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El gato eficaz
1. Primera visión felina
Cómo me gusta vagar de madrugada por el Village y
espiar a los gatosbasureros de la muerte: escarban loquihambrientos
en los tachos hasta dar con la basura que bajo sus uñas
pueda matar de un rasguño.
Él le dijo mañana nos veremos y ella de inocente
le creyó. ¿Cómo una mujer gato no pudo
ver al gato? Y él, con tanto de ratón, ¿como
no supo escaparle? EI gato de él era negro ojosdebrasa,
y en el Village nevaba. Pasó bajo la nieve un cartel
que decía Dios esta vivo y bien en la Argentina; las
piedras habían acribillado la palabra Dios, los ojos
del gato fulminaron vivo y entonces solo quedo la Argentina
que ella vio como en sueños y se acordó de él
por lo impreciso de su geografía. Él era de
Guatemala con el pelo eléctrico y un polo positivo
para atraer al gato hasta el borde de su cama.
Cama. No es lugar para morirse: indigna horizontal, prefiguración
gratuita.
Me gusta vagar por el Village con el débil primer rayo,
mientras solapados desconocidos desandan su camino de espaldas
para recuperar portales y los gatos de la muerte se erizan
y se vuelven pura corriente de afilados cuchillos.
Las paredes de piedra son más rugosas de madrugada,
pasan ráfagas que no son de este mundo. Hay que acechar
a los asesinos en zaguanes para que la descubran a una.
Nada es fácil en la madrugada, y menos aun valiente.
La nieve se recalienta y en el medio le sale una mancha de
sangre allí bajo la tercera hamaca en el parque de
los niños cerrado con cadenas.
EI le dijo nos veremos mañana y hasta él lo
creía. ¿Por qué entonces entro en el
improbable baño de los túneles y dejó
que otro hombre le sorbiera la vida? Era un hombre encorvado
-no él, el otro- doblado en dos por la costumbre de
mantener la boca a la altura de braguetas y para morirse no
podía merecer ni un gato, ni un solo pelo de gato de
esos que vuelan con los vientos esquineros del Village convertidos
en dardos para traspasar cerebros. Era un inmerecedor de gatos
y el dejo que lo chupara sin acordarse de ella, sin imponerle
el nombre de ella como una nueva cruz. Dejo que lo chupara
y quedo indefenso; si todo el mundo sabe que el gato de la
muerte le teme a los testículos, los buenos testículos
cargados: talismanes de vida.
Vampiros hay para todo. Nuestros líquidos son inagotables,
nuestras secreciones. En la esquina de Bleecker y de Carmine
se topo con su gato. ¿Cómo iba a ver al gato
si al hombre de los baños no le vio los colmillos?
¿Si no supo de la sangre menstrual en los baños
de hombre? La sangre de los hombres brotando carcomida, disfrazada
de blanco.
No me crucé con él porque a mí me gusta
pasear de madrugada por el Village y a él de noche.
Dudo que se me pueda ver de noche: soy color de las tinieblas.
Pero sé caminar entre vientos esquivando los pelos
de los gatos, se ver brillar el cuchillo cuando brilla y hasta
se ahogar el grito si algún desaforado me aprieta la
garganta.
Cruzar no lo crucé, pero mi eterna humildad me llevo
de rodillas a su cama y mi amor por la gente me metió
entre sus sabanas y el estaba agotado e indefenso. Mi lengua
topo tabaco y supo que una lengua de hombre ya había
incursionado por esas tropicales zonas tiernas. Comprendí.
Entonces me eche a su lado y le conté un cuento lento
acariciante para completar su entrega. Hasta que oí
el maullido y pude irme, silenciosa como había llegado,
afelpada y un poco peluda, toda yo una pata de gato, almohadilla
con ganas de lamerme, un poco enamorada de mi misma de tan
dúctil. Y afuera ya es de día, perdí
el amanecer. Me pregunto que me obliga -yo tan bella-~- a
ser cómplice de un gato de la muerte. Un vil gato basurero.
Me pregunto y hasta logro responderme, ni lo duden. Es a causa,
o a raíz de, o mas bien por la culpa de mi monomanía
de leer en un sótano los diarios atrasados. Me traen
las mejores noticias: las cosas ya ocurridas que no pueden
faltarnos el respeto -refulgentes y odiosas- y que acuden
a mi cuando no pienso.
