|
Vivo a la vera del bosque, cosa que suena dulcemente bucólica
pero en este caso es a más no poder urbana. Aunque
fronteriza. Vivo en la frontera de lo que en otras ciudades
se llamaría el bosque central, aquí apenas central
en tres de los cuatro costados. En el cuarto el bosque delimita
con la nada, es decir con ese río tan vasto que no
deja ver la otra orilla.
Ahí vivo por elección. Me gusta. Y quiera aprovecharlo
al máximo, para lo cual tengo perro que disfruta de
cada árbol y de todo centímetro de tierra y
no deja de husmear cada rincón y de marcar territorio
como si fuera propio. Y por consecuencia, mío. Se me
podría acusar de apropiación por vía
del meo canino, si no fuera que somos muchos los que por acá
paseamos o nos dejamos pasear por estos cuadrúpedos
afables, los mejores amigos del hombre, como dicen. Los mejores
amigos de la mujer, también, que buena compañía
me brinda este bastardo.
Su certificado de vacuna antirrábica afirma: de raza
mestizo. Gran cosa. Y le digo a los que preguntan la estúpida
pregunta que se trata de una raza peruana (y perruna, naturalmente).
Raza llamada cuzco, y el que quiere entender que entienda.
Se trata de un cuzco negro, simpático, cachorrón,
efusivo, al que en la intimidad del hogar llamo el Supergroncho.
En la calle responde cuando se le da la gana al más
culto apelativo de Sombra. Sí, es macho, vuelvo a aclarar
como tantas veces en la calle. Sombra es el apellido. Lo llamamos
por su apellido, como don Segundo (Sombra). Su primer nombre
es a veces Nelson y a veces Angel, pero no usamos ni el uno
ni el otro: Nelson en homenaje a Mandela, y Angel porque en
algún lado leí que la manchita blanca que lucen
ciertos perros negros es la marca del ángel. Este lleva
a su ángel en el medio del pecho como una afirmación,
breve pero rotunda.
Es un cuzco mediano, peludito, orejita parada y cola mohawk
algo cursi. Animal muy poco intimidante. Y sin embargo, la
otra noche vivió su hora de gloria.
Habrá que tenerle más respeto.
Cuando se eriza tiene algo de hienita negra. Chiquita, para
hiena.
Era bien tarde cuando salimos con mi amigo a pasearlo entre
los árboles. Y ahí no más, a la vuelta
de casa, a metros del asfalto, le conocí el calibre.
De mi amigo no puedo decir lo mismo.
En la noche de marras un hombre apareció de golpe,
un tipo que dejó a sus espaldas lo que podríamos
llamar la civilización y empezó a internarse
en el bosque (urbano). El perro que no entiende de fronteras
se le fue al humo, quizá queriendo defender a su caperucita
(yo) de ese enemigo lobo. Se le fue al humo y lo chumbó
a prudencial distancia y el hombre desatendiendo las sabias
recomendaciones en semejante circunstancia desdichada no supo
quedarse quieto y se empezó a sacudir, nervioso, sin
saber hacia dónde enfilar.
No se mueva- le recomendé mientras me iba acercando.
No se mueva, es cachorro, no le va a hacer nada.
E1 tipo no estaba para sensateces y, como en corrido mexicano,
echó mano a la cintura y una pistola sacó. Revólver
o pistola de muy buen tamaño, debo reconocer, aunque
desconozco detalles de balística.
Agarre al perro o lo mato me dijo el tipo. Le creí.
Le creí y por esos pasmosos milagros de la mente humana
en la cual no puede una confiar en absoluto, no sentí
ni una pizca de miedo, imprudente de mí. En el bosque
aunque bastante cerca de la orilla. En ese descampado a las
dos de la mañana sin un alma (¿y mi amigo?),
sola sí con perro que le ladraba. Al otro. Perro chumbándole
al chumbo. Incontenible.
Me acerqué parsimoniosamente para no alarmar a la dupla
canhombre que, revólver por medio como un hiato, como
la célebre barra entre significado y significante,
formaban un todo.
Estas sesudas reflexiones no las tuve entonces. Apenas a duras
penas las tengo ahora, ya lejos de toda amenaza.
Entonces tuve otra impensada salida que ahora no tildo de
sesuda, sino de suicida. Porque fue sujetar al can (parsimoniosamente,
ya lo he dicho), levantar la vista y tras fija observación
del amenazado amenazador, exclamar con tono liviano:
¿Qué hacés vos tan joven con un revólver?
Frase que ahora me suena y sé que estoy en lo cierto-
a lo más insensato de la tierra.
Pero en aquel momento, del alma, del más recóndito
rincón donde se agazapan las exclamaciones que acabarán
por perdernos, me salió la antológica frase:
¿Qué hacés vos?, etcétera.
Tengo colección de ésas. En otra oportunidad
exclamé Soy una señora grande, cuando me quiso
violar o algo parecido un colectivero despistado. Pero ésa
es otra historia. Qué hacés vos tan joven con
un revólver es la frase que hoy nos preocupa. A mí
y a mi perro. Porque lo que es a mi interlocutor de aquella
noche, la pregunta le resultó lo suficientemente lógica
dadas las circunstancias como para contestarla
Soy policía me dijo.
Y logró despertar mis iras que hasta ese instante estaban
dormitando a la deriva.
