COLA DE LAGARTIJA
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EL UNO

Advertencia

Eso no puede escribirse
Se escribirá a pesar nuestro. El Brujo dijo alguna vez que él hablaba con el pensamiento. Habría que intentar darle la palabra, a ver si logramos entender algo de todo este horror.
Es una historia demasiado dolorosa y reciente. Incomprensible. Incontable.
Se echará mano a todos los recursos: el humor negro, el sarcasmo, el grotesco. Se mitificará en grande, como corresponde.
Podría ser peligroso
Peligrosísimo. Se usará la sangre
La sangre la usan ellos
Claro. Le daremos un papel protagónico. Nuestra arma es la letra.


1981

La profecía

Correrá un
(quién pudiera alcanzarlo)
Correrá un río de sangre
(seré yo quien abra las compuertas)
río de sangre
(fluir constante de mi permanencia en ésta)
de sangre
(¡eso sí que me gusta!)
(sangre, rojo color de lo suntuoso, acompañándome
siempre, siempre para ador(n)arme)

¡basta! La conjunción copulativa me da asco
y Vendrán Veinte Años de Paz
veinte años no es nada
lo que vendrá puede ser postergado para siempre
la paz ni la menciono, es el estatismo, es lo que congela, lo que no me concierne y no me considera.

Voy a cercenar la vieja profecía y el río seguirá corriendo para siempre por mi obra y mi gracia. Correrá un río de sangre al compás de mis propios instrumentos


El acordeón

Desde mi más tierna infancia el acordeón me despierta esta especie de hormigueo y es como si perdiera el norte pero gano la calma. La flauta en cambio no, la flauta me pone alerta. Y no hablemos de tambores, los tambores son algo bien distinto y haré sonar tambores a lo largo y a lo ancho de mi vida cuando no recurra al bombo, cuando no recurra al bombo y eso sí que será esplendoroso.
¿Dije a lo largo, dije a lo ancho, dije mi vida? Qué estupidez. Uno acaba aplicando los lugares comunes de los otros como si uno fuera igual, como si pudiera tratarse de humanas dimensiones cuando a uno lo impregna lo infinito, eterno, aquello que lo abarca todo y es a la vez todo. Soy el Inmanente, soy la sal de la vida.
Así es y no me justifico. Si nunca (otra de las palabrejas de las que abomino) me ha justificado antes no veo por qué habría de hacerlo ahora cuando por fin hemos logrado con mi hermana Estrella, mi hermana que está en mí- aceptar plenamente la grandeza. Fue como irnos armando con arena: aceptar granito a granito de grandeza hasta configurar este nuestro único cuerpo. Y hoy, hechos por completo de arena, de la pura grandeza, el tiempo ya no pasa para nos, y la barba que me he dejado crecer es una barba digan, de profeta no es disfraz ni ocultamiento como han insinuado algunos de los pocos elegidos que aún tienen el enorme privilegio de poder contemplar nuestra persona.
Vienen a consultarme.

