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Vivo a la vera del bosque, cosa que suena dulcemente bucólica
pero en este caso es a más no poder urbana. Aunque
fronteriza. Vivo en la frontera de lo que en otras ciudades
se llamaría el bosque central, aquí apenas central
en tres de los cuatro costados. En el cuarto el bosque delimita
con la nada, es decir con ese río tan vasto que no
deja ver la otra orilla.
Ahí vivo por elección. Me gusta. Y quiera aprovecharlo
al máximo, para lo cual tengo perro que disfruta de
cada árbol y de todo centímetro de tierra y
no deja de husmear cada rincón y de marcar territorio
como si fuera propio. Y por consecuencia, mío. Se me
podría acusar de apropiación por vía
del meo canino, si no fuera que somos muchos los que por acá
paseamos o nos dejamos pasear por estos cuadrúpedos
afables, los mejores amigos del hombre, como dicen. Los mejores
amigos de la mujer, también, que buena compañía
me brinda este bastardo.
Su certificado de vacuna antirrábica afirma: de raza
mestizo. Gran cosa. Y le digo a los que preguntan la estúpida
pregunta que se trata de una raza peruana (y perruna, naturalmente).
Raza llamada cuzco, y el que quiere entender que entienda.
Se trata de un cuzco negro, simpático, cachorrón,
efusivo, al que en la intimidad del hogar llamo el Supergroncho.
En la calle responde cuando se le da la gana al más
culto apelativo de Sombra. Sí, es macho, vuelvo a aclarar
como tantas veces en la calle. Sombra es el apellido. Lo llamamos
por su apellido, como don Segundo (Sombra). Su primer nombre
es a veces Nelson y a veces Angel, pero no usamos ni el uno
ni el otro: Nelson en homenaje a Mandela, y Angel porque en
algún lado leí que la manchita blanca que lucen
ciertos perros negros es la marca del ángel. Este lleva
a su ángel en el medio del pecho como una afirmación,
breve pero rotunda.
Es un cuzco mediano, peludito, orejita parada y cola mohawk
algo cursi. Animal muy poco intimidante. Y sin embargo, la
otra noche vivió su hora de gloria.
Habrá que tenerle más respeto.
Cuando se eriza tiene algo de hienita negra. Chiquita, para
hiena.
Era bien tarde cuando salimos con mi amigo a pasearlo entre
los árboles. Y ahí no más, a la vuelta
de casa, a metros del asfalto, le conocí el calibre.
De mi amigo no puedo decir lo mismo.
En la noche de marras un hombre apareció de golpe,
un tipo que dejó a sus espaldas lo que podríamos
llamar la civilización y empezó a internarse
en el bosque (urbano). El perro que no entiende de fronteras
se le fue al humo, quizá queriendo defender a su caperucita
(yo) de ese enemigo lobo. Se le fue al humo y lo chumbó
a prudencial distancia y el hombre desatendiendo las sabias
recomendaciones en semejante circunstancia desdichada no supo
quedarse quieto y se empezó a sacudir, nervioso, sin
saber hacia dónde enfilar.
No se mueva- le recomendé mientras me iba acercando.
No se mueva, es cachorro, no le va a hacer nada.
E1 tipo no estaba para sensateces y, como en corrido mexicano,
echó mano a la cintura y una pistola sacó. Revólver
o pistola de muy buen tamaño, debo reconocer, aunque
desconozco detalles de balística.
Agarre al perro o lo mato me dijo el tipo. Le creí.
Le creí y por esos pasmosos milagros de la mente humana
en la cual no puede una confiar en absoluto, no sentí
ni una pizca de miedo, imprudente de mí. En el bosque
aunque bastante cerca de la orilla. En ese descampado a las
dos de la mañana sin un alma (¿y mi amigo?),
sola sí con perro que le ladraba. Al otro. Perro chumbándole
al chumbo. Incontenible.
Me acerqué parsimoniosamente para no alarmar a la dupla
canhombre que, revólver por medio como un hiato, como
la célebre barra entre significado y significante,
formaban un todo.
Estas sesudas reflexiones no las tuve entonces. Apenas a duras
penas las tengo ahora, ya lejos de toda amenaza.
Entonces tuve otra impensada salida que ahora no tildo de
sesuda, sino de suicida. Porque fue sujetar al can (parsimoniosamente,
ya lo he dicho), levantar la vista y tras fija observación
del amenazado amenazador, exclamar con tono liviano:
¿Qué hacés vos tan joven con un revólver?
Frase que ahora me suena y sé que estoy en lo cierto-
a lo más insensato de la tierra.
