CUARTA VERSIÓN
 CUENTOS
Fragmento Reseñas 
 
(fragmentos)

I

Hay cantidad de páginas escritas, una historia que nunca puede ser narrada por demasiado real, asfixiante. Agobiadora. Leo y releo estas páginas sueltas y a veces el azar reconstruye el orden. Me topo con múltiples principios. Los estudio, descarto y recupero y trato de ubicarlos en el sitio adecuado en un furioso intento de rearmar el rompecabezas. De estampar en alguna parte la memoria congelada de los hechos para que esta cadena de acontecimientos no se olvide ni repita. Quiero a toda costa reconstruir la historia ¿de quién, de quiénes? De seres que ya no son más ellos mismos, que han pasado a otras instancias de sus vidas.
Momentos de realidad que de alguna forma yo también he vivido y por eso mismo también a mí me asfixian, ahogada como me encuentro ahora en esta mar de papeles y de falsas identificaciones. Hermanada sobre todo con el tío Ramón, que no existe.
Uno de los tantos principios -¿en falso?- dice así:
Señoras y señores, he aquí una historia que no llega a ser historia, es pelea por los cuatro costados y se derrama con uñas y dientes. Yo soy Bella, soy ella, alguien que ni cara tiene porque ¿qué puede saber una del propio rostro? Un vistazo fugaz ante el espejo, un mirarse y des-reconocerse, un tratar de navegar todas las aguas en busca de una misma cosa que no significa en absoluto encontrarse en los reflejos. Los naufragios. El preguntarse a cada pasito la estúpida pregunta de siempre ¿dónde estamos? Dónde mejor dicho estaremos consolidando nuestra humilde intersección de tiempo y espacio que en definitiva es lo poco o lo mucho que tenemos, lo que constituye nuestra presencia en ésta. Esta vida, se entiende, este transcurrir que nos conmueve y moviliza.
El constante cambio para saberse viva. Y ésta que soy en tercera instancia se (me) sobreimprime a la crónica con una protagonista que tiene por nombre Bella (pronúnciese Bel/la) y tiene además una narradora anónima que por momentos se identifica con la protagonista y con quien yo, a mi vez, me identifico.
Hay un punto donde los caminos se cruzan y una pasa a ser personaje de ficción o todo lo contrario, el personaje de ficción anida en nosotros y mucho de lo que expresamos o actuamos forma parte de la estructura narrativa, de un texto que vamos escribiendo con el cuerpo como una invitación. Por una invitación, que llega.
Bella la aguerrida y bastante bella aunque muchas veces aclaró Bel/la, sobrina nieta de Lugosi. Bella la sólida, la enterita en apariencias, en su casa esperando sin saber muy bien qué, quizá algún viejo y olvidado retorno, algún afecto perdido en el camino, quizá. Bella la actriz representando su propio papel de espera. Limándose las uñas.
Limándose las uñas cuando sonó el timbre y Bella de un salto se abalanzó a la puerta y se sintió defraudada al encontrarse cara a cara con un simple mensajero. De tanto andar distraída por ciertos andurriales de la mente no pudo darse cuenta de que en realidad se trataba de lo otro, de un Mensajero con mayúscula, de esos que rara vez se apersonan en la vida.
Los Mensajeros suelen usar los más inusitados disfraces y éste vestía el simple uniforme gris de un mensajero, no podría haberse caracterizado de manera más despistadora.
Y fue de este mensajero en apariencia anodina que Bella recibió en propia mano la entonces aparentemente anodina invitación: un sobre con escudo dorado en la solapa conteniendo cordial convite a una recepción en su embajada favorita para saludar al nuevo embajador.
-No sé si favorita la embajada, favorito ese país tan lleno de misterios. Y parece que la embajada también llena de misterios bajo el más prosaico nombre de asilados políticos. Ojalá sea cierto -le explicó Bella a su espejo en una de esas grandes representaciones que solí ofrecerse a sí misma, quizá para ensayar o quizá para verse por una vez libre de público.
Bella es alguien que le habla al espejo porque la otra alternativa sería mirarse, y mirarse exige muchas concesiones.
Mejor espejo amigo con el cual se dialoga que espejo amante sólo para encontrarse.
Y con renovados bríos Bella completó la limada de uñas que había sido interrumpida por el timbre. Y si alguien más adelante insinuara la sospecha de que se las había estado afilando, Bella sabría responderle:
-Nada de afilarme nada. O al menos por fuera. Yo me afilo por dentro, me relamo, me esponjo las plumas interiores (a veces). Por fuera sólo soy la que soy con ligeras variantes y con las menores asperezas posibles. No tengo por qué afilarme de manera alguna. He dicho.

