(fragmentos)
I
Hay cantidad de páginas escritas, una historia que
nunca puede ser narrada por demasiado real, asfixiante. Agobiadora.
Leo y releo estas páginas sueltas y a veces el azar
reconstruye el orden. Me topo con múltiples principios.
Los estudio, descarto y recupero y trato de ubicarlos en el
sitio adecuado en un furioso intento de rearmar el rompecabezas.
De estampar en alguna parte la memoria congelada de los hechos
para que esta cadena de acontecimientos no se olvide ni repita.
Quiero a toda costa reconstruir la historia ¿de quién,
de quiénes? De seres que ya no son más ellos
mismos, que han pasado a otras instancias de sus vidas.
Momentos de realidad que de alguna forma yo también
he vivido y por eso mismo también a mí me asfixian,
ahogada como me encuentro ahora en esta mar de papeles y de
falsas identificaciones. Hermanada sobre todo con el tío
Ramón, que no existe.
Uno de los tantos principios -¿en falso?- dice así:
Señoras y señores, he aquí una historia
que no llega a ser historia, es pelea por los cuatro costados
y se derrama con uñas y dientes. Yo soy Bella, soy
ella, alguien que ni cara tiene porque ¿qué
puede saber una del propio rostro? Un vistazo fugaz ante el
espejo, un mirarse y des-reconocerse, un tratar de navegar
todas las aguas en busca de una misma cosa que no significa
en absoluto encontrarse en los reflejos. Los naufragios. El
preguntarse a cada pasito la estúpida pregunta de siempre
¿dónde estamos? Dónde mejor dicho estaremos
consolidando nuestra humilde intersección de tiempo
y espacio que en definitiva es lo poco o lo mucho que tenemos,
lo que constituye nuestra presencia en ésta. Esta vida,
se entiende, este transcurrir que nos conmueve y moviliza.
El constante cambio para saberse viva. Y ésta que soy
en tercera instancia se (me) sobreimprime a la crónica
con una protagonista que tiene por nombre Bella (pronúnciese
Bel/la) y tiene además una narradora anónima
que por momentos se identifica con la protagonista y con quien
yo, a mi vez, me identifico.
Hay un punto donde los caminos se cruzan y una pasa a ser
personaje de ficción o todo lo contrario, el personaje
de ficción anida en nosotros y mucho de lo que expresamos
o actuamos forma parte de la estructura narrativa, de un texto
que vamos escribiendo con el cuerpo como una invitación.
Por una invitación, que llega.
Bella la aguerrida y bastante bella aunque muchas veces aclaró
Bel/la, sobrina nieta de Lugosi. Bella la sólida, la
enterita en apariencias, en su casa esperando sin saber muy
bien qué, quizá algún viejo y olvidado
retorno, algún afecto perdido en el camino, quizá.
Bella la actriz representando su propio papel de espera. Limándose
las uñas.
Limándose las uñas cuando sonó el timbre
y Bella de un salto se abalanzó a la puerta y se sintió
defraudada al encontrarse cara a cara con un simple mensajero.
De tanto andar distraída por ciertos andurriales de
la mente no pudo darse cuenta de que en realidad se trataba
de lo otro, de un Mensajero con mayúscula, de esos
que rara vez se apersonan en la vida.
Los Mensajeros suelen usar los más inusitados disfraces
y éste vestía el simple uniforme gris de un
mensajero, no podría haberse caracterizado de manera
más despistadora.
Y fue de este mensajero en apariencia anodina que Bella recibió
en propia mano la entonces aparentemente anodina invitación:
un sobre con escudo dorado en la solapa conteniendo cordial
convite a una recepción en su embajada favorita para
saludar al nuevo embajador.
-No sé si favorita la embajada, favorito ese país
tan lleno de misterios. Y parece que la embajada también
llena de misterios bajo el más prosaico nombre de asilados
políticos. Ojalá sea cierto -le explicó
Bella a su espejo en una de esas grandes representaciones
que solí ofrecerse a sí misma, quizá
para ensayar o quizá para verse por una vez libre de
público.