Quedo así escuchando chirridos exteriores mas bien
desafinados.
Se me estiran los tímpanos revénticos.
Las mentiras una a una se dilatan y tengo canallesca sed de
estar muy sola y observar mi propia imagen por el ojo de una
cerradura periscópica.
Así sabré; quizá alguna vez llegue a
saber por que razón los gatos de la muerte me han tomado
de amiga. De cómplice mas bien: yo tan inoportuna como
siempre, tan desaconsejada.
Una nota finita me llega desde lejos y parece un llamado.
Solo yo aprendí a no responderle, me mantengo piola
en mi canasto enroscada en mi misma sin siquiera estirar el
pescuezo y asomar la cabeza para ver lo que pasa. Empiezo
a saber del temor que me embarga: la razón de mis actos.
Él me hizo leer el articulo. Estaba en bastardilla:
era acuciante. A continuación lo transcribo para descorrer
los lienzos de los noctisecretos ignorados por otros. -Como
creo haber dicho, me quedo enroscadita en mi canasto observo
por hendijas de la paja y anoto y anoto sin hacer comentarios.
Vamos vieja ya sé de que se trata que tanto venir haciéndote
la fina si a mi no se me escapa ni un suspiro. Mucha pata
de gato almohadilla con ganas de lamerte y estas allí
sentada con ojos tan opacos. No sabes lo que es lavar los
platos ni romperse las unas rasqueteando los pisos. Ni sabes
de la vida: solo tenés en la mano algún informe,
tres o cuatro detalles rejuntados.
El informe lo tengo en mi guarida al alcance de una mano cenicienta.
Pueden pasar tres cosas:
a) que salga el arcoiris y lo borre,
b) que al contacto con el aire estalle y se disperse,
c) que envuelto en una membrana transparente lo de a publicidad
para alentar al mundo.
Opto por c)
pues el secreto nunca debe ser privado de las luces de un
destino incierto.
y opto por d) por e) y por f) que no existen.
Otrosi digo: es un informe perimido aun vigente y por eso
lo acaricio con la lengua, lo desarmo y rearmo en un rompecabezas
como siempre sucede con las cosas que a mí acuden para
que de una u otra forma las posea, las de a publicidad.
(pp 7 a 10)
APOLOGIA DE LA VERDADERA HUIDA
De noche oigo tambores, me ensordecen los ruidos de la calle.
Un redoble firme me llama a degüello. Es bueno sentirse
así acompañada, acunada por los dulces tambores
de la horca.
Voy a hacer una apuesta contra el otro sector de mi persona.
La parte cotidiana de mí misma que teme al sufrimiento
y a la muerte. La parte que se asombra, quizá la que
más vive por cobarde. Debe ser que los tambores ya
vienen a buscarme, debe ser que alguna vez les hice falta,
que en algún rincón de casa, en cualquier lugar
del mundo el cadalso me espera y ya está armado.
No hay que ser fatalista. Si de noche oigo tambores más
vale largarme por las calles y hacer como quien busca, disparando.
Huir no siempre es cobardía, a veces se requiere un
gran coraje para apoyar un pie después del otro e ir
hacia delante. Nadie huye de espaldas como debiera huirse,
por lo tanto nadie sabe qué es la retirada, el innoble
placer del retroceso: disparar hacia atrás en el tiempo
para no tener que enfrentar lo que se ignora.
Nadie huye de verdad, no es cuestión de salvarse la
vida para seguir muriendo.
Yo puedo atestiguarlo, vayan ustedes formando nomás
los tribunales.
Me he pintado la cara para hacer más efecto, mi piel
está ya blanca como tiza. Pero han de apurarse: no
se olviden que corro contra el tiempo, mi carrera es de espaldas.
En algún lado me espera mi cadalso, redoblan los tambores.
(p 37)
Diosa 13 serpiente
Soy la interpósita persona, la imperdonable
¿Qué tiene ella que yo no tenga? Eso es lo
que pregunto, al fin y al cabo, qué tiene ella para
estar en los museos cambiando de disfraces con brazos o sin
brazos con cabeza o sin ella o en cuclillas. Siempre es la
misma a pesar de sus nombres, la duda no me cabe. Siempre
es la misma y yo soy tan distinta cambiando a cada paso y
teniendo que cargar con un único nombre como si mi
cuerpo y mi cara y toda mi persona no sufrieran constantes
mutaciones. Condenada estoy a cambiar, a renovarme por culpa
de mis células: con cada una que nace ya soy otra;
estoy en todas partes de mí misma y me transformo.