Pero en aquel momento, del alma, del más recóndito
rincón donde se agazapan las exclamaciones que acabarán
por perdernos, me salió la antológica frase:
¿Qué hacés vos?, etcétera.
Tengo colección de ésas. En otra oportunidad
exclamé Soy una señora grande, cuando me quiso
violar o algo parecido un colectivero despistado. Pero ésa
es otra historia. Qué hacés vos tan joven con
un revólver es la frase que hoy nos preocupa. A mí
y a mi perro. Porque lo que es a mi interlocutor de aquella
noche, la pregunta le resultó lo suficientemente lógica
dadas las circunstancias como para contestarla
Soy policía me dijo.
Y logró despertar mis iras que hasta ese instante estaban
dormitando a la deriva.
Policía, mascullé entre dientes, tenerle miedo
a este cuzquito, vergüenza debiera darle, cagón,
y pensar que pacíficas ciudadanas como una esperan
que nos defiendan, policía, cagón, y para colmo
prepotente.
Reflexiones sensatas todas ellas generadas por las circunstancias
pero afortunadamente masculladas, espero, como ya estipulé,
masculladas entre dientes, cargadas de veneno, sopladas con
asco pero con cierta contención y medida mientras en
el fondo del jardín, mi fornido acompañante
y amigo se hacía el oso.
Acerqueme entonces a él y díjele Vayamos a la
comisaria.
¿A la comisaría? Estás loca. Vos sabés
en qué país estamos, mujer, la cana puede ser
peor que los chorros.
Ese tipo tenia un chumbo.
¿Y qué? ¿Te vas a arriesgar por eso?
Lo menos que te puede pasar es perder el tiempo, que te tengan
ahí horas y horas para tomarte la denuncia. Lo más,
no sabemos. Y de todos modos, si él es cana, ¿qué
vas a lograr denunciándolo?
Nada. Lo voy a humillar, eso, lo voy a humillar. Imaginate,
tenerle miedo a este cuzquito de morondanga.
En el camino, entre protestas, mi amigo me contó la
historia de la mujer que oyó ruidos en su casa de campo
y espió por la ventana y vio a alguien intentando robarle
la bomba de agua. Puso a funcionar la bomba. El tipo huyó.
A la mañana siguiente, en la correa del motor encontró
un dedo cercenado. Y más tarde encontró el complemento:
desde la puerta de la comisaría donde había
ido a hacer la denuncia vio, a tiempo, al joven cabo con la
mano vendada y la venda ensangrentada. Pudo huir, si huir
es en este caso la palabra.
Digamos que escuché la historia con media oreja. Mi
obsesión de humillar al maldito era más fuerte
que toda sensatez. Y también mi miedo ¿qué
hacía un hombre armado paseándose tranquilamente
a la vera de mi hogar? Tenía una pregunta en la punta
de la lengua.
¿Tienen ustedes personal de civil patrullando la zona?
formulé en tono digno al llegar a destino.
No me contestaron los azules con igual dignidad. En absoluto.
Y entonces me largué a narrar la vicisitud canina escamoteando
el detalle de mis balbuceos indignados. Yo sabía, dije
muy ufana, recalcando la rima. Yo sabía que no podía
ser policía. ¡Tenerle miedo a un cuzquito de
este porte!, me indigné para que no quedaran dudas
del porte del cuzquito ni del indigno coraje del hombre armado.
Los azules resultaron bastante bonachones, debo admitir. Lo
miraron a Sombra, sonrieron, me dejaron progresar en mi diatriba,
llamaron a un tercero.
Soy el subcomisario Fulano dijo el tercero. En qué
puedo servirla dijo.
De civil ese tercero pero de porte imponente.
Bueno le dije, soy le dije, vecina de la zona, y me pasó
tal y tal cosa y yo sabía que no podía ser policía
de civil como dijo porque claro, asustarse, ¿vio?,
de este tierno animalito tan poco intimidante, bla, bla.
¿Cómo era el sujeto?
Era así, y asá, delgado, con bigote. Y cobarde.
¿Cómo puede ser que ande esa gente armada suelta
por mi barrio?
Hay personal de civil custodiando el hipódromo.
Está lejos, el hipódromo.
Sí, pero los muchachos se distraen mirando los autos
estacionados en el bosque...
Con parejas (no lo dijo). Se distraen (dijo). Cómo
(no lo dijo). Y yo juro que no para vengarme, más bien
para hacerme la que no registraba esa frase tan cargada de
significados inquietantes, y yo entonces quise dar vuelta
al mostrador tras el cual se escudaba el subco y mostrarle
de cerca al cuzco con ánimo de desprestigiar para siempre
a su atacante.
