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Debemos contactarnos con hombres y mujeres del mundo para
establecer de una vez por todas las bases del club y redactar
los estatutos. La tarea podría ser sencilla si nos
pusiéramos de acuerdo, pero tememos que la cosa se
complique con el problema de la diversidad de idiomas y, lo
que es más, con el problema de los dialectos. ¡Cómo
detesto los dialectos! Lo entorpecen todo, hacen que ciudadanos
de tercera se sientan importantes, dueños de su habla,
y despierten a la subversión. No quiero ni pensar lo
que ocurre en el Africa, donde ni siquiera se entienden entre
sí quienes viven a escasos kilómetros de distancia.
O en Guatemala, donde se hablan hasta treinta y tres idiomas
y dialectos diferentes. Nada nos importa que se entiendan
entre sí, pues la mutua comprensión podría
actuar en detrimento de las reglas del club, pero es imprescindible
que haya consenso absoluto y por lo tanto la integración
de negros y latinoamericanos resulta crucial para llevar a
cabo nuestra magna labor. Un apostolado casi, como siempre
señalo, y digo casi porque no quisiera espantar a los
nuevos postulantes. Digamos mejor, a los reclutas. Cosa delicada,
el lenguaje: debemos afinar nuestro instrumento a la perfección
para que no quepa ni un adarme de duda, ni una mínima
gota de ambigüedad o incertidumbre.
Todos lo sabrán todo y me veré así libre
de obligaciones. El club no aspira a otra cosa que al saber,
el club es (será) una asociación sin fines de
lucro. Universal, eterna, envolvente, tal como lo asentarán
nuestros estatutos. Claro que la eternidad no será
una condición preliminar del club, será la causa.
Mejor dicho, será el efecto al que aspiramos. Hay que
hablar con propiedad, no nos cansamos de repetirlo, hay que
darles a las palabras su justo valor, su peso.
Tendremos calibradores de palabras pero primero habremos optado
por el lenguaje unificador del club. El Club, como de ahora
en adelante denominaremos a este planeta, ex Tierra. Un nombre
tan ambiguo, Tierra, de malsanas implicaciones, que borraremos
de un plumazo, sí, dado con las plumas del plumero
que es lo más indicado en estas circunstancias. Y llegará
el día cuando el Universo entero sea el Club y ya no
habrá más verso, en el doble sentido de poesía
y engaño (una y la misma cosa). He aquí el problema
con el doble sentido: se presta a confusión sin por
eso ofrecernos la más mínima posibilidad de
riqueza. Con el doble sentido no crecemos, nos vemos tan sólo
aplastados bajo su enorme peso, y por eso mismo aquí
os digo y repito: aboliremos el doble sentido por decreto.
Nada de lo que sea dicho tendrá otro valor que el resplandeciente
valor denotativo. Y por eso os digo: no habrá más
medias tintas, ni lapsus de la lengua, ni aviesas intenciones,
ni ocultamientos. Os digo y os repito, ya nadie podrá
querer lo opuesto de aquello que reclama, no habrá
más mensajes contradictorios. La Interpretación
será tema del pasado; conservaremos eso sí su
museo y recorriendo las largas galerías de divanes,
las vastas bibliotecas inaccesibles, los gráficos falsos
de la mente, podrán los miembros del Club (que muy
pronto serán todos los habitantes del planeta), podrán
tener, digo, una impresión fehaciente del horror que
fue aquello.
Nadie dirá blanco si quiere decir negro, nadie diciendo
malo hará referencia a lo bueno. Nadie usará
la doble negativa, que es un asentimiento. Todo lenguaje será
por demás transparente. Haremos de la transparencia
nuestro culto.
Como es natural, la diplomacia quedará abolida por
esta disposición sencilla, y también la política.
Esas artes nefandas. Quedará abolido el arte que ha
sido y fue la peor lacra. En todos los idiomas quedará
abolida la palabra arte hasta que el lenguaje unificador del
club vuelva obsoletos los idiomas y con ellos ese vocablo
tan proclive a sembrar confusiones.
Y ni hablar de los llamados artistas. Merecerían todo
nuestro desprecio si no fuera que también son humanos
y por ello miembros potenciales del Club, distinguidos colegas.
Habrá para los artistas campos especiales de rehabilitación,
a considerable distancia de los campos de rehabilitación
para políticos.
Reforzando la certidumbre mantendremos la paz.
Unificando el idioma tendremos todos unidad de sentido, de
ideales, no habrá forma de generar presuposiciones
ni de entablar conflictos. No habrá alusión
alguna ni metáfora.
Cada miembro del club, cada habitante de este planeta Club,
será designado por mí personalmente y registrado
en el libro de socios.
De ahora en adelante llamaremos al pan, pan, y al vino, vino,
como siempre debió haber sido. No habrá más
malos entendidos, el pan no será mi Cuerpo ni el vino
mi Sangre, los sexos estarán claramente definidos,
así como las atribuciones individuales.
Ya no tendrán por qué llamarme Dios. Ni siquiera
Presidente del Club. Me iré a retirar al campo, aunque
retirarme no será más la palabra, ni será
la palabra la palabra campo.
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