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La hermana de Eloísa
I
Habían pasado unos quince años, pero cuando
Jiménez me dijo que había tenido que ir a Burzaco
para planear la edificación de un chalet por cuenta
de un tal Antonio Ferrari, mi primer pensamiento fue para
Eloísa Ferrari, cuya imagen de pronto surgió
ante mí, inmediata y casi dolorosa. Sólo después
pude sorprenderme de que aquel excelente don Antonio, que
pasaba la vida en el café proyectando negocios vagos
y vanos, hubiera conseguido, al fin, redondear la suma que
significa la construcción de la casa propia. El hecho
me resultó tan insólito que para no pensar en
algo peor, pensé en una herencia. Jiménez, mientras
tanto, seguía explicándome que se trataba de
un gran chalet y que los Ferrari eran muy exigentes. Por lo
pronto, no íbamos a repetir en Burzaco el tipo 14 de
bungalow californiano, ni el 5 en piedra de Mar del Plata,
que, innumerablemente multiplicados, ya conoce y acaso habita
el lector. Jiménez, mi socio, era constructor; la obra
exigía un arquitecto. Alcé los ojos al diploma
que colgaba en la pared, enmarcado en ébano; ese papel
con su sello azul y su letra caligráfica me serviría
para ver de nuevo a Eloísa, al cabo de los años.
-La señorita tiene sus ideas propias, explicó
Jiménez. Y luego, como si pensara en voz alta: -tiene
un gusto refinado.
Me pareció natural que hubiera caído bajo el
encanto de Eloísa. Aproveché para preguntarle
como al descuido:
-¿Siempre sigue rubia y delgada?
Me miró un poco sorprendido antes de contestar.
-No sé. Lo que impresiona más es la voz. Habla
como si entendiera de todo, y uno le cree.
Pensé que Jiménez no sabía discernir.
Atribuía a la voz un efecto producido por toda ella.
Los años la habrían cambiado, sin duda, pero
en aquel momento yo evoqué a la Eloísa de 1938;
la mirada un poco lejana, los ojos caídos hacia los
pómulos, como abrumados por el peso de las pestañas,
la sonrisa cuidadosamente enigmática, un hombro luminoso
surgiendo del vestido de terciopelo negro. En realidad, lo
que evoqué era su fotografía, que obtuvo el
segundo premio en el concurso de belleza de Lomas (el primero
fue adjudicado a la hija del inventor). En el recuerdo, las
fotografías tienden a sustituir a los originales; además,
resulta difícil recuperar los rostros que nos han inquietado.
Otras imágenes se habían superpuesto a la de
Eloísa, pero algunos momentos seguían intactos:
una tarde en que me acompañó hasta la puerta,
espontáneamente; aquella noche en que nos sentimos
unidos ante un film de Norma Shearer. Por lo menos, yo creí
que nos sentíamos unidos.
Norma Shearer, Lomas, concurso de belleza, segundo premio,
son palabras triviales, pero la belleza y el encanto no son
triviales y Eloísa los poseía, implacablemente.
Claro está que a mí, ahora, con diez años
de ejercicio en la Capital, el ambiente de Eloísa me
podría resultar un poco provinciano, un poco mediocre.
Pero el hecho es que Eloísa ejerció un poder
sobre mí y sobre todos los muchachos que la frecuentábamos.
No sé si era inteligente, pero había en ella
una especie de resplandor que hacía perdurar los gestos
cotidianos. Tenía esa seguridad que da la belleza.
Por aquellos años, yo era más tímido
y, aunque ya empezaba a quererla, no me hubiera atrevido a
decírselo. El primer paso lo dio ella, una noche. Yo
iba a Temperley; Irma, la mayor de las Ferrari, me preguntó
si podía traerle un tarrito de polvo de hornear. Saqué
la libreta de cuero de cocodrilo y empecé a apuntar
el encargo, con cierta detención. Eloísa me
la arrancó, la recorrió, murmuró con
cierto desdén direcciones de otras mujeres, la rompió
y la tiró. Se retiró sin mirarme, alta la cabeza,
pero yo sentí que ese enojo era una invitación.
