Él, que pasaremos a llamar el sujeto, y quien estas
líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que
como es natural llamare-mos el objeto, se encontraron una
noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un
lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque
la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se
crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados.
Había un mundo de gente pero ella descubrió
esos ojos azules que quizá -con un poco de suerte-
se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres
que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto -objeto
de palabras abusivas, objeto del comentario crítico
de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó
al desconocido-. Fue ella un objeto que no objetó para
nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas
más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la
metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de
su carne, lo de siempre.
La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén
del sujeto que era de lo más proclive. E1 objeto asumió
de inmediato -casi instantáneamente la inobjetable
actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más
activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en un
mismo sentido, confundi-dos si se nos permite la paradoja.
El sentido de lo insólito
Libro que no muerde
Por Luisa Valenzuela (Universidad Nacional Autónoma
de México)
El mundo literario suele intensificar el mundo periodístico.
Los ejemplos abundan, puesto que son muy contados los escritores
-desde Dafoe hasta nuestros días- que no han elaborado
sus obras en esa “plazuela intelectual que es el periodismo”,
como decía Ortega y Gasset. En consecuencia, el caso
de Luisa Valenzuela, iniciada como reportera y cronista de
viaje, sólo responde por su rápido ascenso a
otras formas de experimentación. Y también por
haber sabido liberarse muy pronto de ciertas inhibiciones,
a fin de darnos su propia versión de la realidad, llevada
por la intuición de que más allá de lo
aparencial existe una suerte de “hinterland” reservado
a la sagacidad exploradora del narrador. El tema de su primera
novela, Hay que sonreír, publicada en 1966, marca precisamente
una etapa intermedia entre la observación directa de
la vida -la protagonista es una vulgar mujer de la calle-
y la busca de ese algo inalcanzable, o indefinible, que está
siempre latente en sus ficciones. Ya más segura de
sí misma, publica Los heréticos, El gato eficaz,
Aquí pasan cosas raras y Como en la guerra.
En Libro que no muerde, la autora reproduce parte de su copiosa
labor cuentística y ofrece como novedad numerosas piezas
breves que no necesitan reunir las condiciones estructurales
del cuento -la materia narrativa se da generalmente por sobreentendida-
para afirmar la presencia de una escritora cuyas raíces
más hondas están en el mundo del inconsciente.
De esta nueva entrega, que constituye la segunda parte del
libro, fuera de la recurrencia a temas como la muerte, el
sexo, la sensación de una otredad inminente, etc.,
ciertos mecanismos de simplificación que restan importancia
no sólo al tradicional argumento sino también
a los hechos que en el texto aparecen distorsionados, o minimizados,
como si obedecieran a la fórmula paveseana según
la cual todo acontecimiento es fácilmente transformado
en palabras. De esta manera, el lector que espera el desarrollo
completo de una fábula o una intriga, termina descubriendo
un lenguaje muy particular en Luisa Valenzuela. Y se familiariza
con los recursos sintácticos mediante los cuales logra
transmitir conscientemente muchos de sus ahondamientos irracionales.
En Libro que no muerde asistimos, como si lo estuviéramos
viendo, a un rico despliegue de situaciones y reflexiones,
unidas a un agudo sentido de lo insólito, del caos
que acecha en todo orden. Terminada la lectura, queda la impresión
de que el mundo -nuestra propia vida- no puede ser expresado
sino en la forma fragmentaria en que lo ha hecho la autora.
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