IX Coloquio Literario
de la Feria Internacional del Libro de Monterrey
Luisa Valenzuela
15 y 16 de octubre de 2009

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Mujeres y canon literario en « El otro libro » de Luisa Valenzuela
Thérèse Courau - Universidad Toulouse Le Mirail (Francia)

 

            “El otro libro”, relato breve de Luisa Valenzuela publicado en 1999 en la obra colectiva Escrito sobre Borges. Catorce autores le rinden homenaje e incluido en su último libro de cuentos Tres por cinco (2008), está incontestablemente marcado por la estética borgeana. El cuento comenta el hallazgo de un libro anatemizado presentado como el hipotexto de todos los textos de Borges, como “las fuentes de las que abrevó el Maestro” (94). “El otro libro” se fundamenta pues en la mistificación erudita y plantea la pregunta, fundamental en la obra de Borges, de las genealogías literarias. El cuento imagina en efecto la existencia de una precursora a la obra borgeana, una mujer anónima del siglo XVIII que Borges hubiera plagiado con una diferencia mínima: la inversión de lo masculino y lo femenino. La variación en la repetición, que caracteriza este hipotexto ficcional borgeano “con el signo cambiado” (92), estas “historias que eran las mismas y sin embargo eran diferentes antes del advenimiento del Maestro” (93) a las que se alude en “El otro libro”, induce un sentimiento de inquietante extrañeza propio de la literatura borgeana. Así, a semejanza de Borges y su doble en el cuento “El Otro” que abre El libro de arena, la prosa borgeana y “El otro libro” de Valenzuela son –en palabras de Borges– “demasiado distintos y demasiado parecidos” (15).
            Las homologías y divergencias estéticas entre el cuento de Luisa Valenzuela y la escritura borgeana así como las implicaciones, de la inversión genérica que propone la autora en el cuestionamiento del punto de vista masculinista vehiculizado por la literatura del Maestro, fueron analizadas por Sharon Magnarelli en su artículo “A tale of two authors: Valenzuela y Borges”. En esta ponencia, proponemos enfocar “El otro libro” a la luz de las teorías del Análisis del discurso que invitan a aprehender el campo literario como campo de lucha por la legitimidad enunciativa y el texto literario como vector de posicionamiento, movimiento de construcción –a través de un intertexto– de una identidad enunciativa propia y de acreditación de la autoría (Maingueneau). Interrogaremos entonces la función que cobra la convocación de la obra de Borges en el trabajo de la autora de construcción de una posición de enunciación legítima considerando –desde la problemática del género– que el campo literario sigue informado por la diferenciación sexuada en materia de legitimidad enunciativa. Investigaremos entonces la manera en que “El otro libro” participa de la gestión por la autora de la tensión entre marginalización de las autoras del campo literario y negociación de una posición de autoridad.
            Con este propósito, proponemos considerar que, al imaginar una precursora a la obra borgeana, que habría sido borrada de la historia literaria, Valenzuela no autoriza su escritura inscribiéndose en la filiación borgeana sino a través de la rehistoricización de las relaciones de saber-poder que presiden a la jerarquización sexuada del campo literario.
            “El otro libro” –texto-homenaje que convoca la obra borgeana desde una perspectiva por lo menos tan polémica como encomiástica– problematiza en efecto dentro de la ficción el funcionamiento masculinista del campo literario argentino. Esta tematización viene posibilitada por una estrategia enunciativa característica tanto de la escritura de Valenzuela como de la de Borges: la estructuración de la enunciación alrededor de un enunciador-lector-autor; una enunciadora-lectora-autora en el caso del cuento de Valenzuela. En “El otro libro”, la enunciadora viene en efecto presentada no sólo como la lectora del libro censurado que contiene las fuentes de Borges sino también como la autora del comentario de este hipotexto borgeano. Encerrada con otras autoras lejos de la biblioteca prohibida, procede clandestinamente a la exegesis de la obra de la precursora de Borges. Este dispositivo enunciativo permite el planteamiento de una doble problematización de la relación mujeres-literatura. Primero, como lectora del libro prohibido, la enunciadora pone de relieve el masculinismo que impera en la literatura del Maestro –considerado como representante del canon– confrontándola con las fuentes “feminizadas” de la precursora. Segundo, como autora que sufre la regulación autoritaria de la práctica del discurso, exhibe la evicción de las mujeres del dominio de la literatura de la cual resulta víctima de la misma manera que la “precursora” de Borges, elevada a la categoría de representante de todas las escritoras desaparecidas de la historia literaria argentina. Así, la enunciadora-lectora-autora revela el carácter masculinista tanto de los textos canónicos como de las lógicas que presiden al funcionamiento de la Institución literaria y de los procesos de canonización.
            Investigaremos la manera en que este doble recorrido metacrítico propuesto por la enunciadora-lectora-autora ficticia –que enfoca tanto la relación entre literatura canoníca y masculinismo como entre masculinismo e Institución literaria– participa del trabajo de autorización de la posición de enunciación de la autora real.   

