Luisa Mercedes Levinson
 

 

Presentación para The Two Siblings and other stories, de Luisa Mercedes Levinson, traducido por Sylvia Erlich Lipp. Latin American Literary Review Press, Pittsburgh, 1991


Palabras Preliminares

para Willy Klappenbach
in memoriam



Ante todo quiero expresar mi agradecimiento a Sylvia Erlich Lipp, sin cuya dedicación y talento no tendríamos las excelentes traducciones de la obra de Luisa Mercedes Levinson al inglés. Tengo también motivos puramente personales para agradecerles a ella y a Yvette Miller la publicación de este libro, porque repasando las pruebas de página volví a vivir tiempos de mi primera juventud cuando la ayudaba a mi madre en idéntica tarea de supervisión, que me resultaba fascinante. Una leía el original en voz alta, la otra estaba atenta a que no se le hubiera escapado ni una coma al tipógrafo. Fue posiblemente un aprendizaje de escritura que no supe apreciar en su momento, apreciando eso sí -- y cómo-- el privilegio de poder meterme de lleno dentro de una historia. Tendría yo entonces unos trece, catorce años. Un par de años antes mi madre me había pedido que le armara un álbum con sus trabajos publicados en diversas revistas. En la librería compré el bloc de dibujo más enorme que encontré. El resultado fue un álbum muy poco practico pero representativo de la admiración que ya sentía por los cuentos de Lisa.
Ella se llamaba Lisa en ese entonces, sí, pero como seudónimo: Lisa Lenson. No eran tiempos de darse a conocer en letra impresa con el propio nombre "para no avergonzar a la familia". Eramos poquitos en esa familia, y todos nos sentíamos orgullosos de sus escritos, pero la tradición suele ser más fuerte que la realidad, y no para los otros no resultaba de buen gusto que la mujer se luciera en público con su talento. También es cierto que el seudónimo fue en un principio fruto de lo que en esa época se consideraba una forma de claudicación: la necesidad de ganarse unos pesos trabajando en, digamos, periodismo. La revista se llamaba cursimente Idilio y hacía honor a su nombre: fotonovelas, historias del corazón. Pero estaba hecha por un equipo sorprendentemente inteligente, que incorporó escritores de talento. A Lisa, a la sazón Luisita Levinson de Valenzuela (que acababa de completar su primera novela, La Casa de los Felipes, y no sabía aún cómo firmarla ni quién habría de publicarla), le propusieron escribir "cartas de amor" en correspondencia con Conrado Nale Roxlo, extraordinario poeta y a la vez humorista genial bajo el nombre de Chamico. Fueron cartas semanales que conformaban historias apasionantes y variadísimas. Esto llevó (¿o habrá sido a la inversa?) a que Lisa se encontrara siendo la Miss Lonelyhearts de Buenos Aires. “Secreteando con Lisa Lenson” resultó una página de “correo del corazón” en la cual Lisa podía desplegar toda su compasión y su amor por los demás, cosa que como bien saben quienes la conocieron fue una de sus marcas de fábrica junto con su sense of humor y ese encanto que casi casi podríamos llamar seducción innata .
Dejó de trabajar en Idilio a los pocos años, pero el nombre Lisa se le quedó prendido, y la bolsa de historias casi repleta con la que había venido al mundo se le completó con temas del desgarramiento cotidiano. Historias que naturalmente fueron transmutadas y fertilizadas, despojadas de toda su cursilería inicial, como corresponde. Porque Lisa fue una verdadera alquimista, una oficiante de la palabra.
Luisita Levinson Jové hacia versitos para los cumpleaños de sus amiguitas e inventaba canciones para los invitados de su mamá y su papá. La bella nena de bucles castaños casi rojos podía presentarse en la gran sala de su casa en la Avenida de Mayo a distraer a los invitados por un rato. ¡Era tan graciosa recitando sus propios poemas! Pocos años atrás encontré un cuaderno con algunos de dichos poemas, algunos compuestos bien pasada la adolescencia. Es realmente un maravilloso milagro-- relacionado con lo real maravilloso-- que de allí haya podido surgir la escritora de fuste que conocemos.
Cierto es que mucha agua pasó bajo los puentes, y pasó también Jorge Luis Borges, ese elixir de vida literaria. Él era Georgie, en aquel entonces, para los amigos.
Hablo de la época del primer peronismo, cuando los escritores eran valorados como corresponde, es decir que resultaban altamente sospechosos -- hasta peligrosos--, y la palabra intelectual no estaba manoseada. Entonces gente como Borges, Sábato, Mallea, los grandes exiliados españoles en torno a Arturo Cuadrado, José Luis Lanuza, más tarde Beatriz Guido y Syria Poletti, todos, se reunían en la casa de Lisa en el barrio de Belgrano a dar conferencias, o a conspirar sobre candentes temas literarios tales como la imposibilidad de la intrusión de la política en la literatura.