No me digan que no que eso es mentira, ya saben: no miento
porque soy perezosa a pesar de que amo la mentira y no me
canso de hacerle cosquillas con los pies mientras estoy cómodamente
sentada ante una mesa tomando un wiskisáuer.
Me haría falta la imagen de la mentira para reverenciarla,
aunque muchas veces le pongo las caras que aparecen en los
diarios. Son fuente inagotable, los periódicos, y no
preciso iconos sino esa otra cosa que es el toque de gracia:
la pureza. Impura soy en la mentira, contaminada por mi ausencia
de escrúpulos, mi inconstancia.
Además, si no tengo a quién hablarle, ¿a
quién quieren ustedes que le cuente mi vida que es
la enorme mentira? Nunca pueden ser ciertas las cosas que
me pasan. El dolor, por ejemplo, o la desgracia. Los momentos
de tedio los paso en nombre de otro, tan sólo por poder
se me tuercen los dedos se me agrietan los labios me duelen
los riñones. Dentro de mí misma yo soy invulnerable
y no debo envidiar a las estatuas. Del tamaño que sean,
de granito de mármol o de barro. Insisto que en la
noche de los tiempos me encontrará un arqueólogo
que naturalmente morirá de amor por mi persona, y no
pueden culparme. Se convertirá por mí en una
momia para que en algún lejano siglo -lo más
remoto de mí que sea posible--- lo encuentre a su vez
alguna niña desnutrida y se enamore de él y
siga así en cadena el amor de los unos por los otros
tantas veces mentado.
Yo no estoy escribiendo una novela, sino simplemente anotando
con el poco de vida que me queda esta prosa mayor que es mi
testamento (1). ~3uenas señoras, por lo tanto, que
habéis tenido la paciencia de seguir hasta aquí
mis magras líneas, o que habéis por azar abierto
el libro en esta precisa página, cumplid fielmente
con las disposiciones y venid en hilera a orar ante mi tumba.
Y clavadme la estaca que lleváis en el pelo en el lugar
exacto donde mi corazón se encuentra.
(Total él está en otra parte, abandonado como
mancha de tinta en algún hotelucho o palpitando por
ahí en un afán remoto por recuperar esas sístole
y diástole que me llevé conmigo.)
La estaca es para eso: evitar que mi pecho tan vacío
suba y baje en la tumba.
Eso sí: cuando el día de la muerte me acorrale,
tenderele
(1) Testamento
Cláusula I: El pecado de carne está en la carne.
Este conocimiento debe ser asimilado por todo aquel que pretenda
heredar mis bienes.
Cláusula II: El que quiera mi amor que lo cuide, que
lo cuide, que no lo tire.
Cláusula III: Mis lectores me lo deben todo y de ellos
espero atenta dedicación si aspiran a heredar mi diario.
A los gatos de la muerte les dejo estas uñas
que me seguirán creciendo después de muerta,
para reemplazar las de ellos cuando les fallen.
Yo quiero compañía.
celadas minuciosas. Vamos a ver quién gana, si la
muerte por ser mas avezada o yo por estar más disponible.
Es la disponibilidad lo que me salva, y el corazón
dispuesto a la ignorancia.
Somos pocos los que sabemos apreciar esta vida, yo y el hombre
al que amo cualquiera sea éste al llegar el momento.
Y yo vivo muy pendiente de los cambios para que el gong no
me agarre repitiéndome.
El tibio calorcito del hogar me arrellana de a ratos, una
luz fría de cocina me despierta instintos que no tengo.
Hay recuerdos de besos frente a ríos, una noche de
nieve en el banco del parque, el color submarino de tortugas.
Varios nombres barajo sin ninguna alegría, ellos andan
un paso más atrás de lo que ando y el tratar
de alcanzarme les resulta nefasto. Se debe a que galopo en
las tinieblas y mi rumbo de puro imprevisible no puede ser
seguido por los otros. Pocos conocen el dulce ronroneo de
la angustia al no saber adónde se va, ni quiénes
somos, ni de dónde venirnos.