Policía, mascullé entre dientes, tenerle miedo
a este cuzquito, vergüenza debiera darle, cagón,
y pensar que pacíficas ciudadanas como una esperan
que nos defiendan, policía, cagón, y para colmo
prepotente.
Reflexiones sensatas todas ellas generadas por las circunstancias
pero afortunadamente masculladas, espero, como ya estipulé,
masculladas entre dientes, cargadas de veneno, sopladas con
asco pero con cierta contención y medida mientras en
el fondo del jardín, mi fornido acompañante
y amigo se hacía el oso.
Acerqueme entonces a él y díjele Vayamos a la
comisaria.
¿A la comisaría? Estás loca. Vos sabés
en qué país estamos, mujer, la cana puede ser
peor que los chorros.
Ese tipo tenia un chumbo.
¿Y qué? ¿Te vas a arriesgar por eso?
Lo menos que te puede pasar es perder el tiempo, que te tengan
ahí horas y horas para tomarte la denuncia. Lo más,
no sabemos. Y de todos modos, si él es cana, ¿qué
vas a lograr denunciándolo?
Nada. Lo voy a humillar, eso, lo voy a humillar. Imaginate,
tenerle miedo a este cuzquito de morondanga.
En el camino, entre protestas, mi amigo me contó la
historia de la mujer que oyó ruidos en su casa de campo
y espió por la ventana y vio a alguien intentando robarle
la bomba de agua. Puso a funcionar la bomba. El tipo huyó.
A la mañana siguiente, en la correa del motor encontró
un dedo cercenado. Y más tarde encontró el complemento:
desde la puerta de la comisaría donde había
ido a hacer la denuncia vio, a tiempo, al joven cabo con la
mano vendada y la venda ensangrentada. Pudo huir, si huir
es en este caso la palabra.
Digamos que escuché la historia con media oreja. Mi
obsesión de humillar al maldito era más fuerte
que toda sensatez. Y también mi miedo ¿qué
hacía un hombre armado paseándose tranquilamente
a la vera de mi hogar? Tenía una pregunta en la punta
de la lengua.
¿Tienen ustedes personal de civil patrullando la zona?
formulé en tono digno al llegar a destino.
No me contestaron los azules con igual dignidad. En absoluto.
Y entonces me largué a narrar la vicisitud canina escamoteando
el detalle de mis balbuceos indignados. Yo sabía, dije
muy ufana, recalcando la rima. Yo sabía que no podía
ser policía. ¡Tenerle miedo a un cuzquito de
este porte!, me indigné para que no quedaran dudas
del porte del cuzquito ni del indigno coraje del hombre armado.
Los azules resultaron bastante bonachones, debo admitir. Lo
miraron a Sombra, sonrieron, me dejaron progresar en mi diatriba,
llamaron a un tercero.
Soy el subcomisario Fulano dijo el tercero. En qué
puedo servirla dijo.
De civil ese tercero pero de porte imponente.
Bueno le dije, soy le dije, vecina de la zona, y me pasó
tal y tal cosa y yo sabía que no podía ser policía
de civil como dijo porque claro, asustarse, ¿vio?,
de este tierno animalito tan poco intimidante, bla, bla.
¿Cómo era el sujeto?
Era así, y asá, delgado, con bigote. Y cobarde.
¿Cómo puede ser que ande esa gente armada suelta
por mi barrio?
Hay personal de civil custodiando el hipódromo.
Está lejos, el hipódromo.
Sí, pero los muchachos se distraen mirando los autos
estacionados en el bosque...
Con parejas (no lo dijo). Se distraen (dijo). Cómo
(no lo dijo). Y yo juro que no para vengarme, más bien
para hacerme la que no registraba esa frase tan cargada de
significados inquietantes, y yo entonces quise dar vuelta
al mostrador tras el cual se escudaba el subco y mostrarle
de cerca al cuzco con ánimo de desprestigiar para siempre
a su atacante.
Ni un guardia del hipo... empecé a decir, minimizando
a mi humilde perrito.
¡No se acerque! casi gritó el subcomisario.
¿No se acerque? Lo miré, interrogante, azorada.
Espantada, más bien.
Soy alérgico, aclaró el subcomisario, tarde.
Salimos medio corriendo de la comisaría, con mi amigo,
porque no pudimos contener más las carcajadas. Y nos
reímos por cuadras y cuadras en medio de la noche,
hasta que por fin descubrí el motivo que me había
llevado hasta la comisaría, arriesgando no digo mi
libertad pero sí mi tiempo y aun, quizá, mi
tranquilidad de espíritu.
Había ido, sencillamente, para conseguirle un final
a esta historia. O más bien un estrambote.
Si esto es la vida, yo soy Caperucita
Roja
Le dije toma nena, llévale esta canastita llena de
cosas buenas a tu abuelita. Abrígate que hace frío,
le dije. No le dije ponte la capita colorada que te tejió
la abuelita porque esto último no era demasiado exacto.
Pero estaba implícito. Esa abuela no teje todavía.
Aunque capita colorada hay, la nena la ha estrenado ya y estoy
segura de que se la va a poner porque le dije que afuera hacía
frío, y eso es cierto. Siempre hace frío, afuera,
aun en los más tórridos días de verano;
la nena lo sahe y últimamente cuando sale se pone su
caperucita.
Hace poco que usa su capita con capucha adosada, se la ve
bien de colorado, cada tanto, y de todos modos le guste o
no le guste se la pone, sabe donde empieza la realidad y terminan
los caprichos. Lo sahe aunque no quiera: aunque diga que le
duele la barriga.
