Ciudad ajena
Si quieren llámenlo intuición femenina, o locura,
o como quieran llamarlo, porque lo que es yo ni lo pienso
calificar y son ustedes los que necesitan una etiqueta para
cada cosa. Aquí y ahora no tengo por qué darle
un nombre a nada, y menos aún tratar de explicarlo;
tan sólo quiero ir tragando el miedo a grandes bocanadas
mientras espero que él vuelva.
Todo empezó hace un mes, quizás, aunque a mí
ya me parece que nunca ha empezado. Fue por culpa de la intuición
femenina o como se hayan decidido a llamarlo los que viven
del mal lado de las cosas y sólo conocen las realidades
más palpables. Yo, por lo pronto, siempre tuve un mundo
propio lleno de emociones y nunca me he fiado de las palabras,
menos aún de su significado. Pero cuando lo escuché
cantar me dije: tiene una voz como para resucitar a los muertos,
y en eso las palabras no me la jugaron sucia y pude saber
después que no me había equivocado. Mi mundo
nada tiene que ver con la fantasía, ni siquiera con
la ciencia ficción: está hecho de pequeñas
cosas que los dioses tiene a bien ofrecerme cuando las merezco
y que yo sé identificar entre millones de otras casi
idénticas. Las piedras, por ejemplo. Sé que
las piedras son mis amigas. Un día que estuve especialmente
lúcida encontré un canto rodado en forma de
gallina; al poco tiempo apareció otro que parecía
una fabulosa mujer con un solo pecho y el ombligo que le atravesaba
el cuerpo. Cosas muy menores, claro, comparadas con mi ciudad.
Primero la encontré en sueños, después
la fui a buscar justo donde la había soñado,
del otro lado de los Andes y a pico sobre el Pacífico.
Es una ciudad de ojivas y duras fortalezas moradas que la
montaña, pensé por un tiempo, había fabricado
para mí.
Tiene una voz como para resucitar a los muertos, me repetía
mientras lo escuchaba cantar. Era ya bastante premonitorio
que para llegar hasta él hubiera que bajar tantos escalones,
y como la palabra casualidad no existe, la primera vez bajé
impulsada por algún oscuro designio, el mismo que me
había llevado hasta ese barrio de estibadores y de
solapadas prostitutas.
Me molestó haberlo encontrado, saber de su existencia,
poder desenmascararlo. Era la voz de otra raza que se arrancaba
de sus tripas al tercer vaso de aguardiente y sólo
yo lo sabía, aunque los demás que parecían
tan pálidos y fantasmales al lado de su negra piel
animal también intuían algo y escuchaban en
un silencio que era de comunión. Volví dos,
tres veces, justo al quinto toque de las doce cuando él
empezaba a cantar. Llegaba para asistir al repetido rito de
los parroquianos que dejaban los dados y las cartas y hasta
se enjugaban los labios para no tomar más mientras
él estuviera cantando. Y al tercer día decidí:
voy a llevarlo a mi ciudad que cuelga sobre el mar; su voz
puede hacer resucitar a los muertos y mi ciudad está
llena de espíritus que bailan a mi alrededor y tratan
de decirme cosas cada vez que llego hasta allí atravesando
las montañas.
Sólo él era capaz de materializar a mis muertos
para que yo pudiera descifrar ese pedazo de naturaleza que
ayudada por el viento una vez trató de imitar la obra
de los hombres. Los que murieron allí tenían
que conocer ya el misterio que cuelga de los picos más
altos y que nunca me ha dejado dormir en esas noches solitarias
entre las rocas. Año tras año, todos los veranos,
casi con devoción, dejaba atrás los volcanes
para tratar de develar el secreto de mi ciudad, y en aquel
momento, sentada a la mesa del rincón escuchándolo
cantar, me di cuenta de que no podía hacer nada sin
su ayuda y decidí llevarlo.
Pensé que la luz del día no tenía por
qué borrar su existencia y volví a la mañana
siguiente al boliche para preguntarle al mozo dónde
podría encontrarlo. Pero él estaba allí,
en la misma posición que la noche anterior. Sólo
había cambiado la expresión de su cara y por
el piso rodaba su botella vacía. Bajé la escalera
con parsimonia, acerqué una silla a su mesa y empecé
a explicar. Hablé durante una hora y no logré
arrancarle ni siquiera un gesto.
