I
No sé qué espera de mí pero lo espera.
Nosotros no sabemos explicarnos ciertas realidades pero sí
sabemos realizar ciertas inexplicaciones varias.
Es un viaje muy largo por la noche hasta llegar al Reino
de Losotros. Es un viaje muy largo sin moverse porque como
es sabido se necesita acomodar bien el ojo y mirar fijamente
para que aparezca, grabado en cada nervio óptico, la
invasión de Losotros.
No hay que tenerles miedo, no: hay que hacer caso omiso de
esos sentimientos tan oscuros que entorpecen la forma del
mirar y del desprecio. E1 miedo con desprecio es mala mezcla,
es el agua y aceite, no combinan porque el desprecio fluye
como un río y el miedo es pegajoso y queda adherido
a las solapas estropeando la estética.
Puede que con el tiempo aprendamos a hacer combinaciones
y demos en la clave de lo que es pertinente (impertinente).
Puede que con el tiempo todo se modere como dicen Losotros
y ya nadie nos mire de reojo como palpándonos las armas
de la vista. Nosotros lo creemos buenamente, nos sentimos
seguros en medio de temblores y no nos refugiamos en ningún
subterráneo enrarecido.
Losotros están agazapados detrás de las trincheras
mirándonos con ojos de malditos sean ellos es decir
seamos nos por el solo motivo de no usar uniforme.
No es que queramos ser distintos o alzar una bandera de colores
opuestos a la de ellos. No queremos alzar nada de nada ni
ser siquiera diferentes ni imponernos distancias. Es decir
que no tenemos razón para pelearnos ni estamos como
ellos dispuestos a la muerte para defender la limitada estrechez
de lo que ellos llaman orden. No es que temamos al duro contacto
con la muerte en la que no creemos, es que somos elásticos,
proteicos, sabemos amoldarnos a los cambios pero no a las
malas costumbres de Losotros. Sabemos desvivirnos por todos
y por todo, desvestir-nos también si eso hace falta:
mudarnos de ropaje con la estación del mundo y atender
sus caprichos.
II
Tres cables conectados al cerebro de Losotros y dos cabos
sueltos para captar las pulsaciones que llegan de este mundo.
No es fácil situación la de nosotros ni tampoco
envidiable con la coronilla en la mano y la imposibilidad
de volarnos la tapa de los sesos y volada de suyo.
Tres cables conectados, cuatro sueltos, poco a poco nos vamos
desligando y por las estrías notan el rojo y el verde
que establecen el paso de una idea. La idea se va filtrando,
va pasando por el seso de Losotros que es un cablerío
y existe la esperanza de que esté distorsionada cuando
llegue a nosotros, que se haya apartado para siempre del verdoso
clamor de sus pellejos y detente el poder de sugerirnos otra.
Idea distorsionada, contraidea de la cabeza de Losotros a
las nuestras con los signos cambiados. Un viraje la altera,
cobra velocidad en el traspaso y nosotros poco a poco le vamos
insuflan-do el aire que requiere para incinerarse en vida.
Ellos no tienen ojos para ver las mutantes ideas aunque éstas
despidan las luces más sublimes, los ojos de Losotros
están hechos tan sólo para lo inalterable.
Nosotros en cambio vemos siempre las llamas y gritamos soltan-do
las amarras.
Lo llamamos milagro.
El sentido de lo insólito
Libro que no muerde
Por Luisa Valenzuela (Universidad Nacional Autónoma
de México)
El mundo literario suele intensificar el mundo periodístico.
Los ejemplos abundan, puesto que son muy contados los escritores
-desde Dafoe hasta nuestros días- que no han elaborado
sus obras en esa “plazuela intelectual que es el periodismo”,
como decía Ortega y Gasset. En consecuencia, el caso
de Luisa Valenzuela, iniciada como reportera y cronista de
viaje, sólo responde por su rápido ascenso a
otras formas de experimentación. Y también por
haber sabido liberarse muy pronto de ciertas inhibiciones,
a fin de darnos su propia versión de la realidad, llevada
por la intuición de que más allá de lo
aparencial existe una suerte de “hinterland” reservado
a la sagacidad exploradora del narrador. El tema de su primera
novela, Hay que sonreír, publicada en 1966, marca precisamente
una etapa intermedia entre la observación directa de
la vida -la protagonista es una vulgar mujer de la calle-
y la busca de ese algo inalcanzable, o indefinible, que está
siempre latente en sus ficciones. Ya más segura de
sí misma, publica Los heréticos, El gato eficaz,
Aquí pasan cosas raras y Como en la guerra.
En Libro que no muerde, la autora reproduce parte de su copiosa
labor cuentística y ofrece como novedad numerosas piezas
breves que no necesitan reunir las condiciones estructurales
del cuento -la materia narrativa se da generalmente por sobreentendida-
para afirmar la presencia de una escritora cuyas raíces
más hondas están en el mundo del inconsciente.
De esta nueva entrega, que constituye la segunda parte del
libro, fuera de la recurrencia a temas como la muerte, el
sexo, la sensación de una otredad inminente, etc.,
ciertos mecanismos de simplificación que restan importancia
no sólo al tradicional argumento sino también
a los hechos que en el texto aparecen distorsionados, o minimizados,
como si obedecieran a la fórmula paveseana según
la cual todo acontecimiento es fácilmente transformado
en palabras. De esta manera, el lector que espera el desarrollo
completo de una fábula o una intriga, termina descubriendo
un lenguaje muy particular en Luisa Valenzuela. Y se familiariza
con los recursos sintácticos mediante los cuales logra
transmitir conscientemente muchos de sus ahondamientos irracionales.
En Libro que no muerde asistimos, como si lo estuviéramos
viendo, a un rico despliegue de situaciones y reflexiones,
unidas a un agudo sentido de lo insólito, del caos
que acecha en todo orden. Terminada la lectura, queda la impresión
de que el mundo -nuestra propia vida- no puede ser expresado
sino en la forma fragmentaria en que lo ha hecho la autora.
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