Así empezó esa desdichada historia de amor que
mató parte de mi juventud. Otra frase espectacular
le dio fin. A1 salir de un baile del club, un subteniente
aviador, al ayudarla con el abrigo, le ponderó los
hombros. Pueden ser suyos, le dijo ella, con una seriedad
de evidente propósito matrimonial. El viernes a las
siete de la tarde fui a visitarla, según la tradición
que yo había logrado imponer, pero nadie contestó
a mi llamado. Adentro, estaba encendida la luz; por el balconcito
entreví, sobre el aparador, un kepi galonado. De esos
antiguos recuerdos me desvió la discusión de
los problemas técnicos de la obra. Sorprendentemente,
fue Jiménez quien volvió al tema.
-Si se quiere, Eloísa y Gladys, la menorcita, son más
lindas, pero Irma tiene otra categoría. Es muy señora.
Creí haber entendido mal. ¿Irma? ¿Jiménez
había estado hablándome de Irma? Recordé
ese personaje de fondo, esa hermana mayor que aún seguiría,
tal vez, esperando el Royal que no le traje nunca. Recuperé
sin mayor dificultad sus facciones: la cara de base ancha,
los ojos vivos y pequeños, la risa intempestiva, la
boca fresca, pero no sensual. ¿Qué había
ocurrido? Por lo menos para Jiménez, Irma era más
memorable que Eloísa. Creí que por uno de esos
juegos del destino se había enamorado de Irma. Pero
la frase que siguió me hizo descartar esa conjetura.
-Es una mujer admirable. Claro que por nada del mundo quisiera
ser su marido. Es una de esas mujeres que siempre llevan los
pantalones. Y con eficacia, qué diablos.
Irma, Eloísa, Gladys... El último nombre apenas
representaba para mí unas piernas flacas que corrían
al sol, una moneda de veinte centavos que yo le daba para
que comprara caramelos y me dejara solo con Eloísa,
unas pecas en la nariz respingada, y la voz áspera
de Irma, retándola. Pero habían pasado quince
años; Gladys ya sería una señorita. En
aquel momento, sentí a las tres hermanas como a un
espejo de tres cuerpos que de algún modo reflejaba
mi juventud.
Una ilógica necesidad de volver a verlas me hizo decir
a Jiménez: -Por el interés de la firma, convendría
que yo le llevara personalmente los planos a don Antonio.
Usted sabe, en mis tiempos yo frecuentaba la casa... Me tiene
confianza. Y si ahora anda con plata, no me costará
convencerlo de que gaste unos pesos más.
II
Sería a todas luces absurdo negar espíritu
progresista a los vecinos de la línea General Roca,
pero sinceramente, al ver desfilar las estaciones y los pueblos
desde la ventanilla del tren, tuve que deplorar la docilidad
con que muchos se dejan convencer por firmas poco escrupulosas,
que anteponen lo vistoso a lo sólido, y aun a lo práctico.
Claro está que no todos los propietarios obran así;
al pasar por Lanús, me di el gusto de saludar el bungalow
tipo 14 que edificamos vez pasada para el farmacéutico
Roverano y que hubo que refaccionar después de las
últimas lluvias, con buena utilidad para nuestra caja.
Las torres de la capilla evangélica en Lomas de Zamora
fueron para mí otro motivo de legítima satisfacción:
el reverendo Mannteufel tuvo la deferencia de consultarnos
y nuestras sugestiones, por cierto, no cayeron en saco roto.
¡Se resolvió ipso facto el problema del drenaje
de las cañerías!
Estas reflexiones de orden profesional eran quizás
un engaño para no pensar en Eloísa. Me dije
por centésima vez que no esperaba verla y que lo más
probable era que Ferrari me recibiera solo. De las quintas
llegó una brusca ráfaga de madreselva.
Procuré convencerme de que el encuentro con Eloísa
podía ser un poco terrible, al cabo de quince años,
pero era imaginario ese temor y realmente primaban en mí
la esperanza y la ansiedad.
Me pareció que nunca llegábamos a Burzaco, pero
cuando reconocí las primeras casas y el tren se detuvo,
me sentí menos valeroso y en vez de encaminarme directamente
a lo de Ferrari, hice un alto en la confitería de la
estación. Tenía que revisar los papeles del
portafolio; después de un par de cañas, decidí
que convenía echar un vistazo al lugar donde levantaríamos
el chalet. Era un terreno que brindaba muchas posibilidades,
con martillo a favor, pero ya eran las 17 pasadas en el reloj
pulsera extrachato y la indumentaria de gabardina italiana
no se prestaba para andar verificando medidas.
Ante la puerta de la casa de Eloísa, volví a
ser el muchacho de hace quince años. Mi mano halló
la altura exacta del timbre sin que yo necesitara mirar. El
tímido llamado me pareció indigno del soltero
porteño con estudio en la avenida Belgrano que yo era
ahora; insistí con más decisión. Quien
me abrió la puerta fue don Antonio.