Fue entonces cuando Georgie y Lisa decidieron escribir un cuento en colaboración. Y se encerraban largas horas en el comedor a trabajar. Casi siempre se oían risas, gloriosas risas porque Borges sostenía --y lo demostraba junto a Bioy Casares-- que sólo se podía escribir con otro dándole rienda suelta al sentido del humor. Lisa sabía bien hacerle honor a la propuesta.
De esos encierros y esas risas nació “La hermana de Eloísa”, un cuento no demasiado feliz en lo que a literatura respecta, pero muy feliz para sus autores que se divirtieron componiéndolo. De allí nació también, mejor dicho renació, la verdadera Luisa Mercedes Levinson, con su nombre de soltera, asumiéndose en toda su capacidad y dimensión de escritora. Porque la experiencia le resultó no sólo un aprendizaje --como bien supo explicar mil veces-- de lo que significa escribir de verdad, corrigiendo y corrigiendo hasta encontrar lo más parecido a la perfección, sino que la obligó a salirse de sí misma para situarse en el lugar de la alteridad desde donde se escribe. De allí pasó directamente a escribir “El Abra”, el cuento que más fama habría de darle, una obra maestra de fuerza condensada, de pasión. Los intelectuales franceses admiraron este cuento cuando Roger Caillois lo publicó y se lo entregó a Francis de Miomandre, a Jean Cassoux. A Saint John Perse. Muchas antologías lo han recogido, quizá por eso no figure en esta selección de cuentos de la autora que siguió llamándose Lisa ya no como seudónimo sino como bien ganado apelativo afectuoso.
De quien tengo una imagen recurrente:
Lisa en la cama, rodeada de papeles, con la Lettera 22 sobre la panza, escribiendo. Pero eso es en el piso alto de la casa. En las primeras épocas, cuando los dormitorios estaban abajo, no había máquina de escribir sino páginas y páginas manuscritas, ya perdidas, pisoteadas y demás por los gatos.
Los gatos, los gatos, los gatos. Aparecen en los cuentos, no necesito hablar de ellos; algunos salvajes, casi, otros en exceso caseros y procreadores. Sólo quiero destacar a Puce a l'Oreille, así llamada porque siempre se le instalaba a Lisa en el hombro mientras ella escribía y le babeaba la oreja. Y, según ella decía, le soplaba secretos.
Por lo tanto los gatos parecerían haber sido una de las tantas puertas de acceso al secreto que Lisa logró entreabrir. Porque eso es sobre todo su escritura: un paso más allá de lo conocido, una comprensión de algo que sabemos esta allí pero tan velado que apenas tenemos una insinuación momentánea. Lisa con su obra nos ayuda a descorrer velos, a desgarrarlos si fuera necesario.
Bien que a ella le gustaban los velos, como podemos atestiguar quienes la conocimos. Tengo su foto de los dos años, disfrazada de lánguida odalisca. Pero al principio de su vida adulta los velos se vieron domesticados por un rato y fueron sólo tules que colgaban tenues del sombrero, con "moscas" como se llamaban entonces unos sutiles lunarcitos de terciopelo. Eran sus épocas de señora burguesa que iba a tomar el té al último piso de Harrod's. Burguesa hasta ahí nomás: cierto día se engalanó con un tul más tenue que de costumbre quizá para que pudieran apreciarse sus bellos ojos de almendra, y fue a Harrod's a las cinco de la tarde para conocer al hijo del Maharajá de Kapurtala. Etelvina de Sinclair hizo las presentaciones del caso y también le presentó al íntimo amigo argentino del delfín de Maharajá. Era Willy Klappenbach, que quedó para siempre al abrigo de ese tul de ilusión.
De la fascinación que ejercía LML ya se ha dicho mucho. Quizá demasiado. En cierta medida el encanto de su personalidad le hizo sombra a su talento de escritora. Los que la conocieron tendían --tienden-- a referirse más a sus mots d'esprit o a sus anécdotas que a la esencia de su literatura. No quisiera incurrir en idéntica omisión culposa más de la cuenta. Porque aquello que Lisa desplegaba ante los demás era apenas la punta del iceberg de lo que su obra repartía a manos llenas. Percepciones, intuiciones, reescrituras del mito, libre imaginación fluyente y tanto más que sagaces estudiosos han reconocido y analizado a fondo: Ricardo Mosquera Eastman, Rubén Vela, Leonor Calvera, Osvaldo Sabino, María del Carmen Suárez, entre otros. Para no hablar de la crítica francesa que celebró a conciencia la aparición de sus libros traducidos. Ellos mejor que yo pueden definir el valor de esta obra de la que estoy demasiado cerca, que en cierta forma me corre por la sangre. Por mi parte sólo puedo dar constancia una vez más del deslumbramiento que me siguen produciendo muchas de sus páginas en las cuales un conocimiento profundísimo aflora desde un saber/no saber propuesto por el acto de creación poética en su esencia más pura. Y femenina.


Luisa Valenzuela


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