De lo otro la previne, también. Siempre estoy previniendo
y no me escucha.
No la escucho, o apenas. Igual huhe de ponerme la Ilamada
caperucita sin pensarlo dos veces y emprendí el camino
hacia el bosque. El camino que atravesará el bosque,
el largo larguísimo caminoasí lo esperoque más
allá del hosque me llevará a la caMaña
de mi ahuela.
Llegar ha.sta el hosque propiamente dicho me tomo tiempo.
A1 principio me trepaba a cuanto árbol con posihilidades
se me c.ruzaba en el camino. Eso me dio una cierta visión
de conjunto pero muy poca oportunidad de avance.
Fue mamá quien mencionc~ la palabra lobo.
Yo la conozco pero no la digo. Yo trato de cuidarme porque
estoy alcanzando una zona del bosque con árholes muy
grandes y muy enhiestos. Por ahora los miro de reojo ccm la
caheza gacha.
No, nena, dice mamá.
A mamá la escucho pero no la oigo. Quiero decir, a
mamá la oigo pero no la escucho. De lejos como en sordina.
No nena
Eso le digo. Con tan magros resultados.
No. El lobo
Lo oigo, lo digo: no sirve de mucho.
O sí: evito algunas sendas muy abruptas o giros en
el camino del bosque que pueden precipitarme a los abismos.
Los abismos me temo- me van a gustar. Me gustan.
No nena.
Pero si a vos también te gustan, mamá.
Me as/gustan.
El miedo. Compartimos el miedo. Y quizá nos guste.
Cuidado nena con el lobo feroz (es la madre que habla).
Es la madre que habla. La nena también habla y las
voces se superponen y se anulan.
Cuidado
¿Con qué? ¿De quién?
Cerca o lejos de esa voz de madre que a veces oigo como si
estuvieras en mí, voy por el camino recogiendo alguna
frutilla silvestre. La frutilla puede tener un gusto un poco
amargo detrás de la dulzura. No la meto en la canasta,
la lamo, me la como. Alguna semillita diminuta se me queda
incrustada entre los dientes y después añoro
el gusto de esa exacta frutilla.
No se puede volver para atrás. AI final de la página
se sabrá: al final del camino.
Yo me echo a andar por sendas desconocidas. El lobo se asoma
a lo lejos entre los árboles, me hace señas
a veces obscenas. A1 principio no entiendo muy bien y lo saludo
con la mano. Igual me asusto. Igual sigo avanzando.
Esa tierna viejecita hacia la que nos encaminamos es la abuela.
Tiene los cabellos blancos, un chal sobre los hombros y teje
y teje
en su dulce cabaña de troncos. Teje la añoranza
de lo rojo, teje la caperuza para mí, para la niña
que a lo largo de este largo camino será niña
mientras la madre espera en la otra punta del bosque al resguardo
en su casa de ladrillos donde todo parece seguro y ordenado
y la pobre madre hace lo que puede. Se aburre.
Avanzando por su camino umbroso Caperucita, como la llamaremos
a partir de ahora, tiene poca ocasión de aburrimiento
y mucha posibilidad de desencanto.
La vida es decepcionante, llora fuera del bosque un hombre
o más bien lagrimea y Caperucita sabe de ese hombre
que citando una vieja canción lagrimea quizá
a causa del alcohol o más bien a causa de las lágrimas:
incoloras, inodoras, salobres eso sí, lágrimas
que por adelantado Caperucita va saboreando en su forestal
camino mucho antes de toparse con los troncos más rugosos.
No son troncos lo que ella busca por ahora. Busca dulces y
coloridos frutos para llevarse a la boca o para meter en su
canastita, esa misma que colgada de su brazo transcurre por
el tiempo para lograr si logra- cumplir su destino de ser
depositada a los pies de la abuela.
Y la abuela saboreará los frutos que le llegarán
quizá un poco marchitos, contará las historias.
De amor, como corresponde, las historias, tejidas por ella
con cuidado y a la vez con cierta desprolijidad que podemos
llamar inspiración, o gula. La abuela también
va a ser osada, la abuela también le está abriendo
al lobo la puerta en este instante.
Porque siempre hay un lobo.
Quizá sea el mismo lobo, quizá a la abuela
le guste, o le haya tomado cariño ya, o acabará
por aceptarlo.
Caperucita al avanzar sólo oye la voz de la madre como
si fuera parte de su propia voz pero en tono más grave:
Cuidado con el lobo, le dice esa voz materna.
Como si ella no supiera.
Y cada tanto el lobo asoma su feo morro peludo. Al principio
es discreto, después poco a poco va tomando confianza
y va dejándose entrever, a veces asoma una pata como
garra y otras una sonrisa falsa que le descubre los colmillos.
Caperucita no quiere ni pensar en el lobo. Quiere ignorarlo,
olvidarlo. No puede.
El lobo no tiene voz, sólo un gruñido, y ya
está llamándola a Caperucita en el primer instante
de distracción por la senda del hosque.
Bella niña, le dice.
A todas les dirás lo mismo, lobo.
Soy sólo tuyo, niña, Caperucita, hermosa.
Ella no le cree. A1 menos no puede creer la primera parte:
puede que ella sea hertnosa, sí, pero el lobo es ajeno.
Mi madre me ha prevenido, me previene: cuídate del
loho, mi tierna niñita cándida, inocente, frágil,
vestidita de rojo.
