para
mí tengo que aún dentro de las imposiciones
y limitaciones de este género al cual, no sé
por qué, tan afectos parecen los novelistas argentinos,
podemos dividirlos en tres grupos, como pienso que también
lo hizo la autora al disponerlos en el orden en que el
libro los presenta. Uno estaría formado por los
cuatro primeros, de veras extraordinarios -en especial
Textos de la sal- punzantes historias de mundos
fantásticos pero visiblemente ligados con pueblos
y paisajes de América muy característicos:
salares, desiertos, punas, cumbres, altísimos lagos,
donde la vida pasa como ajena al tiempo. En el segundo
grupo -los cinco cuentos que siguen- hallamos deliberadas
intromisiones de lo cómico que me llevan a pensar
que el propósito de la autora fue el mostrar por
una vía indirecta el efecto deformante de las transculturaciones.
El tercer grupo, por fin, se compone de los siete cuentos
que siguen y que cierran el libro, todos muy breves. Escritos
con igual destreza y sin desdeñar coloquialismos
muy nuestros, me parecen más próximos a
hábiles juegos de ingenio -la mayor parte de la
literatura fantástica es un ejercicio de la razón
más que expresión de sentimientos y esto
con las debidas disculpas por lo esquemático de
esta generalización- que al rescate de las profundas
intuiciones que animan a los cuatro primeros cuentos de
este libro al término de cuya lectura el lector
lamenta que sea tan corto: apenas unas ochenta páginas.
Adolfo Pérez Zelaschi
La Prensa, 31 de julio de 1983
La juvenil madurez
Donde viven las águilas
Por Luisa Valenzuela
(Celtia)
En la despedida a Sísifo, al recordar que no hay
castigo más inútil que trabajar sin esperanza,
Camus dice Siempre volvemos a encontrar su carga.
Pero Sísifo enseña la fidelidad superior
que levanta las rocas. También él considera
que todo está bien. Este universo ya sin dueño
no le parece ni estéril ni fútil. Cada uno
de los granos de esta piedra, cada esquirla mineral de
esta montaña llena de noche forman un mundo. La
misma lucha hacia las cumbres basta para llenar un corazón
de hombre. El recuerdo de estas palabras puede acompañar
como una banda sonora la lectura de algunos de los cuentos
de Donde viven las águilas. Se advierte en su lectura
una madurez de concepción y realización,
junto a un sistema expresivo coherente y fuerte, con algo
de arrebato juvenil que vigila su severa visión
interna. Brío, energía que, tal vez, le
ayuden a saber que si los jóvenes no pueden
modificar el mundo, como también sostuvo el autor
de El extranjero, pueden evitar que se deshaga.
Si en las Crónicas de Pueblorrojo la
imagen primera asocia a Rulfo y García Márquez,
la llegada misteriosa a un pueblo muerto, en los que siguen
la diversidad temática y la permanente jerarquía
de la construcción indican que Luisa Valenzuela
logra siempre la emancipada plenitud de su palabra. Un
sentimiento recorre el texto como una admonición:
la felicidad es imposible y todo cuanto vemos o deseamos
son sólo formas evasivas, atrayentes de una esperanza
condenada a destruirse. La estructura de la parábola
bíblica define los Textos de la sal,
así como está presente siempre la alegría
y el símbolo continuado en varios paisajes del
libro. Ya en la forma del soliloquio, ya en la de la crónica,
el cuento se organiza sin anécdota, parco en los
diálogos -manejados magistralmente- como si la
fuerza de los símbolos creara la talla de su escultura.
De este modo la dualidad de la vida, la que vivimos y
la que soñamos, juega contrapuntísticamente.
La ironía se instila en Unas y otras sirenas,
y el humor es frecuente, pero, en definitiva, todo está
requerido o jaqueado por la certeza de la soledad del
hombre, de su estrellarse contra el absurdo y el poder
invencible de las fuerzas desintegradoras. La dúctil
materia propone las formas ingeniosas de Generosos
inconvenientes bajan por el río; anima de
color compacto y gracia directa el Carnaval campero;
dibuja el arabesco conceptual de la realidad inasible
de Pantera ocular, casi un ejercicio de estilo,
mientras el hálito trágico de Mercado
de pulgas nos recuerda que siempre destruimos lo
que amamos.
