CRÓNICAS DE PUEBLOROJO
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Donde viven las águilas

Crónicas de Pueblorrojo

I

Llegó a este pueblo de nadie con su atadito al hombro. Estaba harto ya de los pueblos de alguien, los ajenos.
Lo primero que hizo fue escribir su nombre en una roca: una manera como cualquier otra de sentar sus dominios y además de vengarse de la piedra. Bastante lo habían hecho sufrir, las piedras sobre todo cuando arrojadas por manos desconocidas le daban en plena cara. ¿Culpa de la piedra? No, claro, pero a la piedra la conoce y puede vengarse de ella con confianza, en cambio la mano que arroja es siempre una mano anónima y entonces ¿qué? Manos anónimas hay demasiadas en este mundo aunque pocas sean tan infames como para arrojarle piedras justamente a él, que suele ser tan indiferente.
En este pueblo, por suerte, no manos, no pies, no nada humano sólo arena roja, piedra roja, pueblo confundido con la montaña y desde años abandonado.
Hola, fue lo primero que le dijo al pueblo en general pero dirigiéndose sobre todo a cierta casa allí a la izquierda, que parecía la más acogedora. O al menos la más íntegra. Paredes de adobe rojo color de la tierra, y una absoluta y desenfadada ausencia de techo que le permitía ver las estrellas de la manera más desconocida para él, la menos metafórica. En esa casa largó sus bártulos e instaló sus cuarteles. Es decir que estiró bien la bolsa de dormir para que no hiciera arrugas y sacó de su atado el calentador y la pava.
Mientras preparaba parsimoniosamente el mate se dijo: Aquí estoy yo. Y nunca estuvo él tanto en sitio alguno como en este pueblo de nadie todo para él solo.
El mate tuvo otro sabor a pesar de estar hecho con la yerba de los pueblos donde lo habían apedreado, y le iba quedando poca.
Poca yerba se llamó a sí mismo, un sonido mucho más agradable que el de su viejo nombre, ahora abandonado para siempre en una roca a la entrada del pueblo.
Desnudo de nombre se sintió mucho mejor, tan sólo Pocayerba como un taparrabos: era andar más liviano, más acorde con el aire del pueblo. Añadió leña al fuego, hizo una gran hoguera dentro de la casa y se alegró de que no tuviera techo ni puerta ni cosa alguna que fuera combustible.
A la mañana siguiente iría de recorrida por el pueblo tomando posesión de las cosas poniéndoles carteles. Por eso no echó al fuego las maderas que le parecían más apropiadas, tablones sobre los que podría escribir -por ejemplo- comisaría o cárcel, posada, iglesia o alcaldía.
Pero a la mañana siguiente los primeros rayos de sol aún no lo habían despertado cuando lo despertaron los indios bajados de la alta montaña. Los vio como una mancha de color allí en el pueblo rojo, con sus ponchos con dibujos geométricos. Para dirigirse a él respetuosamente se sacaron el sombrero:
-Disculpe, don, pero acá no puede hacer fuego. No puede haber vida en este pueblo.
-¿Por qué?- les preguntó asombrado. Y le contestaron: Porque es un pueblo muerto. Y él tuvo que entender, quisiera o no quisiera, porque más se negaron a decirle y pegaron media vuelta, dejándolo con esa dulce recomendación que era casi una advertencia.
