Al fondo, detrás de un vidrio, están las plantas
como en una enorme caja. Y aquí delante, también
en una caja de vidrio (blindado) está el custodio.
Tiene algo en común con las plantas, un cierto secreto
que le viene de la tierra. Y entre una y otra jaula de vidrio
se esmeran los jóvenes subgerentes envejecidos, tan
atildados con sus impecables trajes y su sonrisa exacta. Es
verdad que son menos circunspectos que el custodio pero, como
jóvenes subgerentes de empresa financiera, no están
adiestrados para matar y eso los redime un poco. No demasiado.
Apenas lo necesario para conce-derles la gracia de imaginarlos
-como los suele imaginar nuestro custodio- haciendo el amor
sobre la alfombra. Al unísono, eso sí, al compás
sincopado de las calculadoras electrónicas. Debajo
de ellos, las secretarias son también tristemente hermosas,
casi siem-pre de ojos claros, y el custodio las contempla
no sin cierta lujuria y piensa que los suhgerentes rubios
-casi todos también de ojos acuosos- están en
mejores condiciones que él para seducir a las jóvenes
secretarias. Sólo que él tiene la Parabellum
y tiene también -ocultos en su maletín de ejecutivo-
una mira telescópica y un silenciador de la mejor fabricación
extranjera. En un bolsillo interior del saco lleva el permiso
para portar armas, el carnet que lo acredita como guardián
de la ley. En el otro bolsillo vaya uno a saber qué
lleva, ni él mismo suele querer averiguarlo: una vez
encontró un lápiz de labios y se manchó
las manos de rojo como si fuera sangre, otra vez encontró
semillas, no identificadas; en cierta oportunidad se perdió
en las pelusas del bolsillo entre hebras de tabaco y otras
yerbas, y ahora ya no quiere ni pensar en ese bolsillo mientras
vigila a los clientes que entran y salen de las vastas oficinas.
Sabe que los subgerentes puede que tengan los ojos claros,
pero la caja de vidrio de él tiene tres ojos redondos
(uno por cada lado útil, el cuarto está adosado
a la pared) y son ojos más extraños, para no
decir más prácticos y eventualmente más
letales. Por allí puede disparar a quien se lo busque
y desde allí puede sentirse seguro: esa caja es su
madre y lo contiene.
Desde su caja de vidrio ve desfilar a los seres más
absur-dos, con cara de enanos, por ejemplo, o mujeres de formas
que contrarían todas las leyes de la estética
y niñitas de pelo teñido color amarillo huevo.
Por momentos nuestro custodio piensa que la empresa los contrata
para hacer resaltar la belleza física de sus empleados,
pero muy pronto descarta esa loca idea: se trata de una empresa
financiera, hecha para ganar dinero, no para gastarlo en proyectos
absurdos.
Y él ¿para qué está allí?
Está para defender la plata y estaría para regar
las plantas si sólo se lo permitieran.
Le vendría bien poder pasarse de vez en cuando a la
otra caja de vidrio, la del fondo; es bastante más
amplia que la suya aunque no esté blindada, tiene más
aire, y el paso de la plata a las plantas es sólo cuestión
de una única letra. Un paso que a él lo haría
tan feliz, sobre todo porque la plata es de otros, no será
nunca suya, y en cambio las plantas no pertenecen a nadie.
Tienen vida propia y él podría regarlas, acariciarlas,
hasta hablarles bajito como si fueran un perro amigo, como
aquel tipo que se pasaba los días cuidando a los suyos
con la mayor ternura y era un perro de presa y una planta
carnívora. Él no necesita tanto amar para matar
a otros, no necesita siquiera tenerle un cierto afecto a la
gente de esa oficina aunque esté allí para defenderlos,
para jugarse la vida por ellos. Sólo que allí
nunca pasa nada: nadie entra con aire amenazador ni intenta
un asalto. A veces algún paquete sospechoso sobre un
asiento le llama la atención, pero enseguida vuelve
la persona que se lo había dejado olvidado y se aleja
lo más campante con el paquete de marras bajo el brazo.
Por lo tanto, suponiendo que hubiera habido una bomba en el
paquete, estallará lejos de las sacrosantas oficinas.