Vienen a consultarnos, a mi hermana y a mí, aunque todos ignoran el Secreto. Nadie nunca jamás (tralalá, de nuevo esta engañosa medición del tiempo, como si el tiempo contara para nosotros) me ha visto sin ropa y por lo tanto nadie tralalá la ha visto a ella. Salvo aquel hombre, aquel que la reconoció y la bautizó y le dio el beso. Aquel hombre, el ex maestro, por suerte ya no pertenece más al reino de los vivos. Fue su/mi único beso de verdad. El Beso.
Otras muy distintas fueron alguna vez mis enamoradas. Todas aquellas simultáneas en rendirme homenaje. Ahora las he erradicado de mi mundo, por osadas, por diminutas y tenaces, las he exilado de mi mundo que remeda el de ellas, pero mientras navego en mi isla de juncos ocurre algunas veces que los vientos me hacen pasar no lejos de su actual territorio y me pongo a observarlas con los largavistas. A ellas no alcanzo a verlas diminutas y rojas como son- pero veo sus moradas, los tacurús altos castillos con torres y almenas y mazmorras y diminutas celdas. Algo aprendía de ellas aunque no merecieron mi respeto. Una única hembra mereció tamaña distinción y esa cuando la conocí ya estaba muerta. Menos mal. Me salvé de caer en la temporalidad del amor o del deseo.
Las hormigas en cambio supieron de mí en vida y me reconocieron. Yo tan tierno entonces, respondiendo al acordeón y a las siestas. Dicen que mi madre gritó el doble al nacer yo y después se murió para siempre: no le quedaba otra cosa por hacer en este mundo. Dicen que ese día fue un día tan idéntico a los otros que nadie ni mi madre- pudo reconocerlo y no fue para menos: desde mi nacimiento supe del inapreciable arte de la simulación y el mimetismo. Por eso algo más adelante mi cuna fue un cajón de frutas colgado de una rama y yo fui la flor Milhombres durante largos días. Amarillo dorado con pintitas rojas, yo fui la flor Milhombres mientras los no iluminados hablaban de sarampión y me daban brebajes.
Harina con agua. Mi madrina preparaba fideos, hacia guiso carrero y no más lo deglutía y digería. Venían después unas siestas muy largas, aplastantes, y yo con dos años apenas cuando el tiempo para mí era aún mensurable solía escaparle a esas siestas y al sonido tan triste del acordeón en las cocinas casí como un lamento- y me iba por el lado de la risa. La tierra crujiente reseca por el sol agrietándose en sonrisas para mí, abriéndose en carcajadas hasta llegar a los tacurús, esos castillos. Y las hormigas tan diminutas, rojas, ¿por qué tenían castillos y yo no? A mi hermana aún no la sabia pero creo que fue mi hermana, que habría de llamarse Estrella, la que me dio la idea. El escozor lo sentí precisamente allí donde ella mora. entre mis piernas- y atendiendo a ese escozor inauguré la costumbre de instalarme en la cumbre de los castillos. No el castillo más alto aquella vez, todavía no alcanzaba, pero elegí uno como hecho a mi medida y me senté sobre el castillo y desmoroné el castillo. En realidad un hormiguero pero fue mi primer castillo y las hormigas me reconocieron como era lógico suponer y me cubrieron del rojo suntuoso de ellas mismas y resplandecí y vibré bajo el sol de la siesta. Un manto de hormigas coloradas, el más bello que he tenido jamas, el más vivo con antenas pulsátiles y gran estremecimiento en cada uno de sus pliegues, sus puntadas. Intenté más adelante repetir lo del manto vivo pero todo lo que hasta mí llegó y sigue llegando está ya muerto, aunque todavía tibio. El manto de serpientes que alguien sugirió una vez lo deseché por viscoso, inconstitucional. El primero fue un manto de amor y de respeto: no me picó ni una sola de estas hormigas devoradoras de hombres. Se hermanaron conmigo. Tan lustrosas, ceñidas, austeras, ágiles, nerviosas, sabiendo a ciencia cierta qué quieren y, lo que es más, a quién quieren.
En mi pubertad también yo supe a quién querer. Cuando me bajaron para siempre los testículos y mi hermana Estrella, aún desconocida, se quejó por primera y única vez antes de encontrar su cálido acomodo en medio de mis dos huevos.
Manuel tiene tres pelotas, Manuel tiene tres pelotas, chilló en cierta oportunidad el opa Eulogio y fue lo único que chilló en su vida. Enseguida volvió a perder el habla y recuperó su mirada perdida de tarado. Como en aquel entonces yo todavía no me llamaba Manuel no me importó mucho. Mas bien lo viví como un elogio. Lo que ahora denomino el elogio de Eulogio. El homenaje a Estrella hecho por un opa mudo que sólo habló para señalarla. Mi primer milagro.
Se lo conté muchas veces al Generalísimo, variando eso sí algo el texto. Los milagros pueden ser elásticos y el Generalís comprendía esas cosas aunque para otras hay que reconocer que era un poco obtuso (por eso fallé en mi ultimo intento con él y no pude devolverlo a la vida: por su pertinaz obcecación) (Toda la luz que quise brindarle y él sólo la recibió en vagos resplandores. . . ) Pero el Generalísimo es secundario, ya hablaré de él cuando le llegue el turno. Por ahora y siempre el turno es mío, le cederé una pizquita cuando a mí se me antoje e o quizá cuando Estrella lo reclame con fuerza. Ella lo amó, creo, aunque siempre tuvo la delicadeza de tratar de ocultarlo.
Volviendo al milagro, le solía narrar al Generalís que el Eulogio gritó
sus únicas palabras, su única emisión humana:
El Manuel tiene aureola, el Manuel tiene aureola.
o
El Manuel es un santo, el Manuel es un santo
o, más cerca de la verdad (si eso existe, si hay verdad excluyente):
El Manuel tiene tres... marcas en la frente.
El Generalís no perdía su tiempo en vanas interpretaciones, solía aceptar las palabras al pie de la letra y los hechos como se le iban presentando, cosa que constituyó siempre su gran sabiduría.
Estrella en cambio, no. Estrella lo discute todo, lo analiza vivisecciona e interpreta. Metafóricamente hablando, claro está. Ella es la metáfora viva.
Estrella. La que fue descubierta por las hormigas coloradas. Fue la única que conoció las mazmorras de hormigas, sus túneles secretos donde maman la vida. Yo me senté sobre el castillo de hormigas y destruí el castillo. Ella quedó colgando dentro de las entrañas del castillo yo me había quitado toda la ropa en esa siesta para penetrar el mundo de castillos, sin saberlo ya sabía que el verdadero ropaje sería el manto pulsátil. Gracias a lo cual Estrella, cuya existencia yo aún ignoraba, penetró los derrumbados dominios de la hormiga y supo su secreto y charló con la reina. Simples circunstancias que la llevaron a ser la reina y a mí que la involucró su dios omnipotente.
Ahora sé: las hormigas son sabias y también temerarias o quizá viceversa o también viceversa. Por eso mismo. La sabiduría las lleva a la temeridad, la temeridad a la sabiduría, en cíclico camino de vaivén ignorado por la mayoría de los tristes mortales que le tienen terror pánico al conocimiento y se niegan a jugarse el pellejo para poder alcanzarlo. Ellas no. Ellas saben que para alcanzar el conocimiento hay que pagar un precio y están dispuestas a todo. Muchísimas se pierden en la busca, hormigueros enteros llegan a descontrolarse y a armar las estructuras mas insólitas, más bellamente inútiles y fatales. Pero las hormigas son seres inferiores: necesitan la droga. Ahora lo sé. Aunque creo que siempre lo supe por intermedio de Estrella. Las hormigas tienen criaderos de pulgones a los que ordenan como si fueran vacas, se amamantan de los pulgones y se embriagan y saben. Como bien me habré embriagado yo, a los dos años de edad, por inconfesable vía, y desde entonces supe. No. Todo lo contrario: las hormigas libaron de mí y por eso no me devoraron vivo, y desde entonces supieron. Sus castillos los tacurús son desde entonces mucho mas enhiestos y majestuosos.
Yo soy superior. Yo no necesito drogas aunque a veces las comparto con los otros por pura sociabilidad por no parecer distinto. Y por mantener en funcionamiento mi negocio: yo produzco la droga no ya por los poros sino en forma industrial- para que también los otros alcancen aunque sea en fugaces destellos un poco de esta luz que me ilumina.
Para mi uso personal yo soy la droga, la droga soy yo y las hormigas libaron de mis poros, de mis más privados intersticios, razón por la cual siento que no les he robado nada al construir este mi castillo subterráneo con túneles y pasajes, puentes y pasarelas, mazmorras y cárceles y esos respiraderos como torrecillas que vistas desde el aire parecen un campo de tacurús.
Puede que alguna hormiga osada, in illo tempore, haya hecho su hogar en mi persona para dictarme, tantos años después, la forma de los túneles y de los respiraderos y mantenerme así fuera del alcance de la vista de aquellos que me buscan para acabar conmigo.
Un campo de tacurús es mi castillo visto del suelo para arriba. Del suelo para arriba se ve tan poca cosa. . .
Tacurús sabios, tubos por los que penetra el viento para que en todo mi laberíntico castillo suene música. De gimiente acordeón más que de órgano. Acordeón de las añoradas siestas infantiles, castillo subterráneo, eólico, milagro que muchas veces celebro bebiendo una copita del mejor ácido fórmico.

Hablé de mi isla flotante y hablé de mi castillo en tierra bajo tierra. Soy así de versátil y soy dueño también de todos los paísajes.
¿Por que volví al terruño? me preguntan los pocos que tienen acceso a mi persona y saben de los riesgos que mi vuelta implica. Porque yo soy mi terruño, estoy estamos, no he de olvidarla a Estrella aunque nunca la mencione en publico- hecho de esta arena finísima y purísima. Soy somos como el cristal: de una sola pieza, y no me engaño.
Los otros, los que se supone son mis enemigos, no pueden actuar sin mí y me consultan. Usando intermediarios, dando todo tipo de rodeos, pero igual me consultan y yo les sigo el juego: me hago el que no sé y me oculto de esa gente del gobierno, sólo permito que emisarios disfrazados me encuentren, me transformo y me entrego a las metamorfosis más complejas para impedir que me encuentren permitiendo siempre que me encuentren y alentando los resultados. Me importa manejar los hilos aunque nunca aparezca mi nombre en los periódicos. He borrado mi nombre, sólo muy de vez en cuando alguien atina a llamarme don Manuel y yo no lo estimulo para nada, la opinión pública no me interesa en lo más mínimo y prefiero que crean lo que creen: que me he vuelto invisible, que me ha tragado la tierra. Oficialmente nadie puede encontrarme, ni los gendarmes, ni la policía de mi país, a pesar de que una vez fueron mis colegas y conocen mis mañas, ni Interpol ni la CIA ni el FBI ni la KGB ni ninguna de esas siglas que fueron especialmente creadas para no encontrarme.
Soy invisible por dos razones a cual más meritoria:
sé camuflarme bajo sus propias narices
me he vuelto imprescindible para los que imparten las órdenes.