¿Por qué lne mandó al bosque, entonces?
¿Por qué es inevitable el camino que conduce
a la ahuela?
La alouela es la que sahe, la ahuela ya ha recorrido ese
camino, la ahuela se ccmstruyc'~ su choza de propia mano y
después si alguien dice que hay un leñador no
debemos creerle. La presencia del leñadc~r es pura
interpretaciem moderna.
E1 lx~sque se va lnaciencio trc~pical, el calor se deja sentir,
da ga.nas por momentos de arrancarse la capa o más
hien arrancarse el resto de la ropa y envuelta sólo
en la capa que estal adquiriendo k~rillos en sus pliegues
revolcarse sohre el refrescante musgo.
Hay frutas tentadoras por estas latitudes. Muchas al alcance
de la mano. I~ay homhres como frutas: los hay dulces, sahrc~sos,
jugosos, urticantes.
Es cuestión de irlos prohando de a poquito.
¿CuW tc~s sapc~s hahrá que hesar hasta dar
con el príncipe?
¿(~uántos I«hos, pregunto, nc~s tocarán
en vida?
Lc~l~o tenemos uno s6lo. Quienes nos toca.n son apenas su
S<)n 11)I'al.
¿IWnde vas, Caperucita, con esa canastita tan ahierta,
tan llena d.e promesas?, me pregunta el lohc~, relamiénd.ose
las fauces.
Andá a cagar, le contestc~, porque me siento grande,
envalentonada.
Y reanudo mi viaje.
El bosque tan rico en posibilidades parece inofensivo. Madre
me dijo cuidado con el lobo, y me mandó al bosque.
Ha transcurrido mucho camino desde ese primer paso y sin embargo,
sin embargo me lo sigue diciendo cada tanto, a veces muy despacio,
al oído, a veces pegándome un grito que me hace
dar un respingo y me detiene un rato.
Me quedo temblando, agazapada en lo posible bajo alguna hoja
gigante, protectora, de ésas que a veces se encuentran
por el bosque tropical y los nativos usan para resguardarse
de la lluvia. Llueve mucho en esta zona y una puede llegar
a sentirse muy sola, sobre todo cuando la voz de madre previene
contra el lobo y el lobo anda por ahí y a una se le
despierta el miedo. Es prudencia, le dicen.
Por suerte a veces puede aparecer alguno que desata ese nudo.
Esta fruta sí que me la como, le pego mi tarascón
y a la vez
la meto con cuidado en la canasta para dársela a abuela.
Madre sonríe, yo retozo y me relamo. Quizá el
lobo también. Alguna hilacha de mi roja capa se engancha
en una rama y al tener que partir lloro y llora mi capa roja,
algo desgarrada.
Después logro avanzar un poco, chiflando bajito, haciéndome
la desentendida, sin abandonar en ningún momento mi
canasta. Si tengo que cargarla la cargo y trato de que no
me pese demasiado. No por eso dejo ni dejaré de irle
incorporando todo aquello que pueda darle placer a abuela.
Ella sabe. Pero el placer es sobre todo mío.
Mi madre en cambio me previene, me advierte, me reconviene
y me apostrofa. Igual me mandó al bosque. Parece que
abuelita es mi destino mientras madre se queda en casa cerrándole
la puerta al lobo.
El lobo insiste en preguntarme dónde voy y yo suelo
decirle la verdad, pero no cuento qué camino he de
tomar ni qué cosas haré en ese camino ni cuánto
habré de demorarme. Tampoco yo lo sé, si vamos
al caso, sólo sé y no se lo digo- que no me
disgustan los recovecos ni las grutas umbrosas si encuentro
compañía, y algunas frutas cosecho en el camino
y hasta quizá florezca, y mi madre me dice sí,
florecer florece pero ten cuidado. Con el lobo, me dice, cuidado
con el lobo y yo ya tengo la misma voz de madre y es la voz
que escuché desde un principio: toma nena, llévale
esta canastilla, etcétera. Y ten cuidado con el lobo.
¿Y para eso me mandó al bosque?
El lobo no parece tan malo. Parece domesticable, a veces.
El rojo de mi capa se hace radiante al sol de mediodía.
Y es mediodía en el bosque y voy a disfrutarlo.
A veces aparece alguno que me toma de la mano, otro a veces
me empuja y sale corriendo; puede llegar a ser el mismo. El
lobo gruñe, despotrica, impreca, yo sólo lo
oigo cuando aúlla de lejos y me llama.
Atiendo ese llamado. A medida que avanzo en el camino más
atiendo ese llamado y más miedo me da. El lobo.
A veces para tentarlo me pongo piel de oveja.
A veces me le acerco a propósito y lo azuzo.
Búúú, lobo, globo, bobo, le grito. Él
me desprecia.
A veces cuando duermo sola en medio del bosque siento que
anda muy cerca, casi encima, y me transmite escozores nada
desagradables.
A veces con tal de no sentirlo duermo con el primer hombre
que se me cruza, cualquier desconocido que parezca sabroso.
Y entonces al lobo lo siento más que nunca. No siempre
me repugna, pero madre me grita.
Cierta tarde de plomo, muy bella, me detuve frente a un acerado
estanque a mirar las aves blancas. Gaviotas en pleno vuelo
a ras del agua, garzas en una pata esbeltas contra el gris
del paisaje, realzadas en la niebla.
