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EL UNO
Advertencia
Eso no puede escribirse
Se escribirá a pesar nuestro. El Brujo dijo alguna
vez que él hablaba con el pensamiento. Habría
que intentar darle la palabra, a ver si logramos entender
algo de todo este horror.
Es una historia demasiado dolorosa y reciente. Incomprensible.
Incontable.
Se echará mano a todos los recursos: el humor negro,
el sarcasmo, el grotesco. Se mitificará en grande,
como corresponde.
Podría ser peligroso
Peligrosísimo. Se usará la sangre
La sangre la usan ellos
Claro. Le daremos un papel protagónico. Nuestra arma
es la letra.
1981
La profecía
Correrá un
(quién pudiera alcanzarlo)
Correrá un río de sangre
(seré yo quien abra las compuertas)
río de sangre
(fluir constante de mi permanencia en ésta)
de sangre
(¡eso sí que me gusta!)
(sangre, rojo color de lo suntuoso, acompañándome
siempre, siempre para ador(n)arme)
¡basta! La conjunción copulativa me da asco
y Vendrán Veinte Años de Paz
veinte años no es nada
lo que vendrá puede ser postergado para siempre
la paz ni la menciono, es el estatismo, es lo que congela,
lo que no me concierne y no me considera.
Voy a cercenar la vieja profecía y el río seguirá
corriendo para siempre por mi obra y mi gracia. Correrá
un río de sangre al compás de mis propios instrumentos
El acordeón
Desde mi más tierna infancia el acordeón me
despierta esta especie de hormigueo y es como si perdiera
el norte pero gano la calma. La flauta en cambio no, la flauta
me pone alerta. Y no hablemos de tambores, los tambores son
algo bien distinto y haré sonar tambores a lo largo
y a lo ancho de mi vida cuando no recurra al bombo, cuando
no recurra al bombo y eso sí que será esplendoroso.
¿Dije a lo largo, dije a lo ancho, dije mi vida? Qué
estupidez. Uno acaba aplicando los lugares comunes de los
otros como si uno fuera igual, como si pudiera tratarse de
humanas dimensiones cuando a uno lo impregna lo infinito,
eterno, aquello que lo abarca todo y es a la vez todo. Soy
el Inmanente, soy la sal de la vida.
Así es y no me justifico. Si nunca (otra de las palabrejas
de las que abomino) me ha justificado antes no veo por qué
habría de hacerlo ahora cuando por fin hemos logrado
con mi hermana Estrella, mi hermana que está en mí-
aceptar plenamente la grandeza. Fue como irnos armando con
arena: aceptar granito a granito de grandeza hasta configurar
este nuestro único cuerpo. Y hoy, hechos por completo
de arena, de la pura grandeza, el tiempo ya no pasa para nos,
y la barba que me he dejado crecer es una barba digan, de
profeta no es disfraz ni ocultamiento como han insinuado algunos
de los pocos elegidos que aún tienen el enorme privilegio
de poder contemplar nuestra persona.
Vienen a consultarme.
Vienen a consultarnos, a mi hermana y a mí, aunque
todos ignoran el Secreto. Nadie nunca jamás (tralalá,
de nuevo esta engañosa medición del tiempo,
como si el tiempo contara para nosotros) me ha visto sin ropa
y por lo tanto nadie tralalá la ha visto a ella. Salvo
aquel hombre, aquel que la reconoció y la bautizó
y le dio el beso. Aquel hombre, el ex maestro, por suerte
ya no pertenece más al reino de los vivos. Fue su/mi
único beso de verdad. El Beso.
Otras muy distintas fueron alguna vez mis enamoradas. Todas
aquellas simultáneas en rendirme homenaje. Ahora las
he erradicado de mi mundo, por osadas, por diminutas y tenaces,
las he exilado de mi mundo que remeda el de ellas, pero mientras
navego en mi isla de juncos ocurre algunas veces que los vientos
me hacen pasar no lejos de su actual territorio y me pongo
a observarlas con los largavistas. A ellas no alcanzo a verlas
diminutas y rojas como son- pero veo sus moradas, los tacurús
altos castillos con torres y almenas y mazmorras y diminutas
celdas. Algo aprendía de ellas aunque no merecieron
mi respeto. Una única hembra mereció tamaña
distinción y esa cuando la conocí ya estaba
muerta. Menos mal. Me salvé de caer en la temporalidad
del amor o del deseo.
Las hormigas en cambio supieron de mí en vida y me
reconocieron. Yo tan tierno entonces, respondiendo al acordeón
y a las siestas. Dicen que mi madre gritó el doble
al nacer yo y después se murió para siempre:
no le quedaba otra cosa por hacer en este mundo. Dicen que
ese día fue un día tan idéntico a los
otros que nadie ni mi madre- pudo reconocerlo y no fue para
menos: desde mi nacimiento supe del inapreciable arte de la
simulación y el mimetismo. Por eso algo más
adelante mi cuna fue un cajón de frutas colgado de
una rama y yo fui la flor Milhombres durante largos días.
Amarillo dorado con pintitas rojas, yo fui la flor Milhombres
mientras los no iluminados hablaban de sarampión y
me daban brebajes.
Harina con agua. Mi madrina preparaba fideos, hacia guiso
carrero y no más lo deglutía y digería.
Venían después unas siestas muy largas, aplastantes,
y yo con dos años apenas cuando el tiempo para mí
era aún mensurable solía escaparle a esas siestas
y al sonido tan triste del acordeón en las cocinas
casí como un lamento- y me iba por el lado de la risa.
La tierra crujiente reseca por el sol agrietándose
en sonrisas para mí, abriéndose en carcajadas
hasta llegar a los tacurús, esos castillos. Y las hormigas
tan diminutas, rojas, ¿por qué tenían
castillos y yo no? A mi hermana aún no la sabia pero
creo que fue mi hermana, que habría de llamarse Estrella,
la que me dio la idea. El escozor lo sentí precisamente
allí donde ella mora. entre mis piernas- y atendiendo
a ese escozor inauguré la costumbre de instalarme en
la cumbre de los castillos. No el castillo más alto
aquella vez, todavía no alcanzaba, pero elegí
uno como hecho a mi medida y me senté sobre el castillo
y desmoroné el castillo. En realidad un hormiguero
pero fue mi primer castillo y las hormigas me reconocieron
como era lógico suponer y me cubrieron del rojo suntuoso
de ellas mismas y resplandecí y vibré bajo el
sol de la siesta. Un manto de hormigas coloradas, el más
bello que he tenido jamas, el más vivo con antenas
pulsátiles y gran estremecimiento en cada uno de sus
pliegues, sus puntadas. Intenté más adelante
repetir lo del manto vivo pero todo lo que hasta mí
llegó y sigue llegando está ya muerto, aunque
todavía tibio. El manto de serpientes que alguien sugirió
una vez lo deseché por viscoso, inconstitucional. El
primero fue un manto de amor y de respeto: no me picó
ni una sola de estas hormigas devoradoras de hombres. Se hermanaron
conmigo. Tan lustrosas, ceñidas, austeras, ágiles,
nerviosas, sabiendo a ciencia cierta qué quieren y,
lo que es más, a quién quieren.