(pp 5 a 17)

D*OS

Yo, Luisa Valenzuela, juro por la presente intentar hacer algo, meterme en lo posible, entrar de cabeza, consciente de lo poco que se puede hacer en todo esto pero con ganas de manejar al menos un hilito y asumir la responsabilidad de la historia. No la historia de la humanidad sino esta mínima historia del brujo que se me está, yendo de las manos, acaparada por el que fue guri de la Laguna Trim, un lugar tan preciso, cartografiado, convertido ahora en el difuso e inhallable Reino de la Laguna Negra, con él, el brujo, de Señor y Amo. Ya va extendiendo sus límites y espera invadirnos a todos después de haberme invadido a mí en mi reino, el imaginario. Porque ahora sé que él también esta escribiendo una novela que se superpone a ésta y es capaz de anularla.
Un psicópata, un loco mesiánico que nos tiene en vilo. Y un descarado de marca mayor, acabo de recibir una invitación a su baile de máscaras de la Luna Llena (vengan como están, les proveeremos el disfraz al pie de la Pirámide). Mascarada para inaugurar la tal pirámide, qué idea. No tiene inventiva, repite los clichés, y para colmo es lo más destructivo que se ha visto.
Hasta el punto de ocupar todo mi pensamiento. Ni hacer mi obra puedo, ahora, ni escribirla tampoco, ni mantener mis contactos con cierto embajador para lograr por fin el asilo de algunos. Tendría que ocuparme sólo de eso, un trabajo más a mi medida sin pretensiones de salvar el país sino simple y más realistamente a unos pocos de los muchos que corren peligro de muerte. Si hasta estaba planeando a mi vez una fiesta en la embajada para que muchos pudieran entrar sin problemas, y ahora me llega esta invitación y me desubica. Aunque un baile de máscaras... no es mala idea.
Reconozco que hay mínimos elementos que nos ¿acercan? Hay una afinidad de voz cuando lo narro, a veces podrían confundirse nuestras páginas. Yo trato de verlo como él se ve pero no tanto, trato de captarle el tono pero a veces él me lo trastorna, lo exaspera y lo hace sonar a invento. ¿Cómo voy a poder inventar a alguien tan despiadado? Simplemente lo narro para que no se ignore su existencia. País de avestruces, éste, política que solemos imitar metiendo la cabeza en la arena, negando los peligros.
Y ahora me cae la invitación como piedra del cielo; sobrepasa los límites, rompe todas las barreras. Voy a tener que buscarlo a Navoni para mostrársela, a ver que opina. Hay que hacer algo.
Llamé a su despacho donde el no va casi nunca, claro, y le dejé el mensaje: díganle al doctor Estévez (cualquier doctor que se mencione allí se sabe que es Navoni) que lo espero en el café de la Flor a las siete y media de la tarde. E1 entenderá. Por eso estoy ahora en el café La Opera, son las cinco y cuarenta y cinco, Navoni tendría que haber llegado hace quince minutos y la invitación me quema la cartera. Si hay un procedimiento policial, ahí me encuentran un documento comprometedor y no cuento más el cuento. ¿Qué le digo a la cana, que estoy escribiendo la biógrafía del brujo y que por eso él pretende congraciarse conmigo y me invita a su fiesta? No sabemos en que posición está o simula estar la cana respecto del brujo. Además si van a allanar mi casa y encuentran el manuscrito estoy lista, no creo que lo aprueben para nada.
Miro el reloj y sé que sólo puedo esperar cinco minutos más. Es la regla y la cumplimos al pie de la letra en gran parte por prudencia el citado puede haber caído en una emboscada y confesar dónde y con quién estaba de verdad citado- y en buena parte por sentirnos protagonistas. No yo. Yo he hecho hace tiempo un serio descubrimiento al cual me atengo: si no se puede ser protagonista de la historia, vale entonces la pena ser autor/a de la historia. Sólo que ahora estoy viendo tambalear esta firme separación, mezclada como me encuentro con la historia que estoy elaborando.
Ahí viene Navoni, por suerte. Es un alivio verlos llegar en estos tiempos, confirmar que todavía están vivos. También es un alivio, desgraciado pero alivio, saberlos muertos. Lo intolerable es lo otro. Sé que debo llamarlo Alberto aunque se llame Alfredo y esas cosas a veces me hacen gracia y no las tomo tan en serio como debiera. Hay que aflojar las tensiones, me digo, conservar el humor bajo las circunstancias más aterradoras. Alberto, Alberto, le grito entonces alborozada y a él eso no le gusta. No llamar la atención es la consigna, y yo como de costumbre fuera de foco.
Un hola seco y habla de cualquier otra cosa y sé que es para ganar tiempo y hacer que la gente se olvide de nosotros, dejándonos la máxima libertad de comunicarnos por elevación. Alberto/Alfredo enciende un cigarrillo, pide un café que es lo menos conspicuo que puede pedirse en estos lares, me mira.
Me gusta como mira. Es una mirada inteligente, alerta. Le tengo confianza porque esta alertez o como se diga nos mantiene vivos en más de un sentido: la inminencia del peligro que recuerda nos obliga a no bajar la guardia ni un segundo. No podemos distraernos.
Por fin, cuando siente que todo ha vuelto a la aparente calma de los bares céntricos donde mejor funciona el aquinohapasadonada, Navoni levanta las cejas como para interrogarme. Le tiendo un ejemplar del conocidísimo semanario Dios, Patria y Hogar, casi la única publicación que podemos leer sin miedo, y él lo toma con curiosidad. Sabe que éste es uno de mis inofensivos golpecitos de humor, sabe que la información vendrá, en la revista, contaminándola.
Navoni hojea Dios, Patria y Hogar con aparente interés, da con la gran tarjeta enviada por el brujo, se detiene apenas unos segundos, prosigue con su interés por tan esclarecedores artículos, pliega la revista, se la mete como si nada en el bolsillo del saco, sigue charlando
Se te ve muy bien ahora, ¿pensás viajar en estos días? Sé que andabas con luna, pero no creo que un viaje e de este tipo te haga bien; no, decididamente no, todo lo contrario.
Por supuesto que ni sueno con ir, solo quería informarte. Es muy raro. No sé por qué me invita; ni tendría que estar enterado de mi existencia. Eso me preocupa
Quizá lo que de verdad busque es que vos te enteres bien de la suya. Existencia, me refiero. Es lo único que le interesa. Un megalómano del tipo No importa qué dicen de mí, lo importante es que hablen. Es ese tipo de persona, suponiendo que se le pueda llamar persona.
Pero ahora tengo miedo. ¿Qué hago? ¿Abandono la biografía? Vos sabés que tengo cosas más importantes que hacer, de todos modos
Ni se te ocurra. Si vamos a permitir que nos castren hasta el punto de no poder escribir no digo ya publicar- más vale suicidarse. No. Vos seguí con lo tuyo. Con todo lo tuyo. Te voy a devolver tu propio consejo. Cierta vez nos mandaste a tratar con cierto personaje, por eso de la medicina homeopática, dijiste: Similia similibus curantur, los semejantes se curan con los semejantes, dijiste, y ahora te diré que empiezo a creer en esas cosas. O no, mejor dicho, empiezo a creer que para quienes creen estas fórmulas dan resultado. No podemos desdeñarlas, no podemos desdeñar posibilidad alguna. Vení a verlo vos también. Falta poco para la gran noche. No sé si permitirán tu presencia, pero te lo haré saber. Chau preciosa. Escribí mucho.
Escribí mucho, si señor, buen consejo me dio ese muchacho, como si una pudiera meterse así no mas en otros pellejos cuando el propio se ha vuelto tan incierto. Una se queda como desnuda, sin nada que decir, de golpe, boqueando por un poco de aire. Debí de haber ido al baile de máscaras, hay que acatar las invitaciones que llueven de arriba y no quedarse como yo a la expectativa, esperando el ucase para asistir a la contrafiesta.
