Guillermo Piro
Marcela Solá
Sobre
La Travesía Luisa Valenzuela
Publicado en La voz del Interior
Julio de 2001
ICI- Buenos Aires, Agosto 16, 2001
PEQUEÑO DISCURSO PARA LUISA VALENZUELA
Guillermo Piro
Hay que saber honrar a los maestros.
No es la primera vez que ejerzo este oficio en público, pero de cualquier forma
se vuelve una verdadera aventura alabarla a usted, estimada Luisa Valenzuela,
y tratar de argumentar por qué La travesía es su mejor libro. Para quien
no lo sepa, cada vez que abrimos la boca -incluso quienes no la han leído- caemos
en su forma de expresión: Luisa Valenzuela contagia.
Cuando en 1966 los primeros automóviles se embotellaban en la Autopista del sur, Valenzuela publicó Hay que sonreír. Hoy, después de 35 años, espacio durante el cual la autora ha presentado libro tras libro y sacudido parejos horizontes, nos disponemos a festejar la aparición de la nueva novela de una escritora a quien amigos y enemigos gustan de designar como "injustamente no reconocida lo suficiente en su país natal", como si alguna vez hubiese valido la pena apostar a los reconocidos, o como si reconocidos y no reconocidos no tuviesen la obligación de correr siempre por lo mejor. No pretendo insinuar que debemos honrar a una olvidada; siempre contó con amigos que no se cansaron de señalarla: Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Susan Sontag. Cortázar dijo: "Los mejores escritores argentinos trabajan en la búsqueda y muchas veces el hallazgo de un difícil equilibrio del que siempre ha surgido la gran literatura. Luisa Valenzuela me parece un acabado ejemplo de lo que afirmo". Yo agregaría que además a esos grandes escritores es posible consumirlos en la cocina, como los Viajes de Gulliver o el Robinson Crusoe. No sé por qué son libros que dan ganas de salir de paseo con ellos.
¿A dónde va Luisa Valenzuela? La figura de la protagonista de La travesía no se puede separar de su creadora. Si Valenzuela ha logrado algo, ha sido confirmarse en el papel de esa antropóloga, exaltada mitológicamente. En el mito griego, Glauco, el hijo de Sísifo, obtiene la inmortalidad bebiendo de una fuente mágica, pero como nadie cree en su transformación, se arroja al mar y se convierte en un dios marino que vaga en medio de las olas. Valenzuela se burla del mito de Glauco: a su personaje sólo parece faltarle un sí determinante, la experiencia mística, para saltar al mar de la divinidad con la misma agilidad con que se salta un charco. La travesía se lee como un canto de cisne, lo que basta para justificar que se le preste atención. La obra está llena de la resignación agridulce que sugiere el título. El elemento autobiográfico parece haber crecido hasta el extremo de que se lo puede considerar la apología pro vita sua de Valenzuela.
Pero me interesa particularmente Ava Taurel, la "famosa dominatrix licenciada para servir a usted". Las dominatrix parecen ser el oscuro objeto del deseo del año 2000. En Estados Unidos y en Europa son consideradas perversas tolerables, personas que incluso pueden ser buenas vecinas. Acuden a los programas de televisión, donde se pelean entre ellas como si fuesen divas de Hollywood; opinan de política, asisten a seminarios de psicoanálisis. En Estados Unidos, para poseer una cuantiosa bibliografía de verdadero maníaco, ni siquiera hay que comprar los libros por correspondencia o internet: basta entrar en cualquier librería. Allí se explica cómo ser "felizmente decadentes", o cómo adiestrar al propio partner con las mismas técnicas con que se adiestra al mastín napolitano que custodiará nuestra casa. Una de ellas, a los sesenta años, se hizo famosa por haber visto morir de un infarto, durante una sesión, a un cliente al que había atado como a un matambre. Después del escándalo, tuvo más clientes que antes. Pasó a ser, en sentido literal, la mujer "capaz de hacer que se te pare el corazón". Lo que probablemente muchos no sepan, es que Ava Taurel existe, probablemente es amiga de Valenzuela (es el tipo de mujeres que podrían ser amigas de Valenzuela). Cuando hubo que enseñarle a Renée Russo (que por primera vez tenía que desnudarse ante las cámaras a la tierna edad de 45 años) a ser felina y rapaz, sugestiva y excitante, los productores no fueron a buscar a una artista del strip-tease, como se hacía en otra época, sino que contrataron a Ava Taurel. Su encantadora presencia en la novela obliga a sustituir el machismo con el masoquismo, y propaga otro tipo de amor (palabra que, dicho sea de paso, rima con "dolor"). Además, resulta particularmente encantador volver a encontrarse con gente querida, y ya habíamos convivido con Ava Taurel en Novela negra con argentinos ("¿Soft bondage? ¿Hard bondage? ¿Ligaduras pesadas o livianas? ¿Cuero? ¿Cadenas? ¿Le gusta la ropa interior de mujer? ¿Tacos altos? ¿Prefiere mucho dolor, poco dolor? ¿Látigo? ¿Asfixia? [...] ¿Ganchillos en las tetillas? ¿Livianos? ¿Pesados? ¿Martirio genital? ¿Liviano? ¿Pesado?" Ese es el estilo encantador de Ava.)
