Hebe Solves
Presentación del CDRom
¡Qué opio esperar! dicen las primeras
palabras de la primera novela de Luisa Valenzuela. Es la
voz de Clara, una chica que se planta a esperar a un señor
en una esquina y aunque viene del campo, ya tiene la impaciencia
de los beatniks y lleva los años sesenta en la sangre. Aquí
y ahora, la consigna de la época. Aquí y ahora, hay que
sonreír, el programa literario de Luisa Valenzuela, que
se cumple hasta el presente.
El mismo de Carlitos Gardel. La
sonrisa eterna a despecho del melodrama que va hilando otra clase de ficción,
el tango.
Porque Hay que sonreír podría ser el
relato repetido de la costurerita que dio aquel mal paso, si no fuera porque
aquí el relator es relatora: Clara es la que habla, desea, piensa, cuenta.
Después de vivir de la prostitución durante un tiempo, se enamora de un cantor
de tangos llamado Carlos y finalmente vive y trabaja de flor azteca con un Mago
(muy anterior a la Maga paralela de Cortazar).
Encarnando la voz de la
protagonista, la novela imita el melodrama habitual al tiempo que lo fractura,
nos cuenta y nos hace pensar, distanciarnos. Es el efecto de la parodia, que
impone una sonrisa. Parodia y ternura. Un cóctel muy de Luisa Valenzuela.
Fue la escritura desmesurada de esta
novela insólitamente coloquial, que urga en el lenguaje como en un mecanismo de
relojería, impensable para los usos de las escritoras de la época, (hay que ver
los comentarios un poco desconcertados y las críticas de los diarios, que incluimos
en la reedición virtual…), lo que creció y se armó y desarmó una y otra vez en
la obra posterior de Luisa Valenzuela
hasta llegar a Brevs.
Clara, por ejemplo, bien podría ser la chica que se conviritó en sidra,
la de los veintisiete novios y una manzana de los microrelatos.
Siempre me interesó, de la
literatura, lo que no es literatura. Hay que sonreír, por ejemplo, precipitó la
inspiración del pintor Osvaldo Borda, que realizó una serie de collages
magníficos, expuestos durante la presentación, en 1966. Además, dio lugar a un
audiovisual en el que actuaron Federico Luppi y Virginia Lago. Quisimos que la
reedición en CDRom, que vamos a presentar, tuviera la huella de este evento
multimedia avant la letre.
Por eso, ahora, y con el mismo
criterio multimedia, les propongo leer la novela con música de tango. Las
parejas de bailarines de tango, hoy, parodian la danza de la seducción y la
posesión imposible –dominio y sometimiento-
con humor y cierta distancia crítica. La parodia nos libera de los
papeles establecidos y al mismo tiempo el amor, tan ilusorio como real, sigue
renaciendo.
Desde otro punto de vista también se
puede leer el efecto de Hay que sonreír en la multiplicación de la literatura
escrita por mujeres que, con más o menos audacia y talento, somos hermanas de
Clara, y de Luisa. Ella inauguró un nuevo lenguaje entre nosotras, poniéndole
letra y voz a la pobre piba del arrabal para transformarla en una chica
desafiante, que enfrenta la muerte, dispuesta a realizar sus deseos y sus sueños y exhibir su propia
cabeza como la más hermosa y vital de las flores, la flor azteca de la
literatura y el circo.
Bien dice el poeta Leónidas
Lamborguini que la parodia desafía al poder. Esa es la apuesta política que
caracteriz a toda la obra de Luisa Valenzuela, desde Hay que sonreír a Cambio
de armas, Como en la Guerra, Aquí pasan cosas raras, Cola de lagartija,
Realidad Nacional desde la cama, Novela negra con argentinos, Travesía o Brevs.
Cuarenta años después de su publicación, en Buenos Aires, volvemos a
leernos en esta primera novela siempre joven y sonreímos. No hay que olvidar
que la sonrisa, como se dice en uno de los microrelatos, también sirve para
matar el tiempo antes de que el tiempo nos gane la partida.
Bailemos y riamos aquí y ahora, gracias
a las palabras. Gracias a la literatura. Gracias a Luisa
Valenzuela.