Quizá me demoré demasiado contemplando. El hecho
es que al retomar camino encontré entre las hojas uno
de esos clásicos espejos. Me agaché, lo alcé
y no pude menos que dirigirle la ya clásica pregunta:
espejito, espejito, ¿quién es la más
bonita? ¡Tu madre, boluda! Te equivocaste de historia
me contestó el espejo.
¿Equivocarme, yo? Lo miré fijo, al espejo, desafiándolo,
y vi naturalmente el rostro de mi madre. No le había
pasado ni un minuto, igualita estaba al día cuando
me fletó al bosque camino a lo de abuela. Sólo
le sobraba ese rasguño en la frente que yo me había
hecho la noche anterior con una rama baja. Eso, y unas arrugas
de preocupación, más mías que de ella.
Me reí, se rió, nos reímos, me reí
de este lado y del otro lado del espejo, todo pareció
más libre, más liviano; por ahí hasta
rió el espejo. Y sobre todo el lobo.
Desde ese día lo llamo Pirincho, al lobo. Cuando puedo.
Cuando me animo.
A1 espejo lo dejé donde lo había encontrado.
También él estaba cumpliendo una misión,
el pobre: que se embrome, por lo tanto, que siga laburando.
Me alejé sin echarle ni un vistazo al reflejo de mi
bella capa que parece haber cobrado un nuevo señorío
y se me ciñe al cuerpo.
Ahora madre y yo vamos como tomadas de la mano, del brazo,
del hombro. Consustanciadas. Ella cree saber, yo avanzo. Ella
puede ser la temerosa y yo la temeraria.
Total, la madre soy yo y desde mí mandé a míniña
al bosque. Lo sé, de inmediato lo olvido y esa voz
de madre vuelve a llegarme desde afuera.
De esta forma hemos avanzado mucho.
Yo soy Caperucita. Soy mi propia madre, avanzo hacia la abuela,
me acecha el lobo.
¿Y en ese bosque no hay otros animales?, me preguntan
los desprevenidos. Por supuesto que sí. Los hay de
toda laya, de todo color, tamaño y contextura. Pero
el susodicho es el peor de todos y me sigue de cerca, no me
pierde pisada.
Hay bípedos implumes muy sabrosos; otros que prometen
ser sabrosos y después resultan amargos o indigestos.
Hay algunos que me dejan con hambre. La canastita se me habría
llenado tiempo atrás si no fuera como un harril sin
fondo. Ahuela va a saber apreciarlo.
Alguno de los sabrosos me acompaña por tramos bastante
largos. Noto entonces que el bosque poco a poco va cambiand.o
de piel. Tenemos que movernos entre cactus de aguzadas espinas
o avanzar por pantanos o todo se vuelve tan inocuo que me
voy alejando del otrora sabroso, sin proponérmelo,
y de golpe me encuentro de nuevo avanzando a solas en el bosque
de siempre.
Uno que yo sé se agita, me revuelve las tripas.
Pirincho. Mi lobo.
Parece que la familiaridad no le cae en gracia.
Se me ha alejado. A veces lo oigo aullar a la distancia y
lo extraño. Creo que hasta lo he llamado en alguna
oportunidad,
sobre todo para que me refresque la memoria. Porque ahora
de tarde en tarde me cruzo con alguno de los sabrosos y a
los pocos pasos lo olvido. Nos miramos a fondo, nos gustamos,
nos tocamos la punta de los dedos y después ¿qué?,
yo sigo avanzando como si tuviera que ir a alguna parte, como
si fuera cuestión de apurarse, y lo pierdo. En algún
recodo del camino me olvido de él, corro un ratito
y ya no lo tengo más a mi lado. No vuelvo atrás
para buscarlo. Y era alguien con quien hubiera podido ser
feliz, o al menos vibrar un poco.
Ay, lobo, lobo, ¿dónde te habrás metido?
Me temo que esto me pasa por haberle confesado adónde
iba. Pero se lo dije hace tanto, éramos inocentes...
Por un camino tan intenso como éste, tan vital, llegar
a destino no parece atractivo. ¿Estará la casa
de abuelita en el medio del bosque o a su vera? ¿Se
acabará el bosque donde empieza mi abuela? ¿Tejerá
ella con lianas o con fibras de algodón o de lino?
¿Me podrá zurcir la capa?
Tantas preguntas.
No tengo apuro por llegar y encontrar respuestas, si las
hay. Que esper~,~rieja; y vos, madre, disculpáme. Tu
misión la cumplo pero a rr~i pr pio paso. Eso sí,
no he abandonado la canasta ni por un instante. Sigo cargando
tus vituallas enriquecidas por las que le fui añadiendo
en el camino, de mi propia cosecha. Y ya que estamos, decíme,
madre: la abuela, ¿a su vez te mandó para allá,
al lugar desde donde zarpé? ¿Siempre tendremos
que recorrer el bosque de una punta a la otra?
Para eso más vale que nos coma el lobo en el camino.
¿Lobo está?
¿Dónde está?
Sintiéndome abandonada, con los ojos llenos de lágrimas,
me detengo a remendar mi capa ya bastante raída. A
estas alturas el bosque tiene más espinas que hojas.
Algunas me son útiles: si ant~s me desgarraron la capa,
ahora a modo de alfileres que mantengan unidos los jirones.
