|
La risa de Borges
La galera del mago tiene su cuota limitada de conejos. La
del demiurgo, en cambio, es inagotable hasta en su pelusa.
Él murió hace trece años y es como si
siguiera produciendo. ¿Qué va a ser de este
mundo sin Borges? le pregunté a María Kodama
cuando la llamé a Ginebra para darle mi pésame.
“Borges siempre estará acá” me contestó
ella y yo entendí la frase en su contexto más
espiritual. Ahora sé que tenía, como todo lo
relacionado con Borges, mil otros repliegues. Uno de los repliegues
más secretos lleva por nombre “La hermana de
Eloísa”, y sorprendentemente no se trata de una
persona más que contará sus memorias, anécdotas,
aventuras o desventuras con y de Borges, sino de una pieza
literaria que por serlo encierra algo de todo lo anterior
y bastante más, de yapa.
“La hermana de Eloísa” es un cuento, escrito
en colaboración con Luisa Mercedes Levinson, publicado
en 1955 por la efímera y bella Editorial Ene en un
pequeño volumen homónimo. Un cuento que nunca
más circuló entre nosotros una vez agotada esa
mínima edición. El grueso tomo de la Obra en
Colaboración de Borges no lo recoge, quizá porque
sus mismos autores no le dieron especial trascendencia. “Tal
vez no fue una gran realización”, escribió
alguna vez LML, “para mí lo valioso fue que durante
el proceso de escritura aprendí el arte de corregir”,
y así debió ser, nomás, porque acto seguido
Lisa escribió su cuento más antologado, “El
abra”.
Retomándolo a tantos años de distancia, con
el telón de fondo de las “Crónicas”
y de los “Nuevos cuentos de Bustos Domecq” escritos
mucho más tarde, “La hermana de Eloísa”
cobra una dimensión particular.
Sobre todo para la entonces adolescente hija de la dueña
de casa, que no podía dejar de oír las risas
que escapaban por la puerta cerrada del comedor, donde Georgie
y su madre, Lisa, se habían encerrado a escribir. Era
la sacrosanta hora del té, tomaban litros de té
-todavía existe la pava de plata encaramada sobre un
calentador de alcohol que proveía más agua caliente
para dar combustible a tanta risa. Y a tan poca escritura.
Porque al final de la tarde, cuando los dos colaboradores
emergían por fin del reducto, Borges solía reconocer
con enorme orgullo “hoy trabajamos mucho, completamos
una línea”, y la adolescente de entonces se sentía
muy orgullosa de ser la merecedora de tamaña confesión
y empezaba a vislumbrar cómo era eso de escribir buscando
la palabra exacta, la vuelta de frase más precisa y
acorde con la respiración de lo que se pretendía
decir. No en vano ella había asistido a muchas conferencias
del escritor, que quizá eran de las primeras ante un
público así, tan adicto. Porque Borges se había
quedado sin trabajo por decisión del peronismo, y gente
como Pipina Diehl de Moreno Hueyo, por intermedio de su asociación
Pro Arte, le organizaban a él y a muchos intelectuales
del momento, cursos y conferencias para que pudieran ganarse
unos pesos. Y Borges, ante ese público ávido,
de golpe se quedaba en silencio, como perdido, y todos sufríamos
por él y temíamos el célebre trac, el
ataque de pánico, pero probablemente lo que pasaba
por su cabeza eran las veloces páginas de todos los
diccionarios de la lengua española porque cuando por
fin volvía a abrir la boca la primera palabra que salía
era tan precisa, matemáticamente tan elegante y correcta,
que ninguna otra hubiera podido reemplazarla.
A veces estas conferencias tenían lugar en la casa
colonial de la adolescente, porque la policía peronista
husmeaba demasiado en los lugares públicos y sospechaba
de todo aquello que le resultaba incomprensible, y todo lo
dicho por intelectuales de esa talla les resultaba siempre
incomprensible.