En mi pubertad también yo supe a quién querer.
Cuando me bajaron para siempre los testículos y mi
hermana Estrella, aún desconocida, se quejó
por primera y única vez antes de encontrar su cálido
acomodo en medio de mis dos huevos.
Manuel tiene tres pelotas, Manuel tiene tres pelotas, chilló
en cierta oportunidad el opa Eulogio y fue lo único
que chilló en su vida. Enseguida volvió a perder
el habla y recuperó su mirada perdida de tarado. Como
en aquel entonces yo todavía no me llamaba Manuel no
me importó mucho. Mas bien lo viví como un elogio.
Lo que ahora denomino el elogio de Eulogio. El homenaje a
Estrella hecho por un opa mudo que sólo habló
para señalarla. Mi primer milagro.
Se lo conté muchas veces al Generalísimo, variando
eso sí algo el texto. Los milagros pueden ser elásticos
y el Generalís comprendía esas cosas aunque
para otras hay que reconocer que era un poco obtuso (por eso
fallé en mi ultimo intento con él y no pude
devolverlo a la vida: por su pertinaz obcecación) (Toda
la luz que quise brindarle y él sólo la recibió
en vagos resplandores. . . ) Pero el Generalísimo es
secundario, ya hablaré de él cuando le llegue
el turno. Por ahora y siempre el turno es mío, le cederé
una pizquita cuando a mí se me antoje e o quizá
cuando Estrella lo reclame con fuerza. Ella lo amó,
creo, aunque siempre tuvo la delicadeza de tratar de ocultarlo.
Volviendo al milagro, le solía narrar al Generalís
que el Eulogio gritó
sus únicas palabras, su única emisión
humana:
El Manuel tiene aureola, el Manuel tiene aureola.
o
El Manuel es un santo, el Manuel es un santo
o, más cerca de la verdad (si eso existe, si hay verdad
excluyente):
El Manuel tiene tres... marcas en la frente.
El Generalís no perdía su tiempo en vanas interpretaciones,
solía aceptar las palabras al pie de la letra y los
hechos como se le iban presentando, cosa que constituyó
siempre su gran sabiduría.
Estrella en cambio, no. Estrella lo discute todo, lo analiza
vivisecciona e interpreta. Metafóricamente hablando,
claro está. Ella es la metáfora viva.
Estrella. La que fue descubierta por las hormigas coloradas.
Fue la única que conoció las mazmorras de hormigas,
sus túneles secretos donde maman la vida. Yo me senté
sobre el castillo de hormigas y destruí el castillo.
Ella quedó colgando dentro de las entrañas del
castillo yo me había quitado toda la ropa en esa siesta
para penetrar el mundo de castillos, sin saberlo ya sabía
que el verdadero ropaje sería el manto pulsátil.
Gracias a lo cual Estrella, cuya existencia yo aún
ignoraba, penetró los derrumbados dominios de la hormiga
y supo su secreto y charló con la reina. Simples circunstancias
que la llevaron a ser la reina y a mí que la involucró
su dios omnipotente.
Ahora sé: las hormigas son sabias y también
temerarias o quizá viceversa o también viceversa.
Por eso mismo. La sabiduría las lleva a la temeridad,
la temeridad a la sabiduría, en cíclico camino
de vaivén ignorado por la mayoría de los tristes
mortales que le tienen terror pánico al conocimiento
y se niegan a jugarse el pellejo para poder alcanzarlo. Ellas
no. Ellas saben que para alcanzar el conocimiento hay que
pagar un precio y están dispuestas a todo. Muchísimas
se pierden en la busca, hormigueros enteros llegan a descontrolarse
y a armar las estructuras mas insólitas, más
bellamente inútiles y fatales. Pero las hormigas son
seres inferiores: necesitan la droga. Ahora lo sé.
Aunque creo que siempre lo supe por intermedio de Estrella.
Las hormigas tienen criaderos de pulgones a los que ordenan
como si fueran vacas, se amamantan de los pulgones y se embriagan
y saben. Como bien me habré embriagado yo, a los dos
años de edad, por inconfesable vía, y desde
entonces supe. No. Todo lo contrario: las hormigas libaron
de mí y por eso no me devoraron vivo, y desde entonces
supieron. Sus castillos los tacurús son desde entonces
mucho mas enhiestos y majestuosos.
Yo soy superior. Yo no necesito drogas aunque a veces las
comparto con los otros por pura sociabilidad por no parecer
distinto. Y por mantener en funcionamiento mi negocio: yo
produzco la droga no ya por los poros sino en forma industrial-
para que también los otros alcancen aunque sea en fugaces
destellos un poco de esta luz que me ilumina.
Para mi uso personal yo soy la droga, la droga soy yo y las
hormigas libaron de mis poros, de mis más privados
intersticios, razón por la cual siento que no les he
robado nada al construir este mi castillo subterráneo
con túneles y pasajes, puentes y pasarelas, mazmorras
y cárceles y esos respiraderos como torrecillas que
vistas desde el aire parecen un campo de tacurús.
Puede que alguna hormiga osada, in illo tempore, haya hecho
su hogar en mi persona para dictarme, tantos años después,
la forma de los túneles y de los respiraderos y mantenerme
así fuera del alcance de la vista de aquellos que me
buscan para acabar conmigo.
Un campo de tacurús es mi castillo visto del suelo
para arriba. Del suelo para arriba se ve tan poca cosa. .
.
Tacurús sabios, tubos por los que penetra el viento
para que en todo mi laberíntico castillo suene música.
De gimiente acordeón más que de órgano.
Acordeón de las añoradas siestas infantiles,
castillo subterráneo, eólico, milagro que muchas
veces celebro bebiendo una copita del mejor ácido fórmico.
Hablé de mi isla flotante y hablé de mi castillo
en tierra bajo tierra. Soy así de versátil y
soy dueño también de todos los paísajes.
¿Por que volví al terruño? me preguntan
los pocos que tienen acceso a mi persona y saben de los riesgos
que mi vuelta implica. Porque yo soy mi terruño, estoy
estamos, no he de olvidarla a Estrella aunque nunca la mencione
en publico- hecho de esta arena finísima y purísima.
Soy somos como el cristal: de una sola pieza, y no me engaño.
Los otros, los que se supone son mis enemigos, no pueden actuar
sin mí y me consultan. Usando intermediarios, dando
todo tipo de rodeos, pero igual me consultan y yo les sigo
el juego: me hago el que no sé y me oculto de esa gente
del gobierno, sólo permito que emisarios disfrazados
me encuentren, me transformo y me entrego a las metamorfosis
más complejas para impedir que me encuentren permitiendo
siempre que me encuentren y alentando los resultados. Me importa
manejar los hilos aunque nunca aparezca mi nombre en los periódicos.