La travesía hubiese podido llamarse La máquina del tiempo. El presente aburre, el futuro aterroriza. A la protagonista, el pasado no la condena, sino que la lleva a emprender un viaje finalizado el cual habrá sido capaz de recuperar su propio nombre, es decir, habrá sido capaz de averiguar quién era esa muchacha que accedió al pedido perverso de un marido secreto (se trata de unas cartas procaces escritas en su juventud, cartas que traicionan su propio deseo). No basta, como decía Homero (hay una teoría nueva que asegura que Homero fue una mujer) con dejar que el pasado sea pasado. El pasado a veces es "una perversidad hecha de cenizas" (esa frase, que cito de memoria, es de Anaïs Nin, o mejor dicho, quisiera que fuera de Anaïs Nin). El pasado es un prólogo, un "introito".
Cualquier intento de ofrecer una visión generalizadora sería infructuoso. Sin embargo, puedo arriesgar algunos parámetros. La travesía parece funcionar como un simple gancho del que cuelgan los típicos productos de la narrativa de Luisa Valenzuela: la exploración de las llamadas zonas oscuras, la mortaja de la censura, el erotismo, el retrato de la Argentina.
Lo que Valenzuela parece querer contemplar es el problema de las relaciones del novelista con su vida y quienes lo rodean. Esto no excluye la fantasía más desenfrenada, al contrario: por esta misma razón una novela puede ser cualquier cosa, independientemente (sobre todo independientemente) de las leyes, empezando por una aventura psicológica hasta llegar a algo que puede parecer un tratado filosófico o social. Pero evidentemente algo debe suceder allí dentro: las ideas deben ponerse en boca de seres vivos, no de maniquíes. La adulación de los gustos del llamado "público" o el temor de no ser apreciado por cierta camarilla hacen de la literatura argentina esa agua tibia que se le da a los enfermos para que vomiten. Ruego que no se me tilde de megalomanía ni del deseo de convencer a los presentes de que esta novela de Luisa Valenzuela constituye el ideal, y que todo lo demás son puras tonterías. Pero soy partidario de cierto compromiso moral en literatura, o, si se quiere, de cierta obligación social, de cierto deseo de enseñar las pequeñas virtudes a la gente mezquina que no quiere contemplar los problemas y ver su posible solución.
Estoy con Luisa en la infinita humildad de la página en blanco y en la infinita alegría de la venganza. Luisa pinta el pasado mientras el presente se despinta. El viejo tango de la pura nostalgia no le importa: lo que le importa es la felicidad.
Antes de terminar, sugiero que nos subamos a la página 232, donde encontraremos, el credo de Luisa Valenzuela: "Toda vida es un viaje o una búsqueda. La de ella ni más ni menos pero sin concesiones. O muy pocas. Algunitas nomás: la punta del pie para probar la temperatura del agua, la yema de los dedos de una mano para rozar apenas una piel muy tersa y después salir corriendo. También escapa. Y cancela. Raras veces, rara avis, raro estremecimiento al que responde. Con martillos le están golpeando la cabeza, le explotan las sienes. Este parecería ser el final de una historia que tuvo su espejo de alondras y fue sólo eso, espejo. Su afán reflejado en el deseo de otro que pasa a años luz, por distinta galaxia. ¿Serán así los encuentros de la edad adulta, un estar muy cerca por un rato para descubrir más allá un gran vacío? Piensa en su vida tan hecha de retazos, una busca de amor a lo largo de los años, según quiso creer, y así fue, de a ratos. Tantas veces se asomó al abismo de los ojos del otro: una navegación al garete, con las velas henchidas. Navegando al garete siempre aparecen sombras. Un derrotero fijo ahuyentaría las sombras y la tranquilizaría mucho. Pero empobrecería el viaje. ¿Y quién quiere un viaje empobrecido? ¿Y quién puede querer a una viajera impenitente?"