Con la capa remendada, suelta, corro por el bosque y es como
si volara y me siento feliz. A1 verme pasar así, alguno
de los desprevenidos pega un manotón pretendiendo agarrarme
de la capa, pero sólo logra quedarse con un trozo de
tela que alguna vez fue roja.
A mí ya no me importa. La mano no me importa ni me
importa mi capa. Sólo quiero correr y desprenderme.
Ya nadie se acuerda de mi nombre. Ya habrán salido
otras caperucitas por el bosque a juntar sus frutillas. No
las culpo. Alguna hasta quizá haya nacido de mí
y yo en alguna parte debo de estarle diciendo: nena, niñita
hermosa, llévale esta canastita a tu abuela que vive
del otro lado del bosque. Pero ten cuidado con el lobo. Es
el Lobo Feroz.
¡Feroz! ¡Es como para morirse de la risa!
Feroz era mi lobo, el que se me ha escapado.
Las caperucitas de hoy tienen lobos benignos, incapaces. Ineptos.
No como el mío, reflexiono, y creo recordar el final
de la historia.
Y por eso me apuro.
El bosque ya no encierra secretos para mí aunque me
reserva cada tanto alguna sorpresita agradable. Me detengo
el tiempo necesario para incorporarla a mi canasta y nada
más. Sigo adelante. Voy en pos de mi abuela (al menos
eso creo).
Y cuando por fin Ilego a la puerta de su prolija cabaña
hecha de troncos, me detengo un rato ante el umbral para retomar
aliento. No quiero que me vea así con la lengua colgante,
roja como supo ser mi caperuza, no quiero que me vea con los
colmillos al aire y la baba chorreándome de las fauces.
Tengo frío, tengo los pelos ásperos y erizados,
no quiero que me vea así, que me confunda con otro.
En el dintel de mi abuela me lamo las heridas, aúllo
por lo bajo, me repongo y recompongo.
No quiero asustar a la dulce ancianita: el camino ha sido
arduo, doloroso por momentos, por momentos sublime.
Me voy alisando la pelambre para que no se me note lo sublime.
Traigo la canasta llena. Y todo para ella. Que una mala impresión
no estropee tamaño sacrificio.
Dormito un rato tendida frente a su puerta pero el frío
de la noche me decide a golpear. Y entro. Y la noto a abuelita
muy cambiada.
Muy, pero muy cambiada. Y eso que nunca la había visto
antes.
Ella me saluda, me llama, me invita.
Me invita a meterme en la cama, a su lado.
Acepto la invitación. La noto cambiada pero extrañamente
familiar.
Y cuando voy a expresar mi asombro, una voz en mí habla
como si estuviera repitiendo algo antiquísimo y comenta:
Abuelita, qué orejas tan grandes tienes, abuelita,
qué ojos tan grandes, qué nariz tan peluda
(sin ánimos de desmerecer a nadie).
Y cuando abro la boca para mencionar su boca que a su vez
se va abriendo, acabo por reconocerla.
La reconozco, lo reconozco, me reconozco.
Y la boca traga v por fin somos una.
Calentita.
Transparencia
Debemos contactarnos con hombres y mujeres del mundo para establecer
de una vez por todas las bases del club y redactar los estatutos.
La tarea podría ser sencilla si nos pusiéramos
de acuerdo, pero tememos que la cosa se complique con el problema
de la diversidad de idiomas y, lo que es más, con el
problema de los dialectos. ¡Cómo detesto los dialectos!
Lo entorpecen todo, hacen que ciudadanos de tercera se sientan
importantes, dueños de su habla, y despierten a la subversión.
No quiero ni pensar lo que ocurre en el Africa, donde ni siquiera
se entienden entre sí quienes viven a escasos kilómetros
de distancia. O en Guatemala, donde se hablan hasta treinta
y tres idiomas y dialectos diferentes. Nada nos importa que
se entiendan entre sí, pues la mutua comprensión
podría actuar en detrimento de las reglas del club, pero
es imprescindible que haya consenso absoluto y por lo tanto
la integración de negros y latinoamericanos resulta crucial
para llevar a cabo nuestra magna labor. Un apostolado casi,
como siempre señalo, y digo casi porque no quisiera espantar
a los nuevos postulantes. Digamos mejor, a los reclutas. Cosa
delicada, el lenguaje: debemos afinar nuestro instrumento a
la perfección para que no quepa ni un adarme de duda,
ni una mínima gota de ambigüedad o incertidumbre.
Todos lo sabrán todo y me veré así libre
de obligaciones. El club no aspira a otra cosa que al saber,
el club es (será) una asociación sin fines de
lucro. Universal, eterna, envolvente, tal como lo asentarán
nuestros estatutos. Claro que la eternidad no será una
condición preliminar del club, será la causa.
Mejor dicho, será el efecto al que aspiramos. Hay que
hablar con propiedad, no nos cansamos de repetirlo, hay que
darles a las palabras su justo valor, su peso.
Tendremos calibradores de palabras pero primero habremos optado
por el lenguaje unificador del club. El Club, como de ahora
en adelante denominaremos a este planeta, ex Tierra. Un nombre
tan ambiguo, Tierra, de malsanas implicaciones, que borraremos
de un plumazo, sí, dado con las plumas del plumero que
es lo más indicado en estas circunstancias. Y llegará
el día cuando el Universo entero sea el Club y ya no
habrá más verso, en el doble sentido de poesía
y engaño (una y la misma cosa). He aquí el problema
con el doble sentido: se presta a confusión sin por eso
ofrecernos la más mínima posibilidad de riqueza.