He borrado mi nombre, sólo muy de vez en cuando alguien
atina a llamarme don Manuel y yo no lo estimulo para nada,
la opinión pública no me interesa en lo más
mínimo y prefiero que crean lo que creen: que me he
vuelto invisible, que me ha tragado la tierra. Oficialmente
nadie puede encontrarme, ni los gendarmes, ni la policía
de mi país, a pesar de que una vez fueron mis colegas
y conocen mis mañas, ni Interpol ni la CIA ni el FBI
ni la KGB ni ninguna de esas siglas que fueron especialmente
creadas para no encontrarme.
Soy invisible por dos razones a cual más meritoria:
sé camuflarme bajo sus propias narices
me he vuelto imprescindible para los que imparten las órdenes.
(pp 5 a 17)
D*OS
Yo, Luisa Valenzuela, juro por la presente intentar hacer
algo, meterme en lo posible, entrar de cabeza, consciente
de lo poco que se puede hacer en todo esto pero con ganas
de manejar al menos un hilito y asumir la responsabilidad
de la historia. No la historia de la humanidad sino esta mínima
historia del brujo que se me está, yendo de las manos,
acaparada por el que fue guri de la Laguna Trim, un lugar
tan preciso, cartografiado, convertido ahora en el difuso
e inhallable Reino de la Laguna Negra, con él, el brujo,
de Señor y Amo. Ya va extendiendo sus límites
y espera invadirnos a todos después de haberme invadido
a mí en mi reino, el imaginario. Porque ahora sé
que él también esta escribiendo una novela que
se superpone a ésta y es capaz de anularla.
Un psicópata, un loco mesiánico que nos tiene
en vilo. Y un descarado de marca mayor, acabo de recibir una
invitación a su baile de máscaras de la Luna
Llena (vengan como están, les proveeremos el disfraz
al pie de la Pirámide). Mascarada para inaugurar la
tal pirámide, qué idea. No tiene inventiva,
repite los clichés, y para colmo es lo más destructivo
que se ha visto.
Hasta el punto de ocupar todo mi pensamiento. Ni hacer mi
obra puedo, ahora, ni escribirla tampoco, ni mantener mis
contactos con cierto embajador para lograr por fin el asilo
de algunos. Tendría que ocuparme sólo de eso,
un trabajo más a mi medida sin pretensiones de salvar
el país sino simple y más realistamente a unos
pocos de los muchos que corren peligro de muerte. Si hasta
estaba planeando a mi vez una fiesta en la embajada para que
muchos pudieran entrar sin problemas, y ahora me llega esta
invitación y me desubica. Aunque un baile de máscaras...
no es mala idea.
Reconozco que hay mínimos elementos que nos ¿acercan?
Hay una afinidad de voz cuando lo narro, a veces podrían
confundirse nuestras páginas. Yo trato de verlo como
él se ve pero no tanto, trato de captarle el tono pero
a veces él me lo trastorna, lo exaspera y lo hace sonar
a invento. ¿Cómo voy a poder inventar a alguien
tan despiadado? Simplemente lo narro para que no se ignore
su existencia. País de avestruces, éste, política
que solemos imitar metiendo la cabeza en la arena, negando
los peligros.
Y ahora me cae la invitación como piedra del cielo;
sobrepasa los límites, rompe todas las barreras. Voy
a tener que buscarlo a Navoni para mostrársela, a ver
que opina. Hay que hacer algo.
Llamé a su despacho donde el no va casi nunca, claro,
y le dejé el mensaje: díganle al doctor Estévez
(cualquier doctor que se mencione allí se sabe que
es Navoni) que lo espero en el café de la Flor a las
siete y media de la tarde. E1 entenderá. Por eso estoy
ahora en el café La Opera, son las cinco y cuarenta
y cinco, Navoni tendría que haber llegado hace quince
minutos y la invitación me quema la cartera. Si hay
un procedimiento policial, ahí me encuentran un documento
comprometedor y no cuento más el cuento. ¿Qué
le digo a la cana, que estoy escribiendo la biógrafía
del brujo y que por eso él pretende congraciarse conmigo
y me invita a su fiesta? No sabemos en que posición
está o simula estar la cana respecto del brujo. Además
si van a allanar mi casa y encuentran el manuscrito estoy
lista, no creo que lo aprueben para nada.
Miro el reloj y sé que sólo puedo esperar cinco
minutos más. Es la regla y la cumplimos al pie de la
letra en gran parte por prudencia el citado puede haber caído
en una emboscada y confesar dónde y con quién
estaba de verdad citado- y en buena parte por sentirnos protagonistas.
No yo. Yo he hecho hace tiempo un serio descubrimiento al
cual me atengo: si no se puede ser protagonista de la historia,
vale entonces la pena ser autor/a de la historia. Sólo
que ahora estoy viendo tambalear esta firme separación,
mezclada como me encuentro con la historia que estoy elaborando.
Ahí viene Navoni, por suerte. Es un alivio verlos llegar
en estos tiempos, confirmar que todavía están
vivos. También es un alivio, desgraciado pero alivio,
saberlos muertos. Lo intolerable es lo otro. Sé que
debo llamarlo Alberto aunque se llame Alfredo y esas cosas
a veces me hacen gracia y no las tomo tan en serio como debiera.
Hay que aflojar las tensiones, me digo, conservar el humor
bajo las circunstancias más aterradoras. Alberto, Alberto,
le grito entonces alborozada y a él eso no le gusta.
No llamar la atención es la consigna, y yo como de
costumbre fuera de foco.
Un hola seco y habla de cualquier otra cosa y sé que
es para ganar tiempo y hacer que la gente se olvide de nosotros,
dejándonos la máxima libertad de comunicarnos
por elevación. Alberto/Alfredo enciende un cigarrillo,
pide un café que es lo menos conspicuo que puede pedirse
en estos lares, me mira.
Me gusta como mira. Es una mirada inteligente, alerta. Le
tengo confianza porque esta alertez o como se diga nos mantiene
vivos en más de un sentido: la inminencia del peligro
que recuerda nos obliga a no bajar la guardia ni un segundo.
No podemos distraernos.
Por fin, cuando siente que todo ha vuelto a la aparente calma
de los bares céntricos donde mejor funciona el aquinohapasadonada,
Navoni levanta las cejas como para interrogarme. Le tiendo
un ejemplar del conocidísimo semanario Dios, Patria
y Hogar, casi la única publicación que podemos
leer sin miedo, y él lo toma con curiosidad. Sabe que
éste es uno de mis inofensivos golpecitos de humor,
sabe que la información vendrá, en la revista,
contaminándola.
Navoni hojea Dios, Patria y Hogar con aparente interés,
da con la gran tarjeta enviada por el brujo, se detiene apenas
unos segundos, prosigue con su interés por tan esclarecedores
artículos, pliega la revista, se la mete como si nada
en el bolsillo del saco, sigue charlando
Se te ve muy bien ahora, ¿pensás viajar en estos
días? Sé que andabas con luna, pero no creo
que un viaje e de este tipo te haga bien; no, decididamente
no, todo lo contrario.