Presentación de Marcela Solá
La Historia es una infinita recreación de la memoria y La Travesía es la historia de un viaje a través de la memoria y a la vez de la construcción del futuro. La Travesía es no sólo un descubrimiento de lo que se ha dejado detrás sino de la manera en que los caminos no tomados, lo que quedó trunco, siguen desarrollándose con vida propia y es asimismo, para una protagonista que sólo es un pronombre personal en tercera persona, el viaje al encuentro con el nombre propio, que navega por debajo de la conciencia y del texto, y la apropiación final de su identidad.
Hay en alguna parte de Colorado, en los Estados Unidos, según cuenta Baudrillard, una línea de demarcación misteriosa, trazada por la naturaleza, donde se separan las zonas, las aguas; unas van para el Atlántico y otras hacia el Pacífico. Es una línea imaginaria, al igual que la que separa el pasado y el futuro, a la que llamamos presente. Cada decisión crea dos vertientes opuestas, la vida circula en sentido inverso, pero si bien cada fracción se aleja irremediablemente de la otra, sin embargo, de ambos lados de la separación, las cosas permanecen inseparables y lo que diverge cada vez más, se reúne en un momento dado. Es en ese momento que se instala el tiempo de esta novela, que transcurre en Manhattan en el presente, y, en forma simultánea, veinte años atrás en Buenos Aires en los momentos oscuros de la dictadura. Momentos encarnados en la misteriosa y perversa figura de Facundo Zuberbühler, marido desvanecido en el pasado de la protagonista, período del cual la entrañable historia contada por la protagonista --que le había sido esbozado por Rodolfo Walsh-- es la perfecta metáfora emblemática. En el presente La Travesía dibuja un prisma en el que sus caras: la memoria, el tiempo, el cuerpo, el sexo, la reflexión, el arte, remiten unos a otros incesantemente, y la escritura adquiere el velocísimo ritmo mental propio de Nueva York, ciudad donde al decir de la propia protagonista, no se duerme para no perderse lo fascinante que ocurre a cada minuto, ciudad que le gusta porque no permite cerrar los ojos. Tampoco la novela permite cerrarlos ni desviar la atención porque algo importante puede estarse gestando, y hay que ser capaz de discernirlo en todo momento.
En Nueva York, ciudad volcada hacia el futuro, es difícil viajar hacia el pasado, y esa continua tensión está presente asimismo en el lenguaje, en su capacidad de operar simultáneamente en direcciones opuestas -como cánones invertidos- lo que al mismo tiempo produce una sensación de infinita libertad, que es otra característica singular de esta novela.
La Travesía reproduce la lógica interna del funcionamiento del teatro de la memoria de Giulio Camillo con su variedad de imágenes, figuras y ornamentos, dispuestas en gradas o pilares que representaban la historia en expansión del pensamiento divino. La novela se despliega asimismo en haces, (la protagonista utiliza la imagen de las varillas del abanico, donde ella es el nódulo que las une) y comienza en el Museo de Arte Moderno, el MoMa, con una cita a ciegas, ideada por la protagonista, y que metafóricamente la enfrenta con su propia cita ciega con el destino. Ese destino que no está por delante sino por detrás, en la forma de cartas lúbricas y lascivas enviadas por Ella, desde los cuatro puntos de la tierra, a su misterioso marido lejano. En palabras de Ella, única manera como se denomina hasta el final de la novela, "una autobiografía apócrifa que se iría transformando en un erotismo oral desaforado".
Los cuadros de Schwitter, que están expuestos en el museo, los sentirá a su vez como metáfora de su propia vida: "hecha de retazos, tan hecha de papeles e hilos superpuestos, de rostros un poco fraccionados, borrosos, lejanos". Esa cita pergeñada por Ella, y el recuerdo de sus cartas la enfrenta con la sospecha de que creyendo cumplir con el deseo de los demás, está cumpliendo con el propio. De allí en adelante, la prueba de La Travesía será la de recuperar sus deseos más oscuros, como propios; para eso Ella sube y baja por la memoria, el tiempo, el cuerpo, el sexo, los sentimientos y de manera oculta, ocultísima, pudorosamente esconde por medio del lenguaje -el cual una y otra vez borra lo que va apareciendo- por un anhelo profundo de amor, y también de sentido, de un sentido que pueda, finalmente, constituirse como narración, como historia.