Ni un guardia del hipo... empecé a decir, minimizando
a mi humilde perrito.
¡No se acerque! casi gritó el subcomisario.
¿No se acerque? Lo miré, interrogante, azorada.
Espantada, más bien.
Soy alérgico, aclaró el subcomisario, tarde.
Salimos medio corriendo de la comisaría, con mi amigo,
porque no pudimos contener más las carcajadas. Y nos
reímos por cuadras y cuadras en medio de la noche,
hasta que por fin descubrí el motivo que me había
llevado hasta la comisaría, arriesgando no digo mi
libertad pero sí mi tiempo y aun, quizá, mi
tranquilidad de espíritu.
Había ido, sencillamente, para conseguirle un final
a esta historia. O más bien un estrambote.
Densidad de la palabra
Simetrías
Por Luisa Valenzuela
(Sudamericana)
Luisa Valenzuela es hija de Luisa Mercedes Levinson. El lector
dirá: “De casta le viene al galgo”, pero,
para seguir con refranes, “Algo va de Pedro a Pedro”,
y de Luisa a Luisa. La capacidad imaginativa sí la
hereda, pero no su modalidad. Literariamente, Luisa no es
hija de su madre, de la que se distingue con perfil propio,
delineado por media docena de novelas y otra de libros de
cuentos. Simetrías organiza sus piezas en cuatro secciones
y un texto contrapuntístico, solitario y final, que
bautiza el libro. Significativamente, cada una de esas partes
revela rasgos definitorios de su narrativa, más perceptibles
en textos breves como éstos, que en los novelísticos,
en mi estimación, menos logrados.
“Cortes” reúne piezas que no siempre desarrollan
una historia, sino que proponen una situación de escasa
acción con final sorpresivo o de giro brusco, como
en “Tango” o “El zurcidor invisible”.
Una de sus preferencias es tensar una escena hasta lo intolerable,
por ejemplo, en “El café quieto”, convirtiéndolo
en una breve imagen del infierno del tedio. LV es diestra
en potenciar como resorte oprimido gradualmente- situaciones
estrechas, adensándolas en espacio acotado y tornándolas
en ombligos de un pequeño mundo que gira en torno de
ellas. Sabe hacer virtud de la limitación.
La segunda sección, “Tormentas” sale del
ámbito corriente y le hace sitio a lo extraño.
“El deseo hace subir las aguas” muestra a una
recién casada que enfurece y clama porque su habitación
del hotel veneciano, en que ha de pasar la luna de miel, no
da a uno de los canales umbrosos. El despertar del día
siguiente muestra que las aguas, como a su conjunto, han inundado
la pieza y la ciudad toda. Esto es una imagen de otro de los
rasgos que identifican la narrativa de LV: en ella siempre
hay elementos invasores, inundatorios, que desbordan los lindes
y rompen los límites; elementos que laten tras lo visible
cotidiano hasta que afloran aluvionales. “El protector
de tempestades” está compuesto según la
misma técnica con que Borges entreteje dos historias
con un punto en común, el fluir de un río continuo,
o, ya no el agua, su opuesto, el incendio en “Todos
los fuegos, el fuego” de Cortázar. Aquí,
todas las tormentas, la tormenta, en las confidencias de dos
mujeres. La sección tercera, “Mesianismos”,
alude en su nombre al surgimiento de aparentes redenciones.
“Transparencia” es el nuevo mensaje de la creación
de El Club, donde cada uno diga lo que realmente piensa. El
humor se insinúa en los comentarios: la diplomacia,
la política y la literatura quedan excluidos, por no
llamar al pan, pan y al vino, vino. La voz que expone el proyecto
nos depara una revelación: “Ya no tendrán
que llamarme Dios. Ni siquiera Presidente del Club...”
En otro relato, “La risa del amo que es el Bajísimo-
pone en escena un rito satánico que consume en llamas
a sus mismos celebrantes. Por último, la pieza más
siniestra de la colección: “El enviado”,
los sobrevivientes de la catástrofe aérea son
rescatados, pero empiezan a morir languideciendo. Sólo
uno se recupera. Cuando su padre advierte que sufre “síndrome
de abstinencia”, incorpora a sus comidas un trocito
de carne humana. La rehabilitación se transforma en
liturgia y en macabra comunión, para satisfacer la
cual comienzan a matar hombres. El vocabulario religioso se
infiltra en esta pieza, confundiendo los planos e instaurando
la ambigüedad.