Voy por rumbos oscuros esperando que me tome de la mano y
por una sutil ósmosis me entregue su savia a la altura
de la línea de la vida. O del monte de venus cuando
ciertas tendencias nos entornan los párpados.
Es una dulce trampa, me doy cuenta. No quiero cambiar mis
laterales ni hacer mi testamento del lado establecido de las
cosas.
Aquí no ha pasado nada, ni pasará ni pasa. Si
estoy en Buenos Aires quiero irme corriendo en busca del desprecio.
Un solo asesinato resplandece y se traga las luces de aquéllos
que vendrán. En Buenos Aires hay que salir corriendo
hacia uno mismo, disparar de la nada. Son distintos los oscuros
degüellos perpetrados a diario, tenemos que comer con
nuestras manos los restos de un dolor fosilizado y hacer actos
opacos por la noche: pasearnos por el puerto donde las sirenas
trinan con voz enronquecida y la verdad no existe.
Un vaso de ginebra en el fondo del alma, una barba algo rala,
colorada, los ojos de un demente. Sabe ver cuando quiere,
ocultar las escarchas del placer congelado, cometer imprudencias
acá y allá en redondo, cercándose a sí
mismo. El monstruo es destetable, podremos apartarlo de nosotras
con un poco de esfuerzo. Tengo miedo y cordura al mismo tiempo,
tengo planes celestes que nunca se han cumplido. Mi gato de
la muerte es de una raza extraña, quizá pueda
aplacarlo, quizá ese punto blanco justo justo en el
fondo de una raya sea el toque impredecible del retorno.
Exijo ser leída con calma y rebeldía, con una
balancita para cada palabra. Este es mi testamento y leeremos
como leen los abogados, dando a cada vocablo justa peso, sin
invertir el orden de las cláusulas, equivocándonos.
Por suerte alguien sabrá que el significado es otro
y me leerá tan sólo en los reflejos. Será
justicia.
(pp 93 a 96)
17. El gato eficaz
Nunca dudé que dejaría un estigma y sin embargo
le permití dormir sobre mi cuello. Ahora tengo una
quemadura negra en la garganta, un espeso contorno y cuatro
patas. Era un gato de muerte y lo deje dormir sobre mi cuello
en busca de un abrigo. Como si estos bichos abrigaran -irredentos,
solemnes- como si de ellos se pudiera esperar alguna gracia.
Pero yo sé muy bien que la garganta se la debe exponer
a lo que venga. Los lobos, por ejemplo, solo así detienen
furias del enemigolobo. Yo no tengo enemigo -ni siquiera lobuno-
y ni pienso ponerme a detener a naides. Sólo quiero
informarles que si tengo un defecto no lo oculto, expongo
la debilidad de mis 4 costados, en mis estigmas no aparece
el sello De Uso Oficial Exclusivo y están aquí
a la vista de todos los contritos desdentados.
Dientes en mi cuello eso sí que rechazo: me repugnan.
Hay tantos más vampiros de los que figuran en las guías
telefónicas y soy solo esplendente con toda mi sangre
a cuestas. Me niego a parecerme a aquella señorita
que fue enverdeciendo con cada luna llena. Enverdeciendo sin
brotar, en podredumbre. Nada rojo manaba de su cuerpo, risible
nada: la carcajada es roja, rosada la sonrisa. El tono de
ella era verde malvón del color de las hojas que crecen
en el Village al compás de vapores. Pocos saben de
eso: la gente solo ve el vapor sin ver las hojas verdes que
forma al desflecarse. En el Village las flores sólo
son de papel, alegres coloridos para pena del alma pues el
papel es trampa y nada que provenga de el puede ser recordado.
El papel es trampa, yo soy trampa toda hecha de papel y mera
letra impresa.
Ella en cambio era verde como un verso de Lorca y peinaba
las lianas de su cuerpo por donde corría la savia.
Savia con clorofila, fotosíntesis, un mundo vegetal
descomponiéndose hasta hacerse petróleo ante
sus ojos. Y como vampiros nunca faltan -lo repito- también
encontró el suyo a pesar de sus cambios.