En esta novela hablan un cuerpo rotundamente presente y una delicada sensibilidad. Y ambos sufren, a su manera, la marca del deseo insatisfecho. La brecha entre ese anhelo profundo y la vida de Ella hasta ese momento es tan grande que da perfecta cuenta de la herida que produce ese desfasaje, por más que la escritura se esfuerce por colocarse en la más absoluta cotidianeidad en el momento en que esa herida comienza a hacerse visible. Apenas sentimos que el lenguaje comienza a fluir aparece, como una extrasístole, algo que interrumpe la continuidad de la emoción. Hay en esta escritura la voluntad explícita de no seducir al lector, de forzarlo a trasponer cierto umbral de comprensión. "Paren la seducción, bajémonos de este tren que nos lleva por vías demasiado establecidas, previsibles! ¿Paren la seducción? Pregunta él para nada convencido; ¿podrías explicarme el porqué de tan drástica medida? Ella siente ganas de llorar. La seducción mata el diálogo". Y hablando de sus cartas, escritas a pedir de Facundo, dice la protagonista que a diferencia de Anaïs Nin que odiaba a su coleccionista que le exigía borrar toda poesía y literatura de los cuentos que le pedía y limitarse a una descripción de sexo explícito, "en su caso quien no lograba meter poesía en parte alguna era ella, ella era la que siempre metía y mete un ojo clínico donde más valdría una visión romántica".
En el estilo del escritor está su metafísica, dice Sartre. Resulta difícil seguir la frase entrecortada, la respiración arrítmica de las palabras, la reflexión profunda en la que nos embarcamos con felicidad hasta que en forma inadvertida, sin solución de continuidad, nos cierran la puerta en la cara con una frase cortante o el verbo en el lugar inesperado que se cuelan para obturar el paso fácil. Esas frases cortantes en las cuales -a diferencia de la escultura de vidrio de su amiga que el huracán ha deshecho en pedacitos domesticados de idéntico tamaño- las palabras no son palabras de seguridad, sino que se rompen en pedazos disímiles, caóticos, de muy variadas formas y medidas. Algo más peligro e interesante que un montoncito de vidrio de seguridad. En La Travesía, como en todo verdadero viaje, las acrobacias se hacen sin red.
Como Nueva York, esta novela es proteica y está llena de variopintos personajes, entrañables y con historias versátiles e extravagantes. Hay bellísimas y conmovedores historias de amores inusitados, tiernos y desgarradores. Hay también un erotismo explícito y desenfadado raro de encontrar en la literatura argentina, un erotismo que conjuga la imaginación con el crudo sexo, lo femenino del deseo con la genitalidad masculina, mezclando ingredientes que hacen del goce de los sentidos una experiencia límite y única donde se funden las fronteras entre el afuera y el adentro, a la mejor manera de la iniciación sagrada. Este erotismo está atravesado por una escritura de una vitalidad desvergonzada y primitiva tan fuerte que las palabras se materializan y nos convierten en voyeurs, de lectores pasamos a ser mirones, hay ciertas escenas en que ya no se está leyendo la novela sino que se la está mirando. Otras veces es el tacto el que puede tocar las palabras de tan cercanas y concretas como nos resultan.
Y está la memorable historia de su amigo Bolek, y el Museo Viviente de Creedmoor, un complejo psiquiátrico situado en las afueras de Nueva York. Allí, en un enorme refectorio abandonado, los internados trabajan y pintan dirigidos por Bolek, en cuatro salas llamadas Campos de Batalla, dedicadas a diferentes temas. La idea es llegar a representar década por década las diez que configuraron el siglo veinte. Allí tendrá lugar la noche de Walpurgis, en la que se dan cita los muertos de la memoria, y Ella tendrá que atravesar el miedo y conversar con los muertos, como Ulises, en su propia travesía, cuando baja al Hades.
Y como todo viaje del héroe, antes de llegar a destino, debe pasar por las pruebas, que son en este caso, las del fuego, el aire, el agua, todos pasos necesarios para hacer el pan, saber que le es transmitido por una vieja panadera sabia, en un rito que es el de la iniciación. A esto seguirá, como en toda iniciación que se precie, la muerte. En este caso de un interno en Creedmoor, a raíz de lo cuál Ella organiza una ceremonia de purificación donde redime su pasado al rescatar sus deseos para sí y súbitamente decide volver a la Argentina. Cuando la vuelta a casa es posible se hace dueña de su nombre, que aparece por una única vez en la novela.
Y así, lo que comenzó en el MoMa, el museo de la memoria, del pasado, termina en el Museo del Futuro, museo viviente y siempre renovado. Allí la memoria resulta finalmente integrada al presente y por lo tanto al futuro. El sentido en tanto que dirección ha podido ser narrado y, finalmente, ha adquirido un destino. La Travesía, en su recorrido, se ha transformado en narración y está a salvo en la morada de la escritura.