Usted es el único que puede ayudarme, le dije como
despedida. Me voy dentro de quince días. Véngase
conmigo...
Tanta imploración de mi parte y él ni levantó
la vista, así que me alejé arrastrando los pies
y como vencida. Hasta que subí las escaleras y salí
a la calle y por fin pensé que quizá no entendiera
las palabras cotidianas y que sólo debía ser
permeable a alguna oscura señal cabalística.
Volví corriendo para ver si todavía se podía
hacer algo, y al empujar la puerta vaivén él
levantó la vista y sus ojos me mostraron un instantáneo
brillo de comprensión que alcanzó para alimentar
mi tenacidad. Noche tras noche llegué justo a la hora
en que empezaba a cantar. Poco a poco fui abandonando mi rincón
hasta ganar la triste claridad que lo rodeaba, pero él
parecía no reconocerme.
La noche antes de la partida decidí jugar la última
carta. Me senté a la mesa que enfrentaba la suya, dejé
mi mochila sobre el piso y esperé. Estaba como dormido
y sus ojos brillaron sólo cuando empezó a cantar.
Necesito que reviva a mis muertos para saber, me repetía
para darme fuerzas. Por fin decidí sacar de mi bolsillo
los boletos para Copahue, primera etapa del viaje. Eran dos
y traté de ponerlos justo bajo sus ojos. En ese momento
agachó la cabeza y al verlos dejó de cantar
dejó de cantar, súbitamente. El silencio rompió
la calma. Los parroquianos recuperaron sus sistemas nerviosos
y me descubrieron, con sorpresa, y uno de ellos arrimó
su silla a la mía y trató de abrazarme. Yo sólo
lo miraba a él y noté que sus músculos
se iban poniendo tensos hasta que su brazo se distendió
como un resorte para golpear la mandíbula del tipo
a mi lado que cayó arrastrando la silla. Y antes de
que los demás pudieran empezar a asombrarse tomó
los boletos y la mochila con una mano mientras con la otra
me empujaba a través del salón y escaleras arriba.
En el maldito hotel del Bajo descubrí que su cuerpo
tenía la exacta forma que yo deseaba, pero él
no quiso saber nada del mío ni de mi agradecimiento.
A la mañana siguiente empezó el destartalado
viaje por caminos de polvo y pampa, primero, por caminos de
montaña después, días y noches con sus
interminables paradas. Viajó mudo y erguido, sin ver
nada, sin quejarse ni asombrarse. Le falta aguardiente, descubrí.
Voy a tener que comprarle unas cuantas botellas para que pueda
cantar con toda el alma cuando lleguemos a mi ciudad.
En el preciso instante en que se diluían las horas
llegamos a Copahue, el valle de los volcanes con chorros de
agua hirviendo que surgen del fondo de la tierra para que
la montaña se convierta en el infierno. Llegamos al
olor a azufre y a las nieves eternas.
Ya era una costumbre en los hoteles: los dos en la misma cama
tratando de no tocarnos. Pero esa noche el termómetro
marcaba bajo cero y él empezó a temblar debajo
de las mantas. No iba a dejarlo sufrir, ahora que lo tenía,
y casi sin pensarlo traté de pasarle un poco de mi
propio calor. De golpe sus brazos revivieron, revivió
cada célula de su cuerpo y no tuve más que dejarme
estar para que los ritos se cumplieran.
Me desperté ya entrada la mañana y quise sentirlo
cerca. Estiré la mano sobre las sábanas pero
mi mano corrió sin encontrarlo y supe que me había
abandonado para siempre. Rotos los designios y las claves
por faltar a la pureza, por atender al deseo, justo cuando
estábamos tan cerca de mi ciudad. Me vestí como
pude y salí corriendo sin hacerle caso al viento que
insistía en empujarme y hacerme caer, sin hacerle caso
a los diminutos volcanes que nacían a mi paso y me
quemaban los pies. A medida que corría me iba olvidando
de él, de sus brazos, de su cuerpo negro. Mis muertos,
gritaba, estoy perdiendo a mis muertos.
Creí que no iba a encontrarlo más, que se había
esfumado con mi aliento, pero por fin apareció frente
a la laguna de barro hirviendo: estaba mirando las burbujas
gigantes que crecían y reventaban en borbotones ensordecedores.
Tiritaba de frío y parecía alucinado.
Lo agarré de la mano como aun chico y lo llevé
del otro lado del valle, donde estaba el mercado de los indios.