Era un rico tejano con sombrero, completito, que le planto
su torre bien adentro y le sorbió los aceites mas pesados
en lugar de irrigarla. Un taladro, el tejano, verdadero artífice
del pozo aun dentro de ella. Pudo así obtener un alto
porcentaje de gases combustibles, un poco de solvente. Pudo
arrancarle amor que también arde, ofuscarse en caricias
petropútridas.
Yo conservo mis tonos sonrosados para un día de nuevos
combustibles, permito que se hagan prospecciones por toda
mi persona y elucido así la razón de mis zumos,
los dejo invadir conductos, poco puede importarme si me llaman
promiscua.
¿Promiscua? Eso si que no soy. Me sé mantener
aislada en medio del tumulto y cuando digo estar en un cuarto
tapiado es que viajo en el subte a las seis de la tarde. La
muralla es humana, por lo tanto, son los cuerpos que tapan
las ventanas y me obstruyen las puertas.
Por los túneles vagan los que quisieran ver la luz
del día. Están ciegos y sordos y ateridos: sólo
oyen el rugido del tren que se les echa encima, ven la luz
del gran faro, la electrificada vía les conmueve el
tacto, huelen a quemado a causa de los roces, en el paladar
sienten el gusto del desastre. Solo en subterráneos
funcionan sus sentidos y por eso sobrenadan las tinieblas
arriesgando la vida.
Sin sentidos carece de sentido estar en este mundo.
Cosa muy diferente nos ocurre con eso que llamamos sentimientos.
Sentimientos de culpa no nos dejan actuar nos detienen la
mano a cada instante a causa del recuerdo de hechos imputables.
Sentimientos de fracaso nos corroen por la tarde cuando llega
la hora de lo que no tenemos. Como único sentimiento
yo me quedo con mi gran autolástima: lloro tan bien
por mí, me lamo las heridas, me aliento en las empresas
y me perdono al fin cuando todos me culpan.
Me perdoné un día en Chacarita ante tribunales
sabios. Tenia un juez indulgente que era yo, un jurado volcado
a mi favor y nada de fiscales. Señor juez, yo me dije,
absuelta estás, hija mía, me contesté
al instante. Absuelta sum, canté en coro conmigo absuelta
sum y me fui en bicicleta a recorrer las calles.
Ya ni me acuerdo de qué se me acusaba. Prefiero no
acordarme, mejor dicho, para no tener que apelar a la Suprema
Corte: las más de las veces desapruebo mis actos y
busco algún castigo.
Siempre es él quien no quiere castigarme. De sádico
no más; no puede ignorar que un poco de castigo me
hace falta. Un poquito no mucho, tal vez en una oreja o en
alguna otra saliencia alejada mas bien de mi persona. Hasta
me dejaría cortar las orejas en punta como un toque
diabólico aunque ya no se use el satanismo. Ahora se
usa el bien, la buena gente, las intenciones sanas y el amor
a algún prójimo distante. Queda bien suspirar
por los que tienen hambre sin por eso permitirles hurgar en
nuestras ollas. Queda bien recordarles que el arroz es más
sano con la cáscara y dejarles la cáscara. Cuando
lleguen las bandadas de zombis a comer la cosecha otra va
a ser la historia. ¿Por qué serán sagradas
las cosechas si están lejos del habla, de toda inteligencia?
Los gatos de la muerte defienden las cosechas con orejas en
punta y el bigote recortado dentro de la cara hecho con chapa
negra y duradera. Como el Gato Eficaz con ojos de bolitas,
con ojos de cristal tallado y reverberaciones propias. Es
terror de los pájaros, de loros y palomas. Ahuyenta
a rata y laucha. Atemoriza a liebres, comadrejas y a todo
animalejo dañino para el campo. Ahuyentara a los zombis
que avanzan desnutridos en pos de nuestras mieses.
Si lo duda, lector, vaya sabiendo que el registro de marca
y la patente están en trámite y que es numero
10.477 el modelo industrial (de reproducción penada
por la ley).
La reproducción de estos gatos no solo esta penada
por la ley sino que es imposible. Si son pura cabeza de ojos
centelleantes moviéndose si hay viento, y deben colocarse
a 5 metros de distancia unos de otros para mas resultado.
Cinco metros son muchos por mas eficaz que sea el minino.
