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Fin de Milenio
ÉL
Él tiene una cantidad de posibilidades a su alcance.
Puede reventar su dinero en un festejo de una noche en París
o New York, puede irse a Fiji donde por primera vez en todo
el mundo empieza el tercer milenio, puede. No encontrará
ni un rincón en un hotel pero qué le importa,
hotel no necesita. Ha estado explorando en Internet, explorando
y explorando, conoce todos los precios posibilidades y secretos.
La guita que se puede reventar sin hacerle mella a su familia,
la guita que ni ellos mismos saben que existe asciende a más
de diecisiete mil dólares y eso debería de alcanzarle
ampliamente.
Tiene desplegados ante sí sus propios retratos, lo
que no tiene ni remotamente cerca es un espejo. Hasta se afeita
de memoria. Poco a poco desde que vive solo ha ido eliminando
todas las superficies reflectoras en su departamento. Las
fotos sobre el escritorio lo muestran de treinta años,
pintón... Ahora tiene algo más del doble, mucho
menos pelo, blanco por cierto-- a los pelos los ve en el peine,
trata de peinarse lo menos posible, escribe, escribe, pero
lo que escribe es su autobiografía distorsionada, más
o menos apócrifa, de cuando tenía los benditos
treinta años. En dicha edad ha decidido quedarse congelado,
coagulado, fijo. Tres años atrás se plantó
en sus treinta, y es ésa la personalidad que asume
para las circunstanciales parejas on line. Ellas son hermosas
a menos de que estén mintiendo tanto o más que
él, algunas hasta son interesantes. Es con quienes
se demora más tiempo, meses en ciertos casos, cada
noche encontrándolas en la pantalla de su computadora,
hasta que al propio relato de sí mismo le debería
de ir apareciendo alguna cana, alguna arruga; para mantener
su imagen su imagen debería cierto día cumplir
un año más. La resulta intolerable. Entonces
corta la comunicación de cuajo, se deshace de esa cita
ciega y empieza una nueva, penosamente a veces, buscando quién
como la otra logre arrancarlo por un tiempo de la angustia.
Así desde que le pusieron el triple by-pass y la cosa
se complicó y ni vale la pena pensar en eso. Así
desde que no pudo responderles más a aquellas a quienes
solía arrimarse blandiendo toda su verdad, porque su
verdad se le hizo de goma, su verdad no supo atender más
los desesperados reclamos de su sangre. Y entonces. Entonces
se hizo instalar el modem y a otra cosa mariposa.
Hoy ya no es lo mismo. El hoy ya está a un paso de
dar vuelta la página del siglo, del milenio, y la realidad
virtual está a punto -- también ella -- de traicionarlo.
El primero de enero cero horas un segundo enloquecerán
las computadoras, se estremecerán las pantallas, se
apagará el mundo. Y2K, guai tu kei lo llaman los entendidos
en muy norteamericana sigla de implicaciónes apocalípticas.
Ante tamaño Armágedon él tendrá
derecho de volver a ser el macho de siempre, el de sus treinta
años cabellera al viento ojos luminosamente verdes
y no glaucos. Aunque sea por una vez, una solita. La decisión
le vino de golpe, ahora quiere planearlo todo bien y se va
tomando el tiempo.
Le manda un e-mail a cada uno de sus hijos en México
deseándoles más felicidades de las que se merecen,
turros los dos que se fueron a instalar a 2.600 metros de
altura sabiendo muy bien que él allí no podría
alcanzarlos. Turra sobre todo la hija que lo alejó
así de sus dos nietitos. No importa. Tampoco importa
su ex mujer que nunca lo entendió ni entendió
su necesidad de expansión, su vitalismo cuando él
escapaba por ahí con alguna turrita o enfermera, la
misma cosa, para darle libre curso a toda la maravilla que
bullía en él y ya no bulle. Su ex mujer hace
ya tres años que estará riendo sin parar. Bonita
venganza para ella, justicia poética habrá pensado
la muy turra cuando la operación tuvo en él
efectos imprevisibles. Él hoy no quiere ni oírle
la voz ni siquiera comunicarse con ella por correo electrónico.
Que reviente. Ella de nuevo se pondrá pesada y le rogará
que reabra el consultorio, le dirá una vez más
que los pacientes le tenían gran confianza y lo reclaman.