Por supuesto que ni sueno con ir, solo quería informarte.
Es muy raro. No sé por qué me invita; ni tendría
que estar enterado de mi existencia. Eso me preocupa
Quizá lo que de verdad busque es que vos te enteres
bien de la suya. Existencia, me refiero. Es lo único
que le interesa. Un megalómano del tipo No importa
qué dicen de mí, lo importante es que hablen.
Es ese tipo de persona, suponiendo que se le pueda llamar
persona.
Pero ahora tengo miedo. ¿Qué hago? ¿Abandono
la biografía? Vos sabés que tengo cosas más
importantes que hacer, de todos modos
Ni se te ocurra. Si vamos a permitir que nos castren hasta
el punto de no poder escribir no digo ya publicar- más
vale suicidarse. No. Vos seguí con lo tuyo. Con todo
lo tuyo. Te voy a devolver tu propio consejo. Cierta vez nos
mandaste a tratar con cierto personaje, por eso de la medicina
homeopática, dijiste: Similia similibus curantur, los
semejantes se curan con los semejantes, dijiste, y ahora te
diré que empiezo a creer en esas cosas. O no, mejor
dicho, empiezo a creer que para quienes creen estas fórmulas
dan resultado. No podemos desdeñarlas, no podemos desdeñar
posibilidad alguna. Vení a verlo vos también.
Falta poco para la gran noche. No sé si permitirán
tu presencia, pero te lo haré saber. Chau preciosa.
Escribí mucho.
Escribí mucho, si señor, buen consejo me dio
ese muchacho, como si una pudiera meterse así no mas
en otros pellejos cuando el propio se ha vuelto tan incierto.
Una se queda como desnuda, sin nada que decir, de golpe, boqueando
por un poco de aire. Debí de haber ido al baile de
máscaras, hay que acatar las invitaciones que llueven
de arriba y no quedarse como yo a la expectativa, esperando
el ucase para asistir a la contrafiesta.
Un novelista no está en el mundo para hacer el bien
sino para intentar saber y transmitir lo sabido ¿o
para inventar y transmitir lo intuido? Total que no voy a
ir y quizá la fiesta de máscaras que yo narre
sea mas exacta que la real o quizás el brujo decida
escribir su propia historia de la fiesta o quizá de
alguna fuente insospechada sepamos lo que realmente sucederá,
y quizás eso resulte lo menos informativo de todo.
A cada invitado, a medida que llega, se le irá entregando
una máscara de terracota con rostro de animal, algo
a mitad de camino entre la repulsión y la belleza.
Un desfile satánico. Y después, mucho después,
vendrá la verdadera orgía. Entonces se repartirán
garrotes entre los invitados y al ritmo de los timbales empezará
la danza. No un baile cualquiera, no: un baile con finalidades
destructivas. Cada invitado con su garrote deberá romper
al menos una máscara de barro como si fuera una tinaja,
y como la máscara va colocada sobre el rostro del otro
quién sabe quién le rompe la máscara
a quién y con suerte la cara y ahí no más
empiezan las represalias.
Faltan varias noches para la aparición de la redonda
luna, y yo ya imagino esta danza de las furias mientras se
está con la máscara puesta. Después de
rota no sólo queda el gran desenmascaramiento; queda
también, agazapado, el anhelo de venganza.
Me distraigo en imaginaciones maléficas, insufladas
seguro por el que ya sabemos, mientras espero la otra invitación
para la danza más sincera, la contradanza de mis gentes
de Umbanda.
(pp137 a 144)
De haber crepado el brujo me quedaba sin novela. Pero qué
alivio hubiera sido, qué alivio.
Ahora puedo seguir escribiendo es decir puedo seguir desatendiendo
sin demasiada culpa mis otros compromisos, atendiendo tan
sólo a como dé lugar las prioridades más
perentorias. Aunque no quisiera jugarla de pato y meterme
en el agua sin mojarme. Una vez en el baile bailaré,
si puedo, hasta donde me dé el cuero.
Ayer fui a verlo al embajador. Parece que por fin podrá
brindarle asilo a la pareja de abogados que le recomendé.
Menos mal, los pobres ya estaban a punto de caer en las garras
de la cana. Y este embajador, qué tipo interesante.
Otra historia que debería estar escribiendo, yo. Me
pregunto por que se me enredan tanto la realidad y la ficción,
o al menos la escritura por qué no puedo mantenerlas
separadas. Todo se me mezcla, se me mezclan los hilos, se
me envuelven alrededor de las patas y me traban. Me gusta
el embajador y también eso se me mezcla, para qué
meter asuntos más o menos sentimentales en situaciones
que son de vida o muerte. Como si lo sentimental no fuera
también de vida o muerte, o mejor dicho un optar por
la vida cuando todo está tan al borde de lo otro.
Volviendo a nuestro brujo debo decir que ha recuperado la
consciencia o como se llame en semejante caso- y con ella
todo su poder de destrucción y por lo tanto ha vuelto
a las andadas. Y yo tengo que seguir narrando lo que sé
o lo que creo saber al respecto a pesar de que el siempre
me llevará ventaja porque no sólo sabe más
sino que inventa mejor. El muy maldito.
Por eso mismo he decidido sin más vacilaciones deshacerme
del diablito de hierro y demás parafernalia mágica,
siguiendo los sanos consejos de mi guía. El diablito
con su tridente y su lanza, Eshú y sus ferramentos,
tan de sonrisa encantadora, tan seductor con sus cuernos metálicos
en punta y su pito casi horizontal. ¿Casi horizontal,
el pito de Eshú? Si, señora. El caballero que
tuvo a bien obsequiármelo consideró que no era
homenaje para una dama, no, eso de traerle especialmente de
San Salvador de Bahía un Eshú de pito caído,
en ángulo recto mejor dicho, pito apuntando el suelo.
Así son todas las representaciones metálicas
de Eshú, hay que reconocerlo, pero el mío no
porque mi caballero andante intentó modificarlo, enderezarle
el sexo, ponerlo en erección, como quien dice. Pero
esa es otra historia.
La historia de ahora puede ser encerrada en una bolsa de papel.
Ahí voy metiendo por lo tanto al Eshú (chau,
cariño), los collares de peyote del mercado de Sonora,
unos milagritos del mercado de brujas de La Paz en la calle
Linares, los amuletos para el amor (por la suerte que me trajeron)
y para el dinero (lo mismo digo) y un par de figas, un ajo
macho con cintas rojas, unos ojos de venado (semillas). Estas
otras semillas que me regaló el embajador no van incluidas.
Son los tomates de mar, una es hembra y la otra es macho y
puestas en un vaso de agua la hembra flota y el macho se hunde,
cosa que suele sucederle a los machos en un vaso de agua.