Sin embargo recomiendo vivamente no plantarse en su radio
de acción: de las cabezas de aluminio anodizado como
reza el prospecto- saldrán babas invisibles -es lo
que corresponde- y se armará una trampa para cazar
hambrientos, sus únicos amores.
(pp 115 a 119)
1 La semana de Bellas Artes,
México DF.nº 164- 21 de enero de 1981
2 Excelsior, México, 11 de
agosto de 1972
3 Diario de México, México,
30 de agosto de 1972
El gato eficaz
Por Luisa Valenzuela
(Joaquín Mortiz-México)
Del periodismo que comenzó a ejercer casi precozmente,
es probable que Luisa Valenzuela haya obtenido los elementos
esenciales con los cuales fue reelaborando íntimamente
sus puntos de vista para proyectarlos a la literatura. A partir
de esta nueva experiencia que otorga a los hechos y las cosas
una dimensión a veces desconocida, la situación
de Luisa Valenzuela pasa a ser la de una escritora de reacciones
instantáneas y dotada para descubrir de inmediato el
lado de la realidad contra la cual considera perentoriamente
necesario rebelarse, de manera tal que el conflicto está
planteado cuando comienza su juego sutil de oposición
y también de desafío.
En El gato eficaz, su último libro (Luisa Valenzuela
había publicado ya una novela, Hay que sonreír,
y un conjunto de cuentos, Los heréticos), aquel modo
en ocasiones desconcertante de establecer contacto con la
cuestionable realidad, guía instintivamente sus actitudes
por momentos piadosas, y se manifiesta en un aparente estado
de dispersión o aprehensión simultánea
de las distintas formas de ser y perecer de un mundo sorprendido
en su faz más crítica. Fin o resurrección,
lo mismo da. No debemos descartar la idea de que se trate
de un mismo proceso en una novela con hondas y oscuras raíces
en el hombre y no en sus eventuales historias. Ese hombre
puede estar aquí o en cualquier otra parte, atareado
en la búsqueda radical de sí mismo y también
de su antípoda, aun cuando para testimoniar su desesperanzada
permanencia en el infierno que presupone tal aventura, Luisa
Valenzuela haya optado por localizarlo en Nueva York. Pero
más que en Nueva York, en Greenwich Village. Aquí
(recordamos sus confesiones de hace unos meses en estas mismas
páginas) sintió "como si las pasiones se
volvieran táctiles: es como estar en el centro de toda
la electricidad del mundo". Más que de hechos
corresponde hablar de situaciones, y éstas aparecen
o reaparecen, al margen de convencionales cronologías
y de distintos escenarios: Buenos Aires, México, etc.
Quizás El gato eficaz no se proponga redimir nada,
ni mucho menos presentar modelos de vida, sino más
bien alertar sobre cierta pérdida caótica de
la condición humana, apelando para ello a algunos símbolos,
particularmente los personajes felinos que la autora introduce
con evidente maestría, y sus frecuentes alusiones a
otros seres irracionales.
De ser así, toda la estructura de la novela, cuyos
límites escapan a nuestra capacidad de medición,
descansaría sobre el supuesto de un universo sometido
solamente a las leyes de la razón que impone, así,
un dominio aniquilador.
Se trata (obvio es aclararlo) de una simple hipótesis
pues si bien El gato eficaz deja al lector la iniciativa de
interpretarla libremente, muchas de sus claves se desvanecen
arrasadas por la originalidad misma de un texto poco hospitalario
en aquel sentido. Parecieran quedar en poder de la autora
que, a solas con su creación procura expresar en un
lenguaje desgarradoramente poético, al cual no puede
renunciar, lo que siente o presiente respecto del amor y del
odio, de la vida y de la muerte. Son, por otra parte, algunos
de sus temas, porque El gato eficaz posee un registro más
amplio; se afirma en lo inalcanzable a veces, y se ilumina
asido a un humor muy particular de Luisa Valenzuela, y a una
materia en frecuente trance de mutación. (119 páginas).