            Literatura canónica y discurso masculinista
            El discurso metacrítico que nos propone la enunciadora-lectora-autora en “El otro libro” va a permitir ante todo la puesta de relieve, dentro de la ficción, del carácter masculinista del discurso del Maestro. El relato se construye en efecto alrededor del comentario de cuatro cuentos de la apócrifa fuente borgeana que convocan textos de Borges que reconducen los esquemas de aprehensión masculinistas del mundo social y de la actividad literaria: “El intruso”, “La secta de la Medusa”, “Petra Minardi, autora de las Silvas” y “La Alpha”.
            La enunciadora empieza por referirse al “El intruso”, planteado como fuente directa de “La intrusa”. En el relato de la anónima del siglo XVIII no son dos hermanos que violentan a una mujer (como en el relato de Borges) sino dos hermanas que acaban por matar a un pretendiente molesto. “El intruso”, “el cuento más simple” (92) como lo subraya la enunciadora-lectora-autora, introduce el cuestionamiento de los relatos de Borges a la luz de la problemática de las relaciones sociales de sexo proponiendo una inversión de los papeles masculinos y femeninos que desestabiliza los esquemas de representación binarios que rigen nuestra aprehensión de las relaciones de género como la asociación por un lado entre virilidad, actividad y violencia y por otro lado entre femineidad, pasividad y dulzura. La confrontación entre el texto borgeano convocado y el hipotexto apócrifo pone de relieve, como lo subraya Sharon Magnarelli, la reconducción, en la literatura canónica, del imaginario fantasmagórico masculinista, la construcción de representaciones minoradas y naturalizadas de “La mujer” que promueven las jerarquías socioculturales de género.   
            Sin embargo, en una perspectiva de análisis del trabajo de construcción, desde el espacio ficcional, de una posición de enunciación legítima en el campo literario, los tres otros cuentos a los que alude la enunciadora cobran una relevancia específica en la medida en que remiten a la cuestión de las interacciones entre el orden del discurso y el orden sexuado.
            En “La secta de la Medusa”, hipotexto ficticio de “La secta del Fénix”, no son los hombres sino las mujeres que se encargan de la difusión del Secreto y que acceden por consiguiente a un territorio del discurso que les estuvo históricamente vedado. En el epílogo de Juegos de villanos, antología reciente de cuentos y microrelatos, Luisa Valenzuela subraya que las adeptas a La secta de la Medusa “[…] tiene[n] una ventaja sobre los cultores y especialmente las cultoras del Fénix” (123) pues ellas pueden nombrar el Secreto, “el sexo, ese juego de encastre”. (123)
            El comentario del apócrifo “Petra Minardi, autora de la Silvas” que propone la enunciadora-exégeta —metatexto de otro apócrifo: la reescritura, verso por verso de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz—, desemboca en la exhibición de los intereses masculinistas que informan la constitución de la tradición literaria. La inversión genérica (de Pierre Ménard a Petra Minardi) revela implícitamente el carácter patriarcal de las genealogías que construye Borges como la que vincula Ménard a “[…] Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste” (447) —genealogías que excluyen sistemáticamente a las mujeres. Así, en “El otro libro”, Valenzuela exhibe los intereses masculinistas vinculados con la construcción de una tradición que ningunea a las autoras.
            El último cuento apócrifo comentado resulta ser “La Alpha”. Ahora bien, a diferencia del “Aleph”, “La Alpha”, a la que pueden acceder las mujeres, integra en la serie de “los innumerables textos” (627) que contiene, el libro del Maestro pero también “el otro libro”. Al oponer al “Aleph”, la “Alpha”, que reivindica el acceso al saber y a la práctica literaria de las mujeres, Valenzuela exhibe el totalitarismo de lo que Genette llamaba la “utopía totalitaria” del Maestro (Genette, 205), el autoritarismo que conlleva su perspectiva seudouniversalista —una mirada totalizadora sobre el universo que no incluye la participación de las mujeres.   