Para ocultar mi decepción, lo saludé con exagerado
entusiasmo. La salita me pareció más chica,
acaso porque estaba abarrotada de adornos; una odalisca en
petit bronze confusamente duplicaba sus formas en la madera
de la tapa del piano y, al entrar, casi tropecé con
Leda y el cisne. Un mármol efusivo en el que bullían
faunos y ninfas usurpaba el lugar donde antes reinó
la fotografía de Eloísa.
Don Antonio había iniciado una conversación
ostentosa y vaga. Sacó una caja de cigarros, me ofreció
uno que cortésmente rehusé y que él guardó,
con destreza de prestidigitador, en uno de los bolsillos del
saco.
-Para las chicas, lo ha fumado usted -dijo con una voz sigilosa
y haciendo un guiño. Eligió otro cigarro con
lentitud, lo olió como pregustando el placer, cruzó
la pierna, lo encendió con gravedad ritual e inmediatamente
adquirió el aire de un gran señor. Hubo un silencio
y tuve la convicción de que Eloísa no estaba.
-Un chalet, todo un gran chalet -exclamó- para la primera
chica que se me casa.
No pude contenerme y dije:
-¿Eloísa?
Don Antonio ni siquiera me oyó.
-La formalización del enlace se festejó con
un vino de honor en Los Alamos. Usted se acuerda, el establecimiento
de los Chiclana. Parece mentira, la benjamina es la primera
que llevaré al altar. Gladys se casa con Alberto Chiclana,
un muchacho muy preparado, que sólo debe unas materias
para redondear su segundo año de doctor en leyes. Y
gran apellido. Sobrino de Raúl, que era de su tiempo.
Demasiado me acordaba yo de Raúl. Una noche, en el
club, le ofreció una orquídea a Eloísa.
Ella se la prendió sobre el corazón y repetía,
yendo de grupo en grupo: Obsequio de Raú1 Chiclana.
Los Chiclana eran la gente antigua del partido; Los Alamos,
entonces, era un establecimiento importante. Después,
el botarate de Raúl prefirió las farras de Buenos
Aires al sólido trabajo rural y de la estancia, como
le dicen, sólo queda el casco y los perros. ¡Las
hipotecas se comieron la propiedad!
Dije por decir algo:
-¿Con que al novio sólo le faltan cinco o seis
años para recibirse?...
Dadas las luces de los Chiclana, calculé por lo bajo
treinta o cuarenta, pero la profesión nos enseña
a ser diplomáticos.
-Ahora el tiempo pasa tan rápido -contestó don
Antonio-. Y, además, Albertito está bajo mi
ala.
Echó una bocanada de humo y miró la gotera del
cielo raso:
-E1 amor, las ilusiones, la juventud... Claro que nosotros
ya no estamos para esos trotes... -y aquí agregó
amenazándome con el índice:
-Por lo pronto, usted tiene más barriguita que yo...
Volvió a guiñar el ojo; se trataba, evidentemente,
de un hábito que había adquirido con la prosperidad.
Era irritante. Además, ese vejete oruga, esmirriado,
sólo profuso en los mostachos, ahora quería
ponerse a la par de un tipo como yo, con su metro setenta
y nueve de elevación y los trece minutos de flexiones,
cada mañana, a lo gimnasia sueca.
El hombre estaba tan garifo, que aproveché para enfrentarlo,
pero no perdí los buenos modales que exige la profesión.
-Vea, don Antonio -le dije- las cosas no hay que hacerlas
a medias. Hay que sacar partido del martillo que da a la avenida
Espora. El muchacho, que un día será abogado,
se merece un bufete -esta vez el que guiñó el
ojo fui yo-. Unos pocos miles de pesos más y le anexamos
escritorio y sala de espera.
Don Antonio pareció caer en la trampa.
-Interesante idea, mi arquitecto -dijo como si lo arrebatara
mi verba-. En sumo grado, interesante.
Poco le duró, sin embargo, esa reacción tan
halagüeña. Empezó a achicarse como si se
atornillara en el asiento y dijo con una vocecita aflautada:
-El señor Klaingutti, de la firma Klaingutti Hermanos,
Chapas Glavanizadas, suele encargarle algunos asuntitos -y
agregó, como dándose ánimos-: Un poco
de alpiste para el muchacho. Sinceramente, la mención
de Klaingutti me impresionó. ¿Quién que
ha rolado un poco puede permitirse ignorar la casa matriz
en la avenida El Cano y las filiales de Berazategui y de Merlo?