En la casa de Belgrano se hablaba con las ventanas herméticamente
cerradas, aun en verano, para que ni una frase se filtrara
a la calle. Conspiradores de la cultura, defensores del hecho
literario como en un Fahrenheit 451 de entrecasa.
Pero no hay duda de que la risa se filtró fuera del
ámbito cerrado y corrió por las calles. Al fin
y al cabo las calles eran también el dominio de esos
dos escritores que cierta tarde decidieron, por sugerencia
de él, sentarse a crear un cuento en colaboración.
Decir sentarse no es correcto, porque fueron los peripatéticos
de la escritura. Al atardecer, quizá después
de esa única línea tan sabiamente elaborada
y pulida hasta el agotamiento, salían a caminar para
preparar la continuación del texto.
A Borges le encantaba pasear por los puentes de Constitución,
andar quizá entre el humo de los trenes sintiéndose
en una película inglesa. Ya la vista le estaba raleando,
ya tenía que ponerse la página casi contra la
nariz para escribir con su letra de mosca, pero eso no importaba.
Importaba el caminar, y hablar, y husmear atmósferas
de esta ciudad que le gustaba explorar como quien se interna
en terreno desconocido. De aquellos paseos Lisa y Georgie
solían volver también muertos de risa. Como
chicos. La adolescente los juzgaba desde la altura de su recién
estrenada seriedad y apenas esbozaba una cansada sonrisa cuando
le recitaban, muy felices por su hallazgo, cuartetos del tenor
de
“En la plaza de Belgrano/ pero un poco más abajo/
hay un letrero que dice/ m..., la p..., c...”, o “En
el medio de la plaza/ del pueblo de Pehuajó/ hay un
letrero que dice/ la p... que te p...”. Y si hoy uso
puntos suspensivos para no estampar estas palabras que antes
eran infantilmente sucias y ahora son casi de uso corriente,
es más para darle un poco de misterio a la sonsera
que por ninguna otra forma de pudor.
Estaban también los cantitos : “Pejerrey con
papas/ butifarra frita/ la mina que tengo/la mina que tengo/
naides me la quitaaaaa”. Y aquél bastante más
risqué: “De l’Abbeí la spiantaron/y
nos es por falta de higiene/ que la pobrecita tiene/ una costumbre
asquerosa/ de no lavarse la cosa/ por no gastar en jabón”.
Quizá eran estos los acompañamientos musicales
necesarios para que “La hermana de Eloísa”
fuera cobrando forma. Adolfito no entraba en esta película.
O entraba muy poco. El encuentro de Borges y Bioy Casares,
en la escritura compartida, había engendrado a H. Bustos
Domecq quien, con estilo propio e idiosincrasia campera, pergenió
los “Seis problemas para don Isidro Parodi”. “Fue
una fecha a comienzos de la década del ‘40. Yo
acepté a regañadientes y, poco más tarde,
esa misma mañana, se produjo el nacimiento. Hizo su
aparición un tercer hombre de nombre Honorio Bustos
Domecq, quien pasó a dominar la situación. A
la larga terminó por dirigirnos con mano férrea
y para nuestro regocijo primero y nuestro espanto después,
terminó por no parecérsenos en nada, manifestando
sus propias peculiaridades y su propio estilo literario”
comentó Bioy en un reportaje publicado en 1974 en La
Opinión.
No era factible que del encuentro de Jorge Luis Borges con
Luisa Mercedes Levinson surgiera un tercer hombre. Tampoco
una tercera mujer. Sí quizá un ser andrógino
-a ambos le interesaba la figura del andrógino, cada
uno desde su ángulo de percepción tan diferente
-. La idea no parece tan arbitraria si se tiene en cuenta
que además de la amistad que los unía eran parcialmente
tocayos. Tocayos en lo tocante al costado más poético
de Borges. Cierta vez me contó -lo habrá repetido
a menudo, supongo- que el nombre Luis se lo había agregado
él, ya de grande, para suavizar ese Jorge Borges tan
cacofónico.