Bella es alguien que le habla al espejo porque la otra alternativa
sería mirarse, y mirarse exige muchas concesiones.
Mejor espejo amigo con el cual se dialoga que espejo amante
sólo para encontrarse.
Y con renovados bríos Bella completó la limada
de uñas que había sido interrumpida por el timbre.
Y si alguien más adelante insinuara la sospecha de
que se las había estado afilando, Bella sabría
responderle:
-Nada de afilarme nada. O al menos por fuera. Yo me afilo
por dentro, me relamo, me esponjo las plumas interiores (a
veces). Por fuera sólo soy la que soy con ligeras variantes
y con las menores asperezas posibles. No tengo por qué
afilarme de manera alguna. He dicho.
II
Ha dicho, dijo y dirá, claro, pero tuvo que contradecirse
y negarse a sí misma muchas veces y volverse a aceptar
y negarse de nuevo y de nuevo contradecirse, desdecirse, hasta
poder recuperar el tiempo lineal en el cual los recuerdos
y las interferencias no se circunvalan, no se espiralan alrededor
de una hasta hacer del tiempo sólo un gran ahogo.
Tiempo lineal del conectarse con el mundo, del aquí
y ahora prácticos que la llevaban por las calles para
cumplir menesteres tales como pagar las cuentas -del teléfono,
del gas o de la luz, se entiende, nada de pagar las otras
cuentas que pertenecen a los tiempos envolventes-. Abstractas
cuentas impagables que configuran la culpa.
Entonces ya prolija, todo en orden, con la correspondencia
al día, las cartas sobre la mesa, las expectativas
y las esperas olvidadas. Lista para encaminarse hacia otros
mundos a la hora crepuscular del viernes. Preparada para ir
a la fiesta, dueña ya de sus actos -el primero y el
segundo acto, al menos-. Actriz después de todo ¿no?
Sólo una actriz, nada más y apenas alguien que
simula un poco de sufrimiento y sufre. Alguien que puede olvidar
el sufrimiento cuando se dispone a ir a una fiesta.
Delicadamente vestida de asombro con superpuestas prendas
de colores vivos y toda la parafernalia necesaria para que
no la confundan con aquellas que se disfrazan de cóctel
para ir a un ídem -señoras bienintencionadas
que pululan por estas latitudes-. Porque señora no
es justamente el vocablo para definirla: Bella sobrenada en
medio de su treintena pero con tan gracioso movimiento de
brazo que parece una muchacha. Y habría que tener en
cuenta su leonina cabellera y sus ojos que, bueno, los rasgos
de Bella se irán delineando con el correr de las admiraciones.
De todos modos, ni tan bella como indicaría su nombre
ni tan ¿sofisticada? Aunque a veces algo de eso hay,
sobre todo cuando juega su papel o simplemente cuando opta
por mostrarse:
-Mi papel es estar viva.
Despierta, alerta Bella con los ojos de miel desmesuradamente
abiertos -señal de que pocas son las cosas que escapan
a su vista- ojos ayudados por el kohol, centelleantes. Se
pintó con esmero para ir a la fiesta, salió
de su casa en puntas de pie para no pisar en falso, no se
dijo ¡cuidado! al cruzar el camión que llevaba
escrito en la retaguardia La mujer es como el indio, se pinta
cuando quiere guerra.
Premonitoria advertencia. A la que Bella prestó muy
grandes ojos pero muy poco oído. Y eso que sabía,
que bien consciente estaba de la diferencia entre no hacerle
caso al qué dirán y desoír porque sí
lo que le andan diciendo. Desoír sobre todo las señales
emitidas por aquellos Mensajeros que no tienen voz propia.
Camiones, verbigracia. Mensajeros que suelen señalar
como al descuido el momento de entrar en el mal paso.
Aquella nochecita de viernes con la primera estrella, Bella,
pobre, andaba distraída y predispuesta, y con la invitación
como salvoconducto atravesó la barricada de guardianes
armados que rodeaba y protegía (¿) la residencia
del embajador. Alguna metralleta la apuntó como al
descuido, dándole pasto para reflexiones ácidas.