Ya deben de haber muerto todos por suerte, le contestó
a su mujer pero ella no se dejó amilanar; no te creas
insustituible eras simplemente un muy buen clínico,
le contestó sin mosquear y él pensó que
nadie puede ser buen médico si no logra curarse a sí
mismo, y bueno o malo qué importa si lo único
que importa es lo que en él ya no responde, y para
qué seguir pensando.
Sólo que ahora sí, pensar es la única
actitud de vida. Pensar y planear y desempolvar el viejo recetario
y consultar el archivo de las candidatas del chat-room. Las
de antes y las de ahora, ¿cuál estará
mejor? ¿cuál de ellas estará diciendo
la verdad? No tiene tiempo para andar desperdiciando en investigaciones
EVR. En la Vida Real, le causa gracia la sigla, como si la
otra vida donde él luce eternos treinta años
con ojos llenos de chispas y un potencial inagotable no fuera
también real, a su manera, y yo te cojo así
y así y te hago esto y lo otro como les escribe a algunas
minitas (las turras según él quienes desde una
computadora distante lo estimulan y lo azuzan), y acabo en
larguísimas eyecciones de lava ardiente y blanca y
te chorreo toda y esas cosas, mientras ellas quizá
se relaman de gusto sin saber el mal que le están haciendo,
las muy turras.
Son todas iguales, reventar a alguna de éstas no sería
mala idea, se dice.
Pero él ya no tiene los treinta años que le
juró tener a la minita, a cualquiera de ellas. Ni en
un rincón el corazón los tiene, porque ése
mismo rincón reventó cierta mañana en
su propio consultorio, y de ahí al quirófano
un solo paso y ahora esto. Lo estuvo reconstruyendo, al rincón
treintañero de su corazón maltrecho, durante
cientos de miles de palabras pero se le han agotado las palabras,
se está acabando el tiempo. Cuando suenen las doce
de la noche del último día de este mismo mes
de diciembre ya nada será lo mismo, el siglo que lo
vio descollar en descomunales revolcones se habrá ido,
se eclipsarán las pantallas, se eclipsarán sus
fotos de los treinta años, el buen mozo que hizo revivir
en monitores ajenos perderá la poca consistencia que
alguna vez supo tener, ni la memoria perdurará de ciertas
verborrágicas orgías que lo alimentaron durante
le tiempo de comunicación virtual. Agotado estará
el alimento, vencido como quien dice.
Ellas serán todas iguales unas turras de décima
pero él es un tipo ético y no le puede hacer
una cosa así a ninguna minita de ésas que cándidamente
(turramente) andan flotando por el ciberespacio como quien
se revuelca en una cama deshecha. No, no le pude hacer eso
aun sin pensar en el quilombo que se armaría. Lo fácil
que sería desemascararlo a través de la dirección
de su casilla punto com y después su familia metida
en todo, los chicos viniéndose de México a verlo
cuando ya es demasiado tarde, su ex ni hablar, las idiotas
de sus primas que nunca se mosquearon por él haciendo
declaraciones a la prensa. Nada de eso. No quiere nada de
eso. Y Juanjo, haciendo lo imposible, seguro, por consolarla
a su ex, Juanjo el muy metido, el mismo que le dijo muy al
principio Vos las odiás a todas porque no se te para
más. Lo bien que hizo en mandarlo al carajo a ése
su ex mejor amigo de una vez para siempre. Él no las
odia a todas porque, no, él las quiere, por eso mismo
las odia.
No es momento de ponerse sentimental. Es momento de acción.
Desempolvar los viejos recetarios, desempolvar los trajes
aunque con este calor ni pensar en trajes. Afeitarse de memoria,
el cuello no más, un poco las mejillas; quizá
le quede bien la barba después de todo, no sabe, no
quiere verse. No puede. Ha suprimido los espejos en su casa.
Cuando salga, cuando retome el paso, cuando vaya más
allá del supermercado de la vuelta tan completo con
Banelco y todo, una vez que le haya puesto la funda negra
a la computadora, al monitor, y la funda al teclado y la funda
a la impresora, como un luto.
Ella
Enfermera, inteligente, puta. No sabe cómo se concilian
estas tres instancias, sabe que la definen. Se lo repite a
su imagen del espejo:
- Sos enfermera, inteligente, puta.