Don Antonio prosiguió:
-Oiga, no sé... Hay tantas cosas por delante. -Encendió
el cigarro que había dejado apagar, y agregó
bajando la voz-: Mi hija mayor es muy personal en sus gustos.
Muy severa.
Lo miré atónito. ¿Qué tenía
Irma que ver con el chalet de Gladys?
Don Antonio dijo algo, pero a través de las persianas
de los balconcitos, oí un menudo taconeo que me inquietó.
Oí abrirse la puerta y, un instante después,
entraba Eloísa.
En el primer momento no sentí nada. Su silueta contra
la luz, parecía un poco indefensa. La cara estaba en
sombra, pero el cabello le hacía como una aureola dorada.
Me dijo, como si me hubiera visto hace poco:
-Cachito, ¿vos por aquí?
Era la Eloísa de siempre. Ignoro si llegué a
balbucear algo, pero sentí dos cosas. Llna, que aquel
encuentro tan importante para mí, no lo era para ella.
Otra, quizá la misma, que yo era apenas una imagen
de su pasado.
Eloísa, haciendo caso omiso de mi presencia, habló
con don Antonio:
-No sé qué vamos a hacer con la pobre Clemen.
Ya se mandó hacer un vestido, casi igual a las del
cortejo, y -ahora resulta que no quieren que vaya. Eso no
se hace.
-Pero también, hijita, ¿cómo la invitaste
sin consultar?
-Siempre consultando... Nos conocernos de toda la vida; ella
dio por sentado que iría. Clemen, pensé, sería
Clementina Traversi, una muchacha que trataba de imitar a
Eloísa y que de un día para otro apareció
con melena rubia.
-Mirá, Eloisita -prosiguió don Antonio, conciliatorio-,
hacés muy bien en defender una amiga, pero ya sabés
que Irma es de lo más delicada para estas cosas. Clemen
ya ha tenido tres novios. Y la gente es mala...
-¿Y qué hay de malo en tener novios?
La contestación de don Antonio fue sentenciosa:
-Somos nuestra reputación. Además, Irma se ha
asegurado la presencia del señor Klaingutti.
-¡Del selior Klaingutti! -repitió ella. Lo dijo
con una voz muy rara.
III
A mediados de la semana siguiente, tuve otra conversación
con don Antonio. Fue copiosa, rica y estéril; soy del
todo incapaz de reconstruir esa obra maestra de postergación
y de vaguedad. A1 principio, yo estaba francamente encantado:
mis sugestiones no eran sólo aprobadas por don Antonio,
sino admiradas y amplificadas. Así, en etapas sucesivas,
se encaró la posibilidad de adquirir terrenos vecinos,
de construir una pileta de natación con sus vestuarios
correspondientes, de dotar a la finca de un reloj de sol,
de invernáculos, de una gran pajarera, de un frontón
de pelota vasca, de una gruta con cascada y de un laberinto.
Proyectamos también, para los fondos, un jardín
italiano escalonado, con cabezas yacentes de emperadores.
No juraría que se habló de un busto ecuestre
del pagador Chiclana, desaparecido en la guerra del Paraguay,
pero nada era imposible, esa tarde.
Desgraciadamente, don Antonio se desanimaba con la misma rapidez
con que se animaba: las dificultades de la ejecución
de un detalle mínimo de cualquiera de esos proyectos
interesantes lo hacían renunciar a todo. En cuanto
a gastos y honorarios no tuvimos ni un sí ni un no.
Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, me dio mala espina
porque sentí que no llegábamos a nada. Don Antonio
no quería (o no podía) comprometerse.
Claro está que tengo la conciencia tranquila; me plantifiqué
en el sofá y defendí, una a una, mis posiciones.
No me retiré hasta dadas las diez, cuando el propio
anfitrión me repitió que aprovechara un tren
que salía a los pocos minutos.
En la estación, el hambre pudo más, y me invité
a una milanesa a caballo y dos medios litros, cuyo importe
resolví cargar a la cuenta Ferrari. Las casuarinas
hacían un ruido como de mar y pensé en Eloísa.
No sé si la esperanza de verla, o el temor de hacer
un triste papel delante de Jiménez, cuyas indirectas
y directas, me tenían sin cuidado, o la voluntad de
no perder un negocio que se pincelara tan promisorio, me hizo
regresar a Burzaco, a los pocos días.