II
Ha dicho, dijo y dirá, claro, pero tuvo que contradecirse y negarse a sí misma muchas veces y volverse a aceptar y negarse de nuevo y de nuevo contradecirse, desdecirse, hasta poder recuperar el tiempo lineal en el cual los recuerdos y las interferencias no se circunvalan, no se espiralan alrededor de una hasta hacer del tiempo sólo un gran ahogo.
Tiempo lineal del conectarse con el mundo, del aquí y ahora prácticos que la llevaban por las calles para cumplir menesteres tales como pagar las cuentas -del teléfono, del gas o de la luz, se entiende, nada de pagar las otras cuentas que pertenecen a los tiempos envolventes-. Abstractas cuentas impagables que configuran la culpa.
Entonces ya prolija, todo en orden, con la correspondencia al día, las cartas sobre la mesa, las expectativas y las esperas olvidadas. Lista para encaminarse hacia otros mundos a la hora crepuscular del viernes. Preparada para ir a la fiesta, dueña ya de sus actos -el primero y el segundo acto, al menos-. Actriz después de todo ¿no? Sólo una actriz, nada más y apenas alguien que simula un poco de sufrimiento y sufre. Alguien que puede olvidar el sufrimiento cuando se dispone a ir a una fiesta.
Delicadamente vestida de asombro con superpuestas prendas de colores vivos y toda la parafernalia necesaria para que no la confundan con aquellas que se disfrazan de cóctel para ir a un ídem -señoras bienintencionadas que pululan por estas latitudes-. Porque señora no es justamente el vocablo para definirla: Bella sobrenada en medio de su treintena pero con tan gracioso movimiento de brazo que parece una muchacha. Y habría que tener en cuenta su leonina cabellera y sus ojos que, bueno, los rasgos de Bella se irán delineando con el correr de las admiraciones. De todos modos, ni tan bella como indicaría su nombre ni tan ¿sofisticada? Aunque a veces algo de eso hay, sobre todo cuando juega su papel o simplemente cuando opta por mostrarse:
-Mi papel es estar viva.
Despierta, alerta Bella con los ojos de miel desmesuradamente abiertos -señal de que pocas son las cosas que escapan a su vista- ojos ayudados por el kohol, centelleantes. Se pintó con esmero para ir a la fiesta, salió de su casa en puntas de pie para no pisar en falso, no se dijo ¡cuidado! al cruzar el camión que llevaba escrito en la retaguardia La mujer es como el indio, se pinta cuando quiere guerra.
Premonitoria advertencia. A la que Bella prestó muy grandes ojos pero muy poco oído. Y eso que sabía, que bien consciente estaba de la diferencia entre no hacerle caso al qué dirán y desoír porque sí lo que le andan diciendo. Desoír sobre todo las señales emitidas por aquellos Mensajeros que no tienen voz propia. Camiones, verbigracia. Mensajeros que suelen señalar como al descuido el momento de entrar en el mal paso.
Aquella nochecita de viernes con la primera estrella, Bella, pobre, andaba distraída y predispuesta, y con la invitación como salvoconducto atravesó la barricada de guardianes armados que rodeaba y protegía (¿) la residencia del embajador. Alguna metralleta la apuntó como al descuido, dándole pasto para reflexiones ácidas. Todo mientras atravesaba el jardín del frente hasta la entrada de la mansión donde el flamante embajador la esperaba con la mano extendida. Joven, el hombre, para sorpresa de Bella, y completito con su barba cuidada y su señora a babor.
Fue un saludo protocolar y breve como corresponde y Bella se vio libre para atravesar salones hasta alcanzar, más allá de entorchados y de escotes fulgurosos, el jardín del fondo donde como era previsible se encontró con un grupo de amigos. Estaba Celia que no podía faltar en su calidad de periodista política, estaba Aldo, gloria de la plástica nacional y claro también estaba Mara que no le perdía pisada a Aldo. Estaban otros, algunos faltaban. Hola, se dijeron alegrándose de verse. Volver a verse era un alivio, en esas circunstancias, y también se dijeron, La situación está peor que nunca, aparecieron otros quince cadáveres flotando en el río, redoblaron las persecuciones. Y alguien le sopló al oído: Navoni pasó a la clandestinidad. Olvidáte de su nombre, borrálo de tu libreta de direcciones.
Y a mí qué me contás, hubiera querido preguntar Bella, qué tengo que ver yo con la política, estamos en un fiesta, vos siempre tan tremendista, queriendo acaparar la atención, jugando a la Rosa Luxemburgo. Pero los mozos que a cada rato le llenaban el vaso y la colmaban de bocaditos la volvieron condescendiente.
Y no sólo a Bella, a juzgar por la alegre aprobación con la que el resto de los invitados aceptaron la sorpresa: el Gran Escritor, la figura preclara de las letras locales, leería con bombos y platillo perdón, con acompañamiento de guitarras -su épica obra cumbre.
Bella fue la única en reaccionar. Je me les pique! proclamó echando mano a un francés muy personal en honor de los usos diplomáticos.
-Ya no aguantás que nadie te haga sombra -parece haberle retrucado un amigo puesto allí por el destino para impulsar esta historia. Y después hay quienes dicen que debió haberse ido para no entorpecer su preclara carrera. La del embajador, naturalmente.
El escritor ya estaba subiendo al podio improvisado, ya desplegaba sus austeros papeles y componía su mejor cara de angustia metafísica. Por encima y por debajo de la fiesta se percibía el murmullo de los pasos de tantos asilados políticos, su ansiedad por participar de los festejos, sus ganas de asomarse una vez más al mundo, ignorantes como estaban del martirio: el escritor ya abre la boca, comienza la balada. Acompañada, desde lejos, por el ulular de sirenas de los patrulleros policiales.