Enfermera y puta son dos datos concreto, pero lo de inteligente
es apenas una apreciación personal y además
los hechos no parecerían darle la razón. ¿Qué
hay de inteligente en haberse venido a Comodoro Rivadavia,
esta malhadada ciudad hecha de vientos, para cambiar de vida?
Bueno, lo inteligente es precisamente eso, que logró
su objetivo: cambió de vida. No que alguien lo estuviera
persiguiendo, ni que hubiese motivo alguno para que la persiguieran.
En su trabajo siempre fue irreprochable, despiadada, eficaz.
Como le enseñaron. Nada de enternecerse, nada de perder
el tiempo con algún caso más patético
que otros. A todos lo mismo por igual, es decir lo estrictamente
necesario, lo que dicta la orden médica.
El que se volvió totalmente ineficaz para ella fue
su trabajo. En el hospital la declararon prescindible tras
treinta años de irreprochable foja de servicio. Después
de convertirse en la mano derecha del cirujano mayor --él
solía repetírselo-- el cirujano se volvió
zurdo y la pateó de su lado.
A este nuevo trabajo, si se lo puede llamar así, arrastró
las costumbres del viejo. También es irreprochable,
eficaz y despiadada. Nada de enternecerse demasiado, aunque
ahora a veces se permite perder un poco más de tiempo,
sobre todo cuando encuentra un atisbo de goce, aunque sea
un atisbo.
Ya no tiene edad de pedir mucho más. Todo lo contrario:
tiene edad de pedirlo todo porque por fin sabe qué
quiere, pero nadie se lo dará, sería como reclamar
en el vacío. Más le vale callar. Es lo que mejor
practica, el silencio. Esta tardecita una vez más como
todos los últimos meses atravesará el bruto
viento por calles que ni puede reconocer de tanto entornar
los párpados para que no la ciegue la bruta polvareda,
girará con la puerta giratoria del Garby's, respirará
el alivio de un aire detenido donde el tufo a hombre será
la invitación para abrir nuevamente los ojos. En el
Garby's toda penetración es auditiva, alguno se sentará
a su lado en el mostrador y le contará su vida, el
drama de su vida porque si no es dramática a qué
contarla, ella pondrá la oreja con todo esmero, profesionalmente
casi, hará lo posible para que su potencial cliente
sienta la imperiosa necesidad de pasar de la penetración
auditiva a la vaginal, la única provechosa para ella.
Es una vida como cualquier otra, se dice, es en realidad la
otra cara de su vida anterior, ésa que acabó
vaciándola del todo y la escupió a estas costas.
Una vez adentro abre los ojos pero ni mira al hombre que circunstancialmente
se sienta a su lado. Lo escucha no más, y es ésa
su carnada. Tampoco pretende que él la mire demasiado
ya no está para eso ha pasado la cincuentena aunque
se ve bien, lo reconoce, las carnes duras y una sonrisa bastante
juvenil nacida acá porque sí, quizá porque
casi nunca afloró en su antigua profesión y
entonces es más nueva que ella, la sonrisa.
Con el cirujano mayor a veces la sonrisa la latía en
la comisura de los labios, allá en Rosario, en el distante
lugar convertido ahora en un ya muy distante tiempo. Y el
cirujano mayor una buena mañana la declaró prescindible,
porque sí, y alegando motivos de presupuesto contrató
a una asistente inexperta, sin antigüedad es decir mucho
más joven, más apetecible. Ella reclamó
tanto, protestó tanto que ahora ni abrir la boca quiere.
Sólo para menesteres de su nuevo oficio, y bien la
abre y chupa y chupa y con eso también sorbe las palabras
del cliente que no es un hombre para ella, nunca un hombre
o ser humano alguno, sólo un cliente. Un ente. Que
reviente, se dice en más de una oportunidad, por mí
que reviente, aunque no sería éste quien debería
reventar de mil maneras sino el cirujano mayor, el malaentraña.
Allá lejos, tiempo atrás, en otro infierno.
En el bar del aeropuerto
- Usted es el único que está llegando, sabe,
todos se han ido yendo, día tras día, casi todos
a la Capital a festejar, o donde tengan más familia.
Nadie quiere quedarse en Comodoro a ver cómo el viento
les trae el 2000. Con decirle que las autoridades planearon
fuegos artificiales sobre el mar pero después desistieron,
se les iban a desarmar antes de alcanzar la altura necesaria.
