IX Coloquio Literario
de la Feria Internacional del Libro de Monterrey
Luisa Valenzuela
15 y 16 de octubre de 2009

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Extracto de “El rebelde placer del texto” de Dr. Roberto Domínguez Cáceres

 
El placer y  el orden

 

Leamos ahora un texto, sobre del mar y unas mujeres  que  tratan de evitar que el placer y el pecado, encarnado en la amenaza que siempre es una soltera que ronde a los maridos, que es una reflexión sobre que todo placer y quien así lo busque es un rebelde  y su  placer,  una amenaza; porque el placer involucra dos,  ya que el tentador y el tentado,  no siempre corresponden  a lo placentero y lo placido.
“Las mujeres, en cambo, tenía una idea más poética aunque no menos egoísta de  las obligaciones de la Virgen y se reunían a si alrededor cuando las barcas estaban afuera, más para envidiar el manto de fino terciopelo, sus puntillas y sus collares de plata que para rezar y pedir la vuelta de los hombres que se habían hecho a la mar. El viento podía entonces andar como por su casa en el esmirriado pueblecito. Venía galopando por el vasto desierto y desierto encontraba allí también, con las mujeres en la  iglesia y los hombres en alta mar: trabajo y la fe. La perfecta combinación para el viento que se iba hasta la playa a correr como un loco y a jugar con la María.
Es tan fácil jugar con el viento, dejar que se le cuele a una por entre las piernas o que se le enrede en el pelo y la haga reír…
-Mirála vos a esa loca, siempre haciendo escándalos. Ya no tiene edad para juntar caracoles y andar corriendo descalza y muerta de frío.
-Es hora de que se busque a un buen muchacho y no perturbe más a nuestros maridos.
En su casa la María tenía una larga ristra de collares de caracoles y no le interesaba envidiar los collares de plata de la Virgen, por eso nunca iba a la iglesia e ignoraba que las mujeres trataban de indisponer a la imagen en su contra diciéndole que ella era una nueva  Eva mandada para seducir a  sus hombres, o peor aún, la venenosa serpiente con cuerpo de mujer esperando  agazapada  para saltar y morder y traer el pecado al pueblo. El pecado, total, corría como el buen vino por el pueblo, pero qué les podía importar eso a las mujeres mientras fueran ellas las beneficiarias, mientras fueran sus propias virtudes las que escurrían felices por esa trama por demás generosa de las redes de sus maridos. Pero la María libre sobre la arena era la amenaza de que algún día se habría de romper el orden preestablecido dejándolas con un palmo de narices. (Valenzuela, “Proceso a la Virgen” de Los heréticos, 2003: 198)
Este texto  trabaja las relaciones y las connotaciones de manera asintótica: la Virgen venerada, la María, no María a secas, sino “esa loca”, Eva, el pecado y más allá la amenaza al “orden preestablecido” salen todas de la actitud de  sentir el placer del viento en el cuerpo. Todo pecado es corporal, porque el cuerpo es el instrumento que se puede  encadenar, moler, torturar.
Es notable que en los pasajes más eróticos de los textos, y muchos otros de Valenzuela, no sean gráficos, es decir, profusamente descriptivos  ni fetichicen el cuerpo o lo aludan  o se regodeen en una descripción lujuriosa. Hacen todo eso, pero en un estilo que revela (con belicosidad) esas  nociones. Pues  una expresión del control de la censura sobre la imaginación, es la apropiación de todas las formas posibles del placer en un mercado homogenizado: sexual, siempre, pornográfico la mayor parte de las veces, pero muy pocas veces erótico. En ese sentido, el placer  al que alude Valenzuela siempre termina siendo una forma de conocimiento de las pulsiones y relaciones entre los seres y el mundo, termina siendo del Eros. Lo erótico plantea relaciones que la mayor parte de las veces no queremos saber, ni indagar. 
Un lector que hoy va a comprar una novela pseudo histórica ha decidido que el autor no le salga con un interrogatorio o que lo enfrente con sus temores.  Un viajante en el aeropuerto que  elige una historia de caballeros de  armadura  brillante y códigos escondidos en los recovecos del cliché,  no quiere que se le espete su condición de ser sometido a una condición, que solo puede ser considerada  plenamente humana si es reflexiva. El placer de leer textos del que hablamos  aquí  se distancia del simple entretenimiento, pero abundan en sentido del humor irónico, inteligente y complicado.
Entonces, el lector de Valenzuela se enfrenta irremediablemente al cuestionamiento de sus debilidades y temores, de sus verdades y de esas partes de las que no siempre queremos hablar o de esas otras  rebeldías  y placeres, como la amplia lista que de temas se puede hacer en las 7 novelas de la autora,  pero que están ahí. Por eso decimos con certeza, no poco cautelosa, que la  narrativa de Valenzuela no habla de la realidad, “¿Y la realidad, qué es eso?, es siempre más amplia y siempre incluye de lo que no queremos saber nada. Mirar lo que no se quiere a veces ver” dijo la autora en la presentación de Como en la guerra, el pasado jueves 7 de octubre pasado en la ciudad de México. 
Su narrativa aborda aquello que lo que no queremos ver en eso que a veces decimos que es  realidad: lo  emulado, lo  omitido, lo secreto, lo  resguardado, lo peligroso, eso que no queremos oír para no perder la endeble tranquilidad que nos rodea en el inmenso ruido.
En esa misma  oportunidad, la autora comentó  con esa  sencillez del aforismo con el que habla: “Qué extraño ver cómo se recibe de nuevo un libro de hace tanto tiempo”. Y complemento aquí, inútilmente, esta idea: la verdadera literatura es nueva  porque nos descubre el mundo en ella, y de repaso, nos reubica en el mundo nuestro. Los tiempos de la ficción que se aluden en Como en la guerra, Hay que sonreír,  Cola de lagartija,  no son muy distintos, nunca lo serán, de los que atravesamos hoy en el continente y en mi  país. Solo que sospecho que no estamos ya  como en la guerra, sino en ella, por lo que esta novela  nos propone una forma de entender eso por medio de la reflexión: AZ y su pseudo discurso científico, la protagonista, la mística y el periplo alucinógeno, como  posibilidad de tener una experiencia, no solo una vivencia. Para completar el asunto del placer, que  no es un tema en Valenzuela, sino un tratamiento constante con el que se relaciona  todo lo que escribe, citaré al teórico que mejor me ha ayudado a dislocar los textos de  Valenzuela para armarlos luego como puentes, me refiero a Han George Gadamer, quien se apoya en la noción que me parece ilumina el placer y su colofón, el gusto.
“El discernimiento sensible que opera  el gusto, como recepción o rechazo en virtud del disfrute más inmediato no  es en realidad mero instinto sensorial, sino que se encuentra ya a medio camino entre el instinto sensorial y la libertad espiritual. El gusto sensorial se caracteriza precisamente porque con su elección y juicio logra distanciarse respecto a las cosas que forman  parte de las necesidades  más urgentes de la vida.  En este sentido Balthasar Gracian considera el gusto como una primera “espiritualización de la animalidad”  y apunta que la cultura (Bildung)  no solo se debe al genio sino también al gusto. (Geschmack)”. (Gadamer,  1994: 67)
Rebeldía, placer, cultura y gusto son  siempre puntos cardinales en un texto de Valenzuela. Por ello hago la invitación a leer cualquiera de ellos. Es cuestión de  elegir por dónde irse. Cito ahora el  epígrafe de “La pesca del deseo”, capítulo I de La travesía:
            "La  escritura  y  la sexualidad se ejercen siempre en espacios privados y por ello mismo susceptibles de violación, espacios secretos, sí, espacios donde se corre un riesgo mortal". Margo Glantz, Apariciones. (Valenzuela, 2001: 27)