No les anuncié la visita; el estratega que hay en mí
optó por esgrimir el arma de la sorpresa, en interés
profesional.
Esta vez no me permití devaneos emocionales. Eloísa
podía seguir tan linda como antes, pero yo concretaba
la atención en un paredón con almenas que diera
toda la vuelta a la propiedad y que, si mi psiquismo no me
engañaba, acertaría con el gusto de don Antonio.
Eloísa abrió la puerta, me hizo pasar a la salita
y exclamando con voz atiplada me pescaste sin pintura, huyó
patio adentro. La esperé de perfil, una pierna cruzada
con negligencia, la mirada varonil abstraída en los
faunos del grupo mitológico.
Antes de que entrara percibí el extracto de cyclamen.
La sentí allí cerca y dije como si pensara en
voz alta, sin despegar los ojos del mármol:
- Hermosa obra de arte! i
Por la risita de Eloísa, comprendí que mi observación
de esteta había sido tomada como una galantería.
La verdad es que el homenaje era justo; cutis relativamente
fresco, bien llevados los tres o cuatro kilitos más,
blusa transparente sobre los hombros, la sonrisa insinuante
y los ojos tristes.
Se sentó junto a mí, en el sofá, casi
rozándome con el vuelo de la pollera. Empezó
reprochándome que yo frecuentara a las Hurtado, que
se habían mudado a la Capital (chicas que no le deben
nada a la hermosura; no te lucirás mucho, que digamos,
exhibiéndolas en los restaurantes) y remedó
el revolear de ojos de la mayor, con bastante gracia. Ponderé
sus dotes de actriz; me dijo que Torre Nilson le había
ofrecido un papel en una película. Esta eventualidad,
lo confieso, no dejó de alarmarme; los años
de la ausencia se habían borrado y yo sólo sabía
que estaba con Eloísa, otra vez, en el sofá
de siempre, y que mi desventura o mi ventura dependían
de sus palabras.
Mirándome en los ojos, me dijo:
-Ahora contame de vos; ya sabés que siempre me enloqueció
todo lo que sea arquitectura y decoración de interiores.
Nunca lo había sabido, pero le perfilé a grandes
rasgos la odisea del joven soñador que llega desde
el fondo de la provincia, sin otras armas que la ciencia y
el arte, y que se afana, bucea, brega y se impone. Sonó
en eso el teléfono.
Durante unos segundos, la posibilidad de que la llamara el
director de cine me atormentó. Primero dijo:
- Ah, venís a cenar.
Después:
-Te preparo unos tallarines al pesto?
Y, finalmente, con una voz que temblaba un poco:
- Está bien. Vos mandás.
Volvió a mi lado, pero la sentí lejana. Cuando
quise retomar el hilo y contarle la anécdota corrosiva
de lo que yo por poco le dije a la mesa examinadora, Eloísa
apoyó la cabeza en mi hombro v se echó a llorar.
Mi experiencia en el renglón mujeres me aconsejó
estrecharla entre mis brazos v arrebatarla en alas de la pasión.
Varias fórmulas se me venían a la mente: Eloísa
yo seré el arquitecto de su destino. Eloísa,
yo le ofrezco un hombre y un nombre, pero apenas acerté
con una palmadita en las espaldas.
Eloísa me miró con rabia.
-¿Qué es lo que tìene ella de mejor que
yo? -dijo, apartándose de mí.
Se trataba, asombrosamente, de Irma. La que telefoneó
era ella y había prohibido categóricamente que
invitaran a Clemen.
-Me ha dicho que si no le obedezco, que me atenga a las consecuencias
-agregó Eloísa, estrujándose las manos,
-¿Consecuencias? -repetí sin entender.
Entonces, Eloísa me contó todo.
La historia había empezado a raíz de uno de
tantos intrincados negocios de don Antonio. Este había
llegado a deber una modesta suma -cien o ciento cuarenta pesos-
a la firma Klaingutti. El día del vencímiento,
logró (mediante otra deuda) el importe, y encargó
a Eloísa que fuera personalmente a pagar. El doble
efecto que produciría un pago puntual hecho por una
muchacha bonita le parecía de inestimable valor para
otro nebuloso negocio que versaría sobre chapas acanaladas
y pointillé. Pero la avenida El Cano queda muy lejos
y Eloísa la mandó a Irma.
Era (Eloísa lo recordaba muy bien) un jueves de diciembre.