Pueblo muerto mi abuela, se dijo él sin darse cuenta de que así no más era. Se dijo otras cuantas cosas mientras empezó a ir de puerta en puerta clavando sus carteles con creciente entusiasmo, como para resucitar al pueblo. Por lo pronto el ruido de la piedra martillando lo hizo vibrar de otra manera y las antiguas paredes de adobe se sacudieron como la cola de un perro agradecido. Después, con casas acarteladas, etiquetadas, fue como si hubiera gente. Panadería, imagínense allí entre las rocas, o almacén de ramos generales y botica. (Cárcel no puso porque le pareció hiriente.)
Pocayerba entraba en cada recinto -algunos más bien del todo derruidos- y cumplía con los gestos del ritual obligado:
-Pase nomás, señora -le decía a una brisa-. Tenemos los mejores productos de la región, ¿qué va a llevar?
Pueblo muerto, ¡ja! El, Pocayerba, sabía que Pueblomuerto no, pueblorrojo vital y radiante bajo el rayo de sol. Un poco reseco, eso sí, como la piel de víbora de fue lo único animal que encontró en su largo recorrido por el pueblo. Ni un pajarito, ni una hormiga, nada. Mejor, se dijo, eso quiere decir que no se me meterán arañas en la bolsa de dormir. Pero no era un consuelo encontrarse tan así, sin compañía. Pueblo de nadie ni de nada, sólo un hilito de agua que corría a lo lejos sin llevar un solo pececito.
Pocayerba contaba con los indios para procurarse un poco de comida pero desde aquel primer día los indios nunca más volvieron a bajar. Sólo a veces, por las noches, Pocayerba creía oír desde lo alto sus voces que le gritaban: pueblo muerto, pueblo muerto. Pero nunca más se aventuraron los indios hasta el valle.
Y Pocayerba, empeñado en resucitar al pueblo, no notó cómo iba él mismo pareciéndose al pueblo: colorado y reseco. Colorado por el polvo que se le metía en los poros, reseco por el sol imperdonante. ¡Pobre Pocayerba! Era ya casi nada de yerba. Puropalo. Sin embargo con ganas seguía chupeteando del mate cada vez más lavado y así fueron pasando unos días que a él se le hicieron años y supo ser feliz por largos ratos. Supo, es decir que por fin aprendió a estarse quieto contra una pared de adobe permitiéndole a la felicidad invadirlo de a poco. Feliz mientras contemplaba los distintos tonos de la montaña roja o cuando clavaba nuevos carteles con leyendas fantasiosas: sueñería, arcoisería burdel de luxe. Feliz mientras avanzaba por las calles requete desiertas del desierto y ni escuchaba los gritos de pueblo muerto que a veces le lanzaban, o creía que le lanzaban, los de arriba. De todos modos gritos, ¿no?, era cosa indolora; no como las piedras con las que lo atacaban en los pueblos vivos por donde había arrastrado su aire angelical tan irritante.
Avanzaba por el pueblo rojo en su afán de colocar carteles y una noche pernoctaba en la alcaldía, otra en el almacén de ramos generales, una felicidad cada vez más estable y eso que ya estaba quedando sin pintura.
Con el último resto en el tachito dando pasos de baile llegó hasta el confín del pueblo y se encontró frente al vasto terreno sembrado de cruces. Con toda su felicidad acumulada escribió Cementerio y se sentó a esperar. Tranquilamente.