Todo mientras atravesaba el jardín del frente hasta
la entrada de la mansión donde el flamante embajador
la esperaba con la mano extendida. Joven, el hombre, para
sorpresa de Bella, y completito con su barba cuidada y su
señora a babor.
Fue un saludo protocolar y breve como corresponde y Bella
se vio libre para atravesar salones hasta alcanzar, más
allá de entorchados y de escotes fulgurosos, el jardín
del fondo donde como era previsible se encontró con
un grupo de amigos. Estaba Celia que no podía faltar
en su calidad de periodista política, estaba Aldo,
gloria de la plástica nacional y claro también
estaba Mara que no le perdía pisada a Aldo. Estaban
otros, algunos faltaban. Hola, se dijeron alegrándose
de verse. Volver a verse era un alivio, en esas circunstancias,
y también se dijeron, La situación está
peor que nunca, aparecieron otros quince cadáveres
flotando en el río, redoblaron las persecuciones. Y
alguien le sopló al oído: Navoni pasó
a la clandestinidad. Olvidáte de su nombre, borrálo
de tu libreta de direcciones.
Y a mí qué me contás, hubiera querido
preguntar Bella, qué tengo que ver yo con la política,
estamos en un fiesta, vos siempre tan tremendista, queriendo
acaparar la atención, jugando a la Rosa Luxemburgo.
Pero los mozos que a cada rato le llenaban el vaso y la colmaban
de bocaditos la volvieron condescendiente.
Y no sólo a Bella, a juzgar por la alegre aprobación
con la que el resto de los invitados aceptaron la sorpresa:
el Gran Escritor, la figura preclara de las letras locales,
leería con bombos y platillo perdón, con acompañamiento
de guitarras -su épica obra cumbre.
Bella fue la única en reaccionar. Je me les pique!
proclamó echando mano a un francés muy personal
en honor de los usos diplomáticos.
-Ya no aguantás que nadie te haga sombra -parece haberle
retrucado un amigo puesto allí por el destino para
impulsar esta historia. Y después hay quienes dicen
que debió haberse ido para no entorpecer su preclara
carrera. La del embajador, naturalmente.
El escritor ya estaba subiendo al podio improvisado, ya desplegaba
sus austeros papeles y componía su mejor cara de angustia
metafísica. Por encima y por debajo de la fiesta se
percibía el murmullo de los pasos de tantos asilados
políticos, su ansiedad por participar de los festejos,
sus ganas de asomarse una vez más al mundo, ignorantes
como estaban del martirio: el escritor ya abre la boca, comienza
la balada. Acompañada, desde lejos, por el ulular de
sirenas de los patrulleros policiales.
Bella estaba atenta a esos sonidos inaudibles mientras buscaba
un sillón bien alejado para aposentar la parte más
ponde-rada de su ponderada humanidad. Lo encontró,
frente a una pared con espléndido tapiz de Aubusson
ideal para reclinar la cabeza y disponerse a honrar la cantata
o lo que fuera con un plácido sueñito.
¿Con sueños dentro del sueño, con ensoñaciones
en las que imágenes del amor podían ser intercambiadas
por imágenes del miedo? Quizá ni ella misma
lo sabía, aún no se habían amalgama-do
las sustancias: miedo y amor, sentimientos inconfesables,
difíciles en este caso de asimilar por separado.
No que Bella desconociera la palabra miedo, o que el miedo
lograra paralizarla, pero la palabra amor bien que la conocía,
bien que habían andado por ahí aplicándola
a destajo. Y la palabra amor le daba miedo.