Le compré un poncho bien grueso y empecé a reír
al verlo tan solemne y acriollado; él también
sonrió y de golpe tuvo esa expresión suave como
cuando cantaba. Compramos todas las provisiones, contratamos
los caballos para la madrugada siguiente y corrimos de un
lado al otro siempre de la mano arreglando los pormenores
de la gran aventura. No me olvidé del aguardiente,
y cuando tuve que pagar vi que me estaba quedando sin plata
para la vuelta, aunque la vuelta era lo que menos importaba.
Con los primeros rayos de sol nos alejamos de las casas de
piedra y de las barrosas lagunas enrojecidas. Había
que dejarse estar por ese camino de montañas estériles,
por los desfiladeros colgando sobre el precipicio, por los
troncos angostos que cruzan los torrentes. Sólo el
caballo conoce el secreto para no desbarrancarse y hay que
dejarlo ir sin un solo tirón de riendas. Las largas
horas de marcha se aliviaron en Chanchocó, el pueblito
chileno de chozas chatas e indios silenciosos. Pero no podíamos
quedarnos a descansar en ese mediodía de miradas hoscas,
sólo el tiempo para comer algún bocado caliente,
para cambiar de monta y otra vez andando por las montañas
hacia mi ciudad, a revivir a mis muertos.
El cansancio no se siente en las alturas donde todo es cansancio
y apalstamiento, pero él tenía un frío
quemante y desconocido que lo hacía tiritar bajo el
poncho. Empezaba a arrepentirme de haber traído a este
ser acostumbrado al calor y a la inercia pero la idea de saber
que pronto el misterio de mi ciudad me sería develado
me volvió cruel y seguí andando sin mirarlo,
alcanzándole tan sólo la botella para que bebiera.
Después de un trago muy largo pareció reanimarse
y pudimos llegar hasta el gran corral de roca donde yo siempre
largaba los caballos. Trepamos a pie por la montaña
abrupta. El intuyó que ya estábamos cerca porque
empezó a cantar en voz baja, jadeante, hasta que por
fin aparecieron las cuevas y murallas de vivos colores ocres
que formaban mi ciudad colgada sobre el mar. Me ganó
la misma extraña paz de siempre y me senté junto
a él en el parapeto a pique sobre el abismo, de espaldas
a las aguas que se desgarraban abajo. Tuve que contenerme
para no correr por entre los laberintos y me quedé
muy quieta mientras él contemplaba mi ciudad como queriendo
penetrarla.
Su voz surgió de golpe, vibrando entre las rocas. Cantaba
como nunca había cantado antes, poniendo todo lo que
tenía y acompañado por la percusión de
la montaña. Mientras el sol se ocultaba, su canto subía
y crecía invadiendo el fondo negro de las cuevas, y
yo luchaba para no escuchar su voz sino el mensaje que me
vendría de mis muertos. Su canto entraba por los túneles
y se arremolinaba y volvía diferente en el eco. Y de
golpe la vi justo donde debía estar el remolino: era
una claridad fantasmal que parecía surgir de la tierra
como un vapor blanco y oscilante. En esa claridad se iba a
develar el misterio, sin duda, y contuve la respiración
para no ahuyentarla.
No quise ni siquiera dar vuelta la cabeza para mirarlo a él
pero como su canto habría de traerme la verdad rogué
que no se callara. Siguió cantando más fuerte,
más hondo, y la claridad empezó a tomar muchas
formas que se arrancaron de las sombras para ir ganando la
luz violácea del atardecer. Surgieron nebulosas para
irse armando poco a poco, hasta que mi expectativa se convirtió
en espanto y quise gritar y no pude y quise retroceder pero
no fui capaz de moverme. Ellos estaban allí, delante
de mí, acercándose. Esperaba sus espíritus
y eran sus cuerpos los que se me aparecían, huesos
con pedazos de piel colgando y una siniestra sonrisa sin labios.
-¡Cállese!- grité cuando pude recuperar
la voz, pero él no pareció oírme y siguió
cantando mientras los muertos se me acercaban, implacables,
balanceándose al ritmo distorsionado de su canto.
-¡Cállese! ¡Cállese!
En la desesperación me tapé los ojos, pero nada
podía contenerlos y sus imágenes se colaban
por entre mis dedos mientras ellos avanzaban. Sólo
él podía hacerlos desaparecer dejando de cantar,
pero parecía querer seguir cantando eternamente. No
me quedaba otro remedio, y me resultó demasiado fácil.