Un novelista no está en el mundo para hacer el bien sino para intentar saber y transmitir lo sabido ¿o para inventar y transmitir lo intuido? Total que no voy a ir y quizá la fiesta de máscaras que yo narre sea mas exacta que la real o quizás el brujo decida escribir su propia historia de la fiesta o quizá de alguna fuente insospechada sepamos lo que realmente sucederá, y quizás eso resulte lo menos informativo de todo.
A cada invitado, a medida que llega, se le irá entregando una máscara de terracota con rostro de animal, algo a mitad de camino entre la repulsión y la belleza. Un desfile satánico. Y después, mucho después, vendrá la verdadera orgía. Entonces se repartirán garrotes entre los invitados y al ritmo de los timbales empezará la danza. No un baile cualquiera, no: un baile con finalidades destructivas. Cada invitado con su garrote deberá romper al menos una máscara de barro como si fuera una tinaja, y como la máscara va colocada sobre el rostro del otro quién sabe quién le rompe la máscara a quién y con suerte la cara y ahí no más empiezan las represalias.
Faltan varias noches para la aparición de la redonda luna, y yo ya imagino esta danza de las furias mientras se está con la máscara puesta. Después de rota no sólo queda el gran desenmascaramiento; queda también, agazapado, el anhelo de venganza.
Me distraigo en imaginaciones maléficas, insufladas seguro por el que ya sabemos, mientras espero la otra invitación para la danza más sincera, la contradanza de mis gentes de Umbanda.
(pp137 a 144)
De haber crepado el brujo me quedaba sin novela. Pero qué alivio hubiera sido, qué alivio.
Ahora puedo seguir escribiendo es decir puedo seguir desatendiendo sin demasiada culpa mis otros compromisos, atendiendo tan sólo a como dé lugar las prioridades más perentorias. Aunque no quisiera jugarla de pato y meterme en el agua sin mojarme. Una vez en el baile bailaré, si puedo, hasta donde me dé el cuero.
Ayer fui a verlo al embajador. Parece que por fin podrá brindarle asilo a la pareja de abogados que le recomendé. Menos mal, los pobres ya estaban a punto de caer en las garras de la cana. Y este embajador, qué tipo interesante. Otra historia que debería estar escribiendo, yo. Me pregunto por que se me enredan tanto la realidad y la ficción, o al menos la escritura por qué no puedo mantenerlas separadas. Todo se me mezcla, se me mezclan los hilos, se me envuelven alrededor de las patas y me traban. Me gusta el embajador y también eso se me mezcla, para qué meter asuntos más o menos sentimentales en situaciones que son de vida o muerte. Como si lo sentimental no fuera también de vida o muerte, o mejor dicho un optar por la vida cuando todo está tan al borde de lo otro.
Volviendo a nuestro brujo debo decir que ha recuperado la consciencia o como se llame en semejante caso- y con ella todo su poder de destrucción y por lo tanto ha vuelto a las andadas. Y yo tengo que seguir narrando lo que sé o lo que creo saber al respecto a pesar de que el siempre me llevará ventaja porque no sólo sabe más sino que inventa mejor. El muy maldito.
Por eso mismo he decidido sin más vacilaciones deshacerme del diablito de hierro y demás parafernalia mágica, siguiendo los sanos consejos de mi guía. El diablito con su tridente y su lanza, Eshú y sus ferramentos, tan de sonrisa encantadora, tan seductor con sus cuernos metálicos en punta y su pito casi horizontal. ¿Casi horizontal, el pito de Eshú? Si, señora. El caballero que tuvo a bien obsequiármelo consideró que no era homenaje para una dama, no, eso de traerle especialmente de San Salvador de Bahía un Eshú de pito caído, en ángulo recto mejor dicho, pito apuntando el suelo. Así son todas las representaciones metálicas de Eshú, hay que reconocerlo, pero el mío no porque mi caballero andante intentó modificarlo, enderezarle el sexo, ponerlo en erección, como quien dice. Pero esa es otra historia.
La historia de ahora puede ser encerrada en una bolsa de papel. Ahí voy metiendo por lo tanto al Eshú (chau, cariño), los collares de peyote del mercado de Sonora, unos milagritos del mercado de brujas de La Paz en la calle Linares, los amuletos para el amor (por la suerte que me trajeron) y para el dinero (lo mismo digo) y un par de figas, un ajo macho con cintas rojas, unos ojos de venado (semillas). Estas otras semillas que me regaló el embajador no van incluidas. Son los tomates de mar, una es hembra y la otra es macho y puestas en un vaso de agua la hembra flota y el macho se hunde, cosa que suele sucederle a los machos en un vaso de agua.
Talismanes amuletos maleficios milagritos diablo y sus armamentos collares de dudosa procedencia calaveritas de azúcar, todo en una bolsa de papel y en otra la botella de aguardiente seco que hube de comprar para esta solemne ocasión.
Mi amiga Julia tan perfecta y puntual vendrá a buscarme a las seis menos cuarto de la tarde para llevarme a cumplir mi cometido. El viernes antes de la puesta del sol ¿me entiendes bien hija mía? antes de la caída de la noche, durante el crepúsculo. Llevas tu diablito y demás elementos de magia a un bosque y los ocultas entre los matorrales. Después tomas una botella de aguardiente y vuelcas la mitad haciendo un círculo alrededor de la ofrenda. Y dejas la botella abierta allí mismo, diciendo todo el tiempo que esto lo haces para pagar por la imprudencia de haber albergado elementos maléficos en tu casa. ¿Me entiendes?
Fueron esas las directivas y tan bien las entendí que ya llega Julia y nos embarcamos en su coche camino a los bosques del aeropuerto, los únicos que hay por las inmediaciones.
Después de media hora de viaje, cuando la carretera está a punto de ingresar en los peligrosos terrenos custodiados del aeropuerto internacional, tomamos una simpática curva a la derecha y enfilamos por una ruta que seguro se internará en el bosque. El sol ya está bien bajo y unos tímidos tonitos sonrosados empiezan a invadir el cielo cuando de golpe el coche pega un cimbronazo. Una luz roja se enciende en el tablero
No puede ser dice Julia- parece que se rompió la correa del ventilador. Pero si estaba recién cambiada
Y yo suspiro y me acuerdo de la segunda parte de la historia del Eshú, las palabras de Christian, mi caballero andante, capitán de ultramar, cuando me lo dio: a una bella mujer no se le puede traer de regalo un diablito falicaído, por eso le pedí al jefe de máquinas del barco que se lo enderezara a éste, que le orientara el falo como corresponde. A1 jefe le encantó la idea y se fue muerto de risa a la fragua para darle martillazos al pito y ponerlo en su lugar. Yo me volví al puente y ahí estaba cuando de golpe el barco corcoveó como si hubiéramos encallado y el jefe de máquinas apareció hecho una furia: Tomá, me gritó, llevate tu diablo de mierda, me hizo explotar la caldera auxiliar que funcionaba a la perfección, yo mismo acababa de controlar los manómetros. Y me devolvió el Eshú y no quiso saber nada, así que acá lo tenés, a media asta como quien dice pero la intención es lo que vale ¿no?
No me decido a contarle esta parte de la historia a Julia para no desanimarla del todo. Abro en cambio la puerta del coche resuelta a Deshacerme lo antes posible de esa malhadada carga. Pongo un pie en tierra y me detengo en seco. Justo allí, sobre mi cabeza, amenazante como estas advertencias pueden serlo bajo estas circunstancias, un enormísimo cartel con la oscura silueta de un soldado que me apunta con su rifle. Y el aviso debajo


