IX Coloquio Literario
de la Feria Internacional del Libro de Monterrey
Luisa Valenzuela
15 y 16 de octubre de 2009

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Palabras de apertura por Luisa Valenzuela

 

El hilo y el bosque

Cuando tienen muy buena cosecha, para no romper el equilibrio cósmico, los chinos gritan al viento “Mal arroz! Mal arroz!”.
Por idénticos motivos y dada la magnitud de este muy emocionante festejo, empezaré mi charla con una nota luctuosa.

Años atrás nos pidieron a un grupo de escritores que compusiéramos nuestro epitafio. Después de pensarlo bien envié lo siguiente:

 

AQUÍ YACE LUISA VALENZUELA.
DESPUES DE TANTO ESCARBAR EN EL LENGUAJE
POR FIN HARÁ ALGO ÚTIL Y ESCARBARÁ EN LA TIERRA.

                        Pienso ahora que no son tan diferentes, el lenguaje y la tierra. El yin y el yang. Es decir la semilla y su posicionamiento en lugar de nutricio para que germine. Porque el lenguaje es ambas cosas y no hay jerarquías. Me asombra una cierta masculina certidumbre de que la esencia del ser --y del ser humano-- radica en el espermatozoide. Basta con ver el film de Woody Allen, Todo lo que querías saber sobre el sexo y no osaste preguntar, o mejor aún, leer Cristóbal Nonato de Carlos Fuentes.
            La palabra vendría a ser el espermatozoide. ¿Dónde puede ir, solita? ¿Cómo puede germinar en discurso sin el óvulo es decir la tierra es decir todo aquello secreto que la hará germinar?
            Cabe suponer que la palabra en tanto tal es sembrada en el otro. Podría ser en el lector o la lectora, en el caso de la palabra escrita, pero ésta es una segunda instancia. Aunque tratándose de literatura, la lectura es un efecto de rebote muy deseable porque la cosecha que quien lee puede obtener a veces dista mucho de las intenciones del quien siembra y en algunos casos muy felices enriquece el texto.
            Pero en primera instancia la palabra se siembra en ese Otro con mayúscula del que hablaba Lacan, ese algo indefinido que unos llamarán inconsciente y otros alma y otros simplemente cerebro pensante. Lo que sea que está (¿pero dónde, y cómo?) dentro de la cabeza de cada uno, y que se organiza para por fin emitir una frase, elaborar el discurso, escribir un libro o lo que fuere. En ese aspecto me siento como la muchacha de la cubierta del Petit Larousse Ilustrado: siembro a todos los vientos. Sobre todo los que soplan por las zonas por las zonas oscuras o desconocidas o recónditas de mi mente. Las semillas-palabra, con mucha suerte, encontrarán una tierra fértil donde plantarse.
            Vaya todo esto para abordar el tema de la creación, que siempre me resulta fascinante y suele venir envuelto en sorpresa. No la quiero de otra forma, a la creación, ese crear algo de la nada como bien dice Agambem.
            Hay escritores/as que con minuciosidad e inteligencia nos develan la cocina de su obra. Porque la conocen. Pueden decirnos con toda claridad qué influencias recibieron, de quienes aprendieron cómo resolver determinados problemas de la trama, a qué han previo respondieron. Autores inmersos en la literatura, que pueden resultar excelentes porque no estoy hablando de best-seller de receta fácil (no es lo mismo tener la receta que saber hacer el pastel, qué duda cabe…). Hablo de muy buenos escritores de éxito a los que disfruto leyendo. La pregunta que me formulo es ¿disfrutarán ellos escribiendo? Casi seguro que sí, es como develar un mecanismo, descubrir cómo funciona, como desarmar un gran conjunto de relojes de diversas épocas y tamaños para después, engranaje por engranaje, ensamblar un reloj nuevo, personal y diferente de los otros. Debe de resultar fascinante para quienes tiene espíritu ingenieril. Que no es mi caso. Quizá me pierda algo importante, sobre todo a la hora de tener que contar el mecanismo de la propia novela.
            La sorpresa me es imprescindible a la hora de escribir. La distracción. El abordaje por otros inesperados ángulos. El descubrimiento, en pocas palabras. No en vano quise de chica ser científica, o exploradora, arqueóloga, antropóloga. Todo para meter las narices donde no me corresponde.
            El periodismo resultó al respecto un buen ersatz, una salida digna aunque le faltó el ingrediente de verdadera aventura, porque para hacer periodismo deben mirarse los hechos y las cosas desde fuera, desde una cierta distancia objetiva. Voyeur podría ser un sinónimo válido de periodista. No así del escritor o escritora de ficción, erótica o no. Una debe poner el cuerpo en la escritura creativa, todo el ser queda implicado en el acto de crear personajes y ponerlos a actuar en una historia que se irá desarrollando con ellos.
            Todo lo cual nos retrotrae a la idea de la tierra y la semilla. Si consideramos a las palabras en tanto semillas, debemos esperar que caigan en terreno fértil. A menudo me han venido a la mente frases inesperadas que trajeron como cola un cuento o a veces hasta una larga novela. Un vocablo encontrado al azar, o mejor una ristra de vocablos, ¿dónde cáen? ¿Qué los nutre hasta hacerlos crecer?
Quizá en esa instancia resida lo que podríamos llamar el don. Es inasible, indectectable, inexplicable “sistema operativo”  que algunos llaman inspiración y otros musa que hace que el lenguaje germine.
            No siempre se trata de frases formuladas en voz alta o baja, a veces son tan sólo reverberaciones vocales, intuiciones de cadenas de frases que al coagular o plasmar o cristalizar --para usar verbos caros a Cortázar-- generan una historia que aparentemente sale de la nada. Por fin, después de tantísimos años de buscar (y no siempre encontrar, todo lo contrario) las posibles sorpresas que depara la escritura, estoy empezando a percibir parte de ese misterio. Mysterium Tremendum, dirían los místicos, o mysterium fascinans para seguir la clasificación de Rudolph Otto (en su trabajo de 1917 que lleva un título inspirador:
La idea de lo sagrado: An Inquiry into the Non-rational Factor in the Idea of the Divine and its Relation to the Rational).
            Porque estas exploraciones de nuestra propia psiquis o mejor dicho explotaciones (porque la explotamos como si fuera una mina) tocan algo de lo sagrado aunque nada tengan que ver con el Númen. Entonces, mysterium tremendum porque nos llenan de pavor, desconcierto y maravillamiento, y mysterium fascinans porque sacan a relucir lo mejor y lo peor de aquello que se oculta en los vericuetos del pensamiento humano. Son los lúgubres lugares que menciona George Steiner, quien suelo citar cuando dice:

              “No estoy seguro de que quede personalmente intacto quien, por escrupuloso que sea, emplee tiempo y recursos imaginativos en el examen de esos lúgubres lugares. Sin embargo esos lúgubres lugares están en el centro del panorama. Si los pasamos por alto, no puede establecerse ninguna discusión seria sobre las potencialidades humanas”.

            Dentro de lo que intento delinear hoy, pienso que también los lúgubres son lugares de germinación de la semilla-palabra o la semilla-frase. Porque de eso se trata. Del sitio donde cae o plantamos cada una de esas semillas. Allí está el meollo del asunto, la madre del borrego como diríamos los argentinos, el quid de la cuestión. Quizá todo el secreto confesable de la vocación literaria no resida necesariamente en la habilidad para usar el propio idioma ni en todos esos aprendizajes de se pueden ir haciendo con mayor o menor éxito en el desglosamiento de textos ajenos, sino en la capacidad de abonar con suma constancia ese terreno incierto e inasible donde se plantará o implantará, solita, la semilla. Las lecturas son el fertilizante más idóneo, no hay duda, pero también está lo otro, aquello de lo cual no tenemos siquiera conciencia: la insaciable curiosidad para algunos, la introspección para otras, la avidez por el conocimiento, y sobre todo, sobre todo, la capacidad de asombro. Creo que la persona creativa nunca nunca va a perder su capacidad de asombro, esa cualidad que se dice infantil y que sin embargo le ha abierto las compuertas a los máximos descubrimientos. (Se necesita estar como en una “bruma poética” dicen los físicos cuánticos para plantear nuevas hipótesis de investigación).
            El terreno existe en todo cerebro humano, pero la capacidad para fertilizarlo varía con los individuos, y quizá, y quizá, dependa del fertilizante que empleemos sin saberlo la textura y composición del texto que resulte.
            El fertilizante a veces se llama “las influencias”, pero las más de las veces son influencias indirectas, insospechadas, que vienen de los sitios menos esperados: una conversación escuchada al azar, el aroma de una flor (o el sabor de una madeleine como en el caso de Proust), datos menores muchas veces que han quedado en suspensión como pequeñas hojas secas caídas en las aguas quietas de un estanque que un día se juntarán entre sí y armaran un ramillete, o el esbozo de una planta, o un árbol, o todo un bosque. Volveremos al bosque, como corresponde.
            Lo que me interesa por el momento es tratar de captar esa latencia que reverbera a la espera de algo que la hará fraguar. Pienso en los llamados “atractores extraños” de los que habla la teoría del caos, y que serían esos puntos o algo parecido que acaban por estructurar un orden dentro de un sistema caótico como, pongamos por caso, un derrame de líquido.
            Esto sería un ejemplo de las cosas a las cuales yo me aferro para tratar de entender el misterio de la creatividad. Aparecen determinadas palabras, se va tirando de ese hilo --siempre dije que hay que saber hacerlo, con la necesaria y precisa tensión-- y al final de la cuerda aparece un texto que necesitará corrección pero está básicamente bien armado. Una peca milagrosa, digamos. Que le da la razón a Lacan cuando habla o habló del inconsciente estructurado como un lenguaje.
            Al fin y al cabo una escribe para tratar de derivar algún sentido de este caos que nos rodea y que con toda pompa llamamos realidad. Pompa de jabón, por cierto.
            Los atractores extraños… volvamos a ellos ya que tienen tan sugestivo nombre. Y hacen bien su trabajo, porque mientras estaba escribiendo este texto -es decir un minuto atrás en el tiempo de mi ser que está --estaba-- sentado frente a la computadora, que nunca más volverá a ser ése porque en otra instancia del tiempo estará --ahora-- leyendo esto mismo en público. Farragosa idea que da una idea del warping, esa preparación a cargo de Cronos para hacer esa masa milhojas dentro de la cual transcurrimos, llamada el tiempo. En fin.
El hecho es que los ejemplos los sacamos de debajo de la manga como un predistigitador o del seno de Internet como cualquier cibernauta. Y entonces cuando mencioné a esos buenos muchachos, los atractores extraños, quise darles una definición más precisa y clic cliquié las dos palabritas y me saltó un esbozo de cuento que les leeré a continuación. El esbozo, que el cuento lo escribirá ustedes…