Y su deber tan sólo consiste en defender la empresa,
no la ciudad entera y menos aún el universo. Su deber
es simplemente ése: actuar en la defensa y no en la
línea de ataque, aunque si tuviera dos dedos de frente
sabría que el presunto agresor puede muy bien ser uno
de los suyos (un hombre como él, sin ir más
lejos) y no algo ajeno como puede serlo la caja de caudales.
Pero bien cara les va a costar mi vida, se dice a menudo repitiendo
la frase tantas veces oída durante el adiestramiento,
sin darse cuenta de que todo mortal piensa lo mismo, con o
sin permiso de la ley (una vida no es cosa que se regale así
no más, y menos la propia vida, pero él tiene
licencia para matar y se siente tranquilo). Por eso duerme
plácidamente por las noches cuando no está de
guardia, y a veces sueña con las plantitas del fondo.
Eso, claro, cuando no le toca soñar con las bellas
secretarias desnudas, algo acartonadas ellas pero siempre
excitantes. Sueños que son más bien de vigilia,
ensoñaciones donde bellos y bellas de la empresa financiera
se revuelcan desnudos sobre la alfombra que silencia sus movi-mientos.
La alfombra como silenciador. Él también, allí
en su caja de cristal -Blancanieves, ¡la pucha!- tiene
una pistola con silenciador y además se mantiene silencioso
como una planta. Vegetal, casi. Silencioso él en su
jaula de vidrio acariciando su silenciador mientras imagina
a los de afuera en posiciones del todo reñidas con
las buenas costumbres.
Y hélo ahí, sumido en sus ensoñaciones,
defendiendo con toda su humanidad lo que no le pertenece para
nada. Ni remota-mente. Una perfecta vida de cretino. ¿Defendiendo
qué?: la caja fuerte, el honor de las secretarias,
el aire seguro de gerentes, subgerentes y demás empleados
(su atildada presencia). Defen-diendo a los clientes. Defendiendo
la guita que es de otros.
Esa idea se le ocurrió un buen día, al día
siguiente la olvidó, la recordó a la semana
y después poco a poco la idea se le fue instalando
para siempre en la cabeza. Un toque de humanidad después
de todo, una chispa de idea. Algo que le fue naciendo calentito
como su cariño por las plantas del fondo. Algo que
se llamaba bronca.
Empezó a ir a su trabajo arrastrando los pies, ya no
se sintió tan hombre. No soñó más
ante el espejo que su oficio era oficio de valientes.
¡Qué revelación el día cuando supo
(muy adentro, en esa zona de sí mismo cuya existencia
ni siquiera sospechaba) que su tal oficio de valientes era
oficio de boludos! Que los cojones bien puestos no son necesariamente
los puestos en defensa de otros. Fue como si le hubieran dado
el célebre beso sobre la frente dormida, como si lo
hubieran despertado. Iluminado.
Cosas todas estas que le era imposible transmitir a sus jefes.
Claro que estaba acostumbrado a callarse la boca, a man-tener
para sí como un tesoro los pocos sentimientos que le
iban aflorando a lo largo de su vida. No muchos sentimientos,
escasa noción de que algo transcurría en él
a pesar de él mismo. Y había soportado sin proferir
palabra ese largo curso sobre torturas en carne propia llamado
adiestramiento: no era entonces cuestión de sentarse
a hablar -y sentarse ¿desde cuándo se ha visto,
frente a sus superiores?-, a hablar exponiendo dudas o presentando
quejas. Fue así como poco a poco empezó a nutrir
una bronca por demás esclarecedora y pudo pasar las
tardes de pie dentro de su jaula de vidrio ocupando sus pensamientos
en algo más concreto que las ensoñaciones eróticas.
Dejó de imaginar a los jóvenes subgerentes revolcándose
con las secretarias sobre la mullida alfombra y empezó
a verlos tal cual eran, desempeñando sus tareas específicas.
Un ir y venir en silencioso respeto, un astutísimo
manejo de dinero, de las acciones, los bonos, las letras de
cambio, las divisas. Y todos ellos tan insultantemente jóvenes,
atractivos.
Fue bueno durante meses despojar a esos cuerpos de todos sus
fantasmas y verlos tan sólo en sus funciones puramente
laborales. Nuestro custodio se volvió realista, sistemático.