ZONA MILITAR

NO ESTACIONAR NI DETENERSE

Y el sol, atento a la consigna, no se estaciona ni detiene. Sigue implacable su camino horizonte abajo, pronto va a desaparecer y ya va a ser demasiado tarde para nosotras.

(pp 159 a 163)


 
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1980, expatriación semivoluntaria en Nueva York, vacaciones en México. Esas era mis circunstancias cuando me asaltó una pregunta: ¿por qué los argentinos, supuestamente tan alfabetizados, aggiornados, actuales, pudimos caer en manos de un brujo? José López Rega, Lopecito, el auto de libros de gualichos y hechizos y también el gestor de la Triple A y de todo el horror que había llevado a nuestro país al punto donde se encontraba entonces.
La respuesta a tamaña pregunta no podía llegar por carriles racionales. De los brumosos terrenos míticos en los que me sumergí empezó a manar una novela. La profecía de don Bosco: correrá un río de sangre y después vendrán veinte años de paz, desencadenó la trama. El brujo no quiere la paz, el brujo quiere perpetuar el horror, quiere el poder omnímodo. Secretamente asesora a los militares en el gobierno, un grupo de civiles se le enfrenta. Él ha hecho su refugio cerca de los esteros del Iberá, él tiene tres testículos e insiste que el del medio es su hermana embrionaria, Estrella. Embarazar a esa “hermana” y tener un hijo de sí mismo es el proyecto gracias al cual dominará el mundo.
Titulé la novela recientemente reeditada por Planeta, México- Cola de Lagartija, el nombre de un látigo que se usó el siglo pasado en Corrientes para castigar a los rebeldes. Escribirla fue una experiencia muy intensa. Le di la palabra al Brujo para no condenarlo de antemano, tomé la palabra de a ratos para enfrentarlo sin demasiado éxito (los locos siempre pueden más y mejor). No necesité hacer investigación alguna, con los datos reales y mitológicos que tenía sobre el ex ministro de Bienestar Social (vaya la paradoja) me alcanzó de sobra para esta ficción donde la megalomanía crece hasta alcanzar proporciones de escándalo.
Otros protagonistas de nuestra historia reciente aparecen tras claras máscaras: el Generalisísimo, la Muerta, la Presidenta. Y sobre todo afloran las ansias desmesuradas de eternizarse en el poder. Tema que ya empieza a ser recurrente, mal que nos pese.

Luisa Valenzuela

 
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Paranoia del poder demoníaco en una gran novela


El poder es una cola de lagartija. Un látigo trenzado de violencia en cuyo tejido gimen las voces anónimas, la destrucción del ser y la misma locura. Detentar esa cola es manejar las fuerzas oscuras de la magia, la fuerza de un poder enigmático que se alimenta de supersticiones, de falsos mitos que aún recorren la sangre. Tales son los significados que se codifican en Cola de lagartija, novela de Luisa Valenzuela, publicada previamente en Chicago como The Lizard´s Tail (1983) (La cola de la lagartija).