Bella estaba atenta a esos sonidos inaudibles mientras buscaba un sillón bien alejado para aposentar la parte más ponde-rada de su ponderada humanidad. Lo encontró, frente a una pared con espléndido tapiz de Aubusson ideal para reclinar la cabeza y disponerse a honrar la cantata o lo que fuera con un plácido sueñito.
¿Con sueños dentro del sueño, con ensoñaciones en las que imágenes del amor podían ser intercambiadas por imágenes del miedo? Quizá ni ella misma lo sabía, aún no se habían amalgama-do las sustancias: miedo y amor, sentimientos inconfesables, difíciles en este caso de asimilar por separado.
No que Bella desconociera la palabra miedo, o que el miedo lograra paralizarla, pero la palabra amor bien que la conocía, bien que habían andado por ahí aplicándola a destajo. Y la palabra amor le daba miedo.
Un sueñito, apoyada majestuosamente contra el Aubus-son, del que no la arrancó ni la estertórea voz del escritor propalan-do su oda ni las guitarras que cada tanto enloquecían por cuenta propia. En cambio lo que sí logró despertarla, hasta hacerle pegar un respingo en su mullido sillón, fue algo mucho más inefable, como una oleada de calor que escalonadamente le trepaba las costillas, se le metía por la boca y así no más le emergía entre las piernas, obligándola a separarlas. Tanta bocanada de ardor persistente después del respingo le hizo abrir un ojo atento, dulce, que de golpe se topó con el cuidadoso ojo del embajador que desde la otra punta de la penunbra pero en su misma hilera de sillas, quizá, quién sabe, tal vez, probablemente la estaba acariciando.
Los aplausos cortaron ese puente tendido de miradas, la marea de gente poniéndose de pie para saludar al Maestro y procurarse un trago los separó del todo, y transcurrió un buen tiempo antes de que el embajador lograra bogar copa en mano hasta Bella.
-Usted es actriz o algo parecido.
-O algo parecido.
-Un bello reflejo -y apenas le pasó dos dedos por el mentón, como al descuido. Bella quedó con la sonrisa incorporada, un poquito flotando, y cuando alguien se acercó para hacérselo notar le echó toda la culpa al trago.
¿En qué instante se inflan las velas y el derrotero queda ya establecido, desviado para siempre de la ruta segura? ¿Bastarán sólo dos dedos, tiernamente la yema de dos dedos sobre un mentón incauto? ¿Habrá habido otro aviso, otro llamado?
Al rato sonó la hora de batirse en retirada de la fiesta, atravesar la barrera de guardianes y lanzarse a la azarosa aventura de la noche. Los ánimos andaban achispados gracias a las libaciones, el escritor ya se había retirado después de innumerables reverencias, los demás se iban despidiendo poco a poco, los entorchados reclamaban sus custodios, las damas empilchadas se aferraban a unos brazos seguros, el embajador empezaba a sospechar que la noche podría estar empezando. Entonces retuvo con un amable gesto al grupito de Bella que ¡oh casualidad! La incluía a Bella y los instó a quedarse: un traguito más, un poco de charla amena para empezar a conocerse.
Celia fue la única que no quiso quedarse, a pesar de lo mucho que podían interesarle los contactos con ese embajador y con esa embajada. Compromisos secretos la reclamaban. Pero los otros amigos aceptaron encantados y la charla fue amena, libre ya de protocolos y tensiones, y por fin el embajador pudo reír como no recordaba haber reído desde que sus transitados pies hollaran esas tierras. Reía sacudiendo la cabeza mientras su señora esposa intentaba reacomodarle el pelo. El embajador reía cada vez más, sacudía la cabeza, clamaba:
-Déjame despeinarme, mujer. Por una vez quiero sen-tirme despeinado, despierto, desquiciado, libre.
Y estiraba una fuentecita de dulces hacia la lánguida, ávida mano de Bella. Y Bella los aceptaba como si no supiera en honor de quién la despeinada ni por qué motivo dulces.
Pero después, con el nivel de alcohol en grado óptimo, improvisó aquel Memorable Monólogo de la Melena Mora que habría de franquearle las puertas del infierno:
-Malditos malhadados misántropos, marranos merce-narios, malparidos mirones no merecen mesarse sin melindres la melena. Porque las mieles manan de melenas morenas y mági-cos manoseos mitigan mordeduras de monstruos macrocéfalos. ¡Meritorias melenas, maravillas! Minerva me mueve a ad/mirarlas -etcétera, etcétera, que nadie pudo reconstruir en su totalidad a pesar de haber sido rubricado con aplausos mucho más entu-siastas que los que en su momento cosechara la epopeya del Maestro.
Y muy tiernas piecesitas fueron ensamblándose esa no-che hasta el punto que Mara aprovechó la ráfaga amistosa para proponer una reunión en su propio hogar. Ese algo que flotaba en el ambiente Mara quiso uncirlo a su carro y atrapar al esquivo, a Aldo Hueso-Duro-de-Pelar Juárez.
La reunión quedó concertada para la próxima semana.
Tienen que venir todos, toditos todos. Prepararé sucu-lentos manjares locales para halagar el gusto de nuestros diplo-máticos invitados de honor. Platos bien condimentados. Estimulantes en más de un sentido.
Con esta advertencia quiso Mara franquearle al Esquivo el camino a su cama pero sólo logró armar una trampa en la que caerían otros seres totalmente inocentes. Inocentes al menos de las manipulaciones máricas.
Inocente, inocente ¿quién está de verdad libre de culpa? ¿Quién tira la primera piedra?