Un sueñito, apoyada majestuosamente contra el Aubus-son,
del que no la arrancó ni la estertórea voz del
escritor propalan-do su oda ni las guitarras que cada tanto
enloquecían por cuenta propia. En cambio lo que sí
logró despertarla, hasta hacerle pegar un respingo
en su mullido sillón, fue algo mucho más inefable,
como una oleada de calor que escalonadamente le trepaba las
costillas, se le metía por la boca y así no
más le emergía entre las piernas, obligándola
a separarlas. Tanta bocanada de ardor persistente después
del respingo le hizo abrir un ojo atento, dulce, que de golpe
se topó con el cuidadoso ojo del embajador que desde
la otra punta de la penunbra pero en su misma hilera de sillas,
quizá, quién sabe, tal vez, probablemente la
estaba acariciando.
Los aplausos cortaron ese puente tendido de miradas, la marea
de gente poniéndose de pie para saludar al Maestro
y procurarse un trago los separó del todo, y transcurrió
un buen tiempo antes de que el embajador lograra bogar copa
en mano hasta Bella.
-Usted es actriz o algo parecido.
-O algo parecido.
-Un bello reflejo -y apenas le pasó dos dedos por el
mentón, como al descuido. Bella quedó con la
sonrisa incorporada, un poquito flotando, y cuando alguien
se acercó para hacérselo notar le echó
toda la culpa al trago.
¿En qué instante se inflan las velas y el derrotero
queda ya establecido, desviado para siempre de la ruta segura?
¿Bastarán sólo dos dedos, tiernamente
la yema de dos dedos sobre un mentón incauto? ¿Habrá
habido otro aviso, otro llamado?
Al rato sonó la hora de batirse en retirada de la fiesta,
atravesar la barrera de guardianes y lanzarse a la azarosa
aventura de la noche. Los ánimos andaban achispados
gracias a las libaciones, el escritor ya se había retirado
después de innumerables reverencias, los demás
se iban despidiendo poco a poco, los entorchados reclamaban
sus custodios, las damas empilchadas se aferraban a unos brazos
seguros, el embajador empezaba a sospechar que la noche podría
estar empezando. Entonces retuvo con un amable gesto al grupito
de Bella que ¡oh casualidad! La incluía a Bella
y los instó a quedarse: un traguito más, un
poco de charla amena para empezar a conocerse.
Celia fue la única que no quiso quedarse, a pesar de
lo mucho que podían interesarle los contactos con ese
embajador y con esa embajada. Compromisos secretos la reclamaban.
Pero los otros amigos aceptaron encantados y la charla fue
amena, libre ya de protocolos y tensiones, y por fin el embajador
pudo reír como no recordaba haber reído desde
que sus transitados pies hollaran esas tierras. Reía
sacudiendo la cabeza mientras su señora esposa intentaba
reacomodarle el pelo. El embajador reía cada vez más,
sacudía la cabeza, clamaba:
-Déjame despeinarme, mujer. Por una vez quiero sen-tirme
despeinado, despierto, desquiciado, libre.
Y estiraba una fuentecita de dulces hacia la lánguida,
ávida mano de Bella. Y Bella los aceptaba como si no
supiera en honor de quién la despeinada ni por qué
motivo dulces.
Pero después, con el nivel de alcohol en grado óptimo,
improvisó aquel Memorable Monólogo de la Melena
Mora que habría de franquearle las puertas del infierno:
-Malditos malhadados misántropos, marranos merce-narios,
malparidos mirones no merecen mesarse sin melindres la melena.
Porque las mieles manan de melenas morenas y mági-cos
manoseos mitigan mordeduras de monstruos macrocéfalos.
¡Meritorias melenas, maravillas! Minerva me mueve a
ad/mirarlas -etcétera, etcétera, que nadie pudo
reconstruir en su totalidad a pesar de haber sido rubricado
con aplausos mucho más entu-siastas que los que en
su momento cosechara la epopeya del Maestro.
Y muy tiernas piecesitas fueron ensamblándose esa no-che
hasta el punto que Mara aprovechó la ráfaga
amistosa para proponer una reunión en su propio hogar.
Ese algo que flotaba en el ambiente Mara quiso uncirlo a su
carro y atrapar al esquivo, a Aldo Hueso-Duro-de-Pelar Juárez.