Cortázar alaba la verdadera libertad que hay en
los libros de Luisa Valenzuela. Este sentido de la libertad,
salvado, defendido arduamente junto al de la piedad por
el cruento destino humano son las dos fuerzas dominantes
de su labor. Caillois, que tanto sabía de Sísifo,
puede brindarnos una imagen que define este libro: Quizá
mi tentativa únicamente signifique que, a mi pesar,
sin saberlo, con más vergüenza, angustia y
rodeos de los que se acostumbra, yo formo parte del grupo
de los que consideran el sueño como refugio, el
sueño como alegría. La ejercita Luisa
Valenzuela pero sabe -y así lo recuerda en crítico
de Time- que el realismo mágico es una hermosa,
una cómoda baranda y, sin embargo, hay que seguir
avanzando. (92 páginas)
Angel Mazzei
La Nación, Buenos Aires.
FRAGMENTO:
Donde viven las águilas
Al fondo, detrás de un vidrio, están las
plantas como en una enorme caja. Y aquí delante,
también en una caja de vidrio (blindado) está
el custodio. Tiene algo en común con las plantas,
un cierto secreto que le viene de la tierra. Y entre una
y otra jaula de vidrio se esmeran los jóvenes subgerentes
envejecidos, tan atildados con sus impecables trajes y
su sonrisa exacta. Es verdad que son menos circunspectos
que el custodio pero, como jóvenes subgerentes
de empresa financiera, no están adiestrados para
matar y eso los redime un poco. No demasiado. Apenas lo
necesario para conce-derles la gracia de imaginarlos -como
los suele imaginar nuestro custodio- haciendo el amor
sobre la alfombra. Al unísono, eso sí, al
compás sincopado de las calculadoras electrónicas.
Debajo de ellos, las secretarias son también tristemente
hermosas, casi siem-pre de ojos claros, y el custodio
las contempla no sin cierta lujuria y piensa que los suhgerentes
rubios -casi todos también de ojos acuosos- están
en mejores condiciones que él para seducir a las
jóvenes secretarias. Sólo que él
tiene la Parabellum y tiene también -ocultos en
su maletín de ejecutivo- una mira telescópica
y un silenciador de la mejor fabricación extranjera.
En un bolsillo interior del saco lleva el permiso para
portar armas, el carnet que lo acredita como guardián
de la ley. En el otro bolsillo vaya uno a saber qué
lleva, ni él mismo suele querer averiguarlo: una
vez encontró un lápiz de labios y se manchó
las manos de rojo como si fuera sangre, otra vez encontró
semillas, no identificadas; en cierta oportunidad se perdió
en las pelusas del bolsillo entre hebras de tabaco y otras
yerbas, y ahora ya no quiere ni pensar en ese bolsillo
mientras vigila a los clientes que entran y salen de las
vastas oficinas. Sabe que los subgerentes puede que tengan
los ojos claros, pero la caja de vidrio de él tiene
tres ojos redondos (uno por cada lado útil, el
cuarto está adosado a la pared) y son ojos más
extraños, para no decir más prácticos
y eventualmente más letales. Por allí puede
disparar a quien se lo busque y desde allí puede
sentirse seguro: esa caja es su madre y lo contiene.
Desde su caja de vidrio ve desfilar a los seres más
absur-dos, con cara de enanos, por ejemplo, o mujeres
de formas que contrarían todas las leyes de la
estética y niñitas de pelo teñido
color amarillo huevo. Por momentos nuestro custodio piensa
que la empresa los contrata para hacer resaltar la belleza
física de sus empleados, pero muy pronto descarta
esa loca idea: se trata de una empresa financiera, hecha
para ganar dinero, no para gastarlo en proyectos absurdos.