            Institución literaria y masculinismo
            La necesaria negociación de la autoría a la que obliga la desautorización masculinista de la escritura de las mujeres pasa en “El otro libro” por una reflexión metacrítica que exhibe la regulación autoritaria del acceso de las mujeres al campo literario así como las lógicas masculinistas que presiden a la constitución del canon.
            El relato escenifica ante todo las condiciones del acceso al saber y a la producción literaria de las mujeres. La enunciadora-lectora-autora —Eva pecadora por excelencia—, tematiza tanto la prohibición del acceso al lugar del saber, a “la biblioteca prohibida” (89) como a la práctica de la escritura y el carácter hondamente peligroso de la incursión al territorio masculino de la exegesis que implica la doble práctica subversiva de la lectura y de la escritura. El miedo a la represión por haber transgredido las relaciones de saber-poder incorporizadas —que experimenta la enunciadora condenada a la práctica clandestina de la escritura— viene exhibido mediante una resemantización de la retórica borgeana: “Con profundo dolor lo anoto casi con pánico” (89-90), “El riesgo es enorme y lo acometo en las horas más densas de la noche” (90), “Debo apresurarme. Lo leído me aterra. El terror va apagando mi memoria” (90).
            La ficcionalización de la regulación autoritaria del acceso al campo del saber y al campo literario funciona a modo de introducción de la rehistoricización de la construcción naturalizada de la posición subalterna que ocupan las mujeres en el campo literario. Esta rehistoricización se lleva a cabo a través de la problematización de la constitución del canon que propone “El otro libro”.
            Imaginando una precursora a la obra de Borges, Valenzuela procede a un trabajo original de arqueología literaria imaginaria que tiene como objetivo exhibir la participación ignorada de las mujeres en la producción literaria. Al considerar que “Si siempre hay un antes, cabe la esperanza que haya un después” (94), la enunciadora-lectora-autora rescata una fuente que autoriza su escritura, construye une tradición habilitante que participa del trabajo de legitimación de su producción y de la posición de enunciación de las mujeres. La autora se reapropia así la compulsión genealógica borgeana para crear a su predecesora que le permite salir de la posición de discípula que —acorde con los esquemas de representación hegemónicos de la actividad literaria— se les asigna a las mujeres:
Ahora soy otra porque me sé incluida —y nos sé a todas incluidas— en la estirpe de quien se permite escribir, e inicia el juego, y juega a rescribir los clásicos, a no sacrificar a la rival sino al intruso, a conocer el secreto, a tener acceso al universo simultáneo, quien juega a. A no bajar la mirada ante la sola mención del nombre del Maestro. (93)

            Sin embargo, conviene subrayar que la construcción de una genealogía legitimadora no se contenta con plantear el problema de la reinscripción de las mujeres en la Historia literaria. Así, el rescate de una precursora no tiene como objetivo invitar a la creación de un canon “femenino” paralelo al canon “masculino” sino que propone un cuestionamiento del proceso de canonización mismo. En efecto, al fundar el origen de los relatos borgeanos en la obra de una mujer, el relato invita a repolitizar el objeto literario cuestionando la supuesta neutralidad de los criterios de evaluación estética que presiden a la construcción de la tradición literaria (Bahar, Cossy). En “El otro libro” Valenzuela reafirma la necesidad de rematerializar los intereses que vienen vinculados con las filiaciones legitimadoras de las que quedan excluidas las mujeres en contra de la posición que sostenía Borges en “Kakfka y sus precursores” que despolitizaba la empresa genealógica:
En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o de rivalidad. (90)