Talismanes amuletos maleficios milagritos diablo y sus armamentos
collares de dudosa procedencia calaveritas de azúcar,
todo en una bolsa de papel y en otra la botella de aguardiente
seco que hube de comprar para esta solemne ocasión.
Mi amiga Julia tan perfecta y puntual vendrá a buscarme
a las seis menos cuarto de la tarde para llevarme a cumplir
mi cometido. El viernes antes de la puesta del sol ¿me
entiendes bien hija mía? antes de la caída de
la noche, durante el crepúsculo. Llevas tu diablito
y demás elementos de magia a un bosque y los ocultas
entre los matorrales. Después tomas una botella de
aguardiente y vuelcas la mitad haciendo un círculo
alrededor de la ofrenda. Y dejas la botella abierta allí
mismo, diciendo todo el tiempo que esto lo haces para pagar
por la imprudencia de haber albergado elementos maléficos
en tu casa. ¿Me entiendes?
Fueron esas las directivas y tan bien las entendí que
ya llega Julia y nos embarcamos en su coche camino a los bosques
del aeropuerto, los únicos que hay por las inmediaciones.
Después de media hora de viaje, cuando la carretera
está a punto de ingresar en los peligrosos terrenos
custodiados del aeropuerto internacional, tomamos una simpática
curva a la derecha y enfilamos por una ruta que seguro se
internará en el bosque. El sol ya está bien
bajo y unos tímidos tonitos sonrosados empiezan a invadir
el cielo cuando de golpe el coche pega un cimbronazo. Una
luz roja se enciende en el tablero
No puede ser dice Julia- parece que se rompió la correa
del ventilador. Pero si estaba recién cambiada
Y yo suspiro y me acuerdo de la segunda parte de la historia
del Eshú, las palabras de Christian, mi caballero andante,
capitán de ultramar, cuando me lo dio: a una bella
mujer no se le puede traer de regalo un diablito falicaído,
por eso le pedí al jefe de máquinas del barco
que se lo enderezara a éste, que le orientara el falo
como corresponde. A1 jefe le encantó la idea y se fue
muerto de risa a la fragua para darle martillazos al pito
y ponerlo en su lugar. Yo me volví al puente y ahí
estaba cuando de golpe el barco corcoveó como si hubiéramos
encallado y el jefe de máquinas apareció hecho
una furia: Tomá, me gritó, llevate tu diablo
de mierda, me hizo explotar la caldera auxiliar que funcionaba
a la perfección, yo mismo acababa de controlar los
manómetros. Y me devolvió el Eshú y no
quiso saber nada, así que acá lo tenés,
a media asta como quien dice pero la intención es lo
que vale ¿no?
No me decido a contarle esta parte de la historia a Julia
para no desanimarla del todo. Abro en cambio la puerta del
coche resuelta a Deshacerme lo antes posible de esa malhadada
carga. Pongo un pie en tierra y me detengo en seco. Justo
allí, sobre mi cabeza, amenazante como estas advertencias
pueden serlo bajo estas circunstancias, un enormísimo
cartel con la oscura silueta de un soldado que me apunta con
su rifle. Y el aviso debajo
ZONA MILITAR
NO ESTACIONAR NI DETENERSE
Y el sol, atento a la consigna, no se estaciona ni detiene.
Sigue implacable su camino horizonte abajo, pronto va a desaparecer
y ya va a ser demasiado tarde para nosotras.
(pp 159 a 163)
1980, expatriación semivoluntaria
en Nueva York, vacaciones en México. Esas era mis circunstancias
cuando me asaltó una pregunta: ¿por qué
los argentinos, supuestamente tan alfabetizados, aggiornados,
actuales, pudimos caer en manos de un brujo? José López
Rega, Lopecito, el auto de libros de gualichos y hechizos
y también el gestor de la Triple A y de todo el horror
que había llevado a nuestro país al punto donde
se encontraba entonces.
La respuesta a tamaña pregunta no podía llegar
por carriles racionales. De los brumosos terrenos míticos
en los que me sumergí empezó a manar una novela.
La profecía de don Bosco: correrá un río
de sangre y después vendrán veinte años
de paz, desencadenó la trama. El brujo no quiere la
paz, el brujo quiere perpetuar el horror, quiere el poder
omnímodo. Secretamente asesora a los militares en el
gobierno, un grupo de civiles se le enfrenta. Él ha
hecho su refugio cerca de los esteros del Iberá, él
tiene tres testículos e insiste que el del medio es
su hermana embrionaria, Estrella. Embarazar a esa “hermana”
y tener un hijo de sí mismo es el proyecto gracias
al cual dominará el mundo.
Titulé la novela recientemente reeditada por Planeta,
México- Cola de Lagartija, el nombre de un látigo
que se usó el siglo pasado en Corrientes para castigar
a los rebeldes. Escribirla fue una experiencia muy intensa.
Le di la palabra al Brujo para no condenarlo de antemano,
tomé la palabra de a ratos para enfrentarlo sin demasiado
éxito (los locos siempre pueden más y mejor).
No necesité hacer investigación alguna, con
los datos reales y mitológicos que tenía sobre
el ex ministro de Bienestar Social (vaya la paradoja) me alcanzó
de sobra para esta ficción donde la megalomanía
crece hasta alcanzar proporciones de escándalo.
Otros protagonistas de nuestra historia reciente aparecen
tras claras máscaras: el Generalisísimo, la
Muerta, la Presidenta. Y sobre todo afloran las ansias desmesuradas
de eternizarse en el poder. Tema que ya empieza a ser recurrente,
mal que nos pese.
Luisa Valenzuela
Paranoia del poder demoníaco en una gran novela
El poder es una cola de lagartija. Un látigo trenzado
de violencia en cuyo tejido gimen las voces anónimas,
la destrucción del ser y la misma locura. Detentar
esa cola es manejar las fuerzas oscuras de la magia, la fuerza
de un poder enigmático que se alimenta de supersticiones,
de falsos mitos que aún recorren la sangre. Tales son
los significados que se codifican en Cola de lagartija, novela
de Luisa Valenzuela, publicada previamente en Chicago como
The Lizard´s Tail (1983) (La cola de la lagartija).
Código de locura y de muerte
El Brujo, su protagonista, transfiguración de José
López Rega, usará estos poderes, estas tinieblas
que cayeron sobre los argentinos en el tiempo ominoso de su
reciente historia. El Brujo manipulará la violencia,
la debilidad de los dictadores. El látigo será
su cetro del mal, esas fuerzas oscuras, prelógicas
que lo investirán de un poder demoníaco. Pero
el ejercicio de la violencia incluye el del sexo. El Brujo
Hormiga Roja, Señor del Tacurú y su Hermana
Estrella (nombre epónimo del primer título,
luego desechado) tiene tres testículos: dos que pudieron
ser y un tercero supernumerario. De este tercer testículo,
que será besado santamente y constituirá la
trinidad demoníaca, nacerá, en extraña
androginia, la Estrella impúdica (su otro sexo), que
se abatirá sobre el crimen. Sería el símbolo
aglutinador de la AAA, de las aes enrojecidas. La maldición,
los muertos, los desaparecidos. Las lloriqueantes sin rostros
de las santas locas buscarán entre otros rostros que
perdieron el rostro.