Y él ¿para qué está allí?
Está para defender la plata y estaría para
regar las plantas si sólo se lo permitieran.
Le vendría bien poder pasarse de vez en cuando
a la otra caja de vidrio, la del fondo; es bastante más
amplia que la suya aunque no esté blindada, tiene
más aire, y el paso de la plata a las plantas es
sólo cuestión de una única letra.
Un paso que a él lo haría tan feliz, sobre
todo porque la plata es de otros, no será nunca
suya, y en cambio las plantas no pertenecen a nadie. Tienen
vida propia y él podría regarlas, acariciarlas,
hasta hablarles bajito como si fueran un perro amigo,
como aquel tipo que se pasaba los días cuidando
a los suyos con la mayor ternura y era un perro de presa
y una planta carnívora. Él no necesita tanto
amar para matar a otros, no necesita siquiera tenerle
un cierto afecto a la gente de esa oficina aunque esté
allí para defenderlos, para jugarse la vida por
ellos. Sólo que allí nunca pasa nada: nadie
entra con aire amenazador ni intenta un asalto. A veces
algún paquete sospechoso sobre un asiento le llama
la atención, pero enseguida vuelve la persona que
se lo había dejado olvidado y se aleja lo más
campante con el paquete de marras bajo el brazo. Por lo
tanto, suponiendo que hubiera habido una bomba en el paquete,
estallará lejos de las sacrosantas oficinas. Y
su deber tan sólo consiste en defender la empresa,
no la ciudad entera y menos aún el universo. Su
deber es simplemente ése: actuar en la defensa
y no en la línea de ataque, aunque si tuviera dos
dedos de frente sabría que el presunto agresor
puede muy bien ser uno de los suyos (un hombre como él,
sin ir más lejos) y no algo ajeno como puede serlo
la caja de caudales. Pero bien cara les va a costar mi
vida, se dice a menudo repitiendo la frase tantas veces
oída durante el adiestramiento, sin darse cuenta
de que todo mortal piensa lo mismo, con o sin permiso
de la ley (una vida no es cosa que se regale así
no más, y menos la propia vida, pero él
tiene licencia para matar y se siente tranquilo). Por
eso duerme plácidamente por las noches cuando no
está de guardia, y a veces sueña con las
plantitas del fondo. Eso, claro, cuando no le toca soñar
con las bellas secretarias desnudas, algo acartonadas
ellas pero siempre excitantes. Sueños que son más
bien de vigilia, ensoñaciones donde bellos y bellas
de la empresa financiera se revuelcan desnudos sobre la
alfombra que silencia sus movi-mientos. La alfombra como
silenciador. Él también, allí en
su caja de cristal -Blancanieves, ¡la pucha!- tiene
una pistola con silenciador y además se mantiene
silencioso como una planta. Vegetal, casi. Silencioso
él en su jaula de vidrio acariciando su silenciador
mientras imagina a los de afuera en posiciones del todo
reñidas con las buenas costumbres.
Y hélo ahí, sumido en sus ensoñaciones,
defendiendo con toda su humanidad lo que no le pertenece
para nada. Ni remota-mente. Una perfecta vida de cretino.
¿Defendiendo qué?: la caja fuerte, el honor
de las secretarias, el aire seguro de gerentes, subgerentes
y demás empleados (su atildada presencia). Defen-diendo
a los clientes. Defendiendo la guita que es de otros.
Esa idea se le ocurrió un buen día, al día
siguiente la olvidó, la recordó a la semana
y después poco a poco la idea se le fue instalando
para siempre en la cabeza. Un toque de humanidad después
de todo, una chispa de idea. Algo que le fue naciendo
calentito como su cariño por las plantas del fondo.
Algo que se llamaba bronca.
Empezó a ir a su trabajo arrastrando los pies,
ya no se sintió tan hombre. No soñó
más ante el espejo que su oficio era oficio de
valientes.