Con el doble sentido no crecemos, nos vemos tan sólo
aplastados bajo su enorme peso, y por eso mismo aquí
os digo y repito: aboliremos el doble sentido por decreto. Nada
de lo que sea dicho tendrá otro valor que el resplandeciente
valor denotativo. Y por eso os digo: no habrá más
medias tintas, ni lapsus de la lengua, ni aviesas intenciones,
ni ocultamientos. Os digo y os repito, ya nadie podrá
querer lo opuesto de aquello que reclama, no habrá más
mensajes contradictorios. La Interpretación será
tema del pasado; conservaremos eso sí su museo y recorriendo
las largas galerías de divanes, las vastas bibliotecas
inaccesibles, los gráficos falsos de la mente, podrán
los miembros del Club (que muy pronto serán todos los
habitantes del planeta), podrán tener, digo, una impresión
fehaciente del horror que fue aquello.
Nadie dirá blanco si quiere decir negro, nadie diciendo
malo hará referencia a lo bueno. Nadie usará la
doble negativa, que es un asentimiento. Todo lenguaje será
por demás transparente. Haremos de la transparencia nuestro
culto.
Como es natural, la diplomacia quedará abolida por esta
disposición sencilla, y también la política.
Esas artes nefandas. Quedará abolido el arte que ha sido
y fue la peor lacra. En todos los idiomas quedará abolida
la palabra arte hasta que el lenguaje unificador del club vuelva
obsoletos los idiomas y con ellos ese vocablo tan proclive a
sembrar confusiones.
Y ni hablar de los llamados artistas. Merecerían todo
nuestro desprecio si no fuera que también son humanos
y por ello miembros potenciales del Club, distinguidos colegas.
Habrá para los artistas campos especiales de rehabilitación,
a considerable distancia de los campos de rehabilitación
para políticos.
Reforzando la certidumbre mantendremos la paz.
Unificando el idioma tendremos todos unidad de sentido, de ideales,
no habrá forma de generar presuposiciones ni de entablar
conflictos. No habrá alusión alguna ni metáfora.
Cada miembro del club, cada habitante de este planeta Club,
será designado por mí personalmente y registrado
en el libro de socios.
De ahora en adelante llamaremos al pan, pan, y al vino, vino,
como siempre debió haber sido. No habrá más
malos entendidos, el pan no será mi Cuerpo ni el vino
mi Sangre, los sexos estarán claramente definidos, así
como las atribuciones individuales.
Ya no tendrán por qué llamarme Dios. Ni siquiera
Presidente del Club. Me iré a retirar al campo, aunque
retirarme no será más la palabra, ni será
la palabra la palabra campo.
Densidad de la palabra
Simetrías
Por Luisa Valenzuela
(Sudamericana)
Luisa Valenzuela es hija de Luisa Mercedes Levinson. El lector
dirá: “De casta le viene al galgo”, pero,
para seguir con refranes, “Algo va de Pedro a Pedro”,
y de Luisa a Luisa. La capacidad imaginativa sí la
hereda, pero no su modalidad. Literariamente, Luisa no es
hija de su madre, de la que se distingue con perfil propio,
delineado por media docena de novelas y otra de libros de
cuentos. Simetrías organiza sus piezas en cuatro secciones
y un texto contrapuntístico, solitario y final, que
bautiza el libro. Significativamente, cada una de esas partes
revela rasgos definitorios de su narrativa, más perceptibles
en textos breves como éstos, que en los novelísticos,
en mi estimación, menos logrados.
“Cortes” reúne piezas que no siempre desarrollan
una historia, sino que proponen una situación de escasa
acción con final sorpresivo o de giro brusco, como
en “Tango” o “El zurcidor invisible”.
Una de sus preferencias es tensar una escena hasta lo intolerable,
por ejemplo, en “El café quieto”, convirtiéndolo
en una breve imagen del infierno del tedio. LV es diestra
en potenciar como resorte oprimido gradualmente- situaciones
estrechas, adensándolas en espacio acotado y tornándolas
en ombligos de un pequeño mundo que gira en torno de
ellas. Sabe hacer virtud de la limitación.
La segunda sección, “Tormentas” sale del
ámbito corriente y le hace sitio a lo extraño.
“El deseo hace subir las aguas” muestra a una
recién casada que enfurece y clama porque su habitación
del hotel veneciano, en que ha de pasar la luna de miel, no
da a uno de los canales umbrosos. El despertar del día
siguiente muestra que las aguas, como a su conjunto, han inundado
la pieza y la ciudad toda. Esto es una imagen de otro de los
rasgos que identifican la narrativa de LV: en ella siempre
hay elementos invasores, inundatorios, que desbordan los lindes
y rompen los límites; elementos que laten tras lo visible
cotidiano hasta que afloran aluvionales. “El protector
de tempestades” está compuesto según la
misma técnica con que Borges entreteje dos historias
con un punto en común, el fluir de un río continuo,
o, ya no el agua, su opuesto, el incendio en “Todos
los fuegos, el fuego” de Cortázar. Aquí,
todas las tormentas, la tormenta, en las confidencias de dos
mujeres. La sección tercera, “Mesianismos”,
alude en su nombre al surgimiento de aparentes redenciones.