. Pocayerba y los infieles
Después vino el tiempo cuando los indios intentaron salvarlo a Pocayerba y tan sólo lograron prolongarle la vida. Unos años más, total; poquita cosa en la cuenta general de la montaña.
Pocayerba no agradeció ni nada, dejó que la resignación le lamiera las heridas del alma (indios brutos, aculturados, que ya habían olvidado los secretos de su raza y no sabían cuál era la verdadera realización del ser, la forma más profunda de la entrega).
Lo habían estado observando desde lo alto y sólo se dignaron bajar a buscarlo cuando lo vieron caer después de dos días de guardia ante el viejo cementerio -él tan erguido hasta entonces, dando sombra como un árbol-. Lo fueron a rescatar a pesar de que no aprobaban su forma de perturbar la paz de Pueblomuerto. Cartelitos por todas partes ¿dónde se habrá visto? cartelitos que ellos no podían leer pero que igual le restituían su nombre a cada casa, poniéndola en su lugar. Ya nadie olvidaría: ellos al menos ya no olvidarían, y para recordar mejor -para contarle mejor a las generaciones venideras- bajaron por se-gunda vez a Pueblomuerto dispuestos a llevarse al hombre hasta la altura. A las moradas del viento donde se habían instalado sus abuelos.
El extraño iba inconsciente y pesó tan poco por la cuesta escarpada. Fue como recuperar algún chivo perdido, animal desca-rriado: devolverlo a la altura.
En cuanto a Pocayerba, al abrir los ojos lo primero que vio fue un águila y se dijo: Estoy muerto. Si hay vida quiere decir que estoy muerto porque en este pueblo, nada de nada. Cuando oyó voces ya no le quedó la menor duda y a la pregunta de ¿C6mo te llamas? contestó Pocayerba, porque ése era el nombre con el que quería figurar en el registro de almas.
El nombre Pocayerba les sonó familiar a los indios y decidieron que este personaje con ojos de bueno debía ser uno de ellos a pesar de la barba. Le dieron de comer -actividad que Pocayerba había casi olvidado- y lo bañaron, más para sacarle el olor a Pueblomuerto que para higienizarlo.
Después lo llevaron hasta el altar de Pocaspulgas y Pocayerba se vio obligado a enamorarse de la joven shamana. Ella era así: encandilaba con los ojos. Docenas de ojos de lince, sabiamente preparados, dispuestos en forma de arco alrededor del altar. I,os ojos le hacían una aureola a Pocaspulgas y Pocayerba no pudo menos que enamorarse de ella, por sus ojos.
Y en cuanto él estuvo más gordito y repuesto se casaron en la mayor intimidad, bendecidos por los vientos.
La mansedumbre de Pocayerba -que había alcanzado la felicidad y ya no necesitaba nada- llevó a Pocaspulgas a dejar de hacer honor a su nombre y la convirtió en la mejor de las esposas, detalles ambos que le valieron la pérdida de muchísi-mos fieles.
A él empezó entonces a crecerle la culpa, a crecerle y crecerle allá arriba en la montaña hasta que la culpa estuvo a punto de mandarlo rodando montaña abajo, de vuelta a Pueblo-muerto.
Dio en pasar largas horas sentado frente al precipicio mirando hacia el lugar donde sabía que se alzaba Pueblomuerto, Pueblorrojo, su pueblo. Pero era imposible distinguirlo a esa distancia: por su color y consistencia el pueblo estaba integrado por el resto de la montaña. Entonces, como sus propios ojos no le bastaban, para ayudarse se llevó hasta el borde del abismo el arco de ojos de lince del altar de Pocaspulgas.
Y por las noches los ojos fueron reflectores diminutos y el pueblo invisible se aclaró con mil luciérnagas. Pocayerba pudo así rescatar con exactitud el lugar donde había bautizado cada casa.
Pocaspulgas, buena esposa al fin, venía a buscarlo cuan-do se hacía demasiado tarde y por un ratito quedaba extasiada mirando las luciérnagas del pueblo. Un ratito, no más, no fuera cosa de aplaudir abiertamente milagros ajenos.
Sólo que Pocaspulgas no fue la única en extasiarse frente a las lucecitas verdes que los ojos de lince proyectaban sobre Pueblomuerto. Poco a poco toda la tribu supo del milagro y acabó congregándose alrededor de Pocayerba al filo de la montaña.
En las noches de viento, sobre todo, la cosa era bastante impresionante y las luces bailaban allí abajo como si estuvieran vivas.
A veces tenían que retenerlo con fuerza a Pocayerba, que quería largarse barranca abajo para volver a la quieta felicidad que había conocido en su pueblo de adobe. Pero más que las manos de los indios, lo retenía la voz de Pocaspulgas cuando lo llamaba desde la choza a la hora de la otra felicidad, la móvil.
A fuerza de tener que retenerlo los de la tribu acabaron abrazándolo y por fin venerándolo. Así era Pocayerba: desperta-ba pasiones sin buscarlas, como el odio de los pueblos aquellos donde le arrojaban piedras.
Pasiones van, pasiones vienen, resultó que aquí arriba los indios se dieron a adorarlo como a un dios llegado de esa región de luces. Y él empezó a sentir que de eso se trataba, que su ascensión no había sido en vano y que de alguna forma inexplica-ble debía devolverles a los indios de arriba lo que ellos mismos habían olvidado abajo en Pueblomuerto.