¡Qué revelación el día cuando
supo (muy adentro, en esa zona de sí mismo cuya
existencia ni siquiera sospechaba) que su tal oficio de
valientes era oficio de boludos! Que los cojones bien
puestos no son necesariamente los puestos en defensa de
otros. Fue como si le hubieran dado el célebre
beso sobre la frente dormida, como si lo hubieran despertado.
Iluminado.
Cosas todas estas que le era imposible transmitir a sus
jefes. Claro que estaba acostumbrado a callarse la boca,
a man-tener para sí como un tesoro los pocos sentimientos
que le iban aflorando a lo largo de su vida. No muchos
sentimientos, escasa noción de que algo transcurría
en él a pesar de él mismo. Y había
soportado sin proferir palabra ese largo curso sobre torturas
en carne propia llamado adiestramiento: no era entonces
cuestión de sentarse a hablar -y sentarse ¿desde
cuándo se ha visto, frente a sus superiores?-,
a hablar exponiendo dudas o presentando quejas. Fue así
como poco a poco empezó a nutrir una bronca por
demás esclarecedora y pudo pasar las tardes de
pie dentro de su jaula de vidrio ocupando sus pensamientos
en algo más concreto que las ensoñaciones
eróticas. Dejó de imaginar a los jóvenes
subgerentes revolcándose con las secretarias sobre
la mullida alfombra y empezó a verlos tal cual
eran, desempeñando sus tareas específicas.
Un ir y venir en silencioso respeto, un astutísimo
manejo de dinero, de las acciones, los bonos, las letras
de cambio, las divisas. Y todos ellos tan insultantemente
jóvenes, atractivos.
Fue bueno durante meses despojar a esos cuerpos de todos
sus fantasmas y verlos tan sólo en sus funciones
puramente laborales. Nuestro custodio se volvió
realista, sistemático. Dio en salir de la jaula
y pasear su elástica figura por los salones sembrados
de escritorios, empezó a cambiar algunas frases
con los em-pleados más accesibles, sonrió
a las secretarias, charló largo rato con uno de
los corredores de la bolsa. Intimó con el portero.
Llegó a mencionarle a algunos su atracción
por las plantas y cierta vez que las notó mustias
pidió permiso para regarlas después de hora.
Al cerrar las oficinas lo empezaron a dejar a él
atendiendo las plantas, fumigándolas, limpiándolas
de hollín para que pu-dieran respirar a gusto.
Cierto atardecer llevó su pasión al extremo
de quedarse dos horas mateando plácidamente entre
las plantas. El guardián nocturno no pudo menos
que comentarlo con sus superiores y todos temieron que
el custodio se estuviera haciendo poeta, cosa por demás
nociva en un trabajo como el suyo. Pero no había
que temer tamaño deterioro: su vigilancia la cumplía
a conciencia y se mostraba por demás activo en
sus horas de guardia sin dejar escapar detalle alguno.
Hasta llegó a frustrar un peligroso asalto gracias
a sus rapidísimos reflejos y a un olfato que le
valió el aplauso de sus jefes. Él supo recibir
con suma dignidad la recom-pensa, consciente de que no
había hecho más que cuidar sus propios intereses.
Sus superiores jerárquicos y también los
directivos de la empresa presentes en la sencilla ceremonia
entendie-ron la humildad del custodio como un sentimiento
noble, una satisfacción verdadera por el deber
cumplido. Duplicaron enton-ces el monto de la recompensa
y se retiraron tranquilos a sus respectivos hogares sabiendo
que la empresa financiera gozaba de una vigilancia inmejorable.
Gracias a la doble bonificación, el custodio pudo
equi-parse a gusto y sólo necesitó poner
en práctica la paciencia aprendida de las plantas.
Cuando por fin consideró llegado el momento de
dar el golpe, lo hizo con una limpieza tal que fue imposible
seguirle el rastro y dar con su paradero. Es decir que
a los ojos de los demás logró realizar su
viejo sueño. Es decir que se lo tragó la
tierra.
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