A las siete, Irma volvió con el recibo firmado por
el propio señor Klaingutti, y preparó, como
era costumbre, la cena. Nada singular ocurrió hasta
el jueves siguiente.
Ese día, Irma tomó el tren de las quince y treinta
y no regresó hasta entrada la noche. El padre, que
a pesar de sus fantasías, era muy estricto con las
chicas, empezó a amonestarla. Ella, sin hablar, abrió
la cartera, y dejó sobre la mesa un papel de quinientos
pesos. En la billetera había otro igual. Fue, desde
entonces, Eloísa la que preparó las comidas.
Así fueron pasando los años. En esa disciplina
precisa no hubo otra interrupción que la motivada,
en 1944, por un disgusto. Nunca pudo saber Eloísa las
razones de esa desavenencia que duró más de
un mes, durante el cual el señor Klaingutti no dejó
pasar un solo día sin telefonear o mandar flores, dulces
o delikatessen, que las hermanas y el padre tenían
orden de devolver.
Tampoco pudo averiguar Eloísa los detalles de la reconciliación:
una tarde, el chauffeur del señor Klaingutti llegó
en el coche gris. Irma le mandó decir que se fuera;
al día siguiente, el señor Klaingutti se apersonó
con aspecto lastimoso y muchas reverencias. Irma lo hizo esperar
una hora y se fue con él; desde entonces las cuotas
semanales fueron triplicadas.
Irma, eso sí, no se rebajó nunca a aceptar el
menor obsequia, ni siquiera los días de su cumpleaños.
El señor Klaingutti, una vez, le ofreció un
tapado de nutria. Ella se limitó a recibir el importe,
que invirtió luego, para no consentirlo, en uno de
astrakán.
A fines de 1949, Gladys cayó enferma. Durante tres
semanas, Irma no se movió de su cabecera y no dejó
que entraran en el cuarto ni Eloísa ni el padre. Pasó
malas noches cuidándola, con una especie de ternura
feroz; durante ese tiempo, el señor Klaingutti tuvo
la delicadeza de mandar cada jueves, a su cajero, con la cuota
habitual.
-Irma tiene locura con la mocosa -añadió Eloísa-.
Le arregló el casamiento con Chiclana y ahora, encima,
le hace construir el chalet.
Nada de lo que había dicho Eloísa me impresionó
como estas palabras. Apenas atiné a balbucear:
-Entonces, ¿no es don Antonio el que paga?
-¡Qué va a pagar! -fue la desconcertante respuesta-.
Papá no tiene más que la mensualidad que le
pasa Irma, y se la suspende si lo pesca debiendo un solo centavo.
¡Pobre de él si se mete en negocios! Irma es
una roca.
Había resentimiento en su voz. Francamente, no me gustó
que hablara así de una mujer a todas luces excepcional,
que contaba con el pleno apoyo del señor Klaingutti
y de quien dependía, en última instancia, la
edificación del chalet.
Eloísa prosiguió con malevolencia:
-El señor Klaingutti quiere casarse con ella, pero
Irma siempre le dice que no. Así lo tiene más
dominado. Es de rara... No concluyó la frase. Un automóvil
se había detenido en la puerta y segundos después,
entró Irma. Me puse apresuradamente de pie y ensayé
un saludo. Antes de contestarlo, la dama se volvió
hacia Eloísa:
-Ponete un chal. Ha refrescado.
Comprendí que la blusa de Eloísa era demasiado
transparente.
-Vengo rendida -exclamó Irma, ocupando el sofá-.
Había que poner un poco de orden en la filial Berazategui.
Al cabo de un silencio, en el que respeté sus pensamientos,
quise llevar la conversación al tema del chalet. Se
mostró reticente; dijo que la nueva pareja viviría
un tiempo en Los Alamos.
Cuando se quitó el sombrero, que era de color verde
oscuro, como los zapatos y el traje, me fue dado valorar su
severa belleza, quizá menos notable por la gracia que
por la autoridad.
Siempre velando por la corrección de su hogar, me sugirió
que no tenía por qué costearme a Burzaco y me
dictó un número de teléfono que correspondía
a una de las líneas internas de la red Klaingutti.
-A principios de la semana que viene, puede molestarse en
llamar. Para entonces, la secretaria tendrá órdenes
precisas.
Me tendió la mano.
Al querer despedirme de Eloísa, noté que ya
no estaba en la sala.
El martes, a más tardar, hablaré con la secretaria.
Acaso con Irma.
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