Parábola del poder demoníaco y la violencia.
Parábola e imagen en cuyos ojos, perdida la luz, brillará
el infierno de los que se fueron para vivir en el recuerdo
de la ignominia. Ni Calígula, incestuoso y cohabitando
con su caballo, ni Claudio César, liberando el hedor
de sus nalgas. Ni aun el mismo Nerón, haciendo asesinar
a su madre, (“¡Hiere en el vientre, centurión!”)
fueron tan abyectos como el Brujo. Luisa Valenzuela nos eriza
la piel. Nos la pone de gallina. Congrega a Sade con Masoch.
La crápula fetichista con Retif de la Bretonne. El
humor negro con la semiosis del poder. El poder con el odio
y el sexo.
Introducida en este mundo violento, la prosa de Cola de lagartija,
a pesar de los inesperados laberintos, ha estremecido a su
misma autora. Escrita en Nueva York, en la perspectiva lejana
de ver correr la destrución como desde una platea alucinada,
Luisa Valenzuela ha utilizado sus entrañas. Todo el
cuerpo. Los cinco sentidos físicos, más el sexto
de la percepción extrasensorial. La ESP de la potencialidad
parapsicológica, desde cuya altura concreta la precognición
de un diario que antes no existía, La Voz.
Y por encima de todo, las voces. La voz humedecida, llena
de miedo. Y las otras voces que se oyen. Las voces de la sombra,
únicos seres vivientes: la del Narrador, la del Hechicero,
la del Garza, la de la Mujer Muerta, la de los Generales y
la de la propia Valenzuela. Las voces del odio o la esperanza.
Las únicas voces que decían del mundo lo que
las tinieblas buscaban.
En el capítulo I la autora nos presentará sus
símbolos:
“La tierra crujiente reseca por el sol agrietándose
en sonrisas para mí, abriéndose en carcajadas
hasta llegar a los tacurús, esos castillos. Y las hormigas
tan diminutas, rojas, ¿por qué tenían
castillos y yo no? A mi hermana aún no la sabia pero
creo que fue mi hermana, que habría de llamarse Estrella,
la que me dio la idea. El escozor lo sentí precisamente
allí donde ella mora. entre mis piernas- y atendiendo
a ese escozor inauguré la costumbre de instalarme en
la cumbre de los castillos. No el castillo más alto
aquella vez, todavía no alcanzaba, pero elegí
uno como hecho a mi medida y me senté sobre el castillo
y desmoroné el castillo. En realidad un hormiguero
pero fue mi primer castillo y las hormigas me reconocieron
como era lógico suponer y me cubrieron del rojo suntuoso
de ellas mismas y resplandecí y vibré bajo el
sol de la siesta.
(..)
Manuel tiene tres pelotas, Manuel tiene tres pelotas, chilló
en cierta oportunidad el opa Eulogio y fue lo único
que chilló en su vida. Enseguida volvió a perder
el habla y recuperó su mirada perdida de tarado. Como
en aquel entonces yo todavía no me llamaba Manuel no
me importó mucho. Mas bien lo viví como un elogio.
Lo que ahora denomino el elogio de Eulogio. El homenaje a
Estrella hecho por un opa mudo que sólo habló
para señalarla. Mi primer milagro.”
Ahora el general y la hermana que le crece en el testículo
supernumerario:
“Se lo conté muchas veces al Generalísimo,
variando eso sí algo el texto. Los milagros pueden
ser elásticos y el Generalís comprendía
esas cosas aunque para otras hay que reconocer que era un
poco obtuso (por eso fallé en mi ultimo intento con
él y no pude devolverlo a la vida: por su pertinaz
obcecación) (Toda la luz que quise brindarle y él
sólo la recibió en vagos resplandores. . .)
Pero el Generalísimo es secundario, ya hablaré
de él cuando le llegue el turno. Por ahora y siempre
el turno es mío, le cederé una pizquita cuando
a mí se me antoje e o quizá cuando Estrella
lo reclame con fuerza. Ella lo amó, creo, aunque siempre
tuvo la delicadeza de tratar de ocultarlo.
(...)
Estrella. La que fue descubierta por las hormigas coloradas.
Fue la única que conoció las mazmorras de hormigas,
sus túneles secretos donde maman la vida. Yo me senté
sobre el castillo de hormigas y destruí el castillo.
Ella quedó colgando dentro de las entrañas del
castillo yo me había quitado toda la ropa en esa siesta
para penetrar el mundo de castillos, sin saberlo ya sabía
que el verdadero ropaje sería el manto pulsátil.
Gracias a lo cual Estrella, cuya existencia yo aún
ignoraba, penetró los derrumbados dominios de la hormiga
y supo su secreto y charló con la reina. Simples circunstancias
que la llevaron a ser la reina y a mí que la involucró
su dios omnipotente.”
Después las mazmorras:
“Para mi uso personal yo soy la droga, la droga soy
yo y las hormigas libaron de mis poros, de mis más
privados intersticios, razón por la cual siento que
no les he robado nada al construir este mi castillo subterráneo
con túneles y pasajes, puentes y pasarelas, mazmorras
y cárceles y esos respiraderos como torrecillas, que
vistas desde el aire parecen un campo de tacurús.”
Y luego la ubicuidad del Brujo, la noche infinita que se multiplica
en una búsqueda cuyo lugar sólo conoce él
mismo desde su fragmentación en las tinieblas:
“Los otros, los que se supone son mis enemigos, no pueden
actuar sin mí y me consultan. Usando intermediarios,
dando todo tipo de rodeos, pero igual me consultan y yo les
sigo el juego: me hago el que no sé y me oculto de
esa gente del gobierno, sólo permito que emisarios
disfrazados me encuentren, me transformo y me entrego a las
metamorfosis más complejas para impedir que me encuentren
permitiendo siempre que me encuentren y alentando los resultados.
Me importa manejar los hilos aunque nunca aparezca mi nombre
en los periódicos. He borrado mi nombre, sólo
muy de vez en cuando alguien atina a llamarme don Manuel y
yo no lo estimulo para nada, la opinión pública
no me interesa en lo más mínimo y prefiero que
crean lo que creen: que me he vuelto invisible, que me ha
tragado la tierra. Oficialmente nadie puede encontrarme, ni
los gendarmes, ni la policía de mi país, a pesar
de que una vez fueron mis colegas y conocen mis mañas,
ni Interpol ni la CIA ni el FBI ni la KGB ni ninguna de esas
siglas que fueron especialmente creadas para no encontrarme.
Soy invisible por dos razones a cual más meritoria:
Sé camuflarme bajo sus propias narices
Me he vuelto imprescindible para los que imparten las órdenes.”
