Luisa Mercedes Levinson
 

 

Borges y “La hermana de Eloísa”

Cuando me propuso escribir un cuento en colaboración casi me desmayo.
Borges, en 1954, no era conocido como ahora. Pero nosotros, los escritores, sabíamos de su grandeza. Le llamábamos “escritor para escritores”.
Yo tenía casi terminada otra novela, Concierto en mi. Se la había dado a leer a Borges y a su cuñado, el ensayista español, Guillermo de Torre.
El proceso de elaboración de “La hermana de Eloísa”, el cuento que escribí con Borges, fue peculiar. Caminábamos por toda la ciudad, por los barrios más inusitados, como Puente Alsina, llegábamos hasta Avellaneda, etc., tomábamos el tren y nos íbamos a las estaciones del Oeste. Así nació el argumento de ese cuento largo, que da título a un pequeño libro. El editor fue Julio César Gancedo. Tal vez no fue una gran realización. Para mí, lo valioso fue que, durante el proceso de elaboración, aprendí el arte de corregir. Borges venía a tomar el té todas las tardes y escribíamos durante dos o tres horas, una sola página. Era una novedad para mí, que fui siempre una atropellada. Cuando a Borges y a mí se nos ocurría una idea, Borges la sopesaba, la aclaraba, y la transformaba en síntesis.
Ahora, el proceso de escribir es también una larga aventura, pero las múltiples correcciones las hago sobre el texto, con la lapicera en la mano. Las tachaduras son incontables.

Luisa Mercedes Levinson





 

Cómo nació “El abra”




Cuando “La hermana de Eloísa” ya estuvo en prensa, mi pensamiento recuperó libertad. Como siempre, pasaba largas horas en la cama, mirando el techo. De pronto, la visión de una mujer atada a una hamaca paraguaya me obsesionó. Estaba frente a mí el argumento de “El abra”.
Elaboré este cuento con mucho cuidado y, sobre todo, con mucha pasión. No se lo quería mostrar ni a Borges ni a nuestro editor. Me daba vergüenza la parte sensual de ese tema.
Por una casualidad o causalidad vino a verme el diseñador del futuro libro, que acababa de regresar de Estados Unidos y Canadá. Le leí ese cuento y accedí a presentárselo, bajo promesa de que no lo mostraría a Borges ni a Gancedo, el amigo editor.
¿Qué subterfugio se operaba en mi subconsciente? Mi admirado Franz Kafka, antes de morir, había pedido a su amigo Max Brod que quemara toda su obra. Pero este no la quemó, sino que la difundió.
¿Por qué Kafka no había quemado su obra personalmente? ¿No habría un resquicio de su subconsciencia que, secretamente, lo inducía a esperar que su obra nunca fuera quemada?
Acaso yo también abrigaba la esperanza secreta de que “El abra” fuera leído por aquel Borges cuyo juicio yo admiraba.
Los misterios del ser son insondables. “El abra” fue acogido con entusiasmo por todos menos por mamá. Era sumamente fuerte para su gusto.
Por algún tiempo fui conocida como “la autora de ‘El abra’ ”. Espero que de aquí en adelante sea ahorcada y sumergida por Ursula. A lo mejor soy su fantasma.

Luisa Mercedes Levinson

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