            La proclamación de una continuidad aproblemática del campo literario y de la apolemicidad de la práctica genealógica oculta la lógica masculinista que está en el origen de la evicción de las mujeres –lógica consustancial a la estructuración del campo literario. En contra de ello, Valenzuela emprende una tarea de visibilización que descansa en la resignificación de otro principio borgeano: el recurso a la “inquietante extrañeza”. La enunciadora-lectora-autora aprehende en efecto los cuentos de la anónima del XVIII precursora de Borges, que son tan “familiares” como “inquietantes” (90) a la luz del unheimlich freudiano. Según Freud, lo siniestro viene provocado por el retorno de lo que fue convertido en extraño a través de un proceso de represión. Lo que induce la sensación de inquietante extrañeza es, en palabras de Freud, “[…] lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado” (222, traducción mía). En “El otro libro”, lo que induce la inquietante extrañeza no es sino el surgimiento de los márgenes en medio del canon. Lo siniestro, que experimenta la enunciadora-lectora-autora, viene en efecto producido por el retorno de lo que la Historia literaria reprimió (la práctica literaria de las mujeres) y por la exhibición del carácter histórico de lo que la Institución literaria naturalizó (la posición subalterna de las mujeres en el campo literario). Así, “El otro libro” ficcionaliza el retorno perturbador de lo que quedó excluido, el resurgimiento del exterior constitutivo del campo literario en el seno del sistema y cuestiona la forclusión violenta que garantiza su economía. La estructuración y diferenciación del campo literario a través de la construcción de un dominio de exclusión —al que se relegan las mujeres como sujetos ilegítimos de la creación— queda así exhibida. El dispositivo enunciativo se construye alrededor de una estructura especular: el enunciatario-lector / la enunciataria-lectora, que conoce la obra de Borges, experimenta la misma sensación de inquietante extrañeza que la enunciadora-lectora-autora frente al libro prohibido ante el anamnesis del carácter sociocultural de la relación entre orden social, orden sexual y orden del discurso que produce “El otro libro”.

            Como lo subrayó Luisa Valenzuela en una entrevista con González Álvaro, este cuento se reapropia el “Maten a Borges” de Gombrowicz. Lo interesante en esta reactualización radica en el desplazamiento de las implicaciones del acto parricida. En efecto, el gesto de Gombrowicz se inscribía en la lucha polémica propia de los cincuenta-sesenta entre una postura esteticista y una postura más comprometida con lo real. Ahora bien, los autores de la generación posdictatorial rescataron la obra de Borges superando los antagonismos literarios exclusivos que regían la polarización del campo literario entre vanguardia estética y literatura comprometida (Avellaneda). La toma de posición social y literaria de Luisa Valenzuela en “El otro libro” participa de otra estrategia de posicionamiento frente a un antagonismo que parece constituir el punto ciego de las empresas posmodernas de descentramiento y de cuestionamiento de los antagonismos excluyentes: la oposición entre lo masculino y lo femenino que sigue presidiendo a la estructuración sexuada del campo literario. La comparación de las implicaciones divergentes que cobran la invención de un hipotexto apócrifo de los relatos borgeanos en “El otro libro” y en La ciudad ausente de Ricardo Piglia (1992) ejemplifica el desplazamiento que propone Valenzuela. En La ciudad ausente, el autor sitúa la fuente de los relatos borgeanos en la macedoniana “mujer-máquina” productora de relatos. Piglia conjuga así la fundación de una genealogía literaria masculina legitimadora (la filiación con Macedonio Fernández y Borges) con la desautorización del acceso de las mujeres a la práctica del arte. Reactualiza en efecto, en la más pura tradición del antifeminismo literario, el anacrónico tópico de la mujer-autómata, objeto de la creación que no puede acceder de manera autónoma al rango de sujeto creador.
            En “El otro libro”, la invención del apócrifo parece repetir el gesto legitimador pero cuestionando los principios de visiones y de divisiones masculinistas que están en el origen de la resistencia a la integración de las mujeres en el dominio de la producción literaria. Así, a diferencia de muchos escritores que convocaron la obra de Borges, Valenzuela no legitima su discurso inscribiéndose en la filiación del discurso autorizado sino que negocia su autoría cuestionando el carácter autoritario de los procesos de autorización mediante el debate metaliterario que mantiene con la obra borgeana.

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