Toda rebeldía entraña, como la escritura y la sexualidad, un riesgo. Pero es mayor el riesgo de no rebelarse y permitir que las cosas sigan como están, o se entiendan como se han entendido hasta ahora.
El placer del texto entonces es una demostración más de la amplia capacidad política de la lectura. Si al tener placer  atentamos contra el orden establecido, atemorizamos al  celoso que detenta la  verdad unívoca y  completa, estaremos en mejor posición para  enfrentar nuestra rebeldía como un acto de lectura.  Solo el que lee en el texto de Valenzuela la constante del placer como toma de consciencia y advierte que a todo placer le corresponde la maniática obsesión del otro de   subyugar, amedrentar, contener, la posibilidad de  cambiar, ha leído cabalmente.
El placer que ofrece el  texto de Valenzuela se construye en el silencio de la lectura, pero nunca es un silencio mudo: la imaginación es elocuente cuando está tan bien provista de sensaciones, de posibilidades como las que se pueden aprender en esta gran obra que tan merecidamente aquí hoy festejamos.




(1) El placer intelectualizado e interesado en este ideal representado  de belleza (figura  humana) no aparta el placer estético, sino que es uno con él. Sólo en la representación de la figura humana nos habla del contiendo de la obra simultáneamente como expresión de su objeto.  En sí misma la esencia de todo arte consiste, como formula Hegel, en que “pone  al hombre ante sí mismo”.(árbol raquítico como impresión de miseria, hombre miserable no es medido según el ideal de lo humano que no valga para él y que le haría parecer miserable ante nosotros sin que lo sea él mismo) La teoría de la belleza ideal se basa en la distinción entre idea normal e idea racional o ideal de la belleza.  La idea estética normal se encienta en todas las especies de la naturaleza. Esta idea normal es una contemplación aislada de la imaginación, como una imagen de la especie que se concierne entre todos los individuos. Sin embargo la representación de tal idea normal no gusta por su belleza sino simplemente porque no contradice ninguna de las condiciones bajo las cuales puede ser bello un objeto de una especie. No es la imagen originaria de la belleza sino meramente de lo que es correcto. (I. Kant  Kritik der Urteilskraft,  p 179 , apud, Hans George Gadamer,op.cit. p. 83)