III. La segunda fundación de Pueblorrojo
Los indios acabaron escuchando a Pocayerba como a un oráculo. Pocaspulgas le dictaba las frases al oído y a él le bastaba repetirlas con inspiración, agregando al final de cada profecía: -La felici-dad está abajo en Pueblorrojo, pueblobello, pueblopueblo.
Pocaspulgas lo pellizcaba disimuladamente para hacerlo callar, temerosa de que los demás descubrieran la superchería, ya que lo único que él deseaba era bajar por lo mal que le sentaba el viento de altura. Pero todos lo miraban con ojos desorbitados y gracias a las luces de Pueblomuerto hasta estaban dispuestos a creerle. Logró, hay que reconocerlo, unas cuantas curas milagro-sas por imposición de manos y aconsejó bastante bien a los desorientados. Total, que un venturoso día decidieron empren-der el descenso, llevándolo a él en una litera rodeado del halo con los ojos de lince. Por delante iban las cabras, como abriendo camino, detrás los puercos y los primeros hombres de la fila eran los que llevaban las jaulas con gallinas (había que reconocer la sabiduría irracional: los animales sabían elegir el mejor desfilade-ro). No fue bajada fácil, no, colgados de las rocas, pero igual iban cantando y tocando la quena mientras saltaban de piedra en piedra y a veces resbalaban hasta el borde mismo del abismo.
Llegaron después de una jornada de marcha agotadora. Llegaron con todos los bártulos y de haberse puesto a observar un poco habrían podido entender el misterio de las célebres luciérnagas: simples destellos en las noches de luna de la pintura fosforescente que Pocayerba había usado sin querer para pintar los carteles. Pero prefirieron no investigar demasiado. Dejar las cosas como estaban. No innovar.
Sólo quedaron en actitud de adoración ante la roca de entrada. Allí brillaba con mayor centelleo lo que intuyeron era el nombre secreto de Pocayerba. En un gesto de verdadero afecto él tomó carbones y agregó: Y Pocaspulgas, y dibujó un corazón flechado. Sin equivocarse, los indios interpretaron el corazón como un signo de buen augurio y entraron al pueblo cantando tan fuerte que las paredes de adobe comenzaron a temblar. Hasta que en una nota aguda las viejas paredes no aguantaron más y se vinieron abajo con estruendo y bruta polvareda.
Al principio cundió el pánico pero luego el desmorona-miento les causó mucha gracia. Pocayerba fue el único de no ver el lado cómico de la cosa: su pobre pueblo reducido a escom-bros. Y cuando los chicos empezaron a jugar a la guerra con los pedazos de adobe tuvo miedo de recibir una pedrada en la cara como en los malos viejos tiempos. Pero no, no hubo agresiones allí donde todos lo adoraban y al cabo de un tiempo decidió ver el lado positivo del desastre: el pueblo de nadie había sido de él solo y la reconstrucción se haría con piedra, material más bello y resistente que el adobe.
Eligieron el tono de la piedra más apropiado para cada casa, y las de las autoridades fueron rojas y las piedras más sonrosadas se reservaron para las casas de placer. El tono de la casa de ellos fue casi morado y Pocaspulgas empezó a recuperar lentamente todos sus atributos, hasta el arco de los ojos. Pocayerba se los fue cediendo sin que eso le pesara, como ella se los había cedido en su momento. Descubrió así que mucho más cómodo que el papel de brujo le resultaba el papel de dios vivo pero inoperante.
Tomó la costumbre de ir a sentarse al atardecer sobre la roca que tenía la inscripción de su antiguo nombre. Cara al poniente podía recuperar pedacitos de esa felicidad que había captado en otros tiempos.
Cumplía su rol de dios a las mil maravillas y en todo momento, tanto que llegó a compenetrarse a fondo: para algo había nacido, y sufrido, y meditado, y había estado a punto de entregarse al llegar al cementerio. Nunca más había vuelto al cementerio y ni ganas tenía. Su roca le bastaba. Y era un dios verdadero sentado sobre esa roca con las piernas cruzadas, un suave viento o el quejido del erke le rizaba la barba, tenía ojos tan sabios, sabía de tantas cosas aunque no las dijera.
Alguno de la tribu tenía siempre la honorable misión de alcanzar el mate preparado con hierbas aromáticas. A veces se le tapaba ese extraño instrumento que él llamaba bombilla y enton-ces hacía ruiditos que todos festejaban. Pero la mayor fiesta se armó un día cuando decidió enseñarles a leer y todos pudieron descifrar por fin el significado de esos carteles que tenían por reliquias.
La veneración llegó al colmo cuando la tribu entera supo leer de corrido. Fue una fecha gloriosa para todos menos para Pocayerba, claro, que vivió ese instante como una maldición porque a partir de entonces tuvo que ponerse a escribir textos cada vez más complejos. Los indios reclamaban a gritos material de lectura y se quejaban amargamente cuando el tema no era de su agrado. Durante más de un año escribió sin descanso mientras los otros se dedicaban a las simples tareas de la tierra, al cuidado de los animales o al trueque con poblaciones distantes. Pobre Pocayerba, ni tiempo le quedaba para ver revivir a su viejo Pueblomuerto, su amado Pueblorrojo, tan enfrascado estaba en la escritura. Hasta que un día les escribió a los indios su propia historia y la historia del pueblo, y sintiéndose cumplido renunció a los halagos, renunció a ser dios vivo y se entregó a la cómoda situación de sacerdote consorte. Esa misma situación que ahora todos envidiamos mientras nos pasamos el día escribiéndole historias, como éstas.