“Transparencia” es el nuevo mensaje de la creación
de El Club, donde cada uno diga lo que realmente piensa. El
humor se insinúa en los comentarios: la diplomacia,
la política y la literatura quedan excluidos, por no
llamar al pan, pan y al vino, vino. La voz que expone el proyecto
nos depara una revelación: “Ya no tendrán
que llamarme Dios. Ni siquiera Presidente del Club...”
En otro relato, “La risa del amo que es el Bajísimo-
pone en escena un rito satánico que consume en llamas
a sus mismos celebrantes. Por último, la pieza más
siniestra de la colección: “El enviado”,
los sobrevivientes de la catástrofe aérea son
rescatados, pero empiezan a morir languideciendo. Sólo
uno se recupera. Cuando su padre advierte que sufre “síndrome
de abstinencia”, incorpora a sus comidas un trocito
de carne humana. La rehabilitación se transforma en
liturgia y en macabra comunión, para satisfacer la
cual comienzan a matar hombres. El vocabulario religioso se
infiltra en esta pieza, confundiendo los planos e instaurando
la ambigüedad.
La sección final, “Cuentos de Hades” (y
de hadas, a medias) es la de imaginación más
creativa del volumen pese a que, paradójicamente, se
apoya en los relatos feéricos tradicionales. Continúa
un juego de variantes que han ejecutado entre nosotros Anderson
Imbert, Denevi y Ana María Shúa en Casa de geishas.
Las piezas de esta línea de LV están transidas
de cierta vibración maligna (un personaje es Brhaada:
bruja más hada). “No se detiene el progreso”
es una versión sabrosa de la Bella Durmiente y “La
llave”, de Barbazul. Recomiendo particularmente dos
de estos relatos. “La densidad de las palabras”,
excelente aprovechamiento de un lugar común expresivo:
“echar por la boca sapos y culebras”. Es un símbolo
sugerente del oficio del escritor y una imagen de la dinámica
imaginativa de LV. La otra pieza, “Avatares”,
enlaza los destinos y entreteje los nombres de sus dos protagonistas:
Blancacienta y Ceninieves. Si para los griegos era doloroso,
para el lector se tornará gozoso este descenso al Hades
de la mano experta de Luisa Valenzuela: Perséfone in
tenebras. (191 páginas.)
Pedro Luis Barcia
La Nación. Cultura
3 de febrero de 1994
Simetrías
Por Luisa Valenzuela
Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 170 páginas.
Para Luisa Valenzuela, escritora argentina contemporánea,
cada cuento es una aventura en dos niveles: el temático
y el técnico. No es difícil imaginarla ante
el embrión de una idea, pensando cuánto más
puede exigirle, hasta dónde puede llegar para decirle
a su cómplice, el lector, nada más que lo indispensable.
Su nuevo volumen contiene diecinueve cuentos agrupados en
cinco temas: “Cortes”, “Tormentas”,
“Mesianismos”, “Cuentos de Hades”
y “Simetrías”.
En el primer grupo utilizó la polisemia de la palabra
"corte" en sentido literal y figurado. Por ejemplo
los cortes del "Tango"; cortar el cordón
umbilical ("Cuchillo y madre"), o como sinónimo
de apuñalar en "El zurcidor invisible", entre
otros. Son cuentos realistas que penetran en la psicología
femenina.
Las tormentas del segundo grupo transcurren en Venecia ("El
deseo hace subir las aguas"), en Punta del Este o en
Nicaragua ( "El protector de tempestades "), pero
lo importante se encrespa en la interioridad de las parejas
protagónicas. La tensión erótica se une
a la tensión narrativa mediante una estructura siempre
interesante.
De los cuentos mesiánicos preferimos "Transparencias",
el monólogo de Dios reorganizando la Tierra sobre la
base de un lenguaje sin ambigüedades ni doble sentido.
Si bien en la mayoría de los cuentos aparecen los juegos
con el lenguaje, creemos que es en éste donde logra
una mayor originalidad.
Lo que parece una errata en el subtítulo de "Cuentos
de Hades", es una forma muy sutil de dar a entender que
en ellos se distorsiona, deforma, cambia el sentido de los
cuentos originales. Los personajes confunden y mezclan sus
roles arrastrando la acción hacia senderos desconocidos:
Caperucita, el lobo y la abuelita, Blancacienta y Ceninieves,
Brhada mezcla de bruja y hada- una Bella Durmiente de pinceladas
tan surrealistas como una pintura de Max Ernst ("de sus
gráciles brazos van creciendo poco a poco unos zarcillos
viscosos"). Príncipes y princesas narran sorprendiéndonos
con la a veces dramática intromisión de elementos
de la realidad.
En el último cuento, el que da nombre al libro, dos
historias corren entrelazadas: un mono enamorado de la mujer
de un coronel y otro coronel enamorado de una guerrillera
a la que tortura. La simetría entre ambas historias
se va ajustando hacia el irónico y salvaje final.
La novelista de Hay que sonreír, Como en la guerra,
El gato eficaz, Cola de Lagartija, Realidad nacional desde
la cama y Novela negra con argentinos; la cuentista de Los
heréticos, Aquí pasan cosas raras, Libro que
no muerde, Cambio de armas y Donde viven las águilas
narra con un estilo fuerte y despojado de adornos. Aunque
a veces, pocas, hace sonreír con un humor explícito
como el de "Estrambote", es más frecuente
que el humor corra disimulado, irónico, ácido,
tan inquietante como lo son sus tramas y sus personajes.
Irene Ferrari
La Prensa, 28 de noviembre de 1993.
|