Código de locura y de muerte
El Brujo, su protagonista, transfiguración de José López Rega, usará estos poderes, estas tinieblas que cayeron sobre los argentinos en el tiempo ominoso de su reciente historia. El Brujo manipulará la violencia, la debilidad de los dictadores. El látigo será su cetro del mal, esas fuerzas oscuras, prelógicas que lo investirán de un poder demoníaco. Pero el ejercicio de la violencia incluye el del sexo. El Brujo Hormiga Roja, Señor del Tacurú y su Hermana Estrella (nombre epónimo del primer título, luego desechado) tiene tres testículos: dos que pudieron ser y un tercero supernumerario. De este tercer testículo, que será besado santamente y constituirá la trinidad demoníaca, nacerá, en extraña androginia, la Estrella impúdica (su otro sexo), que se abatirá sobre el crimen. Sería el símbolo aglutinador de la AAA, de las aes enrojecidas. La maldición, los muertos, los desaparecidos. Las lloriqueantes sin rostros de las santas locas buscarán entre otros rostros que perdieron el rostro.
Parábola del poder demoníaco y la violencia. Parábola e imagen en cuyos ojos, perdida la luz, brillará el infierno de los que se fueron para vivir en el recuerdo de la ignominia. Ni Calígula, incestuoso y cohabitando con su caballo, ni Claudio César, liberando el hedor de sus nalgas. Ni aun el mismo Nerón, haciendo asesinar a su madre, (“¡Hiere en el vientre, centurión!”) fueron tan abyectos como el Brujo. Luisa Valenzuela nos eriza la piel. Nos la pone de gallina. Congrega a Sade con Masoch. La crápula fetichista con Retif de la Bretonne. El humor negro con la semiosis del poder. El poder con el odio y el sexo.
Introducida en este mundo violento, la prosa de Cola de lagartija, a pesar de los inesperados laberintos, ha estremecido a su misma autora. Escrita en Nueva York, en la perspectiva lejana de ver correr la destrución como desde una platea alucinada, Luisa Valenzuela ha utilizado sus entrañas. Todo el cuerpo. Los cinco sentidos físicos, más el sexto de la percepción extrasensorial. La ESP de la potencialidad parapsicológica, desde cuya altura concreta la precognición de un diario que antes no existía, La Voz.
Y por encima de todo, las voces. La voz humedecida, llena de miedo. Y las otras voces que se oyen. Las voces de la sombra, únicos seres vivientes: la del Narrador, la del Hechicero, la del Garza, la de la Mujer Muerta, la de los Generales y la de la propia Valenzuela. Las voces del odio o la esperanza. Las únicas voces que decían del mundo lo que las tinieblas buscaban.
En el capítulo I la autora nos presentará sus símbolos:
“La tierra crujiente reseca por el sol agrietándose en sonrisas para mí, abriéndose en carcajadas hasta llegar a los tacurús, esos castillos. Y las hormigas tan diminutas, rojas, ¿por qué tenían castillos y yo no? A mi hermana aún no la sabia pero creo que fue mi hermana, que habría de llamarse Estrella, la que me dio la idea. El escozor lo sentí precisamente allí donde ella mora. entre mis piernas- y atendiendo a ese escozor inauguré la costumbre de instalarme en la cumbre de los castillos. No el castillo más alto aquella vez, todavía no alcanzaba, pero elegí uno como hecho a mi medida y me senté sobre el castillo y desmoroné el castillo. En realidad un hormiguero pero fue mi primer castillo y las hormigas me reconocieron como era lógico suponer y me cubrieron del rojo suntuoso de ellas mismas y resplandecí y vibré bajo el sol de la siesta.
(..)
Manuel tiene tres pelotas, Manuel tiene tres pelotas, chilló en cierta oportunidad el opa Eulogio y fue lo único que chilló en su vida. Enseguida volvió a perder el habla y recuperó su mirada perdida de tarado. Como en aquel entonces yo todavía no me llamaba Manuel no me importó mucho. Mas bien lo viví como un elogio. Lo que ahora denomino el elogio de Eulogio. El homenaje a Estrella hecho por un opa mudo que sólo habló para señalarla. Mi primer milagro.”
Ahora el general y la hermana que le crece en el testículo supernumerario:
“Se lo conté muchas veces al Generalísimo, variando eso sí algo el texto. Los milagros pueden ser elásticos y el Generalís comprendía esas cosas aunque para otras hay que reconocer que era un poco obtuso (por eso fallé en mi ultimo intento con él y no pude devolverlo a la vida: por su pertinaz obcecación) (Toda la luz que quise brindarle y él sólo la recibió en vagos resplandores. . .) Pero el Generalísimo es secundario, ya hablaré de él cuando le llegue el turno. Por ahora y siempre el turno es mío, le cederé una pizquita cuando a mí se me antoje e o quizá cuando Estrella lo reclame con fuerza. Ella lo amó, creo, aunque siempre tuvo la delicadeza de tratar de ocultarlo.
(...)
Estrella. La que fue descubierta por las hormigas coloradas. Fue la única que conoció las mazmorras de hormigas, sus túneles secretos donde maman la vida. Yo me senté sobre el castillo de hormigas y destruí el castillo. Ella quedó colgando dentro de las entrañas del castillo yo me había quitado toda la ropa en esa siesta para penetrar el mundo de castillos, sin saberlo ya sabía que el verdadero ropaje sería el manto pulsátil. Gracias a lo cual Estrella, cuya existencia yo aún ignoraba, penetró los derrumbados dominios de la hormiga y supo su secreto y charló con la reina. Simples circunstancias que la llevaron a ser la reina y a mí que la involucró su dios omnipotente.”
Después las mazmorras:
“Para mi uso personal yo soy la droga, la droga soy yo y las hormigas libaron de mis poros, de mis más privados intersticios, razón por la cual siento que no les he robado nada al construir este mi castillo subterráneo con túneles y pasajes, puentes y pasarelas, mazmorras y cárceles y esos respiraderos como torrecillas, que vistas desde el aire parecen un campo de tacurús.”
Y luego la ubicuidad del Brujo, la noche infinita que se multiplica en una búsqueda cuyo lugar sólo conoce él mismo desde su fragmentación en las tinieblas:
“Los otros, los que se supone son mis enemigos, no pueden actuar sin mí y me consultan. Usando intermediarios, dando todo tipo de rodeos, pero igual me consultan y yo les sigo el juego: me hago el que no sé y me oculto de esa gente del gobierno, sólo permito que emisarios disfrazados me encuentren, me transformo y me entrego a las metamorfosis más complejas para impedir que me encuentren permitiendo siempre que me encuentren y alentando los resultados. Me importa manejar los hilos aunque nunca aparezca mi nombre en los periódicos. He borrado mi nombre, sólo muy de vez en cuando alguien atina a llamarme don Manuel y yo no lo estimulo para nada, la opinión pública no me interesa en lo más mínimo y prefiero que crean lo que creen: que me he vuelto invisible, que me ha tragado la tierra. Oficialmente nadie puede encontrarme, ni los gendarmes, ni la policía de mi país, a pesar de que una vez fueron mis colegas y conocen mis mañas, ni Interpol ni la CIA ni el FBI ni la KGB ni ninguna de esas siglas que fueron especialmente creadas para no encontrarme.
Soy invisible por dos razones a cual más meritoria:
Sé camuflarme bajo sus propias narices
Me he vuelto imprescindible para los que imparten las órdenes.”
En estos párrafos están el García Márquez de Cien años de soledad (1967) y el Asturias de El Señor Presidente (1946). Están en espíritu y efigie, como está la destrucción de “The Day after” (1983), el filme compulsivo del día después en que todos los cuerpos se hallarán en las tinieblas.
Parábola del poder que sólo engendra el miedo y la dictadura, el crimen anónimo y la ceguera, Cola de lagartija se yergue con un látigo (el látigo de su látigo) para testimoniar esa historia de sangre que asoló a la Argentina desde el asesinato de Aramburu hasta poco antes del advenimiento de Alfonsín.