Dio en salir de la jaula y pasear su elástica figura
por los salones sembrados de escritorios, empezó a
cambiar algunas frases con los em-pleados más accesibles,
sonrió a las secretarias, charló largo rato
con uno de los corredores de la bolsa. Intimó con el
portero. Llegó a mencionarle a algunos su atracción
por las plantas y cierta vez que las notó mustias pidió
permiso para regarlas después de hora. Al cerrar las
oficinas lo empezaron a dejar a él atendiendo las plantas,
fumigándolas, limpiándolas de hollín
para que pu-dieran respirar a gusto.
Cierto atardecer llevó su pasión al extremo
de quedarse dos horas mateando plácidamente entre las
plantas. El guardián nocturno no pudo menos que comentarlo
con sus superiores y todos temieron que el custodio se estuviera
haciendo poeta, cosa por demás nociva en un trabajo
como el suyo. Pero no había que temer tamaño
deterioro: su vigilancia la cumplía a conciencia y
se mostraba por demás activo en sus horas de guardia
sin dejar escapar detalle alguno. Hasta llegó a frustrar
un peligroso asalto gracias a sus rapidísimos reflejos
y a un olfato que le valió el aplauso de sus jefes.
Él supo recibir con suma dignidad la recom-pensa, consciente
de que no había hecho más que cuidar sus propios
intereses. Sus superiores jerárquicos y también
los directivos de la empresa presentes en la sencilla ceremonia
entendie-ron la humildad del custodio como un sentimiento
noble, una satisfacción verdadera por el deber cumplido.
Duplicaron enton-ces el monto de la recompensa y se retiraron
tranquilos a sus respectivos hogares sabiendo que la empresa
financiera gozaba de una vigilancia inmejorable.
Gracias a la doble bonificación, el custodio pudo equi-parse
a gusto y sólo necesitó poner en práctica
la paciencia aprendida de las plantas. Cuando por fin consideró
llegado el momento de dar el golpe, lo hizo con una limpieza
tal que fue imposible seguirle el rastro y dar con su paradero.
Es decir que a los ojos de los demás logró realizar
su viejo sueño. Es decir que se lo tragó la
tierra.
(Donde viven las águilas)
Donde viven las águilas
Por Luisa Valenzuela
Celtia. Colección Procuento. 91 páginas. Buenos
Aires.
Luisa Valenzuela inició su obra literaria en 1960 con
Hay que sonreír y la continúa hasta hoy con
nueve libros, todos de ficción narrativa. Ha escrito
también otros en inglés -según sabemos
vive en Nueva York- pero éstos desde luego pertenecen
a la literatura anglosajona y no a la española.
Y como en conjunto se trata de una labor de reales méritos
debemos hablar de una escritora que se reafirma en esta oportunidad,
a más de veinte años de la primera. La componen
dieciséis cuentos fantásticos escritos con la
claridad y limpidez que el género exige porque no soporta
sumar ambigüedad u oscuridad expresiva a la irrealidad
de su materia. Esta lógica interna de lo fantástico
y esta expresión directa y clara se hallan presentes
en los cuentos, casi todos breves, que componen este corto
volumen. Y para mí tengo que aún dentro de las
imposiciones y limitaciones de este género al cual,
no sé por qué, tan afectos parecen los novelistas
argentinos, podemos dividirlos en tres grupos, como pienso
que también lo hizo la autora al disponerlos en el
orden en que el libro los presenta. Uno estaría formado
por los cuatro primeros, de veras extraordinarios -en especial
“Textos de la sal”- punzantes historias de mundos
fantásticos pero visiblemente ligados con pueblos y
paisajes de América muy característicos: salares,
desiertos, punas, cumbres, altísimos lagos, donde la
vida pasa como ajena al tiempo. En el segundo grupo -los cinco
cuentos que siguen- hallamos deliberadas intromisiones de
lo cómico que me llevan a pensar que el propósito
de la autora fue el mostrar por una vía indirecta el
efecto deformante de las transculturaciones. El tercer grupo,
por fin, se compone de los siete cuentos que siguen y que
cierran el libro, todos muy breves. Escritos con igual destreza
y sin desdeñar coloquialismos muy nuestros, me parecen
más próximos a hábiles juegos de ingenio
-la mayor parte de la literatura fantástica es un ejercicio
de la razón más que expresión de sentimientos
y esto con las debidas disculpas por lo esquemático
de esta generalización- que al rescate de las profundas
intuiciones que animan a los cuatro primeros cuentos de este
libro al término de cuya lectura el lector lamenta
que sea tan corto: apenas unas ochenta páginas.