Un único empujón me bastó para hacerlo
callar también eternamente. Las piedras que lo sostenían
se soltaron y sin un grito lo vi precipitarse al abismo; en
ese momento sólo supe que los cadáveres se habían
apagado con la última nota de su canto. La viscosa
sensación de terror y de asco que me dejaron tardó
mucho en abandonarme pero después fue peor porque me
di cuenta de lo sola que estaba en la noche y en el mundo
y empecé a sentir en mí el dolor que antes fue
de él, el desgarramiento de su cuerpo oscuro. Ese cuerpo
que alguna vez podrá remontarse si alguien como él,
con una voz capaz de resucitar a los muertos, llegara hasta
mi ciudad.
Lo estoy esperando.
El abecedario
El primer día de enero se despertó al alba y
ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico
en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas
del arte. Se ajustaría a todos los códigos.
Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario
que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.
Para cumplir con este plan empezó como es natural por
la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana;
almorzó albóndigas, arroz con azafrán,
asado a la árabe y ananás. Adqui-rió
anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente
anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona,
leyó la novela Amalia, exclamó ¡ahijuna!
y también ¡aleluya! y ¡albri-cias! Ascendió
a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar
un almacén y amaestró una alondra.
Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso
del orden de las letras la segunda semana birló una
bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgoña.
La tercera cazó cocodri-los, corrió carreras,
cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta
semana se declaró a Desirée, dirigió
un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló
empanadas y enfermó del estómago.
Cumplía una experiencia esencial que habría
aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que
le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana,
sin tenerlo previsto, murió de meningitis.
Después de leer los trece cuentos de Los Heréticos
de Luisa Valenzuela, me tienta el afán de decirle a
su joven autora: -Por favor, no toque su estilo. Es de una
acuidad excepcional. Semejante a una pelota nueva de goma,
pica, salta y rebota con tanta vivacidad que da gusto verlo
actuar en los temas más diversos. Por lo pronto, una
virtud que señalo en sus relatos; relatos de extraña
y surtida peripecia, de alucinada heterodoxia en la claridad
y amancebada fruición en el desconcierto. Prosigo así.
Los lectores están hartos de estilos de pelota pinchada,
que apenas se elevan de los renglones. Por eso insisto en
pedirle que cuide el suyo, mimándolo como a un niño
enfermo. En la paradoja de su fragilidad reposa lo que hará
perdurable su vigencia.
Hillaire Bellocq ha hablado de las grandes herejías
en su libro famoso. Dejémoslas en él. Las que
interesan aquí son las que aluden en privado a orondos
monseñores, “que no hicieron en la vida/ más
que cruces en el aire”, y a otros fulanos de circunspecta
hipocresía. Puesto que son las pequeñas, las
sabrosas herejías de la pasión y el sexo, las
que flagelan su intimidad igual que a todos los seres.
Pasma, impresiona la comunión de Luisa Valenzuela con
el demonio en el trato sutil o tosco de tantos fieles infieles,
obnubilados y emputecidos. Pocas veces he visto, abordados
tan flexuosamente como en sus cuentos, los escarnios y taimerías
del deseo y el pecado. Me gusta el tono que emplea en el trato
moral de sus heresiarcas. Nada de convicta et combusta. Lo
teologal sucumbe en lo humano. Vale decir que se cisca de
todas las contriciones y puniciones que pretenden adoctrinar
la inmoralidad congénita del hombre.
Alarma admirativamente la madurez precoz de esta escritora,
que afronta y dice las cosas más arduas con igual acierto.
Metáforas absolutas, epítetos lógicos,
logrados burla burlando, como al desgaire, proclaman una permanente
vigilia escrutadora, que es casi una alucinación de
ojos abiertos. Reconozco por ello que sus relatos encaran
la vida y sus facetas desde una posición individual
intrínseca no copiada ni robada a nadie.
Es de desear entonces que Luisa Valenzuela se mantenga en
esos ángulos imprevisibles, para amasar con ojos zahoríes
la pulpa ingenua y la pudrición educada. Para edificar
las tensiones del absurdo y la emoción. En fin, para
ser audaz de la manera que exige la época: siendo inquebrantablemente
personal hasta llegar al summum verlainiano de mirar sin asco
su propio corazón”.
Juan Filloy. L’ Amgigu.
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