(Cambio de armas)



 

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Para deslindar territorios
Cambio de armas de Luisa Valenzuela


El prestigio y la fama hacen que por lo general los escritores se conviertan en cautos administradores de la publicidad de sus afectos y elogios. Sin embargo Julio Cortázar frecuentemente alaba la obra de otros escritores. Después de leer Cambio de armas de Luisa Valenzuela se entiende por qué Cortázar se refiere a su compatriota en estos términos "...Luisa Valenzuela avanza a lo largo de varios libros que marcan lúcidamente un derrotero poco frecuente, el de una mujer profundamente anclada en su condición, consciente de discriminaciones todavía horribles en nuestro continente y a la vez llena de una alegría de vida que la lleva a superar las etapas primarias de la protesta o la supervaloración de su sexo para colocarse en un perfecto pie de igualdad con cualquier literatura masculina o no". Esa actitud es en parte la misma que adoptan las protagonistas de los cinco relatos reunidos en Cambio de armas, el último libro de la escritora argentina residente en Nueva York.
La realidad amenazadora que circunda a estas mujeres llenas de amor no pertenece al mundo fantástico o metafísico, puesto que Valenzuela, como en otras ocasiones, describe al mundo real, en este caso con dictadura militar y todo. Lo notable de su realismo es que no necesita abrumar al lector con un discurso para ubicarlo en la geografía o historicidad de sus personajes. La intensidad de los sentimientos vividos por las protagonistas y una que otra alusión al alucinante mundo de perseguidores y perseguidos (policías y activistas políticos) delatan su pertenencia a una sociedad muy específica.
"Cuarta versión", el primer relato, es de los cinco quizás el más previsible temáticamente pero el más novedoso estilísticamente. Son varias las voces que dan cuenta del desarrollo de los acontecimientos y de la revelación de los sentimientos. Inclusive hay una distinción tipográfica entre la voz de la narradora anónima y la de la protagonista. Por momentos la narradora anuncia acciones que la protagonista se resistirá a concretar y es por eso que el lector recibe la "Cuarta versión" para leer.
El único relato donde el terror policial no acecha es "La palabra asesino" protagonizada por Ella y El. Suficiente información para vehiculizar tanto deseo como temor y por fin una confesión. Externa la de él e interna la de ella.
En el más breve y más apasionante de los relatos, "De noche soy tu caballo", la escritora sintetiza en cinco páginas la intensa entrega de que es capaz una mujer enamorada. Que el lector no se apresure a conclusiones fáciles; el cuanto no es rosado, es rojo como la pasión de "la chiquita" y negro como el momento que vive y sus consecuencias.
Depende de la óptica con que se lea el último relato, "Cambio de armas", el mismo que le da título al libro, éste puede ser interpretado de diversas maneras. No importa si es la táctica la que cambió o el arma la que cambió de manos. Es espeluznante verificar cuánto se parece esta historia a la realidad que, palabras más, hechos menos, se dio en Argentina.
Este no es un libro con heroínas ideales y etéreas sino con protagonistas femeninas creíbles que aman y se rebelan, que luchan y se someten. Luisa Valenzuela aporta los detalles necesarios para hacer reales a las protagonistas y atractivas sus historias.


Victoria Verlichak
Uno más uno, México, 14 de mayo de 1983



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