El río de sangre
El libro se abre con la profecía de Don Orione: “Correrá un río de sangre y vendrán 20 años de paz”. Luisa Valenzuela da testimonio de esa sangre desbordante. De esa sangre llena de gemidos. De burbujas por donde salía el aliento de los que morían por una causa o por la inocencia.
Pero Luisa, al dar esta testificación, espera la paz, el don de la profecía. ¿Se resolverá o aun esa sangre seguirá corriendo?
El Chicago Tribune (del 30/X/1983), con un título fervoroso, “Una argentina exiliada da una estocada mordaz a su patria”, al comentar The Lizard´s Tail creía aun en el río de sangre. Transcribo parte de ese comentario.
“El Hechicero es andrógino, es un demonio perverso. Su dominio es la Laguna Negra, que él gobierna desde el Tacurú, una antilla gigante. Experto en torturas y represión, se embarca en una carrera mágica de agravios para extender su dominio. Al hipnotizar a su sicofante, el Garza, puede invocar el espíritu y la voz de la primera reverenciada esposa del Generalísimo, a la Mujer Muerta. Irradia esa voz para incitar a sus seguidores. Usa un dedo cortado de la mano de la Mujer Muerta (una referencia a circunstancias ocurridas en torno al cadáver de Eva Perón), para dejar huellas digitales de su segunda aparición (de la aparición de ella).
“Construye una pirámide azteca como símbolo de los poderes a que aspira, o sea ‘una metáfora convertida en realidad’, y arma una orgía de celebración. Esta orgía está parodiada por los habitantes de las localidades vecinas. Y cuando todos están presentes, las anexa a la Laguna Negra. Finalmente con los generales de la capital, el culto a la Mujer Muerta y un grupo de disidentes, Valenzuela también entre ellos, y todos furiosos por el calor de su cola, el Hechicero se transforma en una mujer, y da a luz un río de sangre.”
¿Se cumplirá entonces la segunda parte de la profecía? ¿Estamos ya en el alba de esa paz que durará veinte años? Si el río de sangre ha corrido entre oscuros vericuetos y túneles inacabables, ¿alboreará el nuevo día sobre esa porción del mundo que es la Argentina, y como tierra de los argentinos, una tierra del mundo? La pregunta está implícita en la novela de Luisa Valenzuela, aunque ésta sigue creyendo que las tiranías ya no vienen como antes, porque ahora tienen piezas de repuesto. Pero testimoniar sobre el horror ya es de por sí una perspectiva, la espera del alba. La autora, en esta gran novela, apunta hacia la destrucción del látigo trenzado. Y como Edgar Allan Poe, podrá decir “Never more”. Nunca más.


Juan Jacobo Bajarlía
Nueva Presencia
Buenos Aires, diciembre de 1983.

 

Wise Blood
Argentine Alchemy
The Lizard´s Tail
By Luisa Valenzuela


Like all writers, Latin American novelists hold a continuous double dialogue: with their craft and with the world, that reality which literature usurps. Both dialogues can be bleak. The radical pessimism and nihilistic impulse Latin American have been imbibing from modernism since the turn of the century lead to hell, and hell, in Latin America, is a specific adress in your city; its devils are people who shop in your supermarket. Imagination, the dominant faculty in contemporary Latin fiction, seems to burn just as brightly in the Latin dungeon. With Latin American political life ablaze in the news and modern Latin fiction reaching a wider readership (the current “boom” revival), it´s not surprising that there´s a strong impulse to connect the two, to read fiction as the key to volatile, savage, threatening reality. Such readings, no matter how well intentioned, have traditionally encouraged North American naiveté (and noblesavage critical attitudes) about the Latin world.
Contemporary Latin fiction is characteristically dense, requiring an active, cultivated reader capable of locating the text within a vast interplay of international letters and critical thought, not one who will take literature literally. In the long run, however, the power of the text will prevail. North American readers will not pick up much valuable data from their readings of Fuentes and García Márquez, but they will, once the outragedatinjustice liberal response is left behind, begin to deal with Latin American culture and political life in its complexity. They will begin to understand the mind that forges the trope, the torture, and the radical revolt.
At first glance, Luisa Valenzuela´s new novel seems to encourage a literal, historicopolitical reading. The Lizard’s Tail is a roman à clef with the answer on the jacket: “It is based on a real story the career of López Rega, Isabel Perón´s Minister of Social WellBeing, who, for all intents and purposes, ruled Argentina literally through sorcery. The Lizard’s Tail follows this Argentine Rasputin as he plunges into the depths of pleasure and degradation that absolute power can avail. The Sorcerer is a Sadean libertine in the heart of darkness: where Western paranoia meets the jungle and mumbo jumbo will hoodoo you.
Bored with golden showers and virginwhipping, the Sorcerer turns more and more to the creation of his own Oz in the swamplands, ruling through cruelty and becoming what all tyrants eventually become a fairytale monster rattling around a haunted palace. There are many signposts in the text to remind us of the Peronian setting (at one point the Sorcerer, who never mentions names, almost gives the game away by uttering “E...!”). and Valenzuela places herself in the novel as writer of the text, its master, and narrator of the story, its witness. Like the Sorcerer, she is the author of perversions and horrors, for these are in her novel; writing is a guilty business to be atoned by political commitment, the path chosen by the authorinthetext, the narrator, who is part of an underground cadre.
Valenzuela is writing about a historical figure. Her author/narrator acknowledges this when she muses on the two Sorcerers, the one she has created in her fiction and the real one. In the end, she uses the text as incantation, the faculty of fiction to replace history tightens around the Sorcerer, and she feels the squeeze: there’s a writer out there after his ass. This may be Valenzuela´s finest literarypolitical lesson: slay the ogres in the text, surround them with their own heads staked on pages, juju them. In The Lizard´s Tail, the man of power is condemned to a monstrous femininity. Born with a third testicle he calls “my sister Estrella”, the Sorcerer can make it swell like a womb.
Dusan Makavejev once predicted that when women got control of film and the media we would see “a lot of blood, a lot of shit” (Makavejev, a Reichian, does not use “shit” pejoratively). This novel by the new (and rare) female star of the Latin American pleiad revels in primal ooze. In The Lizard´s Tail, the world feels like a pulsating, disemboweled body; for the Sorcerer, cruelty is just a way of going with the flow of blood, ants, water, mud. In this fluid state, metamorphosis is the order of the day. The Sorcerer´s lover/slave/disciple becomes and egret or a dog to satisfy his master´s sexual mythopoeia, and in the end he reshapes the Sorcerer´s body into a woman´s by covering him with clay and sculpting breasts, hips, and pudenda.
The portrait of a political monster is a classic Latin American genre, but Valenzuela goes deeper than her predecessors. She stays close to her subject´s flesh and wired to his nerves until he has no secrets. As the Sorcerer retreats from the Other into his ultimate fantasy about parthenogenesis, Valenzuela follows. Only when the unholy birth is about to take place does she back up, like Hitchcock´s camera, to let the Sorcerer´s tumor burst atop his lonely pyramid, fulfilling the prophecy inscribed at the beginning of the novel: “A river of blood will flow.”
The Lizard´s Tail has been published first in English translation. Valenzuela lives in New York and is an associate fellow of the Institute for the Humanities; the usual gap between original publication and translation has not only been bridged but overlapped, doubtlessly because the author is closer to her translator, the famous Gregory Rabassa. In Rabassa´s version, Valenzuela comes across as a masterful and luxuriant. Her book is a tour de force; it starts in high gear and never lets up.
Still, this is the first time I´ve read Spanish American fiction in English before Spanish, and I miss the chance to handle Valenzuela´s language directly, to converse with it face to face and feel in the texture and tone and particularly in the humor- a familial connection between writer and reader. Valenzuela has said that “to write in another language is like a betrayal if you really want to be a writer.” And to read in another language if you really want to be a reader? It probably applies, because I feel terribly guilty. To Luisa Valenzuela, then, I dedicate this, my first infidelity, mi traición.