La sección final, “Cuentos de Hades” (y
de hadas, a medias) es la de imaginación más
creativa del volumen pese a que, paradójicamente, se
apoya en los relatos feéricos tradicionales. Continúa
un juego de variantes que han ejecutado entre nosotros Anderson
Imbert, Denevi y Ana María Shúa en Casa de geishas.
Las piezas de esta línea de LV están transidas
de cierta vibración maligna (un personaje es Brhaada:
bruja más hada). “No se detiene el progreso”
es una versión sabrosa de la Bella Durmiente y “La
llave”, de Barbazul. Recomiendo particularmente dos
de estos relatos. “La densidad de las palabras”,
excelente aprovechamiento de un lugar común expresivo:
“echar por la boca sapos y culebras”. Es un símbolo
sugerente del oficio del escritor y una imagen de la dinámica
imaginativa de LV. La otra pieza, “Avatares”,
enlaza los destinos y entreteje los nombres de sus dos protagonistas:
Blancacienta y Ceninieves. Si para los griegos era doloroso,
para el lector se tornará gozoso este descenso al Hades
de la mano experta de Luisa Valenzuela: Perséfone in
tenebras. (191 páginas.)
Pedro Luis Barcia
La Nación. Cultura
3 de febrero de 1994
Simetrías
Por Luisa Valenzuela
Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 170 páginas.
Para Luisa Valenzuela, escritora argentina contemporánea,
cada cuento es una aventura en dos niveles: el temático
y el técnico. No es difícil imaginarla ante
el embrión de una idea, pensando cuánto más
puede exigirle, hasta dónde puede llegar para decirle
a su cómplice, el lector, nada más que lo indispensable.
Su nuevo volumen contiene diecinueve cuentos agrupados en
cinco temas: “Cortes”, “Tormentas”,
“Mesianismos”, “Cuentos de Hades”
y “Simetrías”.
En el primer grupo utilizó la polisemia de la palabra
"corte" en sentido literal y figurado. Por ejemplo
los cortes del "Tango"; cortar el cordón
umbilical ("Cuchillo y madre"), o como sinónimo
de apuñalar en "El zurcidor invisible", entre
otros. Son cuentos realistas que penetran en la psicología
femenina.
Las tormentas del segundo grupo transcurren en Venecia ("El
deseo hace subir las aguas"), en Punta del Este o en
Nicaragua ( "El protector de tempestades "), pero
lo importante se encrespa en la interioridad de las parejas
protagónicas. La tensión erótica se une
a la tensión narrativa mediante una estructura siempre
interesante.
De los cuentos mesiánicos preferimos "Transparencias",
el monólogo de Dios reorganizando la Tierra sobre la
base de un lenguaje sin ambigüedades ni doble sentido.
Si bien en la mayoría de los cuentos aparecen los juegos
con el lenguaje, creemos que es en éste donde logra
una mayor originalidad.
Lo que parece una errata en el subtítulo de "Cuentos
de Hades", es una forma muy sutil de dar a entender que
en ellos se distorsiona, deforma, cambia el sentido de los
cuentos originales. Los personajes confunden y mezclan sus
roles arrastrando la acción hacia senderos desconocidos:
Caperucita, el lobo y la abuelita, Blancacienta y Ceninieves,
Brhada mezcla de bruja y hada- una Bella Durmiente de pinceladas
tan surrealistas como una pintura de Max Ernst ("de sus
gráciles brazos van creciendo poco a poco unos zarcillos
viscosos"). Príncipes y princesas narran sorprendiéndonos
con la a veces dramática intromisión de elementos
de la realidad.
En el último cuento, el que da nombre al libro, dos
historias corren entrelazadas: un mono enamorado de la mujer
de un coronel y otro coronel enamorado de una guerrillera
a la que tortura. La simetría entre ambas historias
se va ajustando hacia el irónico y salvaje final.
La novelista de Hay que sonreír, Como en la guerra,
El gato eficaz, Cola de Lagartija, Realidad nacional desde
la cama y Novela negra con argentinos; la cuentista de Los
heréticos, Aquí pasan cosas raras, Libro que
no muerde, Cambio de armas y Donde viven las águilas
narra con un estilo fuerte y despojado de adornos. Aunque
a veces, pocas, hace sonreír con un humor explícito
como el de "Estrambote", es más frecuente
que el humor corra disimulado, irónico, ácido,
tan inquietante como lo son sus tramas y sus personajes.
Irene Ferrari
La Prensa, 28 de noviembre de 1993.
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