Juan Cicco
El gato eficaz
Luisa Valenzuela
(Ediciones de la Flor- Buenos Aires)
El sitio donde transcurren los cubos que integran este rompecabezas
de Luisa Valenzuela puede ser la ciudad -Iowa, Buenos Aires,
otras- o incluso el infierno. Allí donde todo se junta
-o en el sueño-, donde todo se persigue y se continúa
es precisamente el lugar en el que la autora de importantes
novelas y cuentos -Aquí pasan cosas raras, Cambio de
armas, Cola de lagartija, entre otras- ubica esta especie
de gran pesadilla confesional, en la cual los gatos de la
muerte se pasean como dueños del tiempo. Una prosa
tersa, clara y repleta de oficio e ironía, ayuda al
lector a confundir las pistas. Acaso quien habla huye, o persigue,
o se esconde, o se declara culpable de algo que es como la
vida misma, un remordimiento con empujones eróticos
y confidencias dolorosas también.
Aparecida la primera edición en México en 1972,
esta segunda permite el conocimiento y el goce de una de las
personalidades más singulares de la narrativa argentina.
No existen en Luisa Valenzuela ni convencionalismos ni normas,
parte del buen narrar. Y como a buen narrador, pocas palabras,
una gran economía rige estas páginas que son
a veces una especie de diario personal, otras una certeza
procaz con algo cálido como el erotismo y fríamente
mortal.
Podría acaso también entenderse este texto como
un extenso poema hecho con irreverencia y desparpajo según
aclara la autora en el prólogo: "este libro es
mi texto de ruptura, una compuerta que quizás nunca
más llegó a desbordarse". Y explica así
Valenzuela la génesis de este animalejo: "Estando
la autora a la sazón en una pequeña ciudad universitaria
estadounidense, con una baca para escritores, rodeada de un
grupo especialísimo de escritores, sobre todo latinoamericanos,
le ocurrió lo que no podría dejar de ocurrirle:
se puso neurótica. Era demasiada literatura y mucho
hablar de la muerte...Y la muerte se le encabritó ahí
mismo y se metió de cabeza a escribir interrumpiendo
el sueño propio y el ajeno, en el bar o en la confitería".
Así surge, pues, este tomo "que es un informe
perimido aun vigente y por eso lo acaricio con la lengua,
lo desarmo y rearmo en un rompecabezas como siempre sucede
con las cosas que a mí me suceden para que de una u
otra forma las posea, las dé a publicidad".
Nuestra literatura posee toda una línea -acaso encabezada
por Arlt y Cortázar- que abomina de los empacamientos
a los que nos acostumbró Mallea, por ejemplo. Así,
con una fluidez que parece sencilla pero que está llena
de dificultades expresa Valenzuela su pensamiento, añadiendo
la broma y lo cotidiano como si de una letra de tango inscripta
sin comillas o de un diminutivo simpático pudiera surgir
la ironía. Confert: "Si me entreno bien en el
análisis los muertitos de aquellas latitudes me entregarán
sin duda los arcanos que busco".
Hay que decir asimismo que Valenzuela con desfachatez -¿significa
esto una negación de la fachada?- tiene la fuerza de
mostrar el mundo de la mujer por adentro y que habla sin decir
lo que se espera de ella como establece el machismo que ya
es parte, al cabo de los años, de la naturaleza femenina
aunque parezca paradójico. Y cuando quiere divertirse,
aconseja jugar al fornicón: "Es éste un
juego inventado por mí para pasar bien el rato en compañía.
Cualquiera puede aprenderlo: es sencillo, no se desordena
demasiado la casa y distrae de las cotidianas preocupaciones.
Se juega mejor por parejas y resulta más fácil
si los componentes pertenecen a sexos lo suficientemente diferenciados.
Conviene, aunque no es imprescindible, tener una cama a mano
y jugar a media luz...Como no hay vencedores ni vencidos,
el fornicón casi nunca crea altercados". En fin,
se recomienda la lectura de las páginas 70 a 72 con
las reglas precisas del juego, siempre útiles.
En la contratapa una fotografía de la autora, su cara
semivelada por una máscara que no es sino un gato eficaz
-el gato de metal anodizado con el que se espanta a los gorriones
y demás pájaros dispuestos a devorar las semillas-
y juicios críticos de Fernando Curiel, Sharon Magnarelli
y Nelly Martínez contribuyen a la comunicatividad de
un libro que invita a jugar y a pensar.
Inés Malinow
La Gaceta
Tucumán, 29 de septiembre de 1991.
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