La reunión quedó concertada para la próxima
semana.
Tienen que venir todos, toditos todos. Prepararé sucu-lentos
manjares locales para halagar el gusto de nuestros diplo-máticos
invitados de honor. Platos bien condimentados. Estimulantes
en más de un sentido.
Con esta advertencia quiso Mara franquearle al Esquivo el
camino a su cama pero sólo logró armar una trampa
en la que caerían otros seres totalmente inocentes.
Inocentes al menos de las manipulaciones máricas.
Inocente, inocente ¿quién está de verdad
libre de culpa? ¿Quién tira la primera piedra?
(Cambio de armas)
Para deslindar territorios
Cambio de armas de Luisa Valenzuela
El prestigio y la fama hacen que por lo general los escritores
se conviertan en cautos administradores de la publicidad de
sus afectos y elogios. Sin embargo Julio Cortázar frecuentemente
alaba la obra de otros escritores. Después de leer
Cambio de armas de Luisa Valenzuela se entiende por qué
Cortázar se refiere a su compatriota en estos términos
"...Luisa Valenzuela avanza a lo largo de varios libros
que marcan lúcidamente un derrotero poco frecuente,
el de una mujer profundamente anclada en su condición,
consciente de discriminaciones todavía horribles en
nuestro continente y a la vez llena de una alegría
de vida que la lleva a superar las etapas primarias de la
protesta o la supervaloración de su sexo para colocarse
en un perfecto pie de igualdad con cualquier literatura masculina
o no". Esa actitud es en parte la misma que adoptan las
protagonistas de los cinco relatos reunidos en Cambio de armas,
el último libro de la escritora argentina residente
en Nueva York.
La realidad amenazadora que circunda a estas mujeres llenas
de amor no pertenece al mundo fantástico o metafísico,
puesto que Valenzuela, como en otras ocasiones, describe al
mundo real, en este caso con dictadura militar y todo. Lo
notable de su realismo es que no necesita abrumar al lector
con un discurso para ubicarlo en la geografía o historicidad
de sus personajes. La intensidad de los sentimientos vividos
por las protagonistas y una que otra alusión al alucinante
mundo de perseguidores y perseguidos (policías y activistas
políticos) delatan su pertenencia a una sociedad muy
específica.
"Cuarta versión", el primer relato, es de
los cinco quizás el más previsible temáticamente
pero el más novedoso estilísticamente. Son varias
las voces que dan cuenta del desarrollo de los acontecimientos
y de la revelación de los sentimientos. Inclusive hay
una distinción tipográfica entre la voz de la
narradora anónima y la de la protagonista. Por momentos
la narradora anuncia acciones que la protagonista se resistirá
a concretar y es por eso que el lector recibe la "Cuarta
versión" para leer.
El único relato donde el terror policial no acecha
es "La palabra asesino" protagonizada por Ella y
El. Suficiente información para vehiculizar tanto deseo
como temor y por fin una confesión. Externa la de él
e interna la de ella.
En el más breve y más apasionante de los relatos,
"De noche soy tu caballo", la escritora sintetiza
en cinco páginas la intensa entrega de que es capaz
una mujer enamorada. Que el lector no se apresure a conclusiones
fáciles; el cuanto no es rosado, es rojo como la pasión
de "la chiquita" y negro como el momento que vive
y sus consecuencias.
Depende de la óptica con que se lea el último
relato, "Cambio de armas", el mismo que le da título
al libro, éste puede ser interpretado de diversas maneras.
No importa si es la táctica la que cambió o
el arma la que cambió de manos. Es espeluznante verificar
cuánto se parece esta historia a la realidad que, palabras
más, hechos menos, se dio en Argentina.
Este no es un libro con heroínas ideales y etéreas
sino con protagonistas femeninas creíbles que aman
y se rebelan, que luchan y se someten. Luisa Valenzuela aporta
los detalles necesarios para hacer reales a las protagonistas
y atractivas sus historias.
Victoria Verlichak
Uno más uno, México, 14 de mayo de 1983
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