 

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Donde viven las águilas
Por Luisa Valenzuela
Celtia. Colección Procuento. 91 páginas. Buenos Aires.


Luisa Valenzuela inició su obra literaria en 1960 con Hay que sonreír y la continúa hasta hoy con nueve libros, todos de ficción narrativa. Ha escrito también otros en inglés -según sabemos vive en Nueva York- pero éstos desde luego pertenecen a la literatura anglosajona y no a la española.
Y como en conjunto se trata de una labor de reales méritos debemos hablar de una escritora que se reafirma en esta oportunidad, a más de veinte años de la primera. La componen dieciséis cuentos fantásticos escritos con la claridad y limpidez que el género exige porque no soporta sumar ambigüedad u oscuridad expresiva a la irrealidad de su materia. Esta lógica interna de lo fantástico y esta expresión directa y clara se hallan presentes en los cuentos, casi todos breves, que componen este corto volumen. Y para mí tengo que aún dentro de las imposiciones y limitaciones de este género al cual, no sé por qué, tan afectos parecen los novelistas argentinos, podemos dividirlos en tres grupos, como pienso que también lo hizo la autora al disponerlos en el orden en que el libro los presenta. Uno estaría formado por los cuatro primeros, de veras extraordinarios -en especial “Textos de la sal”- punzantes historias de mundos fantásticos pero visiblemente ligados con pueblos y paisajes de América muy característicos: salares, desiertos, punas, cumbres, altísimos lagos, donde la vida pasa como ajena al tiempo. En el segundo grupo -los cinco cuentos que siguen- hallamos deliberadas intromisiones de lo cómico que me llevan a pensar que el propósito de la autora fue el mostrar por una vía indirecta el efecto deformante de las transculturaciones. El tercer grupo, por fin, se compone de los siete cuentos que siguen y que cierran el libro, todos muy breves. Escritos con igual destreza y sin desdeñar coloquialismos muy nuestros, me parecen más próximos a hábiles juegos de ingenio -la mayor parte de la literatura fantástica es un ejercicio de la razón más que expresión de sentimientos y esto con las debidas disculpas por lo esquemático de esta generalización- que al rescate de las profundas intuiciones que animan a los cuatro primeros cuentos de este libro al término de cuya lectura el lector lamenta que sea tan corto: apenas unas ochenta páginas.