En estos párrafos están el García Márquez
de Cien años de soledad (1967) y el Asturias de El
Señor Presidente (1946). Están en espíritu
y efigie, como está la destrucción de “The
Day after” (1983), el filme compulsivo del día
después en que todos los cuerpos se hallarán
en las tinieblas.
Parábola del poder que sólo engendra el miedo
y la dictadura, el crimen anónimo y la ceguera, Cola
de lagartija se yergue con un látigo (el látigo
de su látigo) para testimoniar esa historia de sangre
que asoló a la Argentina desde el asesinato de Aramburu
hasta poco antes del advenimiento de Alfonsín.
El río de sangre
El libro se abre con la profecía de Don Orione: “Correrá
un río de sangre y vendrán 20 años de
paz”. Luisa Valenzuela da testimonio de esa sangre desbordante.
De esa sangre llena de gemidos. De burbujas por donde salía
el aliento de los que morían por una causa o por la
inocencia.
Pero Luisa, al dar esta testificación, espera la paz,
el don de la profecía. ¿Se resolverá
o aun esa sangre seguirá corriendo?
El Chicago Tribune (del 30/X/1983), con un título fervoroso,
“Una argentina exiliada da una estocada mordaz a su
patria”, al comentar The Lizard´s Tail creía
aun en el río de sangre. Transcribo parte de ese comentario.
“El Hechicero es andrógino, es un demonio perverso.
Su dominio es la Laguna Negra, que él gobierna desde
el Tacurú, una antilla gigante. Experto en torturas
y represión, se embarca en una carrera mágica
de agravios para extender su dominio. Al hipnotizar a su sicofante,
el Garza, puede invocar el espíritu y la voz de la
primera reverenciada esposa del Generalísimo, a la
Mujer Muerta. Irradia esa voz para incitar a sus seguidores.
Usa un dedo cortado de la mano de la Mujer Muerta (una referencia
a circunstancias ocurridas en torno al cadáver de Eva
Perón), para dejar huellas digitales de su segunda
aparición (de la aparición de ella).
“Construye una pirámide azteca como símbolo
de los poderes a que aspira, o sea ‘una metáfora
convertida en realidad’, y arma una orgía de
celebración. Esta orgía está parodiada
por los habitantes de las localidades vecinas. Y cuando todos
están presentes, las anexa a la Laguna Negra. Finalmente
con los generales de la capital, el culto a la Mujer Muerta
y un grupo de disidentes, Valenzuela también entre
ellos, y todos furiosos por el calor de su cola, el Hechicero
se transforma en una mujer, y da a luz un río de sangre.”
¿Se cumplirá entonces la segunda parte de la
profecía? ¿Estamos ya en el alba de esa paz
que durará veinte años? Si el río de
sangre ha corrido entre oscuros vericuetos y túneles
inacabables, ¿alboreará el nuevo día
sobre esa porción del mundo que es la Argentina, y
como tierra de los argentinos, una tierra del mundo? La pregunta
está implícita en la novela de Luisa Valenzuela,
aunque ésta sigue creyendo que las tiranías
ya no vienen como antes, porque ahora tienen piezas de repuesto.
Pero testimoniar sobre el horror ya es de por sí una
perspectiva, la espera del alba. La autora, en esta gran novela,
apunta hacia la destrucción del látigo trenzado.
Y como Edgar Allan Poe, podrá decir “Never more”.
Nunca más.
Juan Jacobo Bajarlía
Nueva Presencia
Buenos Aires, diciembre de 1983.
Wise Blood
Argentine Alchemy
The Lizard´s Tail
By Luisa Valenzuela
Like all writers, Latin American novelists hold a continuous
double dialogue: with their craft and with the world, that
reality which literature usurps. Both dialogues can be bleak.
The radical pessimism and nihilistic impulse Latin American
have been imbibing from modernism since the turn of the century
lead to hell, and hell, in Latin America, is a specific adress
in your city; its devils are people who shop in your supermarket.
Imagination, the dominant faculty in contemporary Latin fiction,
seems to burn just as brightly in the Latin dungeon. With
Latin American political life ablaze in the news and modern
Latin fiction reaching a wider readership (the current “boom”
revival), it´s not surprising that there´s a strong
impulse to connect the two, to read fiction as the key to
volatile, savage, threatening reality. Such readings, no matter
how well intentioned, have traditionally encouraged North
American naiveté (and noblesavage critical attitudes)
about the Latin world.
Contemporary Latin fiction is characteristically dense, requiring
an active, cultivated reader capable of locating the text
within a vast interplay of international letters and critical
thought, not one who will take literature literally. In the
long run, however, the power of the text will prevail. North
American readers will not pick up much valuable data from
their readings of Fuentes and García Márquez,
but they will, once the outragedatinjustice liberal response
is left behind, begin to deal with Latin American culture
and political life in its complexity. They will begin to understand
the mind that forges the trope, the torture, and the radical
revolt.
At first glance, Luisa Valenzuela´s new novel seems
to encourage a literal, historicopolitical reading. The Lizard’s
Tail is a roman à clef with the answer on the jacket:
“It is based on a real story the career of López
Rega, Isabel Perón´s Minister of Social WellBeing,
who, for all intents and purposes, ruled Argentina literally
through sorcery. The Lizard’s Tail follows this Argentine
Rasputin as he plunges into the depths of pleasure and degradation
that absolute power can avail. The Sorcerer is a Sadean libertine
in the heart of darkness: where Western paranoia meets the
jungle and mumbo jumbo will hoodoo you.
Bored with golden showers and virginwhipping, the Sorcerer
turns more and more to the creation of his own Oz in the swamplands,
ruling through cruelty and becoming what all tyrants eventually
become a fairytale monster rattling around a haunted palace.
There are many signposts in the text to remind us of the Peronian
setting (at one point the Sorcerer, who never mentions names,
almost gives the game away by uttering “E...!”).
and Valenzuela places herself in the novel as writer of the
text, its master, and narrator of the story, its witness.
Like the Sorcerer, she is the author of perversions and horrors,
for these are in her novel; writing is a guilty business to
be atoned by political commitment, the path chosen by the
authorinthetext, the narrator, who is part of an underground
cadre.
Valenzuela is writing about a historical figure. Her author/narrator
acknowledges this when she muses on the two Sorcerers, the
one she has created in her fiction and the real one. In the
end, she uses the text as incantation, the faculty of fiction
to replace history tightens around the Sorcerer, and she feels
the squeeze: there’s a writer out there after his ass.
This may be Valenzuela´s finest literarypolitical lesson:
slay the ogres in the text, surround them with their own heads
staked on pages, juju them. In The Lizard´s Tail, the
man of power is condemned to a monstrous femininity. Born
with a third testicle he calls “my sister Estrella”,
the Sorcerer can make it swell like a womb.