Y entonces, en esos largos días de escritura compartida
entre Georgie y Lisa, surgió un creador/a de extraña
sensibilidad y despiadada ironía. Para no hablar de
su inclinación por el medio pelo y lo cursi, algo que
a ambos los hacía desternillar de risa. La adolescente,
consultada para la oportunidad, desaprobó de viva voz
la idea de que en proyecto para el jardín de la casa
del cuento se incluyeran “bustos ecuestres”. El
ridículo también tiene sus límites. Se
llegó a un acuerdo concertado: en el jardín
se pondrían “cabezas yacentes de emperadores”,
pero no pudiendo con su genio, los autores le hicieron decir
al narrador: “No juraría que se habló
de un busto ecuestre del pagador Chiclana, desaparecido en
la guerra del Paraguay, pero nada era imposible, esa tarde”.
Hubo tardes, durante aquel período, cuando nada en
verdad parecía imposible, y el fantasma de una mujer,
Eloísa, crecía allá en su casa de Burzaco,
localidad que el bicéfalo autor/a había elegido
porque era el nombre más feo que habían podido
encontrar. ¿Cómo podemos ir desdoblando las
influencias? En el cuento, un amor lejano y rememorado, imposible,
es traicionado por la fascinación que ejerce no ya
la belleza de la hermana menor sino el poder de la mayor que
tenía seducido al poderoso. El protagonista movido
por la ilusión de rencontrarse con aquella que fue
su amada secreta, Eloísa, descubre a la turbia pero
decidida Irma “una de esas mujeres que siempre llevan
los pantalones. Y con eficacia, qué diablos”.
El feminismo de Irma y la hermosura convencional de Eloísa
parecerían haber corrido por cuenta de Levinson, el
deslizamiento de la fascinación por la una hacia la
otra, por cuenta de Borges ( el recordado Ulises Petit de
Murat, en su libro Borges Buenos Aires menciona a la hermana
de Norah Lange, Haydée, “que por el solo y fortuito
hecho de serlo ya le parecía hermosa a Borges”).
En cambio todos los momentos irónicos que aparecen
en el cuento parecerían obra del ilusorio Bustos Domecq
que cada tanto lograba meter la cola.
Formas hay de ahuyentar la soledad. Y la feroz soledad de
la escritura. Quizá por eso Borges tantas veces buscó
un adlátere, alguien con quien deambular las calles
y las calles del pensamiento. En la bruma de la progresiva
ceguera, otra era la mano que estampaba las letras en el papel,
pero no sólo eso. Reír en soledad puede hacernos
sentir peligrosamente cerca de la locura. Reír de a
dos es la más refrescante de las tareas, sobre todo
si la risa va cuajando en un texto para ser compartido, creando
una inquietud, brindándonos otras percepciones.
Risa de la creación que marca lo que Virginia Wolf
alguna vez llamó moments of being. Instantes invalorables
del aquí y ahora, risa que puede imantar a quienes
fortuitamente la oyen. Por lo menos imantó a la adolescente
de estas líneas, que un día sin querer se descubrió
escritora. Ella que pretendía ser exploradora, o físico-matemáticas,
o cualquier otra cosa, un día se encontró llenando
cuartillas, completando cuentos, y más tarde novelas,
acompañada quizá por esa ajena y lejana felicidad
de la creación. La memorable risa del 54.
Quien entonces era conocido por Georgie alguna vez dijo, in
illo tempore, que la adolescente entonces conocida por Petitina
era capaz de matar a su madre --entonces conocida por Lisa--
por un juego de palabras. Poco pudo sospechar la parte de
culpa que le cupo en ese asunto. Por eso hoy, como contrapeso,
lo mejor es revivirlos a ambos, trayéndola de nuevo
a luz a esta hermana de Eloísa a quien los años
transcurridos, es decir las nuevas posibilidades de lectura,
vuelven lozana y transparente.
Luisa Valenzuela
|