|
1
Sin sospechar la superposición de planos, sin saber
nada del campamento militar o de la villa miseria, una mujer
ha ido a buscar refugio en un cierto alejado club de campo.
Está sola por propia voluntad o por intolerancia, y
le ha dado por mantener largos diálogos interiores
sólo para distraerse. Se dice, por ejemplo
Nací bajo el signo de Pregunta como otros bajo Capricornio
o Leo. No por eso estoy más predispuesta que otros
a la duda o al autocuestionamiento, pero conozco a fondo la
verdadera ambivalencia. Tengo mi ascendente en Ojos, un signo
dual, como Tetas o Testis o Twin Towers, pero la gente de
Tetas es pasiva y nutricia, la de Testis afirmativa a ultranza,
la de Twin Towers regida por Mercurio- tiene un acertado sentido
comercial. Me gustaría tener un poco de todas esas
cualidades, por así llamarlas; me gustaría pero
no tanto, un poquito, tal vez, cuando las necesite.
La mujer trata de enfocar la mente en algo más acorde
con las circunstancias. No lo logra del todo; vuelve al tema.
Con ascendente en Ojos tendría que estar mirando y
mirando sin concesión alguna, pero desde que llegué
algo hay que me obliga a mantener los ojos entornados y no
permite que la luz penetre mi cerebro y me fuerce a un nuevo
cuestionamiento del tipo ¿qué hace una chica
como yo en un lugar como éste?
Y este lugar es mi propio país retorné a mi
país- y yo ya no soy tan chica, más bien todo
lo contrario, y de nuevo estoy divagando, inventando, yéndome
por las ramas, en lugar de.
Así es y no puede evitarlo.
Se internó otra no es la palabra- en este club de campo
en busca de refugio, para ir viendo despacito, para contestarse
sempiternas preguntas. Se internó como en un hospital,
no en un bosque o en el mar o en el sueño o. En busca
de refugio. Refugio espiritual, que le dicen, a la espera
de que algún vientito cálido le infle una vez
más las velas y pueda una vez más ponerse en
marcha. Esta calma chicha que le nace de adentro la tiene
desconcertada, pero ¿quién puede pretender moverse
después de haberse movido tanto por el mundo?
La mujer necesita descanso. Ha vuelto a su país al
cabo de una larga ausencia y le cuesta reintegrarse a esta
realidad tan otra, tan distinta de la que dejó atrás
en otra época. Yace en la cama y tal vez recompone
el pensamiento, tal vez revive y reconstruye como puede.
El otro día su amiga Carla, no tan amiga, no tan vieja
amiga, su nueva amiga Carla la encontró tirada como
trapo y le dijo
No te podés quedar acá encerrada, por lo menos
andá a tomar aire de campo; te doy la llave de mi búngalo
en el club, en realidad un studio. Chiquitito pero acogedor.
Allí al menos vas a tener distracción, en la
ciudad te me vas a achicharrar de calor y para nada. Para
quedarte acá como muerta, como zombi.
No puedo moverme, le objetó ella. ¿Cómo
querés que vaya a parte alguna? Pero aceptó
para no tener que verle más la cara a la amiga Carla.
Metió en un bolso lo más imprescindible, las
sábanas blancas y un camisón blanco y un cuaderno
en blanco. Emblemático todo. Y partió hacia
esa destinación desconocida tan poco amenazadora. Al
menos eso creyó entonces.
Carla le había dicho El mío no es uno de esos
clubs de campo ostentosos, quizá no te impresione a
vos que venís del extranjero, pero es un sitio muy
protegido y exclusivo. Ahí no entra cualquiera.
Carla no sopló ni palabra sobre las inmediaciones del
club ni sobre ciertas actividades extracurriculares, y de
todos modos la mujer hubiera podido pensar que nada de todo
eso era de su incumbencia. Inocente ella, a esa altura del
partido.
Ahora, ya en el club de campo, tampoco quiere saber nada de
nada todavía. Carla le había dicho que María
la iba a atender bien, no le había aclarado ni quién
era María, a ella no le interesó nada del ser
sino del estar y por eso casi ni se había dirigido
a María al llegar, ni le había dicho su nombre
ni le había hecho pedido alguno. María por lo
tanto la llama Señora, y ella se siente bien como Señora,
en la cama, sin ganas de moverse.
Escasísimos muebles parece haber en el recinto. A
su llegada notó las cortinas corridas y le hizo bien
meterse lo más rápido posible en la cama, en
esa penumbra cálida; se tapó la cabeza con la
sábana y jugó a que estaba en una carpa en medio
del desierto con el Arabe aquél, con mayúscula,
el del libro que de adolescentes leían a escondidas
creyendo que era de lo más picante, como entonces se
decía por osado. Pensó en Manucha que le había
prestado el libro mil años atrás, pensó
en Juanjo y en Richa y en los otros, no tuvo ganas de cazar
el fono y decirles Hola, heme aquí de vuelta al pago,
volví para quedarme, hace años que no nos vemos.
No tuvo ganas de decirles nada. Nada. Y eso que el teléfono
está al alcance de la mano, en la mesita de luz, junto
a la cartera donde tiene la libreta de direcciones.
De todos modos el sueño la agarró rápido,
la primera noche.
Ahora también duerme, es de día y ella no lo
ha notado porque las cortinas están corridas. Cura
de sueño, como quien dice. ¿No entran ruidos
de afuera? Los ruidos parecerían estar como en sordina,
por ahora.
(pp 7 a 9)
|