Creo que hasta las autoridades se rajaron, la cosa va a estar
mejor en Trelew, o en Rawson, dicen. Acá no cabe el
color, sólo esa especie de gris de estas tierras tan
grises, no entiendo qué vino a hacer usted acá
justamente hoy para acabar el siglo.
Él no se sentó a tomar un escocés en
las rocas para charlar con el barman. Pero le viene bien,
necesita una información.
- Trabajo, contesta entonces parcamente. Vine porque no pude
evitarlo, me pregunto dónde habrá algunas chicas
para no pasarlo tan solo.
- Si es hombre del petróleo se entiende. Lo van a albergar
bien en la compañía, pero usté escápese
al hotel Imperial. Ahí tienen minas de primera, unas
bombas, pregúntele a mi colega del bar y él
le va a presentar a las mejores. Dígale que va de parte
de Truman.
- ¿Habrá otros lugares, también, no?
- En el Impe son muy discretos. Pero bueno, va en gustos y
en bolsillos. Está también el Tom Tom, un lugar
de jerarquía, oscurito, Alfonso se ocupa de eso allí,
pregúntele, también puede ofrecerle otras amenidades,
si prefiere.
- Ajá, ¿y?
- Hay otros. Y está el Garby's, pero yo no se lo recomendaría.
Todas bastante gastaditas, qué le voy a decir.
...
Cuentos Completos y uno más (pp. 555 a560)
CUENTOS COMPLETOS Y UNO MÁS
Asomarme al tiempo de este libro me da vértigo, se
trata de toda una vida de cuentos publicados. El primer volumen
apareció en el '67 y el primero de los cuentos, Ciudad
ajena, data de mis 18 años. En aquél entonces
se titulaba Ese canto y lo publicó Juan Goyanarte en
su maravillosa revista-libro Ficción. Eso me precipitó
a la escritura, no las ganas de ser escritora (demasiado rodeada
estaba yo de escritores), sino la felicidad de haber logrado
el milagro llamado cuento: un universo íntegro, completo
en unas pocas páginas, la unión de mundos hasta
entonces irremisiblemente separados, la posible solución
a un enigma. Después escribir se hizo vicio, con todos
los sufrimientos del síndrome de abstinencia cuando
el cuento no sale (y son infinitos los que han acabado en
el tacho de basura).
Asomarme, en cambio, a los espacios de estos cuentos me da
una enorme alegría. Voluntariamente no quise ser escritora
porque me parecía oficio demasiado sedentario, y yo
pretendía ser exploradora, científica, trotamundos,
antropóloga, cualquier cosa menos estar atada a una
mesa, escribiendo. Y bien: me desaté de la mesa, me
desaté de todos los posibles nudos, y escribí
(¡escribo!). Ahora todos esos impulsos o vocaciones
u obsesiones, y más también, afloran en los
cuentos, porque el mundo que voy tocando en mis inúmeros
viajes a veces se espeja y refleja en las historias que se
inventan a través de mí.
Son seis libros de cuentos en total reunidos en este volumen,
y tengo otras tantas novelas publicadas, pero no es lo mismo.
Creo que el cuento es la gloria de la prosa, su posibilidad
de expresar la perfección.
Varias de estas colecciones de cuentos tuvieron un detonador
muy preciso: Aquí pasan cosas raras (1976) fue escrita
ante la sorpresa de un Buenos Aires irreconociblemente violento,
los Cuentos de Hades nacieron como respuesta a las restricciones
de Perrault, en cambio los largos cuentos Cambio de Armas
(1978) y Simetrías (1985) resonaron con el horror que
vivió nuestro país.
Dos colecciones, las tituladas Cambio de Armas y Libro que
no muerde, aparecen ahora por primera vez en la Argentina.
Fueron publicadas en México --país al que estoy
profundamente agradecida-- y en los Estados Unidos, tanto
en castellano como en inglés.
Decidí agregar un cuento inédito a este volumen
porque el uno más da idea de infinitud, porque nada
está completo mientras una esté viva, y porque
así están juntos mi primero y mi último
cuento del siglo XX.
Los 137 cuentos "completos" conforman una gran familia.
Autárquica, como quería Cortázar. Me
encanta que quien tome este volumen tenga tanto para elegir
que quizá, con suerte, como en un cofre de tesoros,
encuentre alguno que le diga cosas que ni siquiera yo sé
que están allí, esperando ser develadas.
Luisa Valenzuela
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