Adolfo Pérez Zelaschi
La Prensa, 31 de julio de 1983

La juvenil madurez
Donde viven las águilas
Por Luisa Valenzuela
(Celtia)


En la despedida a Sísifo, al recordar que no hay castigo más inútil que trabajar sin esperanza, Camus dice ”Siempre volvemos a encontrar su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que levanta las rocas. También él considera que todo está bien. Este universo ya sin dueño no le parece ni estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada esquirla mineral de esta montaña llena de noche forman un mundo. La misma lucha hacia las cumbres basta para llenar un corazón de hombre”. El recuerdo de estas palabras puede acompañar como una banda sonora la lectura de algunos de los cuentos de Donde viven las águilas. Se advierte en su lectura una madurez de concepción y realización, junto a un sistema expresivo coherente y fuerte, con algo de arrebato juvenil que vigila su severa visión interna. Brío, energía que, tal vez, le ayuden a saber que “si los jóvenes no pueden modificar el mundo, como también sostuvo el autor de El extranjero, pueden evitar que se deshaga”.
Si en las “Crónicas de Pueblorrojo” la imagen primera asocia a Rulfo y García Márquez, la llegada misteriosa a un pueblo muerto, en los que siguen la diversidad temática y la permanente jerarquía de la construcción indican que Luisa Valenzuela logra siempre la emancipada plenitud de su palabra. Un sentimiento recorre el texto como una admonición: la felicidad es imposible y todo cuanto vemos o deseamos son sólo formas evasivas, atrayentes de una esperanza condenada a destruirse. La estructura de la parábola bíblica define los “Textos de la sal”, así como está presente siempre la alegría y el símbolo continuado en varios paisajes del libro. Ya en la forma del soliloquio, ya en la de la crónica, el cuento se organiza sin anécdota, parco en los diálogos -manejados magistralmente- como si la fuerza de los símbolos creara la talla de su escultura. De este modo la dualidad de la vida, la que vivimos y la que soñamos, juega contrapuntísticamente.
La ironía se instila en “Unas y otras sirenas”, y el humor es frecuente, pero, en definitiva, todo está requerido o jaqueado por la certeza de la soledad del hombre, de su estrellarse contra el absurdo y el poder invencible de las fuerzas desintegradoras. La dúctil materia propone las formas ingeniosas de “Generosos inconvenientes bajan por el río”; anima de color compacto y gracia directa el “Carnaval campero”; dibuja el arabesco conceptual de la realidad inasible de “Pantera ocular”, casi un ejercicio de estilo, mientras el hálito trágico de “Mercado de pulgas” nos recuerda que siempre destruimos lo que amamos.
Cortázar alaba la verdadera libertad que hay en los libros de Luisa Valenzuela. Este sentido de la libertad, salvado, defendido arduamente junto al de la piedad por el cruento destino humano son las dos fuerzas dominantes de su labor. Caillois, que tanto sabía de Sísifo, puede brindarnos una imagen que define este libro: “Quizá mi tentativa únicamente signifique que, a mi pesar, sin saberlo, con más vergüenza, angustia y rodeos de los que se acostumbra, yo formo parte del grupo de los que consideran el sueño como refugio, el sueño como alegría”. La ejercita Luisa Valenzuela pero sabe -y así lo recuerda en crítico de Time- “que el realismo mágico es una hermosa, una cómoda baranda y, sin embargo, hay que seguir avanzando”. (92 páginas)


Angel Mazzei
La Nación, Buenos Aires.

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