Dusan Makavejev once predicted that when women got control
of film and the media we would see “a lot of blood,
a lot of shit” (Makavejev, a Reichian, does not use
“shit” pejoratively). This novel by the new (and
rare) female star of the Latin American pleiad revels in primal
ooze. In The Lizard´s Tail, the world feels like a pulsating,
disemboweled body; for the Sorcerer, cruelty is just a way
of going with the flow of blood, ants, water, mud. In this
fluid state, metamorphosis is the order of the day. The Sorcerer´s
lover/slave/disciple becomes and egret or a dog to satisfy
his master´s sexual mythopoeia, and in the end he reshapes
the Sorcerer´s body into a woman´s by covering
him with clay and sculpting breasts, hips, and pudenda.
The portrait of a political monster is a classic Latin American
genre, but Valenzuela goes deeper than her predecessors. She
stays close to her subject´s flesh and wired to his
nerves until he has no secrets. As the Sorcerer retreats from
the Other into his ultimate fantasy about parthenogenesis,
Valenzuela follows. Only when the unholy birth is about to
take place does she back up, like Hitchcock´s camera,
to let the Sorcerer´s tumor burst atop his lonely pyramid,
fulfilling the prophecy inscribed at the beginning of the
novel: “A river of blood will flow.”
The Lizard´s Tail has been published first in English
translation. Valenzuela lives in New York and is an associate
fellow of the Institute for the Humanities; the usual gap
between original publication and translation has not only
been bridged but overlapped, doubtlessly because the author
is closer to her translator, the famous Gregory Rabassa. In
Rabassa´s version, Valenzuela comes across as a masterful
and luxuriant. Her book is a tour de force; it starts in high
gear and never lets up.
Still, this is the first time I´ve read Spanish American
fiction in English before Spanish, and I miss the chance to
handle Valenzuela´s language directly, to converse with
it face to face and feel in the texture and tone and particularly
in the humor- a familial connection between writer and reader.
Valenzuela has said that “to write in another language
is like a betrayal if you really want to be a writer.”
And to read in another language if you really want to be a
reader? It probably applies, because I feel terribly guilty.
To Luisa Valenzuela, then, I dedicate this, my first infidelity,
mi traición.
Enrique Fernández
Voice Literary Supplement, October 1983
Into the heart of darkness
The Lizard´s Tail by Luisa Valenzuela
Farrar, Straus & Giroux
A frolicking, wisecracking, fingerlicking witchdoctor is
loose in Luisa Valenzuela´s most recent novel, The Lizard´s
Tail. He calls himself Keeper of Pain, Keeper of Fear. Valenzuela´s
coup here her triumph- is a creation of a language and a structure
that allow the reader to poke around at her Sorcerer and eventually
to stand close enough for him to sical the air one breaths.
The Lizard´s Tail is in part Valenzuela´s effort
to understand how a decade of bloodletting came to pass in
her native Argentina. Thinly veiled historical references
constantly reach out to the reader. The whole Peronist gang
is here: the Generalíssimo (Juan Perón), the
Dead Woman (Eva Perón), her successor the Intruder
(Isabel Perón) and later, after the 1976 coup that
ousted Isabel Perón, the disembodied and nearly indistinguishable
voices of all those generals with their talk of national reconstruction
and getting away with murder, the Sorcerer strolls, lord of
it all, underground amid his Indian maidens, his slaves, his
honeypots and his instruments, at home in, quite literally,
an anthill paradise Valenzuela´s Sorcerer is modeled
after López Rega, Isabel Perón´s minister
of wellbeing. An intimate of Isabelita´s López
Rega published several volumes on sorcery and is also credited
with creating and nurturing Argentina´s AAA an extreme
rightwing, paramilitary terrorist organization with innumerable
tentacles.
But to consider The Lizard´s Tail only as political
parody is to head cocksure into a labyrinth. Valenzuela is
interested in myth. She´s among those who equate mythmaking
presupposes a deep dive into the unconscious. There´s
a hole tradition, to which Erich Neumann´s Jungian classic,
Art and the Creative Unconscious is central, which argues
that the artist as hero is responsible not only for mirroring
a culture but for healing it. Patterns, textures and figures
brought up by the artist can gradually reshape the cultural
cannon, making it more complete. This same tradition defines
myth as the collective dream of a people. And, as in the dream
where all the characters, the fragments, even the colors are
reflections of oneself, so Valenzuela enters into the story.
There are a handful of voices in The Lizard´s Tail;
most are developed with fist- person narrative. Valenzuela
is there, disturbingly close to the Sorcerer as he ruminates
about his natural right to cause pain. She´s there again,
a play within a play, as the writer who wrestles with her
fictionalized biography and then, after receiving an invitation
from her character to his Bacchanalia, must wonder who is
creating whom. And all this is happening, even as her own
lover is being tracked in the brutal Argentine style of the
mid´70s- by the AAA.
A certain cadence runs through The Lizard´s Tail. It´s
always there; sometimes broad and leisurely, sometimes tightening
to a climax. Riding this rhythm on almost every page are the
words of an old Argentine prophecy “A river of blood
will flow”- which goes on to promise 20 years of peace.
There is no peace here there´s barely a plot here- but
there is a river of language as rich as blood. Nothing is
static in The Lizard´s Tail. Valenzuela hinges her story
on images and metaphors, mostly organic ones, multitudes of
them- always moving, colliding, expanding, recreating each
other like a kaleidoscope. Most every metaphor suggests another
one. Images pierce through all the layers, stunning the reader
with all their accumulated meaning.
But Valenzuela the poet is never far from Valenzuela the punster.
There´s a logic in the language that prickles and teases
and a rèlentless humor that keeps the reader offbalance.
The Sorcerer wants a child more accurately, the Sorcerer wants
a son. He´s betting he can outsmart the earth and have
one “without the help of any woman, without the support
of hostile powers.” A great deal of the novel´s
action revolves around his preparations to do just that. Early
on one discovers that the Sorcerer has a third testicle that
he regards with rapture as his sister and soulmate, his feminine
aspect- Estrella, the Morning Star. Estrella will bear their
child. Later, however, the Sorcerer has serious doubts about
whether to allow this birth or whether “I myself shall
retain I myself forever in my innards.”
Feminine values are spat upon here. Indeed, the Sorcerer plays
regularly with chemicals, hoping to find a combination to
speedily dissolve as many uteri as possible. No more corruption,
he reasons. With Eros plucked out at the roots, what remains
is bloodlust. Valenzuela speaking as herself in the novel,
describes the effects of a meltdown of such feminine values.
“I no longer feel time passing in me. I only know of
separation, a great cultural broth of separation.”
There is no redemption in The Lizard´s Tail. It´s
hardly conceivable in this world. What an adventure it would
be to watch Valenzuela apply her wit and her tumbling words
to that theme. As it stands, The Lizard´s Tail is finer
than any net that tries to catch it. A brilliant dissection
of fascism and paranoia, the novel is perhaps most truly a
prayer for strength to face one´s demons, individually
and collectively...Lest we forget.
Elizabeth Hanly
In These Times
Jannuary 11, 1984.
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