Adolfo Pérez Zelaschi
La Prensa, 31 de julio de 1983
La juvenil madurez
Donde viven las águilas
Por Luisa Valenzuela
(Celtia)
En la despedida a Sísifo, al recordar que no hay castigo
más inútil que trabajar sin esperanza, Camus
dice ”Siempre volvemos a encontrar su carga. Pero Sísifo
enseña la fidelidad superior que levanta las rocas.
También él considera que todo está bien.
Este universo ya sin dueño no le parece ni estéril
ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada
esquirla mineral de esta montaña llena de noche forman
un mundo. La misma lucha hacia las cumbres basta para llenar
un corazón de hombre”. El recuerdo de estas palabras
puede acompañar como una banda sonora la lectura de
algunos de los cuentos de Donde viven las águilas.
Se advierte en su lectura una madurez de concepción
y realización, junto a un sistema expresivo coherente
y fuerte, con algo de arrebato juvenil que vigila su severa
visión interna. Brío, energía que, tal
vez, le ayuden a saber que “si los jóvenes no
pueden modificar el mundo, como también sostuvo el
autor de El extranjero, pueden evitar que se deshaga”.
Si en las “Crónicas de Pueblorrojo” la
imagen primera asocia a Rulfo y García Márquez,
la llegada misteriosa a un pueblo muerto, en los que siguen
la diversidad temática y la permanente jerarquía
de la construcción indican que Luisa Valenzuela logra
siempre la emancipada plenitud de su palabra. Un sentimiento
recorre el texto como una admonición: la felicidad
es imposible y todo cuanto vemos o deseamos son sólo
formas evasivas, atrayentes de una esperanza condenada a destruirse.
La estructura de la parábola bíblica define
los “Textos de la sal”, así como está
presente siempre la alegría y el símbolo continuado
en varios paisajes del libro. Ya en la forma del soliloquio,
ya en la de la crónica, el cuento se organiza sin anécdota,
parco en los diálogos -manejados magistralmente- como
si la fuerza de los símbolos creara la talla de su
escultura. De este modo la dualidad de la vida, la que vivimos
y la que soñamos, juega contrapuntísticamente.
La ironía se instila en “Unas y otras sirenas”,
y el humor es frecuente, pero, en definitiva, todo está
requerido o jaqueado por la certeza de la soledad del hombre,
de su estrellarse contra el absurdo y el poder invencible
de las fuerzas desintegradoras. La dúctil materia propone
las formas ingeniosas de “Generosos inconvenientes bajan
por el río”; anima de color compacto y gracia
directa el “Carnaval campero”; dibuja el arabesco
conceptual de la realidad inasible de “Pantera ocular”,
casi un ejercicio de estilo, mientras el hálito trágico
de “Mercado de pulgas” nos recuerda que siempre
destruimos lo que amamos.
Cortázar alaba la verdadera libertad que hay en los
libros de Luisa Valenzuela. Este sentido de la libertad, salvado,
defendido arduamente junto al de la piedad por el cruento
destino humano son las dos fuerzas dominantes de su labor.
Caillois, que tanto sabía de Sísifo, puede brindarnos
una imagen que define este libro: “Quizá mi tentativa
únicamente signifique que, a mi pesar, sin saberlo,
con más vergüenza, angustia y rodeos de los que
se acostumbra, yo formo parte del grupo de los que consideran
el sueño como refugio, el sueño como alegría”.
La ejercita Luisa Valenzuela pero sabe -y así lo recuerda
en crítico de Time- “que el realismo mágico
es una hermosa, una cómoda baranda y, sin embargo,
hay que seguir avanzando”. (92 páginas)
Angel Mazzei
La Nación, Buenos Aires.
|