Enrique Fernández
Voice Literary Supplement, October 1983

 

Into the heart of darkness
The Lizard´s Tail by Luisa Valenzuela
Farrar, Straus & Giroux

A frolicking, wisecracking, fingerlicking witchdoctor is loose in Luisa Valenzuela´s most recent novel, The Lizard´s Tail. He calls himself Keeper of Pain, Keeper of Fear. Valenzuela´s coup here her triumph- is a creation of a language and a structure that allow the reader to poke around at her Sorcerer and eventually to stand close enough for him to sical the air one breaths.
The Lizard´s Tail is in part Valenzuela´s effort to understand how a decade of bloodletting came to pass in her native Argentina. Thinly veiled historical references constantly reach out to the reader. The whole Peronist gang is here: the Generalíssimo (Juan Perón), the Dead Woman (Eva Perón), her successor the Intruder (Isabel Perón) and later, after the 1976 coup that ousted Isabel Perón, the disembodied and nearly indistinguishable voices of all those generals with their talk of national reconstruction and getting away with murder, the Sorcerer strolls, lord of it all, underground amid his Indian maidens, his slaves, his honeypots and his instruments, at home in, quite literally, an anthill paradise Valenzuela´s Sorcerer is modeled after López Rega, Isabel Perón´s minister of wellbeing. An intimate of Isabelita´s López Rega published several volumes on sorcery and is also credited with creating and nurturing Argentina´s AAA an extreme rightwing, paramilitary terrorist organization with innumerable tentacles.
But to consider The Lizard´s Tail only as political parody is to head cocksure into a labyrinth. Valenzuela is interested in myth. She´s among those who equate mythmaking presupposes a deep dive into the unconscious. There´s a hole tradition, to which Erich Neumann´s Jungian classic, Art and the Creative Unconscious is central, which argues that the artist as hero is responsible not only for mirroring a culture but for healing it. Patterns, textures and figures brought up by the artist can gradually reshape the cultural cannon, making it more complete. This same tradition defines myth as the collective dream of a people. And, as in the dream where all the characters, the fragments, even the colors are reflections of oneself, so Valenzuela enters into the story.
There are a handful of voices in The Lizard´s Tail; most are developed with fist- person narrative. Valenzuela is there, disturbingly close to the Sorcerer as he ruminates about his natural right to cause pain. She´s there again, a play within a play, as the writer who wrestles with her fictionalized biography and then, after receiving an invitation from her character to his Bacchanalia, must wonder who is creating whom. And all this is happening, even as her own lover is being tracked in the brutal Argentine style of the mid´70s- by the AAA.
A certain cadence runs through The Lizard´s Tail. It´s always there; sometimes broad and leisurely, sometimes tightening to a climax. Riding this rhythm on almost every page are the words of an old Argentine prophecy “A river of blood will flow”- which goes on to promise 20 years of peace.
There is no peace here there´s barely a plot here- but there is a river of language as rich as blood. Nothing is static in The Lizard´s Tail. Valenzuela hinges her story on images and metaphors, mostly organic ones, multitudes of them- always moving, colliding, expanding, recreating each other like a kaleidoscope. Most every metaphor suggests another one. Images pierce through all the layers, stunning the reader with all their accumulated meaning.
But Valenzuela the poet is never far from Valenzuela the punster. There´s a logic in the language that prickles and teases and a rèlentless humor that keeps the reader offbalance.
The Sorcerer wants a child more accurately, the Sorcerer wants a son. He´s betting he can outsmart the earth and have one “without the help of any woman, without the support of hostile powers.” A great deal of the novel´s action revolves around his preparations to do just that. Early on one discovers that the Sorcerer has a third testicle that he regards with rapture as his sister and soulmate, his feminine aspect- Estrella, the Morning Star. Estrella will bear their child. Later, however, the Sorcerer has serious doubts about whether to allow this birth or whether “I myself shall retain I myself forever in my innards.”
Feminine values are spat upon here. Indeed, the Sorcerer plays regularly with chemicals, hoping to find a combination to speedily dissolve as many uteri as possible. No more corruption, he reasons. With Eros plucked out at the roots, what remains is bloodlust. Valenzuela speaking as herself in the novel, describes the effects of a meltdown of such feminine values. “I no longer feel time passing in me. I only know of separation, a great cultural broth of separation.”
There is no redemption in The Lizard´s Tail. It´s hardly conceivable in this world. What an adventure it would be to watch Valenzuela apply her wit and her tumbling words to that theme. As it stands, The Lizard´s Tail is finer than any net that tries to catch it. A brilliant dissection of fascism and paranoia, the novel is perhaps most truly a prayer for strength to face one´s demons, individually and collectively...Lest we forget.


Elizabeth Hanly
In These Times
Jannuary 11, 1984.


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